La suerte estaba echada. Ya no podía volverme atrás. Acomodé entre mis pies la inseparable bolsa negra de las cámaras y traté de arrellanarme en el confortable asiento del avión de la Easter Lines.

El sol despegó con nosotros en aquel 14 de octubre de 1981. Y mientras el vuelo 905 dejaba atrás las últimas luces de Washington, rumbo a las ciudades de Atlanta y México (Distrito Federal), me pregunté con  una cierta angustia por qué había tomado aquella decisión. ¿Por qué había salido de madrugada del hotel  Marriot, abandonando a los periodistas que cubrían la información del viaje de SS. MM. los Reyes de  España a los Estados Unidos?

¿Qué necesidad tenía de embarcarme en esta nueva aventura? Sobre mi mesa  de trabajo, en España, aguardaban —y aguardan— una docena de libros «por escribir». Pienso que quizá es mi sino. Apenas he salido de una investigación ovni, del fondo del cráter de un volcán o de las selvas del  África central, y, casi sin proponérmelo, ya me encuentro envuelto en una nueva aventura…

Pero esta experiencia parecía diferente. ¿Qué era lo que me atraía de la Virgen de Guadalupe? ¿Por qué había cerrado los ojos y me había lanzado a tumba abierta hacia la República mexicana?

Digo yo que parte de la culpa de este madrugón y de todo lo que me esperaba en las semanas siguientes la tuvieron Pilar Cernuda, entonces redactora-jefe de la agencia de noticias Colpisa, y el escritor Torcuato Lúea de Tena.

En los primeros días del mes de octubre, mi querida Pilar me llamó a casa, a Lejona. —¿Has leído la tercera página de ABC de hoy? —me preguntó a «quemarropa». Como suele suceder casi siempre en estos casos, yo no tenía ni la más remota idea del tema.

—…Te lo mando hoy mismo —prosiguió Pilar—. ¡Es formidable!… Torcuato escribe desde México un artículo increíble… Habla de unas extrañas figuras humanas descubiertas por científicos de la NASA en los ojos de la Virgen de Guadalupe…

El instinto periodístico me hizo temblar y no pude esperar hasta la anunciada carta de Pilar. Dos horas más tarde, el artículo en cuestión estaba ya sobre mi mesa, plagado de apresurados comentarios y frases subrayadas en rojo.

Debo reconocerlo. Sentí cierto disgusto y un coraje mal contenido contra mí mismo. ¿Por qué? Muy simple: yo había conocido el tema en 1977, en uno de mis primeros viajes a México. Sin saber todavía cómo, y mientras revolvía en una librería, cayó en mis manos un diminuto libro. El título me enganchó desde el primer momento: Descubrimiento de un busto humano en los ojos de la Virgen de Guadalupe.

Dictámenes médicos y otros estudios científicos. Los autores —Carlos Salinas y Manuel de la Mora— presentaban en aquel brevísimo reportaje unas fotografías y unos documentos sencillamente increíbles: la figura, en efecto, de un hombre con barba en la córnea del ojo derecho de la imagen que se venera actualmente en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en México (Distrito Federal).

El hallazgo quedó archivado en mi agenda de temas pendientes con el siguiente comentario: «Investigar.

Muy interesante.» Y allí habría seguido de no haber sido por la fulminante llamada telefónica de Pilar Cernuda y por el irresistible «cebo» de Lúea de Tena. En aquel artículo, que complementaba —¡y de ‘qué forma!— lo que yo había devorado en 1977, se decía entre otras cosas:

  1.  Los asombrosos descubrimientos científicos que se han hecho recientemente, y aún se siguen haciendo, en torno a la imagen mexicana de la Virgen de Guadalupe tienen literalmente pasmados a cuantos los conocen.
  2. Para entender la importancia de tales hallazgos es preciso hacer un breve repaso de lo que una antigua y piadosa leyenda declaraba acerca de la milagrosa confección de la imagen, no pintada por mano de hombre —según esta tradición—, sino milagrosamente impresa en la túnica o tilma de un indio llamado Juan Diego en 1531…
  3.  Y llegamos a nuestros días —o mejor, a nuestro siglo—, en que se forma una comisión de estudios para investigar no pocos fenómenos inexplicables de la famosa «tilma» de Juan Diego. En primer lugar llama la atención de los expertos textiles la singular conservación del basto tejido.  Hoy día está protegido por cristales. Pero durante algo más de un siglo estuvo expuesta a la buena de Dios, a la topa tolondra, a los rigores del calor, el polvo y la humedad sin que se deshilachase ni se enturbiase su rara policromía…
  4.  Se atribuyó esta virtud a la clase de pintura que cubre a la tela y que muy bien podría actuar como poderosa materia protectora y, en consecuencia, se remitió una muestra para que la analizase el sabio alemán y premio Nobel de Química, Richard Kunh. Su respuesta dejó atónitos a los consultantes. Los colorantes de  la imagen guadalupana —respondió el científico germano— no pertenecen al reino vegetal, ni al mineral, ni al animal.
  5.  Se encomendó a dos estudiosos norteamericanos (el doctor Callagan, del equipo científico de la NASA, y el profesor Jody B. Smith, catedrático de Filosofía de la Ciencia en el Pensacolla College) que sometiesen la imagen guadalupana al análisis fotográfico con rayos infrarrojos…
  6.  Y entre otras conclusiones, los científicos afirmaron: que el ayate —tela rala de hilo de maguey— carece de preparación alguna, lo que hace inexplicable a la luz de los conocimientos humanos que los colorantes impregnen y se conserven en una fibra tan inadecuada. Que no hay pinceladas y que la técnica empleada es desconocida en la historia de la pintura. «Es inusual —dicen—, incomprensible e irrepetible.»
  7.  Paralelamente a esto, un conocido oculista, de apellido hispano-francés, Torija Lauvoignet, examinó con su oftalmoscopio de alta potencia la pupila de la imagen y observó maravillado que en la córnea se vela reflejada una mínima figura que parecía el busto de un hombre…
  8.  Éste fue el antecedente inmediato para promover la investigación que paso a explicar: la «digitalización» de los ojos de la Virgen de Guadalupe. Es sabido que en la cornea del ojo humano se refleja lo que se está viendo al instante.

El doctor Aste Tonsmann hizo fotografiar (sin él estar presente) los ojos de una hija suya y utilizando el procedimiento denominado «proceso de digitalizar imágenes» pudo averiguar, sin más, todo cuanto veía su hija en el momento de ser fotografiada.

Este mismo científico, cuya profesión actual es la de captar las imágenes de la Tierra transmitidas desde el espacio por los satélites artificiales, «digitalizó» el año pasado la imagen guadalupana y los resultados empiezan ahora a ser conocidos…

Los detalles que se observaron en los ojos de la Virgen son: un indio en el acto de desplegar su «tilma» o túnica ante un franciscano; al propio franciscano en cuyo rostro se ve deslizarse una lágrima; un paisano muy joven, la mano puesta sobre la barba con ademán de consternación; un indio con el torso desnudo en actitud casi orante; una mujer de pelo crespo, probablemente una negra de la servidumbre del obispo; un varón, una mujer y unos niños con la cabeza medio rapada y otros religiosos más en hábito franciscano, es decir… ¡el mismo episodio relatado en lengua náhuatl por un escritor indígena en la primera mitad del siglo XVI y editado en aquella lengua azteca y en castellano por Lasso de la Vega en 1649…!

Y el asombrado Torcuato Lúea de Tena concluye así su trabajo:

…«¡Inexplicable!», exclamaron los miembros de la comisión de estudios cuando conocieron el veredicto del sabio alemán Richard Kunh de que la policromía de la imagen guadalupana no procedía de colorantes minerales, vegetales o animales. «¡Inexplicable!», declararon por escrito los norteamericanos Smith y Callagan al ver por los rayos infrarrojos que la «pintura» carecía de pinceladas, y el miserable ayate de la tilma de Juan Diego de toda preparación. Y el doctor Aste Tonsmann, al referir en numerosas conferencias el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en los ojos de la Virgen, no se harta de repetir: «¡

Inexplicable! ¡Radicalmente inexplicable!»

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