“Cerote”

UNA TRANSCRIPCIÓN LITERAL.Se utiliza con fines exclusivamente “culturales” y se efectúa la entrega de forma integral, dando el crédito del 100% de la autoría a Elena Salamanca
http://losblogs.elfaro.net/landsmorder/2014/03/cerote.html
(un poquitin de edición para efectos de mantener los estándares de WordPress únicamente)

Si yo hubiera estudiado el doctorado a los 21, 22 años, me habría aculturado con perfección. Pero tengo 30, y he pasado por un proceso de exploración histórica que me ha convertido, quizás, en una nacionalista. Yo no puedo dejar a El Salvador, un país tan pequeño que podría llevar colgado de mi cuello, como un relicario con la fotografía de un novio desalmado.

Cerote

“Cerote”, bordado sobre tela. Esta es una pieza que bordé a mi regreso a México tiene toda la ternura y agresividad que la palabra misma entraña. 

Migrar me ha hecho comprender que el uso de la lengua es una acto político.

Y no porque en los almanaques diga “idioma oficial: español”, sino por lo que las variables del español representan en la vida de las personas, por el constructo cultural que hemos erigido alrededor de las palabras, de nuestra jerga, del caliche salvadoreño.

Migrar me ha hecho mal hablada.

Nunca en mi vida había dicho “Cerote”, hasta hace unos meses. Yo he querido ser señorita -sobre todo por mi mamá-, pero desde la adolescencia digo “malas palabras”. Cerote jamás había estado en mi repertorio, no me gustaba, me parecía vulgar, y una lista infinita de prejuicios. No había caído en cuenta de su unicidad, de su identidad centroamericana.

Hace unos años, en un encuentro de poesía en Xelajú, Guatemala, mis amigos mexicanos estaban cautivados por la palabra “Cerote”, por la manera tierna de usar el pendejo, cabrón, cerote o hijueputa que tenemos los centroamericanos, por la sonoridad de las palabras.

Yo no entendía la fascinación, pero sí entendía esa manía de aferrarnos a “nuestras palabras”, porque años antes había vivido en España y había tenido un romance con un salvadoreño. Cada vez que este salvadoreño decía “vale”, yo lo corregía con un “vaya”. Y cada vez que él decía “tío”, yo arremetía con un “chero”.

A él, estos actos le parecían provincianos y en antagonismo con una resolución cosmopolita ante el viaje. A mí, en cambio, me parecían actos de amor y apego. Y por ejemplo, una noche en Salamanca, en el pequeño apartamento universitario de mis amigos Peter y Alexis, yo canté cumbia y la amé. Porque sentí que ese lenguaje era parte de nuestra identidad y sobre todo de nuestra historia -piense usted en el sentido heroico de cantar cumbia por todo El Salvador en los 80, en plena guerra-.

Por eso mismo, cuando José Luis Sanz y Carlos Martínez escribieron El origen del odio, comprendí qué era el arraigo. Y sobre todo la resistencia cultural: “Algunos eran ridiculizados en las cárceles y en las calles por utilizar palabras como cipote,cerotevergo y mara, que los chicanos consideraban vulgares.

Pero esa reivindicación de origen, de carácter, los fue consolidando. Solos, se unieron más. Golpeados, se fortalecieron.

Algunas agrupaciones clandestinas no gustaban pero cada vez pasaban menos desapercibidas. Pronto ganaron fama de brutales. Mientras otros grupos peleaban con cadenas y cuchillos, ellas comenzaron a utilizar cumas; antiguos miembros de la Playboys dicen haber conocido a miembros de pandillas que caminaban armados con hachas”.

Porque las pandillas son asociaciones infractoras, eso no es discutible, pero uno de los elementos de su nacimiento es de arraigo, de resistencia, resistencia a través de la lengua. Porque, finalmente, la lengua madre es madre (Por favor, no crea usted, no sea tontito, que estos párrafos son una apología de las bandas ilícitas organizadas, estoy procurando dar otra lectura al fenómeno:

Cuando los inmigrantes salvadoreños eran motivo de burla de los inmigrantes mexicanos por sus palabras, ellos usaron esas palabra demarcaron su identidad).

Lo que la lengua hace es, finalmente, milagroso: el órgano mismo en movimiento, su resultado sonoro, la palabra, la voz.  Por eso, ahora que vivo en México, cuando alguien usa nuestras palabras: Grencho, colocho, zarco, púshica, mi corazón salta y me siento finalmente bienvenida. Cuando oigo en otros nuestras palabras, siento que pertenezco y que quien repite mis palabras me hace pertenecer a su vida, me reconoce, me siento cobijada por su corazón.

Es una tontería, pero es un acto de amor, también, imagino.

Yo soy de San Salvador, si hablo rápido, puedo decir de “JanSalvador”, “jalvadoreña” y etc., yo creo que la identidad, los recuerdos, la memoria, están construidos con palabras. Podría perfectamente decir “chava”, pero resisto y digo “chera”, aunque tenga que explicar qué significa; lo mismo sucede cuando me resisto al “chido” y digo “chivo”.

Yo digo Vergón, nos vemos mañana, y también cuando me enojo digo Qué cerote, y describo mi pelo como colocho y mi color de piel como chele.  Yo creo que en la palabra residen el amor y el odio, y nunca dejaré las mías.

Por eso me aferro y hasta quiero esas palabras vulgares que nos negaron decir en la casa, o esas palabras afuera del español estandar que nos corrijen el Estado con sus leyes y nomenclaturas y la escuela con su escritura y lectura. Yo te quiero, Cerote, y voy a pronunciarte para no olvidar de donde vengo.

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Se le invita amablemente a aportar mas frases vernáculas salvadoreñas, como por ejemplo:

estaba embrocado, totoreco, lo tenia alzado, como la meneya, descambeyeme este billete, una cora, tantiala un poquito, purate vos, tengo un gran soco,  como se siente la gran calor, machete estate en tu vaina, nues lo mismo verla venir que tenerla adentro, lajocho, lajonce, los taojunios (por decir USA), perate tantito, anantiyo, siesque, alguashte, pepenar, ponerse a berga, deverasmente, le yede a caca el juelgo, sos bien jayan, le quiere poner a la bicha, la andaba topando, …. …. etc, …. mil veces etc.