Barack Obama


Barack Obama

Datos relevantes

Barack Hussein Obama
Presidente
Duración del mandato: 20 de Enero de 2009 – En funciones
Nacimiento: Honolulu, Hawái , 04 de Agosto de 1961
Partido político: Demócrata
Profesión: Abogado
Crédito fotográfico: © G8website/ANSA Photo/Maurizio Brambatti
Resumen
La histórica elección del demócrata Barack Obama en noviembre de 2008 como el primer presidente negro de Estados Unidos, además de su alta carga simbólica, acontece en unas circunstancias de crisis global que magnifican la expectación mundial por el posible cambio de rumbo en las políticas de la debilitada superpotencia norteamericana, en un sentido más multilateral y dialogante. El hasta ahora senador por Illinois, a sus 47 años, corona una carrera fulgurante transmitiendo un fuerte mensaje de cambio y reforma recibido con entusiasmo por un electorado que reclama soluciones para el sombrío legado de la Administración republicana de George Bush. Rescatar a la economía del crash financiero, la recesión y la destrucción de empleo, corregir los desequilibrios sociales, redirigir el esfuerzo bélico de Irak a Afganistán y combatir el cambio climático son los retos más acuciantes del nuevo mandatario, que asume en enero de 2009.
Biografía
1. Orígenes familiares, formación académica y activismo social
2. Carrera política como senador demócrata en Illinois y Washington D. C.
3. La aspiración presidencial: definición de la plataforma y las primarias demócratas
4. La campaña electoral: el mensaje del cambio bajo la tormenta económica

1. Orígenes familiares, formación académica y activismo social
El presidente electo de Estados Unidos nació en agosto de 1961 en Honolulu, Hawái, como el único hijo del matrimonio formado por el kenyano Barack Hussein Obama, entonces un estudiante de Economía que disfrutaba de una beca gestionada por uno de los más prominentes políticos de su país, Tom Mboya, y la estadounidense Ann Dunham, natural del estado de Kansas y con ancestros anglo-irlandeses. En el idioma swahili, barack, nombre de raíces semíticas, significa el bendito.

La pareja, con 24 y 18 años respectivamente, se había conocido el año anterior en las aulas del East-West Center de la Universidad de Hawái, y en febrero de 1961, estando ella embarazada de Barack Hussein junior, celebró un casamiento interracial que hubo de vencer la oposición de las dos familias; seis meses después de la boda, el 4 de agosto, nacía el niño. Éste no era el primer vástago del padre, ya que Barack Obama senior, que pese a su nombre y progenie tribal musulmanes no era religioso y de hecho se tenía por ateo, había estado maridado en Kenya con una compatriota, Kezia, quien le había dado dos hijos, un chico y una chica. En realidad, indican investigaciones periodísticas, Obama seguía casado con Kezia, desposada con él en 1957 mediante una ceremonia tribal, a la que había abandonado en Kenya y cuya existencia ocultó a Dunham.

El divorcio puso término al matrimonio Obama-Dunham a principios de 1964, culminando un período de alejamiento y separación entre los cónyuges que había comenzado en 1962, cuando él marchó al continente, a Massachusetts, para continuar su formación como economista en la Universidad de Harvard, y ella, llevándose al bebé consigo, se desplazó a Seattle para tomar clases en la Universidad de Washington. Al cabo de unos meses, Dunham regresó a Honolulu para reunirse con sus padres y reincorporarse a la Universidad hawaiana.

Hacia 1966 Dunham volvió a casarse con un estudiante extranjero del campus isleño, el indonesio Lolo Soetoro un treintañero de carácter risueño y musulmán no practicante al que las circunstancias políticas en su país le obligaron a retornar en 1967, trayéndose con él a la esposa y el hijastro. La familia fijó su hogar en Yakarta y en 1970 se incrementó en un miembro con el nacimiento de un hijo biológica de la pareja, Maya Kassandra. El niño Obama creció y se educó en un ambiente de clase media básicamente secular y con las necesidades económicas cubiertas gracias al trabajo de su padrastro como consultor geólogo, que ejercía por cuenta del Gobierno para la multinacional petrolera Mobil.

Fue en la capital indonesia donde Obama cursó los primeros grados de la enseñanza elemental, en un colegio católico franciscano, donde le inculcaron doctrina cristiana, y una escuela pública del distrito de Menteng, donde leyó el Corán. Sin embargo, añoraba Hawái, así que en 1971 pidió a su madre que le mandara de vuelta a la que consideraba su verdadera casa, Honolulu; allí quedó al cuidado de sus abuelos maternos, Stanley y Madelyn, y completó la formación primaria antes de emprender la secundaria en un centro privado, el Punahou School.

Al poco de regresar, en las Navidades de 1971, el muchacho tuvo en el estado polinesio un reencuentro con su padre, al que no veía desde la separación conyugal y que, según relata él mismo en su voluminoso libro de memorias Dreams from My Father: A Story of Race and Inheritance -publicado por primera vez en 1995 y reeditado en 2004 con un gran éxito de ventas-, ya no volvería a ver. Convertido tras la independencia del país africano en 1963 y su licenciatura en Harvard dos años más tarde en un alto funcionario económico de los ministerios kenyanos de Transportes y Finanzas, Barack Obama I mantuvo una agitada vida sentimental en Nairobi, donde se casó por tercera vez (con la estadounidense Ruth Nidesand), volvió a divorciarse, regresó temporalmente con su primera esposa y finalmente se emparejó con una cuarta mujer; en estas tres relaciones concibió descendencia en cinco ocasiones más, elevando a ocho los hermanastros del retoño tenido como su segunda esposa norteamericana.

Hombre de carácter difícil, incapaz de asumir sus responsabilidades como marido y padre, y de hecho un enigma para su hijo hawaiano, quien apenas trató con él, el progenitor del futuro estadista vio naufragar su prometedora carrera profesional por su adicción al alcohol y sus opiniones críticas con determinadas políticas económicas del régimen dictatorial del presidente Jomo Kenyatta y el partido único en el poder, el KANU. El asesinato en 1969 de su mentor y paisano de la etnia luo, Mboya, cuando fungía de ministro de Planificación Económica, probablemente por órdenes de Kenyatta o de su entorno de dirigentes kikuyus, le deslizó por una cuesta abajo en la que perdió su trabajo en el Gobierno y vio restringida la libertad de movimientos. Provocados al parecer por la bebida, sufrió una serie de accidentes de tráfico, el último de los cuales, en 1982, a los 46 años, le costó la vida.

Hasta su graduación en 1979, el joven Obama, llamado familiarmente Barry, se vio periódicamente en Honolulu con su madre, que en 1972 se separó de Soetoro y ocho años después obtuvo el divorcio; el padrastro indonesio iba a fallecer por causas naturales en 1987 a los 51 años. En 1977 Dunham propuso a su hijo regresar con ella y Maya a Indonesia, donde había terminado sus estudios y se le abría un horizonte profesional como trabajadora social, pero Obama prefirió terminar el high school en territorio estadounidense. Hasta su muerte en 1995 a los 52 años víctima de un cáncer ovárico, la antigua señora de Obama destacó como antropóloga, especialidad en la que se doctoró por la Universidad de Hawái, consultora social y promotora de proyectos de desarrollo rural y microcréditos destinados a los campesinos pobres de Indonesia.

En 1979, Obama, tras haber repartido los 18 años de su vida entre Hawái e Indonesia, marchó a América para realizar el preuniversitario en el Occidental College de Los Ángeles. En este centro privado, uno de los más afamados de la costa oeste en la enseñanza de artes liberales, llevó, reconoce en su sus memorias, un estilo de vida lúdico pródigo en fiestas, alcohol y drogas, de las que probó la marihuana y la cocaína, experiencia esta última que en agosto de 2008, en un foro de religiosos evangélicos, valoró como su “mayor fallo moral”.

Los coqueteos con las drogas, asegura, terminaron cuando entró en la universidad. Allí se relacionó con estudiantes negros radicales, profesores de izquierdas, feministas y otros “marginados”, ya que se trataba de “demostrar tu lealtad a las masas negras”, “demostrar de qué lado estabas”, “para que no te confundieran con un traidor”. En esta época, indica a modo de justificación, estaba “obsesionado conmigo mismo” mientras intentaba reconciliar su percepción social del racismo, ya experimentado en su etapa escolar en Hawái, y lo que significaba ser un afroamericano con su herencia multirracial, que le convertía en un negro mestizo, un mulato en realidad.

En 1981 se matriculó en el Columbia College de la Universidad homónima de Nueva York, donde cursó una diplomatura en Ciencias Políticas que orientó a las Relaciones Internacionales. En su autobiografía cuenta que su primera noche en Manhattan, con el equipaje a cuestas, la durmió “acurrucado en un callejón”, y que aquel mes de agosto, antes de empezar las clases, trabajó de barrendero en el barrio de Upper East Side, un entorno golpeado por el hacinamiento, la suciedad y la delincuencia, donde halló alojamiento en un piso de renta baja que compartió con un amigo pakistaní.

En mayo de 1983 obtuvo el título de Bachelor in Arts e inmediatamente después le salió un trabajo en la consultora comercial Business International Corporation, en cuyo servicio de publicaciones editó el boletín Financing Foreign Operations y redactó artículos para el semanario Business International Money Report. En 1984 pasó al New York Public Interest Research Group, una organización no partidista y no lucrativa dirigida por estudiantes y dedicada a la implementación de políticas reformistas con repercusión en la ciudadanía así como a la formación de educadores y lobbystas sociales. Durante otro año, Obama trabajó como coordinador de su ONG en el City College de la Universidad de Nueva York, en Harlem.

Esta experiencia, y seguramente también la inspiración de su madre, que en esos momentos combinaba la preparación académica con el trabajo de campo al lado de la población rural indonesia en la lejana Java, le animó a implicarse más a fondo en su vocación de servicio público y el voluntariado social. La oportunidad se le planteó en 1985, cuando respondió a un anuncio publicado en el diario The New York Times por el activista Gerald Kellman, responsable de la ONG Proyecto Desarrollar Comunidades (DCP), que buscaba a alguien que se ocupara de trabajar con los negros pobres de Roseland, un deprimido distrito proletario del sur de Chicago, urbe que vivía un período de graves tensiones interraciales azuzadas por una traumática reconversión industrial. Entonces, por primera vez en la historia de la ciudad, ostentaba la alcaldía un negro, Harold Washington, convertido en uno de los principales referentes políticos de Obama.

Contratado con un salario de 10.000 dólares al año e instalado en un pequeño despacho parroquial, desde junio de 1985 Obama dirigió un equipo humano de la DCP cuya misión consistía en promover una infraestructura de solidaridad social, con talleres de formación ocupacional, tutorías escolares y servicios de apoyo a inquilinos de pisos de alquiler, en las barriadas populares de Roseland y distritos adyacentes.

La DCP trabajaba codo con codo con las iglesias parroquiales católicas y protestantes, ya que partía de las mismas para tejer su red social, y Obama entabló una estrecha relación con el reverendo Jeremiah Wright, líder de la iglesia congregacionista Trinity United Church of Christ (TUCC), cuya feligresía era predominantemente afroamericana, famoso localmente por sus vehementes sermones antirracistas, rayanos en el chovinismo negro. Obama se unió a la TUCC y tomó a Wright como su pastor y mentor. En tanto que desarrollador de comunidades, el veinteañero sacó a relucir una capacidad para aleccionar y movilizar grupos de ciudadanos, dotes que aplicó particularmente en una campaña popular que exigía a las autoridades la retirada de elementos con amianto contaminante de los edificios del polígono de vivienda protegida Altgeld Gardens.

Las inquietudes políticas de Obama empezaron a aflorar en esta época, al tomar conciencia de que la acción social a pie de calle se quedaba muy corta si lo que se perseguía era propiciar reformas y cambios a una mayor escala territorial; la clave estaba en la legislación, su elaboración y su ejecución. En mayo de 1988 puso término a sus actividades en la DCP y retomó su formación universitaria en las aulas de la Harvard Law School de Cambridge, Massachusetts, fijándose el objetivo de obtener una titulación en Derecho.

En 1988 realizó también un viaje de dos meses por Europa y Kenya, la patria de sus ascendientes, donde conoció a muchos de sus familiares paternos por vez primera. No era el caso del mayor de sus hermanastros, Abongo Roy, también llamado Malik, primogénito del primer matrimonio del padre, al que ya había conocido tres años atrás en un encuentro en Washington, donde éste realizaba un trabajo de consultor. De la parentela kenyana, Abongo, convencido musulmán y militante de la causa negra, fue el deudo que más estrecha relación estableció con Obama, vínculo que se prolonga hasta nuestros días.

En el verano de 1989, mientras realizaba unas prácticas legales en una firma de abogados de Chicago aprovechando las vacaciones universitarias, Obama conoció y entabló una relación sentimental con Michelle Robinson, nativa de la capital de Illinois, de raza negra y recién licenciada en Jurisprudencia por la Harvard Law School, a la que el bufete había asignado el cometido de asesorar al estudiante en prácticas tres años mayor. Una de las mejores amigas de Robinson era Sanita Jackson, hija del conocido ministro baptista y activista pro derechos civiles, así como dos veces precandidato presidencial del Partido Demócrata, Jesse Jackson.

La pareja se comprometió en 1991, el año en que él culminó sus estudios en Harvard y obtuvo el título de Juris Doctor, el mismo que ella poseía, más la distinción magna cum laude, y en octubre de 1992 contrajo una boda religiosa que fue oficiada por el reverendo Wright en la TUCC. El matrimonio iba a tener dos hijas, Malia Ann y Natasha (Sasha), nacidas en 1998 y 2001.

Instalado con su esposa en Chicago, en el barrio de Hyde Park, en cuyo perfil demográfico abundaban los profesionales liberales de clase media, Obama emprendió una carrera profesional que trianguló entre la abogacía, el mundo académico y el activismo político, por el momento apartado de la militancia partidista. Tres puertas que encontró abiertas de par en par gracias a la notoriedad que en círculos de abogados bien conectados con el establishment político le había granjeado su labor de editor jefe, en el último año de carrera, de la revista Harvard Law Review, donde causó sensación por tratarse del primer negro que desempeñaba el cargo en los 103 años de historia de la prestigiosa publicación.

Entre abril y octubre de 1992 dirigió el Illinois’ Project Vote, una campaña de concienciación política dirigida a los miembros de la comunidad afroamericana del estado habitualmente ausentes de los comicios porque no se molestaban en inscribirse en los censos electorales. El proyecto de Obama consiguió que decenas de miles de potenciales votantes adquirieran la condición de electores y luego acudieran a las urnas, novedad que al parecer resultó decisiva para la conversión de Carol Moseley Braun, candidata del Partido Demócrata, en la primera mujer de raza negra en acceder al Senado de Estados Unidos. Ese mismo año participó en la puesta en marcha en Washington de Public Allies, una ONG dedicada a impulsar el liderazgo social entre los jóvenes. Obama figuró en la primera junta directiva de Public Allies y se dio de baja a principios de 1993, cuando su esposa fue nombrada directora ejecutiva de la organización en Chicago.

En 1993, mientras iniciaba su andadura la Administración federal demócrata de Bill Clinton, Obama empezó a dar clases de Derecho Constitucional a tiempo parcial en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chicago. Fuera de las aulas se asoció al bufete de abogados Davis, Miner, Barnhill & Galland, especializado en pleitos relacionados con los derechos civiles de los ciudadanos de color. Uno de los miembros, Judson Miner, antiguo colaborador del alcalde Washington, conocía a Obama desde 1991, cuando todavía estudiaba en la Escuela de Derecho. Ya entonces, Miner ofreció al prometedor alumno de final de carrera un puesto en su bufete, y en los años siguientes le hizo poco menos que de relaciones públicas, dándole a conocer en importantes círculos de influencia en Illinois.

En 1993 también, Obama ingresó en el consejo rector del Woods Fund of Chicago, una fundación privada dedicada a las actividades caritativas. En 1994 extendió su compromiso a la Joyce Foundation, entidad que sufragaba varios programas de dimensión social y que se mostraba particularmente dinámica en la protección medioambiental de los Grandes Lagos y el control de la venta de armas de fuego para reducir la violencia en las calles. En 1995 se convirtió en el primer presidente de la junta directiva del Chicago Annenberg Challenge, un proyecto de reforma educativa financiado por el magnate y filántropo Walter Annenberg, y que involucró a la mitad de las escuelas públicas de Chicago.

2. Carrera política como senador demócrata en Illinois y Washington D. C.
Para 1995, Obama, con 34 años, ya se había hecho un hueco en los cenáculos del establishment liberal de Chicago, a la vez que mantenía una amplia agenda de contactos en los movimientos sociales de base. Tenía abundantes amistades y algunos valiosos mentores, como el juez y ex congresista federal Abner Mikva y el senador estatal Emil Jones, los cuales venían siguiendo sus pasos y dispensándole útiles consejos. Había llegado el momento de plasmar sus apetencias políticas reformistas, que pasaban por la obtención de un cargo público de elección popular. El vehículo escogido fue, con toda lógica, por convicciones personales y porque desde su licenciatura venía codeándose con algunos de sus máximos dirigentes en el estado, el Partido Demócrata.

En septiembre de 1995, gozando de los parabienes de Alice Palmer, que abandonaba el escaño para optar a un asiento en la Cámara de Representantes del Congreso de Washington, y el veterano e influyente Jones, Obama lanzó su postulación a senador estatal por el distrito 13º de Illinois, que incluía Hyde Park. El abogado fue lo suficientemente firme en su ambición como para negarse a devolver la candidatura a Palmer cuando ésta fracasó en su aventura federal y reclamó la retirada de su delfín designado, y a continuación frustrar su intento, compartido por otros tres rivales, de forzar la convocatoria de un proceso de primarias demócratas para que los afiliados nominaran al candidato a senador por el distrito. Así las cosas, Obama llegó sin contrincantes correligionarios a la elección del 5 de noviembre de 1996 y con un avasallador 82,2% de los votos derrotó a sus adversarios del Partido Republicano y el llamado Partido de Harold Washington (montado por seguidores del fallecido alcalde), llevándose el asiento en la Cámara alta de la Asamblea General de Illinois.

El 8 de enero de 1997 Obama estrenó su mandato legislativo estatal, que renovó con facilidad en la siguiente cita electoral, el 3 de noviembre de 1998, próxima en el tiempo por tratarse ésta de una legislatura corta, de dos años, a la que seguían dos legislaturas largas de cuatro años cada una. En esta ocasión, el senador alcanzó el 89,2% de los sufragios, prolongando su mandato hasta 2003. Sin embargo, sus horizontes políticos tenían un alcance federal, así que el 21 de marzo de 2000 compitió en las primarias demócratas para la nominación del candidato del partido al distrito 1º de Illinois en la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos. El senador estatal se vio las caras con el congresista en ejercicio desde 1993, Bobby Rush, antiguo líder local de los Panteras Negras, y salió contundentemente derrotado con el 30,4% de los votos.

Tras esta tentativa fallida, Obama se afanó en mejorar las relaciones con los políticos negros y los dirigentes de las iglesias que habían apoyado a Rush, y que desconfiaban de él porque su mestizaje racial y sus maneras universitarias no le convertían, a sus ojos, en un buen ejemplo de tribuno afroamericano. En los comicios estatales del 8 de noviembre de 2002 recibió en bandeja la reelección automática de manos de los republicanos, toda vez que éstos, conscientes de sus nulas posibilidades en tan potente bastión demócrata, no presentaron candidato. En consecuencia, el 4 de noviembre de 2003 el abogado inauguró su tercer mandato consecutivo en el Legislativo de Springfield.

Desde el cargo de presidente del Comité de Salud y Servicios Humanos, Obama aprovechó la mayoría legislativa recobrada por su partido para elaborar, someter a debate y sacar adelante más legislación relacionada con la protección social de los ciudadanos del estado. Asimismo, participó en la adopción de normas centradas en el control de la actuación policial en los interrogatorios en las comisarías y la persecución en caliente de presuntos infractores de la ley.

Con todo, su ambición de introducirse en la alta política federal permanecía intacta. El 2 de octubre de 2002 el senador, por primera vez, proyectó su nombre más allá de los límites de Illinois y se dio a conocer a nivel nacional merced a un discurso pronunciado en el centro de Chicago con motivo de un acto pacifista en el que criticó duramente los planes de la Administración republicana de George Bush de invadir Irak con el pretexto de las supuestas armas de destrucción masiva.

Yendo a contracorriente del sentir mayoritario de los estadounidenses, incluyendo muchos demócratas, y sintonizando con las opiniones predominantes en el extranjero, el orador se declaró contrario a la “estúpida” y “precipitada” guerra en ciernes porque el régimen de Saddam Hussein, aun teniendo una naturaleza criminal, no suponía en ese momento una amenaza para la seguridad de Estados Unidos y el resto del mundo.

Como si se dirigiera a un auditorio nacional y no local, Obama arremetió contra los “cínicos intentos” del núcleo neoconservador de la Casa Blanca de “hacernos tragar sus agendas ideológicas sin reparar en el coste de vidas” y contra una estrategia energética que sólo servía a los “intereses de la Exxon y la Mobil”. También, destacó los peligros de una ocupación militar “de duración incierta, precio incierto e inciertas consecuencias”, atreviéndose a profetizar que la aventura bélica iba a “avivar las llamas de Oriente Próximo y estimular lo peor, más que lo mejor, del mundo árabe, así como fortalecer el aparato de reclutamiento de Al Qaeda”.

Tan notable discurso, que suscitaría paralelismos con los furibundos sermones antibelicistas del pastor Wright si no fuera por la ausencia de carga religiosa y la articulación política del mensaje, permitió a Obama mejorar su decolorada imagen entre el electorado negro más militante de Illinois e indujo a algunos observadores a etiquetarlo como un demócrata del ala izquierda. Con los patrocinios de Wright, Jones y Jesse Jackson, y con la asistencia técnica del consultor político David Axelrod, el asambleísta lanzó su precandidatura al Senado de Estados Unidos el 21 de enero de 2003.

La llegada a la bancada legislativa del Capitolio fue para Obama una competición básicamente interna, ya que primero hubo de medirse nada menos que con seis rivales del partido, el más potente de los cuales era el empresario blanco Blair Hull, quien compensó su inexperiencia política con una agresiva campaña de propaganda pagada de su bolsillo antes de ver arruinadas sus posibilidades por un escándalo de presuntos malos tratos conyugales. El 16 de marzo de 2004, Obama, pulverizando todos los sondeos, se deshizo de sus émulos con el 52,8% de los votos y ganó la proclamación.

Superado el primer obstáculo, el candidato demócrata se encontró con que su contrincante republicano, Jack Ryan, arrojaba la toalla tras airearse sus infidelidades conyugales en un proceso de divorcio y que el sustituto de éste, Alan Keyes, era un negro de Maryland sin ninguna base popular en Illinois. Convertirse en el máximo favorito para el puesto senatorial que en la legislatura saliente ocupaba el republicano Peter Fitzgerald (quien había declinado presentarse a la reelección) le hizo a Obama merecedor del codiciado rol de orador inaugural de la Convención Nacional Demócrata, celebrada en Boston del 26 al 29 de julio y que proclamó oficialmente la candidatura de John Kerry, senador por Massachusetts, a la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de noviembre.

En el keynote address que escribió y pronunció, Obama, convertido por unos minutos en la figura política más mediática del país, cautivó a la audiencia con una introducción familiar y personal de la que destacó el componente interracial como acicate del tan traído y llevado sueño americano, seguida de una loa de los valores de la nación estadounidense y una crítica a las políticas económicas y sociales de la Administración republicana, y rematada con invocaciones a la unidad y la esperanza, elementos todos ellos que, proclamó, Kerry encarnaba apropiadamente.

Su campaña al Senado federal fue como un paseo militar para Obama, que el 2 de noviembre, mientras Kerry perdía su envite frente a Bush y el Partido Demócrata veía magnificarse su minoría en el Congreso, conquistó el escaño con el 70% de los votos. Convertido en congresista electo, cesó como legislador en Springfield y puso término también a una década larga como profesor universitario y abogado en Chicago. El 4 de enero de 2005 Obama principió su carrera política en Washington como el quinto senador afroamericano en la historia de la Unión, el tercero surgido de una elección popular y el único en ejercicio en este momento.

Como miembro de la minoría demócrata del Senado, devenida ligera mayoría tras las elecciones congresuales parciales del 7 de noviembre de 2006 (que afectaron a un tercio de la Cámara alta con exclusión del escaño del representante junior de Illinois, siendo el senador senior, o de más antigüedad, del estado el también demócrata Dick Durbin), Obama consolidó su reputación de legislador de tendencias fuertemente liberales –entendidas en este contexto como progresistas- al participar en la elaboración y promoción de proyectos y enmiendas legislativos relativos a la transparencia en la gestión gubernamental y el manejo de fondos federales, la reducción de armas convencionales y los beneficios sociales para los soldados con lesiones de combate.

En enero de 2007, consistente con su postura muy crítica con la invasión y la ocupación de Irak, y a rebufo del anuncio por Bush del incremento del contingente expedicionario para ganarle la batalla a la insurgencia y el terrorismo (el llamado surge), el senador presentó la Iraq War De-Escalation Act, propuesta legislativa nunca debatida que de haber sido aprobada habría supuesto una retirada escalonada del país árabe de todas las tropas de combate con compleción en marzo de 2008.

Ahora bien, por otro lado, Obama no tuvo inconveniente en votar a favor, discrepando con una parte de sus compañeros de bancada, de leyes defendidas por el Ejecutivo republicano y rodeadas de controversia, como la Energy Policy Act de 2005, que modificó la política energética del país al otorgar facilidades fiscales y crediticias a las empresas que invirtieran en el desarrollo de “energías innovadoras” para frenar las emisiones de efecto invernadero ligadas a los combustibles fósiles, y la Secure Fence Act de 2006, que autorizó la construcción de un muro reforzado con vigilancia electrónica a lo largo de más de 1.000 km de frontera con México para entorpecer la inmigración ilegal y el narcotráfico. Asimismo, en 2007 fue copatrocinador de la Iran Sanctions Enabling Act, que endurecía las sanciones contra Irán, cuyo Gobierno era acusado de estar desarrollando un programa nuclear para usos militares, al poner trabas a las inversiones de compañías nacionales en el sector energético iraní.

En su mandato legislativo, Obama fue miembro de los comités senatoriales de Relaciones Exteriores, Medio Ambiente y Obras Públicas, Asuntos de los Veteranos, Salud, Educación, Trabajo y Pensiones, y Seguridad Doméstica y Asuntos Gubernamentales. Dentro del primer Comité presidió el subcomité de Asuntos Europeos, y como miembro del mismo realizó varios viajes oficiales a Oriente Próximo, Europa Oriental y África, donde sostuvo reuniones con altas personalidades políticas y gobernantes.

3. La aspiración presidencial: definición de la plataforma y las primarias demócratas
La publicación en octubre de 2006 de su segundo libro, The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream, obra que tomaba el título del discurso pronunciado en la Convención Demócrata de 2004 y que, a diferencia de Dreams from My Father, presentaba un contenido bastante más declarativo y político que biográfico, fue interpretada como un serio aviso de intenciones por parte de un congresista de color, humildes orígenes y exótico nombre que, pese a su cortísima experiencia en los pasillos federales de Washington y su no pertenencia a las élites tradicionales o a una familia influyente, parecía albergar la suprema ambición, que en su caso, considerando tan potentes handicaps, podía sonar a pretensión quimérica: llegar al despacho oval de la Casa Blanca. Las especulaciones en tal sentido venían formulándose desde su impactante subida a escena en la nominación de Kerry dos años atrás, pese a que entonces ni siquiera tenía despacho en Washington. Ese mismo mes, la revista Time le dedicó su portada semanal con un titular premonitorio: Why Barack Obama Could Be The Next President.

El 10 de febrero de 2007, al cabo de unas semanas salpicadas de gestos inequívocos, Obama lanzó oficialmente su precandidatura demócrata en las escalinatas del Old State Capitol de Springfield, antigua sede del poder legislativo de Illinois y edificio muy vinculado a Abraham Lincoln, quien en 1858, antes de ser elegido presidente, pronunció aquí un famoso discurso contra la división política en el estado. En su alocución, el senador evocó a Lincoln, se refirió a las “esperanzas y sueños comunes”, y achacó a un “liderazgo fracasado”, en referencia a la Administración Bush, el “trágico error” de la guerra de Irak y el abandono de las metas de acabar con la pobreza y dotar a Estados Unidos de un sistema universal de salud. Aseguró reconocer “cierta presuntuosidad, una cierta audacia” en el anuncio que realizaba y que su bagaje en Washington no era muy amplio, pero sí lo suficiente como para saber que las cosas “debían cambiar”. “Es hora de pasar página, aquí mismo y ahora mismo”, sentenció.

En marzo siguiente sacó a la venta su tercer libro, Barack Obama in His Own Words, que recogía una selección de extractos de discursos y entrevistas, y luego escribió un artículo, Renewing American Leadership, que fue publicado como essay de portada por la revista Foreign Affairs en su número bimensual de julio y agosto. El texto, anticipando planteamientos luego expuestos en discursos y ruedas de prensa, reclamaba un “final responsable” para la guerra de Irak, la despolitización de los análisis de inteligencia y un liderazgo renovado para Estados Unidos que ni pretendiera “retirarse” del mundo ni intentara “intimidarlo para que se someta”. El aspirante presidencial apostaba por una política exterior más abierta al multilaterialismo, el diálogo y el consenso.

Ahora bien, esto no le convertía en un pacifista por principios, como tampoco repudiaba sin más la muy controvertida Doctrina Bush de la autodefensa preventiva, ya que él “no vacilaría en usar la fuerza, unilateralmente de ser necesario, para proteger al pueblo americano o nuestros intereses vitales en caso de ser atacados o amenazados de manera inminente”. La matización multilateral la hacía Obama al considerar las opciones militares también “en circunstancias más allá de la autodefensa, en aras de la seguridad común que apuntala la estabilidad global”.

Los dos principales peligros del momento, la posesión por Corea del Norte de un programa de armas nucleares y la aparente búsqueda por Irán de idéntica capacidad militar con su programa de enriquecimiento de uranio debían ser conjurados, pero confiando primero en las medidas de presión aplicadas por una “coalición internacional fuerte” y, eventualmente, en la diplomacia, incluyendo las “conversaciones directas”. En agosto, el senador afirmó que él no dudaría en ordenar una acción militar contra bases de Al Qaeda en Pakistán sin el consentimiento del Gobierno de Islamabad –el cual reaccionó airadamente al comentario-, y reclamó que se enviaran más tropas a Afganistán para combatir a los talibanes, cuya escalada de ataques estaba poniendo en dificultades a las tropas internacionales y de la OTAN allí desplegadas.

Apoyado en su inseparable estratega político, David Axelrod, impulsado por una afluencia de aportaciones financieras tan impresionante como insospechada y sacando el máximo partido de su brillantez comunicativa, Obama encaró con prometedoras perspectivas un proceso de primarias en el que le salieron tres contrincantes de peso, que le aventajaban en experiencia y en preeminencia: John Edwards, antiguo senador por Carolina del Norte y candidato a la Vicepresidencia con Kerry en 2004; el hispanoamericano Bill Richardson, embajador en la ONU y secretario de Energía en la pasada Administración demócrata así como actual gobernador de Nuevo México; y, sobre todo, Hillary Clinton, la famosa ex primera dama, senadora por Nueva York desde 2001 y hasta hacía poco presidenta del Comité Directivo de Alcance del Partido Demócrata en el Senado, cuyas ambición y energía políticas eran de sobra conocidas.

Retirados Richardson y Edwards en enero, la precampaña presidencial demócrata de 2008 se convirtió en un duelo particular entre Obama y Clinton, que alcanzó cotas de gran aspereza, sin rehuir los ataques puramente personales y el mutuo descrédito, insólitas entre postulantes de un mismo partido. La senadora por Nueva York, vendiendo experiencia, metiéndose en el bolsillo a las mujeres blancas, cortejando a los hispanos y lanzando guiños al mismo electorado negro, donde muchos seguían sin considerar al de Illinois, con su oratoria integradora carente de victimismo racial, un verdadero afroamericano, disfrutó a lo largo de 2007 de una considerable ventaja en los sondeos.

Sin embargo, en los caucuses de Iowa, que dieron el banderazo de salida al proceso, Obama comenzó poniéndose en cabeza en la carrera por la obtención de delegados a la Convención Nacional Demócrata. La elección primaria de New Hampshire fue ganada por Clinton, mientras que el supermartes de principios de febrero, en el que se celebraron primarias o caucuses en 23 estados, acabó en un empate técnico. Obama dio un hachazo casi decisivo ese mismo mes al apuntarse once victorias consecutivas, pero Clinton prolongó la pugna, rechazando los llamamientos a que abandonara, al recobrar fuelle con sus victorias en los importantes estados de Ohio, Texas y Pensilvania. La dilatación del proceso por la obstinación esperanzada de Clinton alarmó a los dirigentes del partido, temerosos de que el único beneficiario de la contienda fratricida fuera el candidato del Partido Republicano, John McCain, septuagenario senador por Arizona, ex prisionero de guerra en Vietnam, y con fama de moderado y disidente dentro de su formación, quien tenía asegurada su nominación desde marzo.

Blandiendo los eslóganes emblemáticos de Change we can believe in y Yes, we can, Obama siguió engordando su cuenta y el 3 de junio, pronunciados ya todos los estados y pasados en masa a su lado los llamados superdelegados (compromisarios no elegidos sino designados y que no están sujetos a la disciplina partidista de voto en la Convención), rebasó el número de delegados, 2.118, necesarios para asegurarse la nominación.

En todo este tiempo, también había ganado a Clinton la batalla por los endorsements: a favor de Obama se pronunciaron entre otros Jackson, Kerry, Richardson, Ted Kennedy y otros miembros de la mítica familia, Edwards, el emérito senador Robert Byrd, el ex presidente Jimmy Carter, el ex vicepresidente Walter Mondale y muchos prestigiosos ministros de anteriores administraciones demócratas, a los que posteriormente se sumó el ex vicepresidente y candidato presidencial Al Gore. Fuera del partido, recibió las adhesiones de multitud de celebridades del mundo intelectual, la música, el cine, las ONG y el periodismo, sin faltar la muy influyente comunicadora televisiva Oprah Winfrey, que hizo campaña y recaudó fondos para él, mientras le comparaba implícitamente con Martin Luther King.

Todo este caudal de respaldos a Obama neutralizó los posibles efectos negativos de su pública ruptura con Jeremiah Wright y la Trinity Church, forzada tras pronunciar el polémico reverendo unos sermones cargados de retórica nacionalista negra, que chocaban frontalmente con los mensajes de unidad del candidato, quien salió al paso del pequeño escándalo llamando a “superar las viejas heridas raciales”.

El 7 de junio, la senadora Clinton, por fin, renunció a su precandidatura y dio su apoyo a Obama, haciendo suyo el lema Yes, we can e instando a sus fieles a que hicieran lo mismo. El primero en secundarla fue su marido, el ex presidente Clinton. La enorme acrimonia de las primarias demócratas fue súbitamente reemplazada por los llamamientos al cierre compacto de filas –asumido de mala gana por las votantes clintonianas más incondicionales- tras Obama y contra McCain.

En julio, el candidato realizó un periplo internacional, por Oriente Medio y Europa Occidental, que, más que de presentación, fue de exaltación, a la vista del entusiasmo y las deferencias que halló en las siete capitales visitadas, donde sostuvo reuniones con los respectivos gobernantes. A lo largo y ancho del mundo, las encuestas indicaban que Obama era de largo el candidato preferido por los no estadounidenses para suceder a Bush, no teniendo los medios reparos en hablar de verdadera obamamanía, tales eran las expectativas que el aspirante negro nutría por doquier.

En Kabul, Obama pidió un refuerzo urgente del contingente militar de su país en Afganistán. En Bagdad, contrastó su propuesta de retirada escalonada de las tropas de combate en un plazo de 16 meses a partir de enero de 2009 -muy criticada por McCain ante los éxitos de la surge en la reducción de la violencia- con los deseos del Gobierno irakí de llegar a ese escenario antes de terminar 2010

En Jerusalén, transmitió a los dirigentes israelíes la firmeza de las “relaciones especiales” entre los dos países y su “compromiso permanente” con la seguridad del Estado judío, más ahora en que preocupaba vivamente la amenaza iraní, considerada por él la mayor a que hacía frente Oriente Próximo. En este terreno, el candidato venía destinando mucho más tiempo a exponer posturas proisraelíes (ya había defendido la campaña militar contra Hezbollah en Líbano en 2006, las acciones de represalia contra Hamas en Gaza y el estatus indiviso y capitalino de Jerusalén) que a alentar la convicción de que como presidente de Estados Unidos sería un mediador aplicado y más neutral en las empantanadas negociaciones con los palestinos.

El 23 de agosto Obama desveló que su compañero de fórmula para la Vicepresidencia era el católico Joe Biden, senador por Delaware desde 1973, presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara alta y uno de los congresistas más experimentados del país, así como precandidato testimonial en las primarias demócratas, de las que se había retirado tras el caucus de Iowa. Al escoger a Biden, Obama buscaba enmendar uno de los puntos flacos de su currículum, su minúsculo historial en los terrenos de la seguridad y la política exterior, convertido por los republicanos en un filón de propaganda negativa.

El 27 de agosto, arropado protagónicamente por el matrimonio Clinton, Obama fue nominado por aclamación candidato presidencial en la Convención Nacional Demócrata celebrada en Denver. Independientemente del resultado de su liza con McCain, el senador por Illinois ya estaba escribiendo historia, ya que nunca antes un afroamericano había recibido esta oportunidad en el condominio bipartidista.

4. La campaña electoral: el mensaje del cambio bajo la tormenta económica
Salvo en las dos primeras semanas de septiembre, cuando McCain, impulsado por la efectista irrupción como su acompañante de plancha de la gobernadora de Alaska, Sarah Palin (exponente de los planteamientos ultraconservadores del republicanismo en cuestiones sociales y morales), se puso brevemente por delante, Obama encabezó a lo largo de la campaña todos los sondeos de intención de voto divulgados por los medios periodísticos y los institutos demoscópicos, si bien su margen de ventaja experimentó fuertes oscilaciones, convirtiéndose en un favorito sin certidumbres de victoria.

En sus articulados discursos, sin duda su mayor arma electoral por la fuerte carga retórica y emocional que les imprimía, ilusionando y convenciendo a unos auditorios entregados al carisma de quien algunos –en la comunidad negra- ya contemplaban con expectativas cuasi mesiánicas, y, en menor medida, en los tres debates televisados que sostuvo con McCain, Obama hizo gala de un estilo metódico, cerebral y calmoso, hábilmente conjugado con rasgos de naturalidad, claridad y simpatía, que anulaban las percepciones de posible elitismo intelectual.

El aspirante hizo una elocuente promoción del concepto del cambio, un cambio integral, en la manera de gobernar Estados Unidos, en los principios rectores de la economía de libre mercado y en el modo de relacionarse con el resto del mundo. El lema Change we can believe in, que dio título a su cuarto libro, publicado en septiembre a modo de manifiesto electoral, se transformó en The change we need; en otras palabras, de lo posible y lo esperanzador se pasaba a lo ineludible y lo perentorio. Igualmente, Obama presentó un repertorio de posturas y promesas que, lejos de reflejar un programa bien desarrollado en origen, fue adquiriendo nitidez y detalle sobre la marcha, a veces matizando pronunciamientos anteriores, y de manera recurrente ajustándose a las necesidades electoralistas conforme estas iban surgiendo.

Así, endureció su discurso sobre Irán, país al que amenazó con más fuertes sanciones económicas y con el empleo de la fuerza como último recurso, y dejó abierta la puerta a una revisión de su plan de retirada militar de Irak en año y medio, en función de la situación de la seguridad y de las opiniones de los comandantes sobre el terreno. A su entender, se trataba de poner fin a la guerra en el país árabe de una manera “responsable”. Su conocido escepticismo con la ejecución discrecional de la pena de muerte y la legislación permisiva de la tenencia de armas de fuego por particulares fue también revisado. En un sentido general, se apreció una moderación de los enfoques personales de Obama, que tomaron un cariz más centrista en comparación con el izquierdismo asomado en la contienda con Clinton durante la precampaña.

En el libro-manifiesto Change We Can Believe In: Barack Obama’s Plan to Renew America’s Promise, el candidato presentaba un plan de “esperanza para América” estructurado en cuatro apartados. El primero, titulado Reactivar la economía: reforzando la clase media, se ocupaba de los aspectos socioeconómicos, y aquí Obama ofrecía: universalizar la red de seguros sanitarios, integrando en el sistema a 47 millones de estadounidenses sin cobertura médica; reforzar las prestaciones y consolidar la naturaleza pública del programa Medicare (de asistencia sanitaria gratuita a la tercera edad) y el conjunto de la Social Security; subir los impuestos a las rentas más altas, las superiores a los 250.000 dólares anuales, mantener o reducir la presión tributaria a las demás (el 95%), con devoluciones fiscales de 500 a 1.000 dólares a las familias de la “clase media” –Biden aclaró posteriormente que debían considerarse tales las que ingresaran menos de 150.000 dólares-, y exenciones totales a las personas mayores con rentas inferiores a los 50.000 dólares; y suprimir las tasas sobre los beneficios de capital a las empresas pequeñas, innovadoras o simplemente de nueva creación, pero incrementarlas a las grandes, particularmente las compañías petroleras.

En el segundo apartado de su plan, Invertir en nuestra prosperidad: creando nuestro futuro económico, el candidato se comprometía a dar un gran salto educativo así como a alcanzar la “independencia energética”, para él sinónimo de seguridad nacional, lo que pasaba por una apuesta decidida por las energías renovables y los combustibles alternativos a los fósiles, y por la reducción del consumo de petróleo importado de fuera a unos precios desbocados, poniendo como alternativas los biocarburantes y la explotación de parte del crudo atesorado por el subsuelo nacional, las llamadas reservas estratégicas.

Como resultado, aseguraba, el país ahorraría ingentes cantidades de dinero y crearía cinco millones de puestos de trabajo verdes. Además, el cumplimiento de los criterios de eficiencia energética permitiría reducir masivamente las emisiones contaminantes de efecto invernadero, reducción que, afirmaba con optimismo, podría alcanzar en 2050 el 80% en relación con los niveles de 1990. En este sentido, Obama quería convertir a Estados Unidos en “líder” mundial en la lucha contra el cambio climático, dando un giro de 180 grados a la política practicada por Bush. Ahora bien, el demócrata no dijo si pensaba impulsar la ratificación por el Congreso del Protocolo de Kyoto de 1997.

El tercer apartado del plan, Reconstruir el liderazgo de América: restaurando nuestro lugar en el mundo, tenía asimismo fuertes implicaciones económicas, ya que la retirada de Irak, la eventual finalización también de la guerra contra Al Qaeda y el terrorismo global –con victoria, se entendía-, la interrupción del desarrollo de nuevo armamento nuclear –ligado a una activa campaña internacional para frenar la proliferación nuclear y prohibir, tratado mediante, la fabricación de munición atómica en todo el planeta-, el abandono de los proyectos más dispendiosos del sistema de defensa nacional antimisiles (NMD) y la renuncia a situar armas en el espacio exterior supondrían en conjunto una acusada desmilitarización de la economía que liberaría decenas de miles de millones de dólares, dinero necesario para cubrir las ayudas fiscales, el gasto social y las inversiones energética y medioambiental, amén de podar el colosal déficit presupuestario legado por la Administración Bush, que alcanzaba ya los 450.000 millones de dólares, cantidad equivalente al 3,2% del PIB.

Las medidas para aliviar las cargas deudoras de los trabajadores, estimular el consumo e incentivar las inversiones productivas y generadoras de empleo adquirieron una dramática prioridad precisamente en el período álgido de la campaña, en septiembre y octubre, cuando la crisis del mercado de las hipotecas subprime, arrastrada desde el año anterior, desembocó en una descomunal tormenta financiera (intervención estatal en las entidades hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac, quiebra del gigante de la banca de inversiones Lehman Brothers, rescate y nacionalización de hecho por la Reserva Federal de la aseguradora AIG para impedir su bancarrota también), unida a un histórico crash bursátil espaciado en varias jornadas y al veloz agravamiento de la contracción económica: así, en el tercer trimestre del año el PIB estadounidense había decrecido el 0,3%, y la recesión iba a declararse con toda crudeza en el cuarto. La superpotencia parecía abocada a su peor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX.

La gravísima crisis de liquidez en el mercado crediticio estadounidense, que infectó a las demás economías mundiales, intentó ser atajada por la Reserva Federal con bajadas del tipo de interés y por el Ejecutivo con el lanzamiento, en una medida sin precedentes por su magnitud y su heterodoxia antiliberal, de un plan intervencionista de emergencia consistente en la inyección en el sistema financiero de 700.000 millones de dólares de dinero público destinados a comprar activos de inversión de los llamados tóxicos (toxic assets), por estar respaldados en hipotecas de alto riesgo. Obama, como McCain, invocando acciones urgentes para evitar la “catástrofe económica”, salió a apoyar la llamada Emergency Economic Stabilization Act, que fue aprobada en segunda lectura por las cámaras del Congreso el 1 y el 3 de octubre.

La triple calamidad financiera, económica y bursátil perjudicó la candidatura del republicano, cogido a contrapié y con serias dificultades para demostrar que sus propuestas económicas se apartaban saludablemente de las políticas de la Administración saliente de su propio partido, e impulsó la del demócrata, visto por la mitad de los ciudadanos, irritados por que el Estado socorriera a los responsables de la turbulencias y preocupados por su bolsillo, como el mejor preparado de los dos para afrontar el tremendo desbarajuste e imponer a las corporaciones las nuevas reglas del juego, que forzosamente tendrían que ser menos tolerantes con las prácticas especulativas y las operaciones financieras de alto riesgo movidas por el afán de lucro. Otro punto a favor de Obama era su equipo de asesores económicos de alto nivel, entre los que se encontraban el magnate capitalista y filántropo Warren Buffett -uno de los hombres más ricos del mundo-, el presidente del gigante de Internet Google, Eric Schmid, el ex presidente de la Reserva Federal Paul Volcker y los ex secretarios del Tesoro con Clinton Robert Rubin y Lawrence Summers.

El seísmo en Wall Street eclipsó también el efímero efecto Palin, desinflado de todas maneras por el rudo derechismo y, principalmente, la patente falta de preparación de la aspirante republicana a la Vicepresidencia, que pudo terminar convirtiéndose en un lastre para McCain, el cual, de todas maneras, llevó una campaña un tanto errática. En la recta final de la campaña, los dos postulantes republicanos pusieron unos acentos particularmente demagógicos y agresivos a los ataques de descalificación personal, adoptados luego de agotarse el argumento de que el de Illinois no tenía madera para comandar un país bajo amenaza terrorista e involucrado en dos guerras, en la esperanza de que la movilización del voto del miedo en el electorado conservador pudiera contrarrestar el impacto adverso de las funestas noticias económicas en las candidaturas propias.

Así, la gobernadora acusó a Obama de “juntarse con terroristas”, luego de dar cuenta The New York Times (que editorializó a favor del demócrata, como otras grandes cabeceras de la prensa) de unos contactos circunstanciales del senador con el profesor universitario William Ayers, antiguo cabecilla de un grupo subversivo de extrema izquierda que perpetró atentados contra edificios federales a principios de los años setenta. Se trataba de otra “relación peligrosa”, como las del reverendo Wright y el promotor inmobiliario Tony Rezko, encarcelado por corrupción. Palin, esta vez apoyándose en lo afirmado por el propio fustigado, echó también en cara a Obama su disposición a encontrarse cara a cara y sin condiciones con el venezolano Hugo Chávez, el iraní Mahmoud Ahmadinejad, el norcoreano Kim Jong Il, los hermanos Castro “y otros peligrosos dictadores”.

McCain, por su parte, no se quedó atrás y sembró las dudas sobre el “verdadero Obama”, al tiempo que le tildaba de “peligroso” e “izquierdista radical” –el demócrata le llamó a su vez “riesgo para la seguridad nacional”-, contribuyendo a asentar en las bases republicanas más derechistas un agitado estado de furia por la posible llegada del “comunismo” a Estados Unidos de la mano de un presidente “escogido por terroristas”, como no podía ser de otra manera a la vista de tan sospechoso nombre, tan anómala biografía y tan “apaciguadoras” propuestas en política exterior. Las virulentas reacciones sectarias en su propio electorado, atizadas por varios medios de comunicación, escaparon al control de la campaña de McCain, quien, en un gesto insólito, se vio obligado, micrófono en mano y aguantando la presión de un auditorio exaltado, a negar que su contrincante fuera un “árabe”, sino “un decente ciudadano y padre de familia”.

Las maniobras de intoxicación en torno a la supuesta fe musulmana de Obama habían circulado ya durante la precampaña contra Clinton, cuando se filtraron unas fotos en las que se veía al senador vestido con un traje típico somalí, turbante inclusive, tomadas durante un viaje a Kenya en 2006. Ahora, Internet volvió a ser un excelente medio de propagación de bulos sobre las inconfesables “conexiones” del candidato con el Islam, a ser posible radical. El nombre y el apellido del aspirante a presidente, con su resonancia tan poco americana y sí árabe-musulmana, facilitaron los chascarrillos malévolos a costa de un tal Obama bin Laden, Barack Osama, Baraka Obama y el todavía más contundente Barack Saddam Hussein Osama, entre otros juegos de palabras (para completar las pullas, Joe Biden se prestaba a ser llamado Joe bin Laden).

Todas estas maniobras consiguieron sin duda detraer confianza en el demócrata por una parte del electoral blanco indeciso. Y sin embargo, Obama sacó un rendimiento extraordinariamente fructífero de Internet, atiborrado de webs, blogs, videos y canciones creados a mayor gloria suya, además de permitirle alcanzar cotas históricas de recaudación económica para su campaña: los 650 millones de dólares recogidos en total, procedentes exclusivamente de donaciones de particulares y entidades privadas –el candidato rehusó recibir fondos públicos-, más que duplicaron lo ingresado por McCain. El merchandising electoral fue también copado por Obama, cuyos lemas, logos y efigie se estamparon en todo tipo de soportes. El demócrata se convirtió en un icono sin ser aún el presidente.

Por lo demás, el aspirante se pronunció sobre una amplia variedad de temas, dando a entender que si llegaba a la Casa Blanca revocaría varias disposiciones ejecutivas de Bush: así, prometió clausurar el centro de detención de Guantánamo para sospechosos de terrorismo y erradicar los interrogatorios violentos y las torturas en la guerra secreta contra Al Qaeda y sus afines, ya que semejantes prácticas suponían “una brutal traición a nuestros valores fundamentales y una grave amenaza para nuestra seguridad”; mostró su disposición a suavizar el bloqueo de Cuba, levantando las restricciones de los viajes y el envío de remesas a los cubanos en la isla; ofreció duplicar la ayuda humanitaria de Estados Unidos a los países menos desarrollados y llamó a situar una estrategia para la reducción de la pobreza en el centro de la política exterior; valoró en términos muy críticos el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, con Canadá y México), por lo que fue acusado de proteccionista; se manifestó personalmente contrario a los matrimonios homosexuales pero también a que la Constitución definiera el matrimonio como la unión de hombre y mujer; y aceptó desbloquear la investigación médica de células madre embrionarias con fondos federales.

El elevado nivel de registros electorales, el 73,5% de la población en edad de votar, movilización que no tenía precedentes desde la introducción del sufragio femenino en 1920, hacía presagiar una victoria de Obama, impulsado decisivamente por una coalición popular formada por tres, cuatro segmentos sociales bien definidos: los jóvenes, muchos de ellos nuevos votantes, las mujeres solteras y las minorías raciales, muy particularmente la negra, volcada con el demócrata de una manera aplastante, en torno al 95%, pero también la hispana, que por primera vez apartó sus tradicionales sentimientos de recelo y rivalidad con la comunidad afroamericana, y se apuntó al mensaje del cambio.

Con una participación nacional en torno al 64%, Obama se proclamó presidente con el 52,8% de los votos populares y 365 delegados o votos electorales –necesitaba 270- de 28 estados, incluidos los determinantes de Florida, Pensilvania, Ohio y Florida, frente al 45,9% y los 173 votos de 22 estados idos a McCain. El color azul tiñó también las elecciones al Congreso, donde los demócratas incrementaron sus mayorías en ambas cámaras: en la Cámara de Representantes, con 435 miembros, pasaron de 235 a 255 escaños, y en el Senado, con 100 miembros, de los que 35 se renovaron ahora, pasaron de 51 –incluyendo dos independientes prodemócratas- a 58.

En la madrugada del 5 de noviembre, el presidente electo, acompañado de su familia, compareció ante una muchedumbre enfervorizada en el Grant Park de Chicago para pronunciar un discurso de aceptación y agradecimiento en el que apeló a la unidad de todos los estadounidenses sin distingos de edad, raza u orientación sexual, tendencia partidista o situación económica: “(Todos) somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América”, proclamó, así como que “el cambio ha llegado a América”. “Si hay alguien por ahí que todavía duda de que América es un lugar donde todo es posible, que todavía se pregunta si el sueño de nuestros padres fundadores está vivo en nuestros días, que todavía cuestiona el poder de nuestra democracia, esta noche es su respuesta”, fue la frase con la que un sorprendentemente tranquilo Obama comenzó su alocución.

Entre tanto, a lo largo y ancho del país, se sucedían las públicas demostraciones de euforia, por momentos catártica, y exaltación patriótica. Un entusiasmo contagiado a otros lugares del mundo, desde donde le llovieron las felicitaciones al presidente electo, sin faltar el continente africano y muy especialmente Kenya, donde la población se echó a las calles para celebrar la elección de quien veía como un medio paisano, y el Gobierno decretó día festivo.

Tras tomarse un breve descanso, Obama, con sus gestos y sus palabras, se encargó de templar la desmedida exultación que su victoria electoral había generado, hizo hincapié en lo delicado de la situación por la que el país atravesaba, e indicó que no iba a quedarse de brazos cruzados hasta la toma de posesión del 20 de enero de 2009, cuando le tocaría enfrentar “el desafío económico más importante de nuestras vidas” y una crisis “de proporciones históricas”. “No va a ser rápido, no va a ser sencillo salir del agujero en el que estamos”, avisó, rehuyendo todo triunfalismo.

En los días y semanas siguientes a su elección, el ya ex senador –dimitió como tal el 16 de noviembre- ha ido avanzando algunas de las medidas que su administración piensa adoptar “inmediatamente después” de tomar posesión. En síntesis, buscará atajar la recesión y la sangría laboral –la tasa de paro se sitúa ya en el 6,5%, la más alta desde 1994, tras la destrucción de 300.000 puestos de trabajo y la suma de 600.000 personas a las listas de desempleados sólo en el catastrófico mes de octubre-, mediante un desembolso masivo de dinero público, probablemente parangonable en cuantía al paquete de rescate del sistema financiero montado por el Gobierno Bush con consenso bipartidista.

El llamado Plan de Recuperación Económica, que algunos observadores ya comparan con el New Deal de Roosevelt, con un horizonte operativo de dos años y bastante más ambicioso y dispendioso que las propuestas de campaña, tal como lo contemplan sus promotores, socorrerá fiscalmente a las familias de la clase media acosadas por las hipotecas, preservará o creará 2,5 millones de puestos laborales, hará ingentes inversiones en infraestructuras públicas y tecnologías verdes, y considerará la ayuda al sector industrial del automóvil, particularmente golpeado por la crisis ante la caída en picado del consumo, a condición de que las empresas interesadas presenten un plan “elaborado” de supervivencia.

(Cobertura informativa hasta 25/11/2008)

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