Luiz Inácio Lula da Silva


Luiz Inácio Lula da Silva

Datos relevantes

 Presidente de la República

Duración del mandato: 01 de Enero de 2003 – En funciones

Nacimiento: Caetés, estado de Pernambuco , 27 de Octubre de 1945

Partido político: PT

Profesión: Obrero metalúrgico

Crédito fotográfico: © Foto Agência Brasil/Ricardo Stuckert/PR

Resumen

Luiz Inácio da Silva nace el 27 de octubre de 1945 en el pueblo de Vargem Grande, actualmente llamado Caetés, cerca de Garanhuns, en el estado nororiental de Pernambuco, en un entorno social y económico lastrado por el subdesarrollo más agudo. Es el séptimo de los ocho hijos, cinco chicos y tres chicas -en realidad, los hermanos fueron doce, pero cuatro murieron prematuramente- tenidos por una pareja de labradores analfabetos, Arístides Inácio da Silva y Eurídice Ferreira de Mello, llamada Dona Lindu por el vecindario.

Biografía

1. Obrero y sindicalista del metal en São Paulo
2. Salto a la política desde las luchas gremiales
3. Lento ascenso electoral del Partido de los Trabajadores
4. Candidato presidencial en 1989 frente a Collor de Mello
5. Problemas con la imagen izquierdista y dos fracasos en las urnas ante Cardoso
6. Papel en los foros de São Paulo y Porto Alegre
7. Cuarto envite presidencial y victoria en 2002
8. Una toma de posesión cuajada de expectativas
9. El primer año de gestión: reformas modernizadoras y apuesta por el gradualismo
10. Dinamismo y propuestas alternativas en el ámbito internacional

1. Obrero y sindicalista del metal en São Paulo
El padre, hombre de temperamento violento, mujeriego y que no mostró un cariño especial hacia su familia ni el menor interés por la educación de su progenie, a la que quería ver trabajando tan pronto como tuviera la edad, emigra a la urbe de São Paulo para ganarse la vida como estibador portuario tan solo unas días antes de que su esposa de a luz al último de sus vástagos. De hecho, el joven Luiz Inácio no conoce a su padre hasta transcurridos cinco años. La ocasión se plantea cuando aquel retorna brevemente a Vargem Grande, tal vez para intentar una reconciliación con su mujer. Lo cierto es que los únicos resultados tangibles de esta visita de Arístides da Silva a su terruño son el duodécimo embarazo de Dona Lindu, quien meses después dará a luz al único hermano menor del futuro presidente, y una paliza sufrida por el propio Luiz Inácio, quien por ser el benjamín acapara las atenciones protectoras de la madre.

En 1952 Eurídice Ferreira vende las improductivas parcelas de labranza de su propiedad y marcha con toda su prole a establecerse en el estado de São Paulo, donde vislumbra un horizonte de futuro menos sombrío que el dejado atrás en el depauperado Pernambuco. La familia vive primero en Guarujá y en 1956 recala en Santos, ciudad costera que sirve de prolongación portuaria de São Paulo y en cuyos muelles de carga trabaja el padre. Sin embargo, cuando los progenitores se reencuentran, él ya ha fundado una nueva familia igual de numerosa; entonces, ella decide separarse definitivamente de su esposo, quien años después encontrará la muerte completamente alcoholizado. Hoy Lula asegura que no guarda resentimiento hacia su padre, y que, antes al contrario, siempre ha admirado su fuerza física y su virilidad; en su opinión, a Arístides da Silva lo que le perdió fue el “pozo de la ignorancia” en que se hallaba sumido.

Santos es sólo una parada temporal y la familia se mueve a la vecina São Paulo. Ciudad atestada de emigrantes y desarraigados sin recursos como ellos, los da Silva no encuentran otro inmueble para vivir que un cubículo en el sótano de un bar en el barrio obrero de Vila Carioca. El muchacho, apodado Lula por parientes y conocidos, contribuye a las magras rentas familiares trabajando como vendedor callejero de tapioca y frutas tropicales, y comienza la educación primaria en el grupo escolar Marcílio Dias de Santos. En esta situación de absoluta precariedad, el futuro sindicalista no puede recibir más que una educación elemental y, como tantos jóvenes de su extracto social, engrosa el proletariado urbano desde muy temprana edad.

Limpiabotas, mozo de tintorería y recadero de talleres y fábricas del cinturón industrial paulista son algunos de los subempleos que Lula simultanea con los estudios primarios. En el quinto curso, no obstante presentar un expediente académico prometedor, abandona la escuela, y cuando cuenta con 14 años encuentra su primer empleo de asalariado: es en la empresa siderometalúrgica Armazéns Gerais Colúmbia, concretamente en una planta de producción de tornillos. La conclusión en 1963 de un curso de tres años impartido por el Servicio Nacional de Industria (SENAI) le cualifica como tornero, ampliando sus posibilidades profesionales en el sector. En 1964, el año del golpe de Estado militar que liquidó el sistema democrático de partidos, sufre un accidente laboral en el turno de noche de la fábrica Fris Moldu Car, especializada en remates de carrocerías de automóviles, y como resultado pierde el dedo meñique de la mano izquierda.

En enero de 1966 termina una mala racha laboral, casi un año de paro, al ser contratado por la importante compañía metalúrgica Indústrias Villares, basada en São Bernardo do Campo, una de las prefecturas o municipios del denominado ABC, subárea metropolitana de São Paulo y el principal cinturón industrial de Brasil y de toda Sudamérica. Según ha contado él mismo, en aquellos años Lula era un joven despreocupado que cuando no tenía que ganarse la vida con el buzo frente al torno dedicaba todo su tiempo a jugar al fútbol, a beber cachaça (un aguardiente típico de Brasil que se obtiene de la destilación de la caña de azúcar) y a rondar a las chicas.

Es en 1968 cuando, de la mano de su hermano mayor, José Ferreira da Silva, alias Frei Chico, militante del proscrito Partido Comunista Brasileño (PCB), se interesa por el movimiento obrero. Afiliado al Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, Lula combina la actividad puramente sindical, defendiendo los intereses de los trabajadores, con la difusión de boletines políticos rigurosamente clandestinos en los que se ataca al régimen militar, el cual, encabezado por el mariscal Artur da Costa e Silva, vive su fase más represiva.

En 1969 los hermanos da Silva son votados para integrar el Comité Ejecutivo del sindicato, José como secretario de área y Luiz Inácio como su suplente. En mayo de ese año éste último contrae matrimonio con una obrera de telar de nombre Maria de Lourdes, pero el maridaje se trunca trágicamente un año más tarde con la muerte de ella, víctima de una hepatitis aguda, justo cuando da a luz al primer hijo del sindicalista, que tampoco sobrevive al parto. Sobrepuesto a esta desgracia, en 1974 Lula vuelve a casarse con otra trabajadora, Marisa Letícia Rocco Casa, también viuda y madre de un niño. Él llega a su segundo matrimonio con una hija que es fruto de la relación extraconyugal en 1972 con una auxiliar de enfermería llamada Miriam Cordeiro. Con Marisa tiene otros tres chicos y la familia queda conformada con cinco descendientes.

2. Salto a la política desde las luchas gremiales
En 1972 Lula es elegido director del Departamento de Protección Social del sindicato. Respetado y apreciado por sus compañeros por sus esfuerzos para mejorar la cobertura social, la preparación profesional y el nivel cultural de los trabajadores metalúrgicos del ABC paulista, en 1975 es elevado a la presidencia del sindicato con el 92% de los votos y pasa ser la voz y el rostro de casi 100.000 trabajadores. En febrero de 1978 es reelegido con el 98% de los votos y adopta una postura de total beligerancia frente a la dictadura castrense, ahora encabezada por el general Ernesto Geisel. Entonces, el régimen concita una avalancha de críticas y un desprestigio sin precedentes por el derrumbe del llamado milagro económico brasileño de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y ante esta situación los militares no tendrán otro remedio que emprender una -muy cautelosa, no obstante- liberalización política.

Lula es el promotor principal de las grandes manifestaciones y paros obreros en São Paulo en exigencia de libertades sindicales y de la readmisión en sus puestos de trabajo de los compañeros despedidos. Para detener este peligroso frente de contestación, en 1979 el Gobierno federal hace aprobar una ley que prohíbe las huelgas en los sectores de la economía declarados esenciales. El 13 de marzo de ese año, en la víspera de la asunción presidencial del general João Baptista Figueiredo, Lula, en su primera acción contestataria que le reporta fama a nivel nacional, desobedece la disposición legal y llama la huelga general en el ABC, pasando a entablar un forcejeo con las autoridades que se salda con un precario acuerdo para el retorno de los huelguistas a las fábricas, aunque el sindicato no se libra de de ser intervenido.

Los melalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema salen de esta porfía debilitados y con el mal sabor de boca que ha supuesto la aprobación por el Congreso, a instancias del partido promilitar Alianza Renovadora Nacional (ARENA), pero también de algunos diputados del opositor Movimiento Democrático Brasileño (MDB) -las dos únicas formaciones legales, que cumplían el simulacro de democracia representativa implantado en 1966-, de una normativa lesiva de los derechos de los trabajadores. Es el momento para que cuaje una idea ya planteada por Lula a finales del año anterior, formar un partido político que vele por los intereses de los trabajadores en las instituciones emanadas del voto popular, además de sumarse a la causa democrática en un sentido general.

El 10 de febrero de 1980, al amparo de la disposición legal del 29 de noviembre de 1979 que ha extinguido el bipartidismo y ha abierto la puerta a un multipartidismo que sus promulgadores pretenden que sea limitado, los sindicalistas de Lula, activistas sociales y algunos políticos e intelectuales de izquierda fundan en el Colegio Sion de São Paulo el Partido de los Trabajadores (PT). La nueva formación, aún no legal y a duras penas tolerada por las autoridades, reivindica un ideario socialista convencional, clasista y con nociones marxistas, esto es, un poco a semejanza de los partidos socialistas y laboristas europeos de los años cincuenta y sesenta. El PT presenta una organización disciplinada y goza de una sólida implantación popular, la cual arraiga con mucha rapidez entre las masas proletarizadas de São Paulo.

El PT recibe también numerosas adhesiones del sindicalismo brasileño y de sectores progresistas de la Iglesia católica permeables a la Teología de la Liberación y cuyo rostro señero es monseñor Helder Cámara, arzobispo de Olinda y Recife y clérigo de fama universal. En su fase inicial, el PT está muy vinculado a grupos socialdemócratas adscritos al también recién fundado Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, formación mayormente centrista y heredera del abolido MDB), en particular a la facción animada por el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, cuya campaña electoral a senador por São Paulo en 1978 Lula apoya. De hecho, la intención primera de Lula es integrar a Cardoso (persona con un perfil harto disímil, por su extracción burguesa, su bagaje intelectual y su trayectoria cosmopolita) en un proyecto común de socialismo democrático llamado a plantear una sólida oposición a los militares en el poder. Sin embargo, la iniciativa no prospera porque, según algunos comentaristas, brinda argumentos a quienes desde la izquierda más propiamente marxista niegan al PT su carácter de partido, no ya revolucionario, sino simplemente obrero.

En el lado del espectro político del PT ya están operando otras formaciones en trance de organización y relanzamiento, principalmente el Partido Democrático Laborista (PDT) del veterano Leonel Brizola, el PCB de Luiz Carlos Prestes y el Partido Laborista Brasileño (PTB) de Ivete Vargas. Estos grupos plantean también una oposición sin ambages al régimen militar desde posturas de izquierda, pero a diferencia del PT portan de hecho viejas siglas y viejos proyectos que vivieron sus mejores tiempos en el período democrático comprendido entre 1945 y 1964. Más aún, a finales de la década de los setenta el PCB llevaba años dividido en facciones marxistas ortodoxas y renovadoras, mientras que el PDT, escorado al populismo de izquierdas, y el PTB, más moderado, mantenían una pugna particular por la titularidad de la herencia ideológica del trabalhismo, noción acuñada por el PTB original puesto en marcha por Getúlio Vargas en 1945 y que tenía su baluarte en Río de Janeiro.

Por de pronto, Lula continúa con su lucha de tintes políticos en el frente sindical. El 1 de abril de 1980 comienza una huelga de los obreros paulistas en demanda de mejoras salariales que se prolonga durante 41 días y que es duramente reprimida por las fuerzas del orden. En el decimonoveno día de este nuevo y tenso pulso con el poder, Lula y el resto de la directiva del sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema son arrestados y removidos de sus puestos gremiales en virtud de la Ley de Seguridad Nacional. Preso en los calabozos de la policía política de la dictadura, el DOPS, hasta mediados de mayo, a Lula se le imputa un delito de alteración del orden público y el 25 de febrero de 1981, semanas después de regresar de un viaje por Europa y Estados Unidos, un tribunal militar de São Paulo le condena a tres años y seis meses de cárcel, pena que no llega a cumplir porque el 2 de septiembre siguiente el Tribunal Supremo Militar anula la primera sentencia y solicita un nuevo juicio.

3. Lento ascenso electoral del Partido de los Trabajadores
El PT se registra provisionalmente el 11 de febrero de 1982 y tiene su debut electoral en las elecciones legislativas multipartidistas del 15 de noviembre del mismo año, cuando queda en un discreto quinto lugar tras el PDT y el PTB con el 3,5% de los votos, lo que le da derecho a ocho escaños en la Cámara de Diputados. Lula, ya exonerado de toda cuenta pendiente con la justicia al declarar el Tribunal Supremo Militar la prescripción de su caso el 11 de mayo, prueba suerte en la liza por el puesto de gobernador de São Paulo. Se trata de su primera aspiración a un cargo político de elección popular y, dadas las circunstancias, el resultado adverso está cantado: pese a recibir más de un millón de votos, que son casi todos los cosechados por el partido en el conjunto del país, lo que indica que su base de apoyos proviene casi exclusivamente del cinturón rojo paulista, Lula es rebasado por otros tres contrincantes encabezados por André Franco Montoro, del PMDB.

El 26 de agosto de 1983 Lula participa en la fundación de la Central Única de Trabajadores (CUT), que se articula como la agrupación gremial ligada al PT y como el nuevo ariete movilizador del obrerismo contra el régimen militar. Desde finales de ese año integra, con Brizola y el jefe del PMDB, Ulysses Guimarães, el trío de líderes opositores que galvaniza las masivas manifestaciones populares en demanda de la elección directa del presidente de la República. Sin embargo, la campaña del Diretas Já termina en fracaso, ya que en el Congreso los diputados del Partido Democrático Social (PDS, heredero de ARENA) consiguen frustrar el 25 de abril de 1984 la enmienda constitucional que la reforma precisa.

Después de este revés opositor, el jefe petista es marginado de los conciliábulos capitaneados por Guimarães, Brizola y los escindidos del PDS Aureliano Chaves y José Sarney con el objeto de catapultar a la Presidencia de la República al candidato del PMDB, Tancredo Neves, frente al nominado por el PDS, Paulo Maluf. De todas maneras, ante la disyuntiva dirimida por el Colegio Electoral, Lula no duda en apoyar a Neves, quien, en efecto, gana la investidura el 15 de enero de 1985. Sin embargo, el respetado ex gobernador de Minas Gerais fallece antes de poder asumir la suprema magistratura y el testigo pasa al vicepresidente electo, Sarney, quien se convierte en presidente de la República en funciones el 15 de marzo y en titular el 21 de abril.

Brasil ha recobrado el sistema democrático, pero para Lula y los petistas lo que se abre no es sino otro ciclo de contiendas políticas. Por de pronto, el PT se lanza a contestar con una nueva hornada de huelgas y manifestaciones el plan de estabilización económica aplicado por Sarney, conocido como el Plan Cruzado, que pretende eliminar la hiperinflación y corregir la crónica debilidad de la moneda nacional. Con sus exigencias de que se suspenda el pago de la asfixiante deuda externa, que terminen los despidos masivos en la industria paulista y, en definitiva, que el Gobierno no transija con las exhortaciones del FMI, en el ecuador de la década de los ochenta Lula perfila su estampa de político izquierdista radical, con la presencia y los modos propios del sindicalista arisco, de verbo encendido y ademanes un tanto rudos que ha sido hasta ahora. Lula no sabe o no quiere sofisticarse con el objeto de ganar respetabilidad y poder desenvolverse en los vericuetos de la alta política federal, un terreno copado por personalidades de la derecha, el centro y el centroizquierda tan excelentemente instruidos como hechos para el despacho oficial, el traje y la corbata.

Cuanto más se distancia Lula de las élites de los demás partidos, más incrementa su popularidad entre las clases trabajadoras golpeadas por la crisis y cimenta su liderazgo obrero en las ciudades satélite de São Paulo. En las elecciones legislativas del 15 de noviembre de 1986 el PT adelanta al PDT, pisa los talones al PDS y se encarama como la primera fuerza de la izquierda con el 6,9% de los votos, que se traducen en 16 diputados. Eso sí, el partido permanece a mucha distancia de las dos grandes formaciones del centro y la derecha, el PMDB y el Partido del Frente Liberal (PFL, escisión del PDS). Con todo, en los comicios de 1986 Lula es el cabeza de lista que obtiene el escaño en la Cámara baja del Congreso, investida de mandato constituyente, con el mayor número de votos, 650.000. En la Asamblea Nacional Constituyente emanada de la Cámara, Lula pugna para que la nueva Carta Magna salvaguarde los intereses de los trabajadores. Y, ciertamente, el texto promulgado el 5 de octubre de 1988 recoge el derecho de huelga, la semana laboral de 44 horas, las vacaciones parcialmente pagadas y las revisiones salariales ajustadas al coste de la vida, entre otras mejoras históricas. Sin embargo, uno de los puntos incorporados al programa del PT, la reforma agraria, sigue y seguirá inédito en la agenda del Gobierno.

4. Candidato presidencial en 1989 frente a Collor de Mello
En 1989 tendrán lugar las primeras elecciones presidenciales directas en tres décadas y dos años antes Lula lanza su postulación. En el V Encuentro Nacional del PT, el 4 de diciembre de 1987, es nominado candidato al tiempo que cede la presidencia del partido a otro responsable curtido en las luchas sindicales, Olívio Dutra. En los comicios municipales del 15 de noviembre de 1988 los candidatos petistas ganan en 29 prefecturas, entre ellas tres capitales estatales, São Paulo, Porto Alegre y Vitória, y de cara a las presidenciales Lula forma el Frente Brasil Popular con el Partido Socialista Brasileño (PSB) y el muy ortodoxo Partido Comunista de Brasil (PCdoB), añeja escisión marxista-leninista del PCB que no reconoció en su momento la desestalinización decidida por el sector mayoritario del partido.

Así las cosas, Lula arranca la campaña para el envite del 15 de noviembre de 1989 con expectativas optimistas, pero se le interpone el candidato prefabricado del centroderecha, el ex gobernador de Alagoas y millonario Fernando Collor de Mello, con su agrupación montada para la circunstancia, el Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), el cual, patrocinado por poderosos círculos económicos y políticos conservadores, desarrolla una campaña basada en las más modernas técnicas de marketing electoral y en promesas populistas de imposible cumplimiento. Collor no desdeña tampoco los golpes sucios, como la contratación con finalidad difamatoria de Miriam Cordeiro, la antigua amante de Lula, que acusa al petista en un programa de televisión de haberle pedido que abortara la niña tenida con él, Lurian.

El sonriente, elegante y bien parecido Collor lleva a Lula a un terreno, el de la imagen, en el que no puede competir de ninguna manera, así que en la primera vuelta el paulista, con el 17,2% de los votos, es superado por el alagoano en más de once puntos, y cerca está de ser desplazado por Brizola para el paso a la segunda ronda del 17 de diciembre. El veterano político carioca y los otros candidatos derrotados de la izquierda y el centro, Mário Covas por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB, surgido del PMDB), Guimarães por el PMDB y Roberto Freire por el PCB, llaman a parar a Collor y cierran filas con Lula, pero estas adhesiones resultan insuficientes y, por cinco puntos de diferencia, el petista es derrotado con el 47% de los sufragios por el postulante del PRN, que sucede a Sarney el 15 de marzo de 1990.

Convertido en el principal damnificado de esta brillante operación de las derechas para impedir el acceso a la Presidencia de un candidato de la izquierda, y terminado su mandato en el Congreso, Lula retoma la jefatura orgánica del partido en el VII Encuentro Nacional, el 31 de mayo de 1990, y se apresta a plantear una dura oposición a la administración de Collor. Así, pone en marcha el denominado gobierno paralelo, inspirado en la fórmula del shadow cabinet del parlamentarismo anglosajón, para contraponer al programa neoliberal del PRN y sus socios de coalición una serie de políticas alternativas que tocan los planteamientos tradicionales del PT: el aumento del salario mínimo y los ingresos reales de los trabajadores, la redistribución de la renta nacional, la corrección de las abrumadoras desigualdades socioeconómicas de los brasileños (las más acusadas del mundo), el lanzamiento de la siempre postergada reforma agraria y la concesión de prioridad absoluta a las áreas de salud, nutrición, educación, transporte y vivienda, donde el gigante sudamericano, que aspira a figurar en el selecto club de las potencias del primer mundo, presenta gravísimas carencias propias de los países menos desarrollados.

De la mano de Lula, a lo largo de la década de los noventa el PT continúa aunando votos en las sucesivas convocatorias electorales. Con el 10,2% de los sufragios es la tercera lista más votada en las legislativas federales y estatales del 25 de noviembre de 1990, si bien en el reparto de diputados, con 35 actas, sale perjudicado con respecto al PSDB, el PRN, el PDS y el PDT, y desciende a la condición de séptima fuerza parlamentaria. El partido también estrena su primer senador, por São Paulo, pero no gana ningún puesto de gobernador estatal.

Luego de tomar parte activa en la campaña de movilizaciones populares pidiendo el juicio parlamentario y la destitución de Collor por corrupción (proceso que, efectivamente, tiene lugar y que obliga al mandatario a presentar la dimisión a finales de diciembre, tres meses después de ser suspendido por la Cámara), el partido de Lula registra nuevos avances en las municipales del 3 de octubre y el 15 de noviembre de 1992, cuando aumenta sus prefecturas a 55, inclusive Belo Horizonte y Porto Alegre, aunque encaja el amargo revés de la pérdida de São Paulo. Entre consulta y consulta, el PT ha celebrado su I Congreso nacional, del 27 de noviembre al 1 de diciembre de 1991.

En esta cita Lula saca adelante su definición de “socialismo democrático”, una tendencia “puramente socialista” que rechaza tanto el capitalismo liberal como el socialismo estatista de tipo soviético, pero también el modelo de socialdemocracia, ya que, según él, esta vía sólo es pertinente para países ricos capaces de destinar sus ingentes recursos al bienestar de una población que ya tiene sobradamente cubiertos sus mínimos vitales, lo cual no es el caso de un país en vías de desarrollo como Brasil. En esta suerte de desmarxistización del PT está el embrión de ulteriores escisiones de sectores trotskistas contrarios a Lula. Las defecciones darán lugar en 1994 al Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU) y tres años después al Partido de la Causa Operaria (PCO), éste bajo la dirección de Rui Costa Pimenta. Por otro lado, el aggiornamento del PT no va a resultar suficiente como para permitirle la entrada en la Internacional Socialista (el PDT de Brizola es en estos años, y lo seguirá siendo en el futuro, el único representante brasileño en esta organización suprapartidista), una posibilidad que, dicho sea de paso, tampoco interesa a Lula.

5. Problemas con la imagen izquierdista y dos fracasos en las urnas ante Cardoso
Lula prepara su segunda aspiración presidencial recorriendo miles de kilómetros a lo largo y ancho del vasto país sudamericano, y en el IX Encuentro Nacional petista, del 29 de abril al 1 de mayo de 1994, es nominado candidato. Con la adhesión esta vez del PSB, el PCdoB, el PCB, el PSTU, el Partido Verde (PV) y el Partido Popular Socialista (PPS, el antiguo PCB de Freire luego de abandonar el marxismo en 1992, lo que no impidió que un sector ortodoxo se independizara con la sigla del PCB), que junto con el PT forman el Frente Popular por la Ciudadanía, Lula encara la votación del 3 de octubre de 1994 con excelentes puntuaciones en los sondeos de opinión.

Sin embargo, cuando la campaña arranca los principales medios de comunicación vuelven a favorecer al representante de la moderación y del establishment, Fernando Cardoso, por el PSDB, cuyo espectacular currículum académico, su prestigio internacional como sociólogo y su labor como ministro de Hacienda en el Gobierno de Itamar Franco, que ha tenido la virtud de acabar con las turbulencias monetarias y la hiperinflación, constituyen unos activos que Lula, quien “ni siquiera” tiene terminada la secundaria, no puede o no sabe neutralizar con otra categoría de méritos presumidos. Así, su proyección como hombre honesto, íntegro y voluntarioso, y la explicación de que compensa con creces la falta de preparación teórica y académica con el conocimiento directo de la realidad cotidiana de los brasileños, siguen resultando insuficientes para las clases medias que ligan a Cardoso con el fin de la pesadilla de los precios desbocados y la estabilidad, y que no quieren saber nada de un cambio de timonel en Brasilia.

Acusado de carecer de la experiencia y la preparación para manejar los complejos asuntos de Gobierno, de no saber conducirse con la diplomacia y el pragmatismo requeridos en la política de Estado, de estar anclado en un izquierdismo trasnochado y de cultivar amistades poco recomendables en el ámbito internacional, Lula vuelve a parecer un candidato poco de fiar para una mayoría de electores, de tal suerte que es vapuleado por Cardoso en la primera ronda con el doble de votos, el 54,3% para el socialdemócrata y el 27,1% para el petista. Una compensación insuficiente de este segundo fracaso de Lula es la captura por el partido de los gobiernos del estado de Espíritu Santo y del Distrito Federal de Brasilia, y el incremento de la representación en el Legislativo federal a los 49 diputados y los 5 senadores.

En el X Encuentro Nacional del PT, el 20 de agosto de 1995, Lula abandona definitivamente la presidencia del partido y la deja en manos de José Dirceu, antiguo revolucionario de simpatías guevaristas reconvertido a un posibilismo de corte socialdemócrata. Lula queda como presidente honorario del partido y pasa a coordinar el Instituto Ciudadanía, centro de estudios y de formulación de políticas del PT. La opinión pública cree entonces que Lula ha decidido retirarse del primer plano político y que ha renunciado al liderazgo del PT al cabo de 15 años, más por cuanto que la mudanza ha tenido lugar en un ambiente tenso por las revelaciones de prácticas corruptas en algunas prefecturas gobernadas por el partido.

La impresión de que Lula, por cansancio o por frustración, ha dicho adiós a sus aspiraciones de poder, es temporal. El 11 de diciembre de 1997 lanza su tercera aspiración presidencial y el 16 de enero de 1998 se apunta un importante tanto al adoptar con Brizola un acuerdo de coalición y contra “el neoliberalismo y la globalización salvajes”; si la alianza del PT y el PDT gana en octubre, Brizola obtendrá la Vicepresidencia. El compromiso entre dos dirigentes carismáticos que nunca han mantenido relaciones especialmente cordiales se interpreta en su momento como un reconocimiento implícito del paulatino trasvase del electorado trabalhista de izquierda al PT. Lula integra al PCdoB, el PCB y el PSB en la plataforma y se convierte en el candidato unitario de la izquierda, aunque esta vez el PPS prefiere concurrir por su cuenta. La campaña electoral reproduce muchas de las pautas de la edición de 1994, pero esta vez Cardoso parte con las ventajas materiales de tener a su disposición el aparato del Estado y un formidable caché financiero que le permite gastar en movilización y propaganda diez veces más de dinero que su rival.

El 4 de octubre de 1998, pese a los nubarrones que asoman en el horizonte económico, el crecimiento de la deuda externa y el profundo malestar social generado por las privatizaciones, Cardoso, con el 53% de los votos, vuelve a birlarle la segunda vuelta a Lula con autoridad, si bien el petista asciende hasta el 31,7% y se distancia de su más inmediato perseguidor, Ciro Ferreira Gomes, antiguo miembro del PSDB pasado a las filas del PPS, que ha concurrido con el mensaje de que Lula “está gastado” y la determinación de reemplazarle como primer dirigente de una izquierda renovada y aligerada de dogmatismos. De nuevo, las satisfacciones vienen de los otros comicios: el PT se hace con los gobiernos de Rio Grande do Sul, Acre y Mato Grosso do Sul, mientras que en el Congreso Nacional crece hasta los 58 diputados y los 7 senadores, aunque no por ello deja de ser la quinta fuerza parlamentaria tras el PFL, el PSDB, el PMDB y el Partido Popular Brasileño (PPB, fruto de la fusión del PDS con una serie de formaciones de derecha) de Paulo Maluf. Dos años más tarde, el 1 y el 29 de octubre de 2000, el PT ganará las prefecturas de Recife, Belém y Goiâna, y recuperará la de São Paulo, elevando el número de ciudades gobernadas a 187.

6. Papel en los foros de São Paulo y Porto Alegre
En parte como una iniciativa del dictador cubano Fidel Castro, Lula convocó en São Paulo para los días 2, 3 y 4 de julio de 1990 el primer Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe, al que acudieron, además del PT y el Partido Comunista Cubano, más de sesenta partidos y movimientos guerrilleros de 22 países. El conocido como Foro de São Paulo (FSP) fue luego acusado por medios conservadores y liberales de todo el hemisferio de albergar en su seno a organizaciones subversivas que practicaban el terrorismo, el secuestro y la extorsión como medios de lucha política, aunque los petistas replicaron con el argumento, no exento de ambigüedad, de que lo único que pretendían era tejer un manto de solidaridad con las luchas de índole social, indigenista o medioambiental en el continente.

Lula acude puntualmente a los encuentros anuales del controvertido FSP. En 2000 y 2001 lo defiende como un espacio necesario, ya que “la izquierda en el mundo necesita reafirmar su discurso de paz”, y de paso expresa su más rotunda condena al terrorismo, que “no ayuda a la izquierda y no lo ha hecho en ningún momento de la historia”. No obstante estas puntualizaciones, las apariciones de Lula y Castro compartiendo camaradería e intercambiando elogios en toda la década de los noventa son un importante abono para la desconfianza, cuando no la hostilidad y el temor, de la mayoría de los políticos, empresarios y ciudadanos de las clases alta y media de Brasil. Los conservadores ven en Lula poco menos que a un criptocomunista que, de llegar al poder, decretará la estatalización de la economía, aumentará los impuestos, derrochará los ingresos públicos y pondrá en fuga a la inversión extranjera.

Una de las prefecturas más emblemáticas del PT, Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul, donde el partido viene ensayando una experiencia para integrar a la ciudadanía en la política presupuestaria del consistorio (el llamado “presupuesto participativo”), acoge del 25 al 30 de enero de 2001 el primer Foro Social Mundial (FSM), concebido como la alternativa al Foro Económico Mundial (FEM) que se celebra al mismo tiempo en Davos, Suiza, y como el punto de encuentro de ONG y activistas antiglobalización de todo el mundo. En el II FSM, celebrado en febrero de 2002, representantes políticos de izquierda consideran el establecimiento de un “vínculo estratégico” con el FSP (que envía al evento una nutrida delegación) y anuncian que el III FSM, a celebrar en enero de 2003 en el mismo escenario, quizá cuente con la presencia de jefes de Estado, lo que suscita especulaciones sobre las posibles asistencias de Castro y el polémico presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Lula oficia como la estrella política de las dos primeras citas del FSM y se consagra como una suerte de campeón de las izquierdas de todo el continente al sur del río Grande.

7. Cuarto envite presidencial y victoria en 2002
En otro ambiente político y en otro país, tres derrotas presidenciales consecutivas serían motivo suficiente para arrojar la toalla, pero si de algo no está mermado Lula es de pugnacidad, terquedad y capacidad para mantener la confianza de las bases del partido. El 16 de diciembre de 2001, en el XII Encuentro Nacional del PT, lanza su precandidatura presidencial y el 17 de marzo de 2002, en la primera nominación abierta a la militancia petista, el 85% de los 170.000 afiliados que participan en la primaria se decanta por él frente al senador Eduardo Suplicy, un dirigente abiertamente partidario de apartar al líder fundador de la conducción política.

Lula advierte a propios y extraños que no está “dispuesto a perder una cuarta elección” en octubre de 2002, así que, con José Dirceu como brazo derecho y mente pensante, pone en marcha una estrategia electoral enteramente renovada que hace hincapié en aspectos descuidados o voluntariamente excluidos en campañas anteriores. Por de pronto, se intenta anular las habituales acusaciones en su contra de ser una persona hosca, intratable e indigna de confianza, mediante un notable cambio de imagen: la indumentaria de regusto obrero da paso al traje y la corbata; el cabello y la barba, otrora crespos y negros, se muestran ahora más atusados y encanecidos, y los ademanes ceñudos y belicosos son sustituidos por sonrisas y jovialidad. Los asesores difunden una imagen del candidato inédita, más relajada y familiar, como esposo y padre afectuoso, capaz de exteriorizar sentimientos.

El contenido experimenta una mudanza tanto o más importante que la forma. Manteniendo lo esencial del discurso crítico de izquierdas, Lula suaviza el tono y dirige guiños a sectores ideológicamente remotos. Asegura a los empresarios locales y a los operadores financieros que no tienen motivos para temer al PT en el poder, ya que los principios del libre mercado no se van a cuestionar, al igual que ejes de la política económica de Cardoso como la lucha contra la inflación y la colocación del real en el régimen de cambios variables. Esto último, a pesar de dar pábulo a los ataques especulativos contra la moneda nacional, movimientos que, precisamente, se incrementan desde el momento en que los sondeos de intención de voto sitúan a Lula como casi seguro ganador.

Un sorprendente aldabonazo de Lula en la precampaña es la presentación en junio del magnate José de Alencar Gomes da Silva, uno de los dirigentes del Partido Liberal (PL), pequeña fuerza parlamentaria -una docena de diputados- y adalid de un liberalismo económico con vertiente social, como el compañero de papeleta para la Vicepresidencia. En los meses siguientes, un número creciente de empresarios expresa su apoyo a la fórmula Lula-Alencar, al igual que los ex presidentes Sarney y Franco, amén del influyente político derechista de Bahía Antônio Carlos de Magalhães, dirigente del PFL y antaño protector de Collor de Mello; hasta Paulo Maluf, notorio superviviente de la derecha promilitar de tiempos de la dictadura, realiza unos comentarios elogiosos sobre el que ha sido su inveterado enemigo durante más de dos décadas.

La que se presentaba como el principal adversario de Lula, Roseana Macieira Sarney, hija de José Sarney y gobernadora de Maranhão por el PFL, se retira de la carrera presidencial en abril al quedar tocada por un escándalo de corrupción. Ello reduce a tres los rivales de Lula con cierta entidad: José Serra, ministro de Sanidad con Cardoso y candidato tucano (por el motivo del logotipo de partido oficialista, un tucán) de la Gran Alianza formada por el PSDB y el PMDB; el neopopulista Ciro Gomes, respaldado por el Frente Laborista del PPS, el PTB y el PDT; y, el socialista Anthony Garotinho, también tildado de populista, por el Frente Brasil Esperanza que integran el PSB, el Partido General de los Trabajadores (PGT) y el Partido Laborista Cristiano (PTC). La extrema izquierda, representada por el PCO y el PSTU, concurre aisladamente en las personas de Rui Costa Pimenta y José Maria de Almeida, respectivamente. En cuanto al favorito, la coalición Lula Presidente liga al PT y el PL con el PCdoB, el PCB y el Partido de Movilización Nacional (PMN). Característica nunca vista en una elección presidencial de Brasil o del resto de América Latina, todos los candidatos, viéndolo objetivamente a tenor de sus propuestas, se ubican con mayor o menor nitidez en la izquierda del espectro político.

En agosto, con el real devaluado un 30% desde enero, la inflación acercándose al 2% mensual y las calificaciones internacionales de la deuda pública y el riesgo inversor de mal en peor, Lula, que hace poco ha comparado la asistencia del FMI a su país con un “beso de la muerte”, concede a Cardoso la garantía en principio de respetar el reciente acuerdo suscrito por el Gobierno con el citado organismo internacional, por el que Brasil accederá a una línea de crédito de 30.000 millones de dólares (de los que 26.000 están, precisamente, condicionados a la política económica del futuro ejecutivo) y podrá gastar 10.000 millones adicionales de sus reservas para defender el real de los ataques especulativos. A cambio, el Gobierno deberá perseguir un superávit presupuestario primario (esto es, descontando el servicio de los intereses de la deuda) para 2003 de al menos el 3,75 % del PIB.

Lula declara que apoya “la idea” de que Brasil tenga que pedir dinero, pero elude expresar un compromiso en firme, prolongado en el tiempo, con el FMI en los actuales términos del acuerdo. Si él llega a la Presidencia, Brasil recibirá más inversiones, “pero sólo productivas”, precisa, y en todo caso está resuelto a aplicar una política de marcado corte socialdemócrata, expansionista y socialmente orientada, añadiendo que a los empresarios, en realidad, les interesa integrar en la demanda de mercado a la legión de marginados económicos tan pronto como éstos adquieran una capacidad de consumo.

Expone la necesidad de relanzar la producción, en franco declive desde comienzos de 2001, de obtener tasas de crecimiento anuales no inferiores al 4,5% o el 5% del PIB, y, al socaire del buen nivel de las reservas internacionales y el progreso de las exportaciones (una repercusión positiva de la devaluación del real), de reducir el tipo básico de interés, que se encuentra entre los más elevados del mundo, del 18,5% al 13%. Con el abaratamiento de los créditos se pretende reactivar las inversiones productivas y el consumo, desanimar las inversiones financieras típicamente especulativas y aflojar el dogal de la deuda pública interna, que en mayo de 2002 se sitúa en los 175.000 millones de dólares (259.000 millones en términos brutos), colosal cantidad que representa el 70% de la deuda pública total y el 42% del PIB.

Las máximas prioridades expuestas por Lula en su cuarta campaña presidencial se toman de los compromisos petistas de siempre, sintetizados en la mejora de los estándares de vida de los brasileños, en especial los menos favorecidos. Lula aboga por ampliar el nivel laboral creando 10 millones de puestos de trabajo y dignificando otros tantos existentes. La tasa promedio de paro en 2002 va a ser del 11,7%. El dato, con ser preocupante, no ilustra correctamente sobre el verdadero alcance de la precariedad laboral en Brasil, ya que la mitad de la población activa se ocupa en la economía sumergida o está subempleada.

Para avanzar en el reparto de la renta nacional, Lula formula la pretensión de aumentar el impuesto sobre la renta en el tramo máximo del 27% al 35%, como anticipo de una profunda reforma fiscal de carácter más progresivo, abierta a la discusión y el consenso de los partidos y los actores sociales, y también desea elevar el salario mínimo legal. Partiendo de los programas de asistencia creados por el Gobierno de Cardoso, apunta como factible, hasta llegar al último de los brasileños, la universalización de los servicios urbanos y los derechos sociales.

Con su política de renta mínima, Lula centra la mirada en el colectivo de entre 30 y 55 millones de pobres -según el umbral que se establezca para ser considerado tal-, cifras que son desoladoras en términos absolutos pero un poco menos en términos relativos, ya que los porcentajes son comparativamente inferiores a los de otros países latinoamericanos. Un dato que suele olvidarse habitualmente es que Brasil tiene la clase media más numerosa de América después de Estados Unidos. El punto de la reforma agraria se mantiene igualmente intacto en la agenda de Lula, que promete entregar tierras improductivas a los campesinos sin propiedad, así como los medios tecnológicos y económicos para cultivarlas, por lo que, concluye, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), cuyas reivindicaciones el PT siempre ha apoyado, tendrá que poner fin a las ocupaciones, a veces violentas, de latifundios y pastizales propiedad de los terratenientes. En su programa, Lula aúna estas dos ambiciosas metas en el lema Inclusión social con justicia ambiental.

Por lo que se refiere a la política internacional, los observadores están convencidos de que el Lula presidente mantendrá la tradicional autonomía de Brasil frente a Estados Unidos, retomando y, seguramente, intensificando, las posturas críticas de Cardoso frente a procesos de alto interés estratégico para Washington como son la consecución del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a partir de 2005 o el Plan Colombia para combatir el narcotráfico en el país andino dando prelación a los medios militares. Antes de las elecciones, el dirigente petista declara que un Gobierno suyo concederá prioridad absoluta al Mercado Común del Sur (MERCOSUR, integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) frente al estrictamente librecambista ALCA, y le insuflará vigor en una etapa de serio cuestionamiento por la proliferación de conflictos comerciales entre sus miembros a raíz de la crisis económica que zarandea la región. Incluso, favorecerá la integración de Chile, Venezuela o Perú como nuevos estados miembros.

En cuanto a la alarma suscitada en sectores conservadores del continente por una eventual “alianza Castro-Lula-Chávez” y las advertencias de un “efecto dominó” izquierdista en todo el subcontinente, el brasileño declara que, efectivamente, ha tenido relaciones con esos dos dirigentes (de Chávez asegura no conocerle en persona aún) como las ha tenido “con otros estadistas del mundo”, pero aclara que un gobierno suyo no trazará preferencias diplomáticas. Simpatías evidentes aparte, el concepto subyacente en todas estas manifestaciones de Lula es el de la independencia y la libertad para establecer la agenda internacional de Brasil, tanto en lo político como en lo comercial.

Llegado el 6 de octubre, con una expectación internacional ante unas elecciones sudamericanas muy pocas veces vista, las dudas se reducen a si Lula será capaz de proclamarse presidente en la primera vuelta con más del 50% de los votos o si tendrá que disputar la segunda ronda. Sucede esto último: Lula se pone en cabeza con el 46,4% de los votos y deberá enfrentarse con Serra, que recibe el 23,2%. Garotinho es el tercero con el 17,9% y Gomes el cuarto con el 12%. El 27 de octubre, luego de recibir el respaldo de los dos aspirantes eliminados, así como de Brizola, el petista bate definitivamente al tucano con el 61,3% de los sufragios y se convierte en el presidente más votado en la historia de Brasil; sírvase el dato añadido de que su papeleta logra imponerse en 26 de los 27 estados de la federación. El espectacular vuelco electoral se manifiesta también en los comicios al Congreso, donde el PT obtiene 91 diputados y 14 senadores, lo que le convierte en la primera fuerza de la Cámara baja y la tercera de la Cámara alta.

Paradójicamente, la marea de votos hacia Lula y el PT en el nivel federal no tiene su equivalente en los comicios para los gobiernos y asambleas de los estados y el Distrito Federal de Brasilia. El PT fracasa particularmente en São Paulo (si bien en la metrópoli capitalina Lula se impone a Serra en su pugna particular), donde el gobernador reeleccionista Geraldo Alckmin (PSDB) triunfa sobre José Genoíno Neto en la segunda vuelta gracias al apoyo de Maluf, el tercero en discordia. El PT pierde también en Bahía, donde Jaques Wagner cae en la primera vuelta ante Paulo Ganem Souto (PFL), y en el Distrito Federal, escenario de una liza muy ajustada en la que Joaquim Domingos Roriz (PMDB) arrebata a Geraldo Magela Pereira una plaza que los petistas daban por segura. El partido de Lula tampoco es capaz de retener los importantes gobiernos de Río de Janeiro y Río Grande do Sul, siendo los damnificados respectivamente la gobernadora Benedita Souza da Silva, ante Rosinha Garotinho (PSB), y Tarso Herz Genro (aspirante para suceder a su colega Olívio Dutra), ante Germano Antônio Rigotto (PMDB). El PT sólo gana los gobiernos de Acre, Mato Grosso do Sul y Piauí, tres estados pequeños.

8. Una toma de posesión cuajada de expectativas
Luego de confirmarse su victoria y entre el delirio de sus seguidores que salen a celebrarlo en São Paulo y otras ciudades, Lula proclama la llegada de una “nueva era” a Brasil y convoca “a todos los hombres y mujeres brasileños, a empresarios, sindicalistas e intelectuales, para construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria”. Anuncia la formación de un gobierno de coalición abierto “a los mejores” y un pacto nacional contra la pobreza, la corrupción y la inflación, y reitera que si al final de su mandato de cuatro años (constitucionalmente renovable por un segundo cuatrienio) cada brasileño puede desayunar, almorzar y cenar cada día, “entonces habré realizado la misión de mi vida”. A sus 57 años, Luiz Inácio Lula da Silva inicia un nuevo periplo vital mientras alcanza la categoría de personaje internacional del año y acapara las miradas de medio mundo, muchas esperanzadas, otras tantas atemorizadas, expectantes todas.

El 29 de octubre Lula es recibido por Cardoso en el palacio presidencial de Planalto para establecer la coordinación entre el Gobierno saliente y el equipo técnico de transición nombrado por él, dando pie a una suerte de cogobierno de facto en cuyo seno el mandatario electo desempeña funciones institucionales en los dos meses previos a la transferencia de poderes, fijada para el 1 de enero de 2003. En el gabinete que alinea Lula destacan numerosas presencias. Ciro Gomes es incorporado como ministro de Integración Nacional. El diplomático Celso Amorim recobra el Ministerio de Exteriores que ya encabezara en el Gobierno de Itamar Franco. La gobernadora carioca saliente Benedita da Silva recibe el Ministerio de Asistencia Social. Olívio Dutra es el ministro de Ciudades. El también petista Ricardo Berzoini, viejo camarada de Lula en las luchas sindicales, se convierte en ministro de Previsión Social. Tarso Genro asume la Secretaría de Desarrollo Económico y Social. El cantante y ecologista Gilberto Gil es el fichaje personal de Lula para dirigir el Ministerio de Cultura. José Dirceu se asegura un puesto no desdeñable como ministro en jefe de la Casa Civil del Gobierno, y, para reducir su carga partidista, el 8 de diciembre cede la presidencia del PT al diputado federal paulista José Genoino. Finalmente, el trascendental Ministerio de Hacienda es para uno de los expertos del partido, Antonio Palocci. Además del PT, que se reserva 18 de los 34 puestos, obtienen plaza en el Ejecutivo el PL, el PCdoB, el PPS, el PSB, el PDT, el PTB y el PV, todos los cuales conforman una mayoría parlamentaria simple de 218 diputados y 30 senadores.

En diciembre Lula viaja al extranjero para reunirse con un buen número de mandatarios americanos, inclusive el argentino Eduardo Duhalde, el chileno Ricardo Lagos, el mexicano Vicente Fox y el mismo presidente de Estados Unidos, George W. Bush. El encuentro del 10 de diciembre en la Casa Blanca, impensable en el pasado y en el que Bush no escatima cortesías con su huésped a pesar del abismo ideológico que le separa de él, testimonia a las claras la importancia primordial que para la superpotencia del norte tiene Brasil, como pulmón económico de toda Sudamérica, independientemente de la orientación política de quien mande allí. En añadidura, Lula comparte con Cardoso el protagonismo en la cumbre del MERCOSUR celebrada en Brasilia el 5 de diciembre.

El 1 de enero de 2003 el antiguo tornero se convierte en el primer receptor de la banda presidencial de manos de otro titular elegido directamente por el pueblo desde la transferencia de 1961 entre Juscelino Kubitschek y Jânio Quadros, en una jornada festiva que convoca en Brasilia a medio millón de personas. Tras jurar su cargo en el palacio del Congreso Nacional ante el pleno de diputados y senadores, y representantes de 118 países, entre ellos, once presidentes y jefes de Gobierno, sin faltar Castro y Chávez, Lula pronuncia el discurso de investidura. En él recuerda sus principales compromisos electorales y se reafirma en el objetivo preciso, erigido poco menos que en un mantra promisorio en función del cual se expone a ser juzgado cuando termine su mandato, de dar tres comidas diarias a todos y cada uno de los brasileños.

En el tiempo presente un análisis se impone: si el flamante mandatario brasileño persigue contra viento y marea las metas de justicia social que proclama y pretende obtener resultados más bien tempranos, plantea una ecuación extraordinariamente complicada, ya que, mientras intente confortar a sus seguidores tradicionales, los cuales han aguardado 22 años este momento y son los miembros más desasistidos y marginados de la sociedad, deberá ser capaz de calmar a los mercados financieros, afrontar los próximos vencimientos de la deuda y proseguir la austeridad presupuestaria que es condición sine qua non para recibir la asistencia del FMI.

9. El primer año de gestión: reformas modernizadoras y apuesta por el gradualismo
Aunque Lula reclama el período de mandato de 2003-2006 en su integridad para alcanzar las metas trazadas, hacer un balance de resultados y, llegado el caso, rendir cuentas ante el electorado, los doce primeros meses de su gestión ya han sido suficientemente ricos en acontecimientos como para disipar bastantes de las dudas que acompañaron su proclamación presidencial e identificar pautas de gobierno que muy probablemente caracterizarán todo el cuatrienio. El prontuario del primer año de Lula en el palacio de Planalto podría ser éste: descarte sin posibilidad de vuelta atrás de una transición al socialismo; superación de las tentaciones populistas y rechazo a cualquier forma de radicalidad; consolidación de la agenda social como un terreno de actuación impostergable, pero sin obtención de resultados significativos en un plazo inmediato; prolongación, entre tanto, de las políticas de ajuste y vigilancia celosa de la macroeconomía; y, en definitiva, elección de la vía pragmática de las reformas, graduales pero firmes, con el objeto de modernizar las estructuras productivas y sociales e integrar a todos los brasileños en las dinámicas de desarrollo y crecimiento por los cauces del libre mercado, todo lo cual ha arrancado las alabanzas de los medios liberales y las primeras contestaciones y críticas, trufadas de decepción e impaciencia, de los sectores más a la izquierda.

En sus primeras semanas como presidente, Lula no dejó escapar el tiempo y dio satisfacción a sus votantes con una serie de medidas que no esquivaron la calificación de demagógicas por quienes seguían observando al líder izquierdista con desdén. Sin embargo, las disposiciones respondían a propuestas cardinales de la campaña y de paso buscaban certificar que la mudanza del Gobierno iba a aparejar cambios drásticos en determinadas maneras de ver y hacer las cosas.

Así, el ministro de Defensa, José Viegas, diplomático con amplia experiencia, anunció el aplazamiento hasta 2004 de la adquisición para la Fuerza Aérea de una docena de aviones de combate con un coste de 760 millones de dólares, y también la implicación de efectivos de las Fuerzas Armadas en labores de construcción civil. Más importante, Lula encargó al Ministerio de Justicia y a la Secretaría Nacional de Derechos Humanos la elaboración de sendos proyectos para entregar títulos de propiedad a los millones de habitantes de las favelas levantadas ilegalmente en los cinturones de miseria urbanos, y para brindar la asistencia del Estado a aquellos jóvenes de las áreas marginales que desearan abandonar el submundo de las drogas. El Consejo de Ministros dio luz verde también a una campaña de captación de donaciones voluntarias, tanto nacionales como del extranjero, para el fondo del Proyecto Hambre Cero, destinado a 6,5 millones de familias con las rentas más bajas.

El más ambicioso proyecto del Gobierno fue presentado por el presidente el 30 de enero. Lula explicó que pretendía acabar con el hambre en cuatro años, pero que las metas excedían la urgencia humanitaria y la pretensión última era “dar a todos los brasileños dignidad y autoestima, ofreciéndoles posibilidades de trabajo, de educación y de sanidad”. A tal fin, toda la sociedad civil era instada a movilizarse junto con los poderes públicos, la Presidencia creaba un Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria bajo su directa jurisdicción, y un ramillete de celebridades de la cultura y el deporte eran invitados a apadrinar el proyecto. Otra petición de ayuda se lanzó a la ONU, que, a través de su agencia especializada, la FAO, respondió afirmativamente con la prestación de asistencia técnica valorada en un millón de dólares.

A la espera de los primeros resultados del Programa Hambre Cero y de otros proyectos sociales como el Plan Nacional de Erradicación del Trabajo Esclavo, lanzado en marzo, el equipo dirigente se concentró en recuperar la confianza de los inversores privados y de las instituciones multilaterales de crédito. Lula quería convencer a toda costa a sus todavía numerosos detractores de que era un gobernante serio y solvente. Pues bien, cumplido el plazo de gracia tradicional de los 100 días, las mejores puntuaciones a la labor de Lula procedían de los mercados y los despachos financieros, tanto de viva voz, con elogios de lo más encendidos, como en las dinámicas impersonales, que resultaban más clamorosas. Estas reacciones pueden parecer paradójicas, ya que el estadista es la gran esperanza de los antiglobalistas, los partidarios de una tercera vía que permita dejar atrás el modelo neoliberal, y hasta de izquierdas revolucionarias que no creen que el capitalismo puede reciclarse y ofrecer un rostro humano.

La sensible apreciación del real con respecto al dólar, la mejora no menos llamativa de los índices de riesgo-país y la revalorización de los títulos de deuda pública fueron las reacciones positivas de los operadores a las prontas medidas continuistas del Gobierno, como la salvaguardia por ley de la autonomía del Banco Central, el nombramiento para dirigir la entidad del banquero privado Henrique de Campos Meirelles, del círculo de Cardoso, la asunción milimétrica del servicio de la deuda externa, la prolongación de la ortodoxia antinflacionaria y la elevación del objetivo de superávit fiscal primario para 2003 al 4,25% del PIB, mayor que el planteado en la campaña electoral y que el perseguido por la administración precedente.

La puesta en marcha del Proyecto Hambre Cero y la subida del salario mínimo en un 20% dieron menos que hablar entre las sensibilidades petistas de la extrema izquierda que la decisión del Ministerio de Hacienda de reducir el gasto público en un 16% para cumplir los compromisos adquiridos ante el FMI, y, sobre todo, que la propuesta de ley de la primera gran reforma estructural: la poda de las pensiones percibidas por los empleados públicos, consideradas desmesuradas y un privilegio sangrante en relación con el resto de asalariados. El Gobierno quería retrasar la edad de jubilación de los funcionarios, recortar sustancialmente la cuantía de sus pensiones, hasta ahora equiparadas a los salarios, y que aportaran a la Previsión Social.

En abril, el ala más radical del PT declaró a Lula su rechazo a la reforma de la Previsión Social porque consideraba que meter mano al sistema de pensiones de los funcionarios era recortar gasto social, y le recordó que él mismo había impugnado propuestas de esta naturaleza en los años en la oposición. Las primeras defecciones de diputados petistas descontentos parecían estar a la vuelta de la esquina. Al mismo tiempo, el Gobierno encajaba su primera huelga sectorial, convocada por los trabajadores de los organismos públicos federales afectados por la reforma. El presidente, arropado por el PMDB y los gobernadores estatales, replicó que no se podía tolerar una discriminación tan abultada para el 87% de jubilados que habían trabajado en el sector privado y que cobraban unas pensiones comparativamente muy inferiores, contributivas a la sazón, y que los recortes graduales eran imprescindibles para suprimir el déficit de la Previsión Social, obtener recursos para financiar el Programa Hambre Cero y avanzar en la reducción de las desigualdades sociales.

La agitación huelguística de los funcionarios cobró ímpetu en julio y en agosto los magistrados de Justicia, alrededor de 15.000, amenazaron con sumarse a los paros mientras ejercían una fortísima presión corporativa sobre el Legislativo para impedir que el Gobierno recortara sus nóminas. Confrontado con su minoría parlamentaria, Lula, después de asegurar que “ni Congreso Nacional, ni poder judicial, sólo Dios” podrían frustrar la reformas (polémica frase de la que tuvo que retractarse), transigió parcialmente ante los jueces y les concedió el techo salarial equivalente al 85% del sueldo de un miembro del Supremo Tribunal Federal, en vez del recorte hasta el 75% a partir del tope vigente del 90%. La otra gran concesión del Gobierno fue respetar las jubilaciones con un monto igual al último salario percibido para todos los funcionarios en activo. De la propuesta original se mantuvieron el recorte de las pensiones de los futuros funcionarios, la fijación de su carácter contributivo y el retraso de la edad mínima de jubilación de los hombres a los 60 años y de las mujeres a los 55. A grandes rasgos, éste fue el proyecto de ley corregido sobre la Reforma de la Previsión Social que el 6 de agosto la Cámara baja aprobó por 358 votos a favor y 126 en contra, dejándolo listo para su sanción en el Senado.

Ganado este formidable envite político en un tiempo récord, Lula llevó al Congreso su segundo proyecto de transformación de gran calado con rango constitucional, la reforma del Sistema Tributario Nacional, con el objeto de simplificar los numerosos impuestos, aligerar la presión fiscal al sector secundario y ahogar el fraude, causa de un importantísimo agujero en los ingresos. De nuevo, ya que quería sacar adelante la ley este mismo año, Lula tuvo que emplearse a fondo para vencer resistencias, esta vez procedentes de algunos gobiernos de estados, los partidos de derecha y la patronal, y hacer concesiones que empañaron un tanto el desenlace victorioso, si bien, tal como reflejaban los sondeos de opinión, el electorado apoyaba abrumadoramente los cambios.

La Cámara de Diputados dio luz verde a la nueva fiscalidad el 4 de septiembre por 378 votos a favor y 53 en contra después de ceder el Gobierno en la creación de sendos fondos de compensación a los exportadores y a los estados que vean descender sus recaudaciones, la cesión a los mismos estados de parte de la recaudación del impuesto sobre combustibles, y la prórroga hasta 2023, diez años más de lo previsto, de los beneficios fiscales a las industrias de bienes de consumo de la zona franca amazónica de Manaos. Tras obtener el preceptivo voto senatorial, las dos reformas legales fueron promulgadas el 19 de diciembre como enmiendas a la Constitución.

Lula se ha mostrado exultante con estos dos éxitos legislativos, cuyo fatigoso trámite parlamentario coincidió con el lanzamiento de otros instrumentos básicos de la política social como son el plan para erradicar el analfabetismo, que afecta al 14% de los brasileños, el Programa Bolsa-Familia, destinado a cubrir las necesidades básicas de 3,6 millones de núcleos familiares, y el más importante, por incidir en la médula de la injusticia social, el Plan Nacional de Reforma Agraria (PNRA), reclamado con impaciencia creciente por los marchistas del MST y que contempla entregar hasta 2006 granjas a 400.000 familias de campesinos sin tierras y títulos de propiedad a otras 500.000 familias de granjeros ya asentadas pero que nunca recibieron del Gobierno la documentación acreditativa,

Sin embargo, en el último tramo del año el presidente ha hecho frente a la rebelión abierta de algunos legisladores del PT y al malestar, a duras penas contenido por la disciplina partidaria, de miembros emblemáticos del gabinete. Lula ha sido directamente tachado de “traidor” por petistas de extrema izquierda que describen un panorama gubernamental de constantes renuncias a metas programáticas tradicionales del partido y claudicaciones ante los poderes económicos; por ejemplo, se reprocha al PNRA que deje intactos los inmensos latifundios y no incida en la intervención de terrenos no catastrados pero que de hecho son cultos y están explotados, mientras que sicarios al servicio de terratenientes y elementos policiales encargados de los desalojos de fincas invadidas perpetúan, e incluso intensifican, las ejecuciones extrajudiciales de activistas agrarios, tal como denuncia Amnistía Internacional. Dio la impresión de que el Gobierno echó a andar el PNRA en noviembre únicamente bajo la presión del MST.

Lula prometió un “espectáculo del crecimiento” para el segundo semestre del año, pero 2003 ha terminado con una recesión del 0,2% del PIB, tasa que es 1,7 puntos inferior a la registrada en los doce meses anteriores y el peor dato anual desde 1992, amén de la antípoda de ese ritmo del 5% barajado en la campaña electoral como imprescindible para, junto con unas finanzas saneadas, meter a Brasil en el pelotón de los países desarrollados. Otras noticias inquietantes que no han hecho mella en el optimismo porfiado de Lula son el alza del desempleo, que roza el 13% en las seis mayores áreas metropolitanas (el 20% en São Paulo), el crecimiento de la deuda pública federal a pesar de la bajada por el Banco Central de los tipos de interés al 16% (después de haberlos aupado a un increíble 26% para contener el empuje de los precios y amarrar al capital extranjero), el notable descenso de las inversiones foráneas directas y la omnipresencia de la criminalidad y la inseguridad ciudadana, que constituyen una de las principales preocupaciones de los ciudadanos.

10. Dinamismo y propuestas alternativas en el ámbito internacional
La acción internacional de Lula ha suscitado más consenso de opinión que la labor interna, siendo ampliamente compartida la valoración positiva, en lo que afecta tanto a los intereses nacionales de Brasil como al conjunto de las relaciones internacionales, aunque a su izquierda se le ha achacado que viaje tanto y se le ha reclamado más tiempo para los asuntos de casa. El rasgo destacado de Lula en el mundo ha sido su militancia, con porte de liderazgo, en pro de un sistema internacional en el que los países del Norte desarrollado dialoguen más y mejor con los del Sur, y en el que el combate contra el terrorismo, la proliferación de armamentos de destrucción masiva y cualesquiera amenazas a la paz y la seguridad globales no sea una disculpa para rebajar prioridades de actuación frente a los sempiternos y abrumadores problemas ligados al subdesarrollo y el orden económico imperante.

Lula opina que al terrorismo hay que combatirlo de acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas y con los instrumentos nacionales, policiales y militares, que sean precisos. Pero considera que esto no es suficiente y sostiene que es preciso secar el caldo de cultivo de los futuros terroristas, mediante políticas que corrijan unas situaciones insostenibles de miseria, incultura y marginalidad social. A modo de síntesis: la promoción del diálogo Norte-Sur, la concertación de estrategias conjuntas de los países en vías de desarrollo para hacer valer sus intereses, las aproximaciones multilaterales a los problemas globales y la distensión de conflictos internos han caracterizado iniciativas de Lula tales como la propuesta de “declarar la guerra” al hambre, el empuje del denominado Grupo de los 23 (G-23), la formación del Grupo de Países Amigos de Venezuela y la apertura de una vía de colaboración entre el FEM de Davos y el FSM de Porto Alegre.

De entrada, el 15 de enero en Quito, aprovechando la coincidencia de mandatarios para la toma de posesión de Lucio Gutiérrez como presidente del Ecuador, el canciller Amorim anunció la puesta en marcha del Grupo de Países Amigos de Venezuela con la participación de Brasil, Chile, España, Estados Unidos, México y Portugal. La función del Grupo era facilitadora, de respaldo a la labor de mediación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la acerba disputa que venía enfrentando a Hugo Chávez y la oposición sobre la permanencia del primero en el poder. El propósito era dar una solución “electoral, constitucional, democrática y pacífica” a la larga crisis venezolana.

A pesar de lo conjeturado en el II FSM, a la tercera cita en Porto Alegre, discurrida del 23 al 28 de enero, no asistió Castro (al contrario que Chávez). Eso sí, en el III FSM Lula tuvo una acogida estelar por quienes le han elevado a la condición de símbolo continental y acaso mundial. El día 24 el presidente dirigió un emotivo discurso, lleno de citas visionarias, a las decenas de miles de participantes en la explanada situada a orillas del río Guaíba, en el cual se refirió al FSM como “el mayor evento multinacional organizado por la sociedad civil en el mundo”, apeló a los aforados a “cambiar la historia de la humanidad”, describió la reforma que aguardaba a Brasil como “tranquila, cautelosa e inteligente”, y justificó su programada presencia en Davos porque “quiero decir allá que no es aceptable un orden económico donde pocos pueden comer cinco veces al día y muchos quedan sin comer”, y que “el mundo no necesita guerras, sino paz”.

En efecto, el 26 de enero Lula volvió a ser la estrella, en la ciudad suiza y ante la élite empresarial, financiera y económica gubernamental del primer mundo. En el FEM, que escuchó con interés lo que tenía que decirle, Lula se desenvolvió como el portavoz de los países pobres y transmitió sus quejas sobre la incongruencia que supone predicar el libre comercio y el desarme arancelario mientras en casa se practica el proteccionismo aduanero o se subvencionan las exportaciones, típicamente en el sector agropecuario. El mensaje de Lula estaba claro, pero las intenciones de fondo, también: tender un puente de entendimiento entre los dos mundos, y qué mejor manera de hacerlo que vinculando al FSM y el FEM a través de una agenda conjunta de actividades. El primer viaje presidencial a Europa se completó con sendas visitas de Estado a Francia y Alemania.

El 1 de junio Lula fue uno de los once dirigentes de países en desarrollo que respondieron a la invitación de participar en un “diálogo alargado” con los líderes del G-8 en la ciudad francesa de Evian. Allí, el brasileño volvió a exponer su propuesta de crear un Fondo Mundial contra el Hambre, mal que calificó de “realidad intolerable”, el cual podría financiarse con una tasa sobre el comercio internacional de armas y con un porcentaje de los pagos de deuda externa de los países emergentes a los desarrollados. El estadista criticó a la Organización Mundial del Comercio (OMC) por sus “resistencias a suprimir los subsidios multimillonarios a la agricultura”, y censuró igualmente el retraso de una cuestión crucial como era el “acceso a los medicamentos” por los países pobres, con lo que se refería al derecho de los gobiernos a suministrar medicamentos genéricos para tratar enfermedades como el SIDA sin someterse a los precios fijados por las multinacionales farmacéuticas propietarias de las patentes.

El 20 de junio, dos días después de que la Fundación española Príncipe de Asturias le anunciara la concesión de su Premio homónimo a la Cooperación Internacional, Lula fue recibido en la Casa Blanca por Bush, quien se declaró “muy impresionado” con su visión del mundo y que se refirió a él con las siguientes palabras: “no sólo tiene un enorme corazón, sino también la capacidad de trabajar con su gobierno y el pueblo brasileño para incentivar la prosperidad y acabar con el hambre”. Bush, nada más lejos del trato tributado a los gobernantes de países aliados como Francia o Alemania, no sólo le pasó a Lula por alto su rechazo a la reciente guerra de Irak, sino que se deshizo en elogios personales. A cambio, el brasileño invitó a su anfitrión a conocer un país que “no sólo es carnaval y fútbol”.

Aunque las partes tenían presente el tamaño de los intercambios comerciales (Estados Unidos es el principal cliente y proveedor de Brasil, como destino del 25% de sus exportaciones y origen del 23% de sus importaciones, superando, no ya al MERCOSUR, sino al conjunto de América Latina en ambos flujos, y es también el número uno en inversiones), la gran efusividad de la reunión de Washington produjo perplejidad, ya que las subvenciones algodoneras estadounidenses estaban haciendo caer los precios internacionales y provocando muy graves pérdidas a los productores brasileños. De hecho, las tensiones comerciales entre ambos países estaban en un pico, y Brasilia acababa de interponer una protesta ante la OMC que los observadores describieron como el inicio de una guerra comercial en toda regla.

Pero es que, además, Bush y Lula chocan virtualmente en toda visión de fondo: la forma de tratar el terrorismo y la corrupción; la noción de la seguridad hemisférica; la actitud frente a la Corte Penal Internacional (firmada y ratificada por Brasilia) y acuerdos medioambientales multilaterales como las convenciones sobre el Cambio Climático, con el Protocolo de Kyoto de reducción de gases de efecto invernadero, y sobre Biodiversidad; las fórmulas para combatir la pobreza (el estadounidense se atiene a la doctrina liberal que insiste en la reducción de los impuestos a las rentas más altas con la esperanza de que hagan inversiones productivas generadoras de riqueza y empleo, mientras que el brasileño apuesta por la movilización del Estado, la fiscalidad progresiva y la persecución del fraude evasor); y, discrepancia fundamental, el calendario y las modalidades de la puesta en marcha del ALCA, que Washington quiere ver hecho realidad el 1 de enero de 2005, tal como se previó en la I Cumbre de Las Américas, en Miami en diciembre de 1994.

En el segundo semestre del año la diplomacia brasileña redobló sus esfuerzos en aras de la diversificación de las relaciones comerciales, la atracción de inversiones y la captación para sus propuestas y batallas en las rondas de contactos con los interlocutores del primer mundo a otras naciones que, como Brasil (la novena potencia económica mundial a paridad de poder adquisitivo, pero la 77ª en producción por habitante y la 65ª en nivel de desarrollo humano), tienen un volumen del PIB que no se corresponde con la calidad de vida de sus poblaciones y gozan de una influencia significativa aunque no decisoria en las grandes cuestiones internacionales. En Evian, Amorim anunció la creación de una “nueva alianza estratégica” con India y Sudáfrica, y cinco días después Brasilia fue el escenario de la primera reunión de cancilleres de los tres países que saludó el nacimiento de este “bloque del sur”, en palabras del ministro brasileño, y que adoptó una Declaración centrada en los aspectos desarrollistas, comerciales, medioambientales y sanitarios.

El Foro de Diálogo India-Brasil-Sudáfrica (IBSA) fue presentado formalmente por Lula el 23 de septiembre en la Asamblea General de la ONU, donde el presidente defendió la reforma y ampliación del Consejo de Seguridad para aumentar su representatividad e, implícitamente, expresó su deseo de que Brasil tuviera en él un asiento permanente. Días antes tuvo lugar en Cancún, México, la V Conferencia Ministerial de la OMC. Para asombro de la opinión pública internacional, el G-23 (en parte, una ampliación circunstancial del G-15, o Grupo de Cooperación Sur-Sur, nacido en Belgrado en 1989 con el objeto de coordinar el diálogo de una serie de países en desarrollo con el G-7 de los países industrializados, y que actualmente incorpora a 19 miembros), capitaneado por el IBSA, Argentina y, novedad absoluta, China, fungió como un negociador muy duro y compenetrado que se atrevió a porfiar de tú a tú con Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.

La cumbre de Cancún fracasó porque los países ricos no consiguieron imponer al G-23 un marco de protección de las inversiones y de garantías a la libre competencia. En el reparto de culpabilidades por el fiasco, el bando de Brasil e India fue también acusado, en su caso de inflexibilidad y de preferir ningún acuerdo a una liberalización agrícola parcial del Norte condicionada a la apertura de los sectores industriales del Sur, un compromiso que, por ejemplo, si querían alcanzar los numerosos países de desarrollo bajo, casi exclusivamente agrarios y dependientes en mayor medida de los acuerdos preferenciales con el Norte. En diciembre, Lula propondrá crear un área de libre comercio de los países en desarrollo que incluya al G-23.

El 25 de septiembre Lula visitó a Fox y los dos mandatarios rechazaron que existiera una “rivalidad” entre Brasil y México por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Un día después de condenar en la capital azteca por enésima vez el “bloqueo inhumano” de Estados Unidos a Cuba, el presidente recaló en La Habana para firmar con Castro una serie de convenios bilaterales, destacando un acuerdo marco para el pago de la deuda contraída por Cuba con Brasil, unos 40 millones de dólares, con una parte de los ingresos cubanos por exportaciones al gigante sudamericano. Al mismo tiempo, una delegación empresarial brasileña firmaba con el Gobierno cubano acuerdos de inversión por valor de 200 millones de dólares. Pero el principal aliado hallado por Lula en el subcontinente es el Gobierno argentino de Néstor Kirchner, con el que ha establecido una verdadera alianza estratégica que ha dado un giro completo a las malas relaciones que caracterizaron los años de Cardoso y Carlos Menem.

El 16 de octubre los dos presidentes suscribieron el llamado Consenso de Buenos Aires, texto que reafirma la voluntad de intensificar la cooperación bilateral y regional, promover políticas sociales incluyentes, combatir la pobreza, avanzar en el crecimiento económico sostenido y fortalecer el MERCOSUR como bloque no meramente comercial. Se destaca el apartado político de la organización y se presenta a ésta como un “espacio catalizador de valores, tradiciones y futuro compartido”. El Consenso de Buenos Aires va más allá y esboza un modelo de desarrollo para el subcontinente alternativo al defendido por Estados Unidos, superpotencia frente a la que se pretende preservar y aumentar el margen de autonomía.

El MERCOSUR celebró su primera cumbre conjunta con la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en Asunción el 15 de agosto, y en su XXV Cumbre ordinaria de Presidentes, el 15 y el 16 de diciembre en Montevideo, tuvo lugar la firma de un Acuerdo de Complementación Económica con tres países de la CAN, Colombia, Venezuela y Ecuador –Perú y Bolivia habían firmado anteriormente unos acuerdos de libre comercio particulares con el MERCOSUR-, que reafirmó el compromiso asumido en la XXIII Cumbre (Brasilia, diciembre de 2002) de conformar un área de libre comercio entre ambas regiones a la mayor brevedad. La entrada en vigor del Acuerdo se fijó para el 1 de julio de 2004. Esta convergencia histórica entre el MERCOSUR y la CAN, qué duda cabe, responde a la determinación del eje brasileño-argentino de hacer fuerza regional ante la próxima implementación del ALCA.

En el ámbito multilateral latinoamericano al margen del MERCOSUR, Lula asistió a la XIII Cumbre Iberoamericana, el 14 y el 15 de noviembre en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra, y a la XVII Reunión del Grupo de Río, en la peruana Cuzco el 23 y el 24 de mayo. El acusado activismo internacional de Lula en su primer año de mandato se completa con tres giras continentales: en Europa, del 9 al 16 de julio y con etapas en Portugal, el Reino Unido y España; en África subsahariana, en los ocho primeros días de noviembre y de carácter histórico, que incluyó a São Tomé y Príncipe, Angola, Mozambique, Namibia y Sudáfrica; y, marcando un precedente también, en Oriente Próximo, del 3 al 10 de diciembre y con etapas en Siria, Líbano, los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Libia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s