Creo en la incerteza de un creer que es a todas luces cierto.

Deambulo y dilucido al recorrer por los intrincados y escudriñados pasadizos de mi existencia, que no hay certeza plena sino experiencias que invitan y muestran que lo que deberías creer es creíble, mas sin embargo te enajenas en un mar de cosas que te llevan a  discernir, que tu experiencia es causal y fortuita y que lograste salir por ti mismo del atolladero, de la vorágine tortuosa en que estabnas immerso y de la que al Creador clamaste, callada e irremediablemente contrito, aunque lleno de soberbia suficiente para no admitir que una vez logrado tu propósito, deberías redituar con gallardía y compensar con hechos y gestos apropiados de un renacer en tu vida, que saldarías la deuda que ahora, egositamente ya a salvo, te niegas a reconocer que adquiriste de forma enajenada y desesperada, queriendo hacer creer que darías retribución por ese ruego del que no necesariamente estabas seguro, más anhelabas íntimamente que se él se declinara decididamente a favor tu clamor íntimamente perverso.

Las triviales  trivialidades de un acontecer puerilmente complejo no nos dejan ver mas allá del pelo en la sopa.

Las  aterciopeladas y turbulentas acuarelas de un compulsivo deseo te llevan a malgastar lo que derramaste fervientemente cuando tu corazón, presa del pánico y la desesperación, clamó a Dios de forma sublime, contrita y mansa.

Somos seres que no sabemos adónde apunta nuestra nariz.