Monseñor Óscar A. Romero. Su pensamiento (Vols. I y II)


Introducción

     Este libro presenta las primeras homilías de monseñor Romero, al iniciarse como arzobispo de San Salvador. La primera que recogemos fue la del 14 de marzo de 1977, en la misa exequial del padre Rutilio Grande. «En momentos culminantes de mi vida él estuvo muy cerca de mí» afirma en ella, y, como siempre, va a ofrecer el aporte doctrinal que el asesinato del mismo sacerdote le proporciona.

     Vamos a encontrar también la primera Semana Santa que él predica como arzobispo. La Iglesia de la Pascua, que él tanto ama, será uno de sus temas preferidos que proclama, también, en una carta pastoral, en esos mismos días.

     Las homilías de este primer año y de este volumen, van de marzo a noviembre. No resulta nada fácil pretender escoger lo mejor. Todas son «mejores». Es inspiradora la que predica el 12 de mayo de 1977, en el funeral del padre Alfonso Navarro, el segundo sacerdote asesinado, con su leyenda del beduino.

     «Dolor y violencia» es el título que da a otra homilía, al ir constatando la crueldad que va cada vez más asomándose y como respuesta ha de hablar sobre «la misión de la Iglesia», describiendo el papel de la Iglesia ante tanto dolor.

     Se encontrará muy aleccionadora la homilía que él llama «La Interioridad», él que es un sacerdote, un obispo, de una, más que fina, vida interior. Y no podía faltar el tema que él lleva en el alma y que es la motivación de su vida: «Sentir con la Iglesia».

     En agosto hablará de su segunda Carta Pastoral: «La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia», y en septiembre, mes de nuestra Independencia, lo dedica al tema, «La Iglesia de la verdadera independencia, la Iglesia de la auténtica libertad».

     Se va a notar que monseñor Romero fue siempre el mismo, desde el primer día. De fe profunda, de íntima comunicación con Dios, de una honestidad a toda prueba y de una compasión por el que sufre, sin paralelo en nuestro medio. Una riqueza que hay que multiplicar y vivir desde el espíritu de Dios.

     Este libro es, pues, doctrina e historia. Es voz y es vida. Es el alma de un pastor, de un verdadero Pastor, que se adentra en la Palabra, meditándola y reflexionándola en su corazón, estudiándola con pasión y haciéndola vida en la historia de sangre de su pueblo.

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Homilía en la Misa Exequial del padre Rutilio Grande

Domingo 14 de marzo de 1977

Excelentísimo representante de su Santidad, el Papa, queridos hermanos obispos, sacerdotes y fieles.

     Pocas veces, como en esta mañana, me parece la Catedral el signo de la Iglesia Universal. Es aquí la convergencia de toda la rica pastoral de una Iglesia particular que engarza con la pastoral de todas las diócesis y de todo el mundo, y sentimos entonces que la presencia no sólo de los vivos, sino de estos tres muertos, le dan a esta figura de la Iglesia su perspectiva abierta al Absoluto, al Infinito, al más allá: Iglesia Universal, Iglesia más allá de la historia, Iglesia más allá de la vida humana.

EL MENSAJE DE LA IGLESIA

     Si fuera un funeral sencillo hablaría aquí -queridos hermanos- de unas relaciones humanas y personales con el padre Rutilio Grande, a quien siento como un hermano. En momentos muy culminantes de mi vida él estuvo muy cerca de mí y esos gestos jamás se olvidan; pero el momento no es para pensar en lo personal, sino para recoger de ese cadáver un mensaje para todos nosotros que seguimos peregrinando.

     El mensaje quiero tomarlo de las palabras mismas del Papa, presente aquí en su representante, el señor nuncio, a quien agradezco porque le da a nuestra figura de Iglesia ese sentido de unidad que ahora lo estoy sintiendo en la Arquidiócesis, en estas horas trágicas; ese sentido de unidad, como un florecimiento rápido de estos sacrificios que la Iglesia está ofreciendo. [2]

     El mensaje de Paulo VI, cuando nos habla de la evangelización, nos da la pauta para comprender a Rutilio Grande. «¿Qué aporta la Iglesia a esta lucha universal por la liberación de tanta miseria?» Y el Papa recuerda que en el Sínodo de 1974 las voces de los obispos de todo el mundo, representadas principalmente en aquellos obispos del tercer mundo, clamaban: «La angustia de estos pueblos con hambre, en miseria, marginados». Y la Iglesia no puede estar ausente en esa lucha de liberación; pero su presencia en esa lucha por levantar, por dignificar al hombre, tiene que ser un mensaje, una presencia muy original, una presencia que el mundo no podrá comprender, pero que lleva el germen, la potencia de la victoria, del éxito. El Papa dice: «La Iglesia ofrece esta lucha liberadora del mundo, hombres liberadores, pero a los cuales les da una inspiración de fe, una doctrina social que está a la base de su prudencia y de su existencia para traducirse en compromisos concretos y sobre todo una motivación de amor, de amor fraternal».

UNA REUNIÓN DE FE

     Esta es la liberación de la Iglesia. Por eso dice el Papa: «No puede confundirse con otros movimientos liberadores sin horizontes ultraterrenos, sin horizontes espirituales». Ante todo, una inspiración de fe, y esto es el padre Rutilio Grande: un sacerdote, un cristiano que en su bautismo y en su ordenación sacerdotal ha hecho una profesión de fe: «Creo en Dios Padre revelado por Cristo su Hijo, que nos ama y que nos invita al amor. Creo en una Iglesia que es signo de esa presencia del amor de Dios en el mundo, donde los hombres se dan la mano y se encuentran como hermanos. Una iluminación de fe que hace distinguir cualquier liberación de tipo político, económico, terrenal que no pasa más allá de ideologías, de intereses y de cosas que se quedan en la tierra».

     Jamás, hermanos, a ninguno de los aquí presentes se le vaya a ocurrir que esta concentración en torno del padre Grande tiene un sabor político, un sabor sociológico o económico; de ninguna manera, es una reunión de fe. Una fe que a través de su cadáver muerto en la esperanza, se abre a horizontes eternos.

LA LUCHA LIBERADORA DE LA IGLESIA

     La liberación que el padre Grande predicaba, es inspirada por la fe, una fe que nos habla de una vida eterna, una fe que ahora él con su rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos, la ofrece en su totalidad, en su perfección: la liberación que termina en la felicidad en Dios; la liberación que arranca del arrepentimiento del pecado, la liberación que apoya en Cristo, la única fuerza salvadora; esta, es la liberación que Rutilio Grande ha predicado, y por eso ha vivido el mensaje de la Iglesia. Nos da hombres liberadores con una inspiración de fe, y junto a esa inspiración de fe. En [3] segundo lugar, hombres que ponen a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: la doctrina social de la Iglesia; la doctrina social de la Iglesia que les dice a los hombres que la religión cristiana no es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria que lo rodea. Es un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano y sentir que «todo lo que hiciereis a uno de éstos a mí lo hicisteis». Una doctrina social que ojalá la conocieran los movimientos sensibilizados en cuestión social. No se expondrían a fracasos, o miopismo, a una miopía que no hace ver más que las cosas temporales, estructuras del tiempo. Y mientras no se viva una conversión en el corazón, una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento. Ninguna de esas cosas son cristianas, sino lo que se anima es la verdadera doctrina que la Iglesia propone a los hombres. ¡Qué iluminado estaría el mundo si todos pusieran a la base de su acción social, a la base de su existencia, de sus compromisos concretos, en sus mismas atracciones políticas, en sus mismos quehaceres comerciales, la doctrina social de la Iglesia! Era eso lo que predicó el padre Rutilio Grande; y porque muchas veces es incomprendida hasta el asesinato, por eso murió el padre Rutilio Grande. Una doctrina social de la Iglesia que se le confundió con una doctrina política que estorba al mundo: una doctrina social de la Iglesia, que se le quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de la existencia.

UNIDAD DEL CLERO CON SU OBISPO

     Queridos hermanos sacerdotes, este mensaje del padre Rutilio Grande es sumamente grande para nosotros. Recojámoslo y a la luz de esa doctrina y de esa fe, trabajemos unidos. No nos desunamos con ideologías avanzadamente peligrosas, con ideologías inspiradas no en la fe en el Evangelio. Demos a nuestra doctrina, a nuestra actuación de buenos samaritanos, de predicadores del mandamiento de Cristo, esta iluminación que la Iglesia, depositaria de la fe, como dijeron ayer en su mensaje los obispos de El Salvador, está tratando de actualizar en estos momentos misteriosos, convulsivos, de nuestra república.

     Yo me alegro, queridos sacerdotes, que entre los frutos de esta muerte que lloramos y de otras circunstancias difíciles de momento, el clero se apiña con su obispo y los fieles comprenden que hay una iluminación de fe que nos va conduciendo por caminos muy distintos de otras ideologías, que no son de la Iglesia, para sembrar lo tercero que la Iglesia ofrece: una motivación de amor.

     Una motivación de amor. Hermanos, aquí no deben palpitar ningún sentimiento de venganza. Aquí no grita un revanchismo, como dijeron ayer los [4] obispos. Son los intereses de Dios, que nos manda amarlo sobre todas las cosas y nos manda amarlos a los otros como a nosotros mismos. Y sí es cierto que hemos pedido a las autoridades que diluciden este crimen; que ellos tienen en sus manos los instrumentos de la justicia en el país y tienen que aclararlo. No estamos acusando a nadie. No estamos emitiendo juicios adelantados. Esperamos la voz de una justicia imparcial porque en la motivación del amor no puede estar ausente la justicia. No puede haber verdadera paz y verdadero amor sobre bases de injusticia, de violencias, de intrigas.

     El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camina a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos, no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor y precisamente porque es amor lo que nos inspira, hermanos. ¿Quién sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, en su conciencia, esta palabra? Queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muere como Cristo: «Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen».

     El amor del Señor inspira la acción de Rutilio Grande. Queridos sacerdotes, recojamos esta herencia precisa. Quienes lo escuchamos, quienes compartimos los ideales del padre Rutilio, sabemos que es incapaz de predicar el odio, que es incapaz de azuzar la violencia.

MUERE AMANDO

     El padre Rutilio, quizá por eso Dios lo escogió para este martirio, porque los que le conocimos, los que lo conocieron, saben que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza. Murió amando, y sin duda que cuando sintió primeros impactos que le traían la muerte, pudo decir como Cristo también: «Perdónalos, Padre, no saben, no han comprendido mi mensaje de amor».

     Queridos hermanos, en nombre de la Arquidiócesis, quiero agradecer a estos colaboradores de la liberación cristiana, al padre Grande y a sus dos compañeros de peregrinación a la eternidad, que estén dando a esta reunión de Iglesia, con todo nuestro querido presbiterio y sacerdotes de otras diócesis, en unión con el Santo Padre, presente aquí en su señor nuncio, nos están [5] dando la dimensión verdadera de nuestra misión. No lo olvidemos. Somos una Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución; pero una Iglesia que camina serena porque lleva esa fuerza del amor.

SÍ, HAY SOLUCIÓN

     Hermanos, salvadoreños, cuando en estas encrucijadas de la Patria, parece que no hay solución y se quisieran buscar medios de violencias, yo les digo, hermanos: bendito sea Dios que en la muerte del padre Grande la Iglesia está diciendo: sí hay solución, la solución es el amor, la solución es la fe, la solución es sentir la Iglesia no como enemiga, la Iglesia como el círculo donde Dios se quiere encontrar con los hombres.

     Comprendamos esta Iglesia, inspirémonos en este amor, vivamos esta fe y les aseguro que hay solución para nuestros grandes problemas sociales.

     Esto quiero agradecer también como arzobispo a todos los que trabajan en esta línea de la iglesia, iluminadores de fe, animadores de amor, prudentes con la doctrina social de la Iglesia.

     Gracias, queridos hermanos, todos los que nos acompañan en esta hora de dolor. [6]

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La misa única

4.º Domingo de Cuaresma
20 de marzo de 1977
                                                                         Josué 5, 9.º 10-12
     2.ª Corintios 5, 17-21
     Lucas 15, 1-3, 11-32

     Queridos hermanos:

     Sean bienvenidos a la casa solariega de la diócesis. El más humilde de toda la familia escogido por Dios para ser el signo de la unidad, este obispo, les agradece cordialmente de estar dando con él, al mundo que espera la palabra de la Iglesia; la palabra de la Iglesia, que no sólo sale de los labios, sino que se proclama por toda esta significativa presencia en la única misa de este día.

     Queremos con esto darle todo el valor que tiene la misa de todas nuestras parroquias, de todas nuestras capellanías, el valor que tiene la misa cuando una familia doliente la pide para su deudo, que va ser enterrado, o para darle gracias a Dios por el cumplimiento de 15 años de una jovencita o para bendecir el matrimonio de dos que se aman hasta la muerte. La misa está recuperando en este momento todo su valor; porque quizá, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces, como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando.

     Yo creo que desde aquí los que están participando en esta misa única, sentirán qué es la misa. El hecho es, hermanos, y sean bienvenidos, también, aquellos que no tienen la fe en la misa y están aquí. Sabemos de muchas personas [7] que están aquí sin creer en la misa pero que buscan algo que la Iglesia está ofreciendo; y la Iglesia se alegra de poder ofrecer ese algo que la humanidad busca sin saber que lo tiene tan cerca, en cada misa que se celebra. En cada misa que se celebra hay un doble banquete: el banquete de la Palabra que evangeliza y el banquete de la Eucaristía, Pan de Vida que alimenta al hombre. No es otra cosa lo que estamos haciendo ahora en esta Iglesia peregrina, vestida de morado, de penitencia, hacia la Pascua, hacia el Cristo que resucita porque ha muerto por nosotros. La misa es Cristo. Lo que buscan aquellos que no creen en la misa, óiganlo de una vez, lo que han encontrado hoy es a Cristo.

ANSIA DEL HOMBRE A LA FELICIDAD

     Yo quisiera comparar esta muchedumbre con la primera lectura de hoy. Es el pueblo que va de la esclavitud de Egipto y canta la Pascua al llegar a la tierra prometida. Y eso es la misa, un encuentro con la tierra prometida, una respiración de esperanza y, mejor todavía, con el hijo pródigo del Evangelio que se acaba de proclamar. El hijo pródigo es cada uno de nosotros, es el pueblo, es el que va buscando muchas veces liberaciones falsas, es el que va buscando la felicidad porque Dios nos ha creado para la dicha, para la felicidad, y al no encontrarla, se sale de la casa del padre como el hijo insensato a buscarla en el mundo, viviendo en la opulencia, en la vanidad, en el desorden, en el libertinaje, y no encuentra más que el vacío. Qué bella figura del hombre buscando felicidad fuera de Dios; buscando un trabajo, no encontró más que ser el guardián de cerdos. Así hay muchos hombres, como cuidadores de cerdos, adoradores de falsos ídolos, hombres que no encuentran la llenura de su corazón con las cosas de la tierra.

     Ojalá esta misa en la que se ha proclamado el Evangelio de esta Cuaresma, el hijo pródigo haga pensar a tantos, tal vez al venir a esta misa única atraídos por algo llamativo: «No encontramos en el mundo la felicidad. Vamos a ver si en esa misa, si en esa Iglesia, se nos ofrece algo que de veras responda a esta ansia de felicidad». Y les decimos, hermanos, que si ustedes tienen fe, aquí encuentran la respuesta. La misa es Cristo que evangeliza; la misa es Cristo que da su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Estas dos cosas son la misa. Estamos en la primera parte precisamente, la Palabra de Dios, llamando a los hombres para que comprendan que en su Palabra está únicamente la solución de todos los problemas: políticos, económicos, sociales, que no se van a arreglar con ideologías humanas, con utopías de la tierra, con marxismos sin horizontes, con ateísmos que prescinden de la única fuerza. La única fuerza que puede salvar es Jesús, que nos habla de la verdadera liberación.

PROBLEMAS DEL MUNDO Y SOLUCIÓN DE CRISTO

     Y quiero recordar aquí con agradecimiento, cuando el Papa actual, Pablo VI, hace dos años, a los obispos que nos reuníamos en Roma, todos de Latinoamérica, [8] nos decía: «Queridos hermanos obispos de Latinoamérica, ustedes andan buscando con inquietud el lenguaje para evangelizar ese continente tan admirable, ese continente tan lleno de esperanza; y el Evangelio de Cristo es la respuesta». Y el Papa decía que esa inquietud por buscar el lenguaje que la gente entienda para llevarle el mensaje de Jesús y esas dimensiones nuevas que el Evangelio está encontrando, porque son irradiaciones que iluminan la actividad del hombre en la tierra, decía el Papa estas palabras: «Que no sea frenada esa inquietud de evangelizar al hombre con sus inquietudes de hoy, que no sea frenada por aquellos que han perdido la sensibilidad de los problemas actuales del mundo y que tampoco sea aprovechada por aquellos que quieren introducir, en el Evangelio de Cristo, otras soluciones que no son las cristianas». Aquí tenemos el sano equilibrio de la evangelización. Que nadie nos frene en este lenguaje que la Iglesia habla, para decirle a los hombres que hay una esperanza en la Iglesia; pero que nadie abuse, también, de nuestro lenguaje, queriendo justificar con el Evangelio otras doctrinas que no son las de Cristo.

     En este equilibrio estamos ahora, queridos hermanos, y yo quiero agradecer aquí en público, ante la faz de la Arquidiócesis, la unidad que hoy apiña en torno del único Evangelio, a todos estos queridos sacerdotes. Muchos de ellos corren el peligro, hasta la máxima inmolación del padre Grande… (aplausos)… Gracias, y ese aplauso ratifica la alegría profunda que mi corazón siente al tomar posesión de la Arquidiócesis y sentir que mi propia debilidad, mis propias incapacidades, encuentran su complemento, su fuerza, su valentía, en un presbiterio unido. Queridos sacerdotes, permanezcamos unidos en la verdad auténtica del Evangelio, que es la manera de decir, como Cristo, el humilde sucesor y representante suyo aquí en la Arquidiócesis: el que toca a uno de mis sacerdotes, a mí me toca… (aplausos).

LÍNEA EVANGÉLICA DEL ARZOBISPADO

     Estén seguros, hermanos, que la línea evangélica que la Arquidiócesis ha emprendido es auténtica y a todos aquellos que con los queridos sacerdotes colaboran, religiosas y laicos, estén firmes en su puesto, mientras estén en comunión con su obispo. Y esto es el significado de hoy, una autorización del Obispo, maestro auténtico de la fe, para que todos aquellos que están en comunión con él, sepan que predican una doctrina que está en comunión con el Papa y por tanto, verdadera doctrina de nuestro Señor Jesucristo… (aplausos).

     Queridos hermanos, pero porque estamos siguiendo las verdaderas orientaciones del Papa, vicario de Cristo, les decimos con el último documento, carta magna de la evangelización, que la evangelización no queda completa, así como esta misa no quedaría completa si terminara aquí únicamente con la palabra; que la evangelización termina cuando se celebra el sacramento de la Iglesia, cuando la Iglesia se siente como un signo de Cristo presente, obediente a la jerarquía y también con unos signos concretos que son los sacramentos. En este [9] momento entramos en la segunda parte de la misa, donde Cristo se hace alimento, donde Cristo se hace hostia, donde Cristo repite su inmolación del Jueves Santo en la noche: «Tomad y comed; esto es mi cuerpo, esta es mi sangre que se derrama por vosotros». Una evangelización que solamente fuera palabra sin sacramentos, no construiría la verdadera Iglesia. Una Evangelización que sólo fuera Biblia y palabra, perdonen, queridos hermanos separados, nuestra doctrina católica quedaría mutilada, como ha quedado cuando se prescinde de los sacramentos.

     Nosotros sacerdotes predicamos la palabra y la damos hecha vida en la comunión: signo precioso, aquí los sacerdotes rodeando el altar con los copones listos para ser consagrados en el cuerpo del Señor y repartirlo luego al pueblo como alimento de vida. Los bautismos, los otros sacramentos, el matrimonio, son los signos de un Cristo que santifica la vida. Y esto es lo que hace la Iglesia.

OBISPO Y SACERDOTE

     Por eso, hermanos, los sacerdotes tienen esa potestad recibida de Cristo, pero en comunión con el Obispo. Y es un gesto precioso esta concelebración, el saber que los sacerdotes consideran al Obispo como el centro de su liturgia, como el centro de su vida sacramental. Ellos son el cauce, junto con el Obispo, para llevar la Palabra de Cristo y la vida de Cristo a ese pueblo que está esperándonos. Y hemos querido dar también el testimonio de los pueblos sin misa, para que se comprenda lo que significa la persecución a un sacerdote. ¿Qué sería el día en que este pequeño grupo de sacerdotes nos fuera quitado de la mano? ¿Cómo quedarían los pueblos sin misa, las parroquias sin bautismos? Hermanos, creo que todos han comprendido el lenguaje de esta única misa. No tiene nada de demagogia. No está siendo utilizada por partido político. No está proclamando una protesta a lo humano. Simplemente está diciendo lo que significa la misa, sea que la celebre el Papa en el Vaticano o el Obispo en su catedral o el humilde párroco en la más humilde de las aldeas de la diócesis.

     Y esto queremos decirles a todos, que sepan estimar la misa porque en la misa podrán encontrar… (aplausos)… Queridos hermanos, comencé dándoles la bienvenida, ahora me alegro de haberles explicado con palabra humilde lo que significa una misa. Y ojalá que aquellos que no tenían fe en ella sean de aquí en adelante seguidores de este Cristo que se hace presente en la misa de cada domingo, en la misa de cada circunstancia humana. Muchas gracias por ayudarnos a dar este signo que la Iglesia quería dar… (aplausos). [10]

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La unción del Espíritu

Misa Crismal
Jueves Santo
7 de abril de 1977
                                                                         Isaías: 61, 1-3a. 6a. 8b-9
     Apocalipsis: 1,5-8
     Lucas: 4,16-21

     Queridos Hermanos:

     «Hoy se cumple esta palabra» fue la homilía de Cristo después de leer al profeta Isaías, anunciando una efusión del Espíritu Santo sobre el pueblo. Y yo tengo el inmenso honor de decir también en esta mañana de Jueves Santo: hoy se cumple esta palabra. Y qué hermosamente se está cumpliendo. Aquí en el presbiterio de la Catedral, rodeado de una buena representación de los presbíteros que trabajan en la Arquidiócesis; con mi hermano, el Señor Obispo Auxiliar, Monseñor Rivera; y llenando la nave, el pueblo que ha recibido una efusión del Espíritu: nos preparamos para celebrar el triduo pascual. Es como nos invitó la catequesis introductoria de esta ceremonia, como una síntesis que la Iglesia nos está ofreciendo esta mañana, de todo el contenido pascual que se va a desarrollar en estos tres días: la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo.

     No tiene sentido todo esto si no comenzamos por recordar que todo esto es obra del Espíritu Santo y esta misa es un homenaje al Espíritu que unge a Cristo, a los presbíteros que presidimos la Semana Santa y al pueblo que celebra su redención. Si no es porque una fuerza de Dios inundaba a Cristo, el mundo no hubiera sido salvo. Y si no es porque ese Espíritu de Cristo se transfunde en [11] la Pascua a unos ministros que han de llevar su redención al mundo, y ese mundo lo recibirá a través de los sacramentos, no tendría tampoco un sentido la muerte redentora y la resurrección del Señor. O sea, que esta misa crismal, como la llama la liturgia por el Crisma, por la unción del Espíritu Santo, es un resumen bellísimo de toda la Pascua. Hoy comienza la Pascua de 1977 en nuestra historia y comienza en esta forma solemne, suspendiendo todas las misas de la Arquidiócesis, para concentrar toda la atención en torno del sacerdote escogido por Dios, no por sus méritos, sino quizás por su pequeñez, por sus limitaciones, para ser el signo de la fe, de la unidad en la diócesis, y sentir que a través de él, con quien comparten responsabilidad todos los presbíteros, el Espíritu de Dios sigue siendo la redención pascual en el pueblo que cree en Jesucristo.

1. CRISTO, OBRA DEL ESPÍRITU

     Tres grandes obras del Espíritu Santo evoca esta ceremonia de hoy y las escucharán, en bella síntesis, en el prefacio que dentro de un momento se cantará. La primera obra del Espíritu Santo es el mismo Cristo, o sea, que la segunda persona de la Santísima Trinidad se haya hecho hombre, se haya unido a un cuerpo y a un alma humana en las entrañas virginales de María, sin perder su virginidad. Es obra del Espíritu Santo, no tanto por el milagro virginal de esa concepción, sino ante todo porque ese ambiente virginal era el que correspondía al gran misterio de un Verbo de Dios que unge por obra del Espíritu Santo la naturaleza humana de aquel hombre que nace de María, al mismo tiempo Dios. Hombre y Dios, obra del Espíritu Santo. Por eso el ángel le dice a María: «Lo que nacerá de ti, será obra del Espíritu de Dios, y él salvará al mundo de sus pecados, porque viene ungido con la potencia de Dios». Y aquel niño que nace de María, ungido por el Espíritu Santo, es hombre y Dios, que cuando llegó a la plenitud de su edad, queda colgado en un madero para sacrificar así sus carnes ungidas de Espíritu de Dios para redención del mundo; y lo hizo pontífice de la Nueva Alianza.

     Este Cristo muerto en la cruz y resucitado, llevando en su gloria las cicatrices de la pasión, es un hombre ungido por Dios, pero con una unción única. No habrá más sacerdocio que el suyo. El único sacerdocio es el de Cristo Redentor, es la alianza que Él restablece entre Dios y los hombres. Ya no se da otro nombre en la tierra por el cual los hombres pueden ser salvos, fuera del nombre de Jesús. Esta es la obra maestra del Espíritu Santo, haber ungido esa humanidad de hombre con una potencia de Dios para que fuera el pontífice de la alianza eterna, para ser la causa de nuestra redención. Pero ese pontífice eterno y único no se queda aislado de la historia.

2. EL PUEBLO UNGIDO POR EL ESPÍRITU

     La segunda obra del Espíritu Santo que estamos conmemorando hoy en esta misa crismal es que ese sacerdocio único de Cristo, al mismo tiempo que [12] es rey y que es profeta, transmite a todo el pueblo redimido, la capacidad de ser también un pueblo de sacerdotes, de reyes, de profetas. Y así comenzaba la misa de hoy con ese canto del Apocalipsis puesto en labios de todos nosotros: nos hiciste pueblo de sacerdotes, pueblo de reyes, pueblo de profetas, porque la unción del Espíritu que ungió a Cristo se hace nuestra unción.

     El día de nuestro bautismo, queridos hermanos, cuando el agua y el Espíritu, nos lavaron el pecado original, el sacerdote para simbolizar la grandeza positiva de aquel momento, nos unge la cabeza con el sagrado crisma, que aquí se va a consagrar con él a todos los niños y bautizados de la diócesis, porque por esa unción manifestamos que el bautismo incorpora al hijo de la carne en la Iglesia, que es pueblo de Dios, pueblo sacerdotal, pueblo de profetas y de reyes.

     Es hora bendita ésta, para recordar nuestra pila bautismal. Es un momento en que no sólo nosotros los presbíteros vamos a renovar nuestros compromisos, de haber sido ungidos. Yo quisiera, hermanos, invitarlos en el Crisma de hoy, a recordar el crisma que cada uno lleva ungido a su alma en aquella pila bautismal del pueblito o del cantón; allá nacimos, allá el sacerdote llegó con el agua del bautismo y el santo crisma llevado de la catedral, consagrado aquel año para ungirnos miembros de este pueblo, profeta, sacerdote y rey. Y llevamos entonces, como pueblo de Dios, esa triple responsabilidad, ese triple honor, que hoy gracias a Dios va comprendiendo cada vez más el laicado; o sea, ustedes que no son religiosos ni sacerdotes del altar pero que son sacerdotes en el mundo, son profetas en el mundo, son reyes que deben de trabajar para que el imperio de Cristo reine en la sociedad, en las estructuras, en el mundo. Y tienen que anunciar como los profetas, como pueblo profético ungido por el Espíritu que ungió a Cristo las maravillas de Dios en el mundo, animar lo bueno que en el mundo se hace y también denunciar enérgicamente lo malo que en el mundo se hace. Para eso son los profetas, para anunciar y animar la bondad y para denunciar y condenar la maldad. Y esto lo va comprendiendo cada vez más este pueblo que lleva la unción poderosa del Espíritu Santo para que no sólo miren al Obispo y a los sacerdotes a ver qué hacen, sino que ellos mismos se sientan responsables de esta Iglesia profética, regia y sacerdotal.

     Y yo me alegro, hermanos, al hacer esta reflexión con ustedes, recordando nuestro común bautismo, que ya son muchas las comunidades en nuestra diócesis donde se va despertando este sentido del bautismo, donde se va viviendo esa responsabilidad de ser miembros de la Iglesia, de pueblo de Dios ungido con la potencia pascual de nuestro Señor Jesucristo.

     Sigamos trabajando y tomando conciencia, y no seamos simplemente espectadores de la actividad de la Iglesia, sino que nos sintamos Iglesia, porque lo somos, porque el Espíritu de Dios nos ha ungido y nos ha hecho capaces para llevar como Cristo, una misión sacerdotal que consagre el mundo a Dios, una [13] misión profética que anuncie a Dios al mundo, una misión de reyes que haga dominar a Cristo sobre todo cuanto existe en la tierra.

3. EL PRESBITERIO, OBRA DEL ESPÍRITU

     Y finalmente, y principalmente, esta es la celebración de esta mañana, la tercera obra del Espíritu Santo es que, de ese pueblo profético, regio y sacerdotal, ha escogido a unos cuantos miembros para darles una misión especial, y aquí estamos. Me siento alegre y feliz, hermanos, de haber llegado a la Arquidiócesis en un momento en que el presbiterio, los sacerdotes, se han compactado tan íntimamente con el Obispo. Y en este Jueves Santo podemos presentar, como el fruto de ese trabajo y de esa unión del Espíritu Santo, a este sacerdocio unido con el Obispo.

     ¿Qué fue nuestra unción sacerdotal, queridos hermanos sacerdotes? Y en esta mañana es bello recordar aquel altar tan distinto para cada uno de nosotros, cuando un obispo nos impuso la mano para darnos la potestad de celebrar la santa misa por los vivos y los difuntos y, soplando como Dios el insuflo del Espíritu Santo, nos dijo: «Recibid también la potestad para perdonar los pecados en el nombre de Dios». Y entonces quedó constituida nuestra capacidad, nuestra potestad sagrada por ese carácter indeleble que los sacerdotes presbíteros llevamos. Lo llevamos, dice el prefacio de la misa de esta misa crismal, para congregar al pueblo en una unidad de amor y celebrar ante ellos el sacrificio perenne de la redención humana y alimentar al pueblo con la palabra de Dios y robustecerlo con los sacramentos. Qué síntesis más hermosa de lo que es nuestra misión en el mundo: congregar al pueblo.

MINISTERIO DE UNIÓN

     El sacerdocio está hecho para unir, no para dividir, y siente la alegría cuando la Iglesia reboza, porque a su palabra han acudido para crear esa comunidad de fe, de esperanza y de amor. Y las comunidades, cuanto más íntimas van creciendo en el amor y en la fe, llenan más de satisfacción el corazón del sacerdote, que es un ministerio de unión, de unidad en el mundo. Y por eso sentí la inmensa alegría cuando le dije al Padre Santo, apenas hace nueve días, que le presentaba un sacerdocio unido con su obispo y que trabaja por la unidad del pueblo de Dios. Qué don más precioso debió considerar el Santo Padre, como lo considero yo, el don precioso de la unidad del presbiterio, para que así cada sacerdote que trabaje en la unidad de su propia parroquia no hace su Iglesia individual, a su gusto, según los caprichos del mundo o de sus criterios personales, sino que lo hace en unión con el Obispo, en disciplina santa con el que es pontífice responsable de toda la diócesis; así como el Obispo no hace una diócesis a su gusto, sino en comunión con el Papa, para formar la gran comunidad: la Iglesia universal. [14]

     Este ministerio de unidad es el que celebramos hoy al congregar aquí, en esta concelebración, a los sacerdotes de todas las parroquias, por lo menos los que han podido y querido venir; y también representándolos a los que no han venido, los que están aquí.

MINISTERIO DE LA PALABRA

     Queridos hermanos, también el sacerdote en esta reunión de amor, de esperanza, de fe, reparte al pueblo la Palabra de Dios. Tiene que ser la Palabra de Dios. La palabra que salva no es la palabra del hombre, sino la Palabra de Dios; y por eso tiene que tener el cuidado de mantenerse en sintonía perfecta con lo que Dios quiere, con lo que Dios pide. Y esta hora, que los obispos dijimos hace pocos días, es una hora de conversión. Nos toca a nosotros sacerdotes convertirnos a la verdadera Palabra de Dios, para que ni por exceso ni por defecto se convierta en palabra de hombre. Tiene que ser una conversión a lo que Dios quiere, a lo que Dios dice. Esa Palabra de Dios tiene una misión religiosa, dijo el Concilio, pero por eso también una misión humana y, por ser religiosa, busca hacia Dios; pero, por ser humana, busca también de resolver y ayudar a los hombres en sus grandes problemáticas de la tierra. O, como dijo el Papa, es una evangelización que tiene una relación íntima con la promoción, con la liberación. Y es aquí donde toca la conversión de los sacerdotes a una verdadera búsqueda de lo que Dios quiere en esta predicación: que sea verdadera evangelización de Dios y que sea también la auténtica promoción que Dios quiere en el mundo, porque separarlas sería olvidar el gran precepto del amor: amar al prójimo y preocuparse de sus necesidades, de sus situaciones concretas, ayudarle como el buen samaritano al pobre herido que estaba por el camino.

     Hermanos, esta palabra es la que ahora ilumina la unidad de los sacerdotes. Es una palabra divina pero humana, porque viene de Dios, tiene también sus raíces humanas y tiene sus aplicaciones en las cosas concretas de la tierra. Desencarnarse y no pensar en las cosas de la tierra no sería Palabra de Dios. Encarnarla demasiado y olvidarse que es de Dios tampoco sería Palabra de Dios. Esta alimentación de la palabra divina cunde y culmina cuando se encuentra, dice Pablo VI, en el gran signo del encuentro con Dios que es la Iglesia y en los signos sacramentales; o sea que el sacerdote está hecho para repartir unos sacramentos que son frutos de una conciencia convertida a Dios y un lugar de encuentro con el Señor.

SIGNO DE LA PRESENCIA DE CRISTO

     Y después de alimentarnos con la Eucaristía, renovando el sacrificio de la redención, y con los demás sacramentos que van a ser simbolizados en las ánforas de los santos aceites que vamos a bendecir y consagrar hoy, el sacerdote está sirviendo a Dios y sabe que su vida en ninguna otra cosa la puede emplear mejor que en ser el signo de la presencia del amor redentor de nuestro Señor Jesucristo. [15]

     Por eso, es día grande para nosotros los sacerdotes, es nuestra mañana sacerdotal; así como en la tarde será la inauguración de la Eucaristía por Cristo, pero confiada a este grupo de sacerdotes. Hoy celebramos la idea grandiosa de Cristo de encontrar un grupo de hombres que no sólo anuncien con la palabra su redención, sino que la realicen por la santa misa que celebran, por los sacramentos que administran, por la gracia que van llevando a los corazones.

     Queridos hermanos, ante esta triple obra del Espíritu Santo, ya sabemos lo que significa nuestra misa crismal, y ya sabemos lo que significa la obra de Cristo muerto en la cruz; y su resurrección es la venida del Espíritu, porque la venida del Espíritu Santo no fue en Pentecostés, fue en la Pascua, fue cuando Cristo insufló sobre los apóstoles a la misma noche de la resurrección: «Recibid el Espíritu Santo». Si cincuenta días después celebramos Pentecostés, es como una manifestación pública de esta Iglesia que ya existe silenciosa, ungida por el Espíritu Santo.

     Celebremos, pues, en la misa crismal, en el símbolo del crisma y del óleo de los enfermos y de los catecúmenos, la unción del Espíritu Santo que ha bajado de la vida de Dios para darnos un pontífice eterno, Cristo Jesús, y junto a Cristo unos pontífices temporales que servimos al pueblo para conducirlo a Dios y para celebrar, queridos hermanos, como pueblo consagrado por el bautismo, una misa de acción de gracias al Señor, al Espíritu Santo, que ha querido ungirnos como pueblo sacerdotal, como pueblo de profetas y como pueblo de reyes.

     Así sea. [16]

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Mensaje de Monseñor Romero, en el Triduo Pascual desde ASAZ

Viernes Santo
8 de abril de 1977

     He tenido el honor y el gusto de acompañar la procesión del Santo Entierro. Ha sido una muchedumbre innumerable la que, saliendo de El Calvario, hizo el recorrido, pasando luego frente a la Catedral y luego encaminándose hacia El Calvario. He querido venir a visitar a sus propios estudios, a estos nobles trabajadores de YSAX, a quienes debemos esa fecundidad del mensaje de la Semana Santa que ustedes, estimados radioyentes, han estado sintonizando, y sin duda pidiéndolo muy adentro del corazón. Yo también he participado muchas veces en este mensaje de Semana Santa; y he recibido impresiones de todas partes, del fervor con que en nuestra Arquidiócesis y en toda la república, se está celebrando este solemne triduo pascual. Así se llama, porque es la Pascua de los cristianos, desde la Cena del Señor en que nos dejó el memorial de su pasión, de su muerte y de su resurrección, hasta el Sábado Santo por la noche, con la solemne Vigilia Pascual. De tal manera, que el Santo Entierro no es más que un episodio, muy solemne ciertamente, y nuestro pueblo le da toda su importancia, pero no es toda la Semana Santa. El Santo Entierro en San Salvador es una procesión de lo más hermosa y termina en El Calvario. Allí, El Calvario, es durante todo el Sábado Santo, el santo sepulcro. [17]

SÁBADO SANTO

     Sería bueno que visitáramos ese lugar sagrado, El Calvario, así como en cada parroquia, en cada pueblo, en cada ermita, les invito, queridos Radioyentes católicos, a vivir el Sábado Santo como quiere la Iglesia que lo vivamos. No es un día de paseo, no es propiamente sábado de gloria. En la nueva liturgia, que ha recobrado todo el sentido de la verdadera celebración Pascual, el sábado es un día todavía de luto, es un día de silencio junto a la tumba del Señor. Es la expectativa de la esposa viuda, Iglesia; la Iglesia que espera la resurrección del Señor, la Iglesia que junto a la Virgen de la Soledad está esperando con serena tristeza, después de la muerte trágica de su esposo, la resurrección del Señor. María y la Iglesia somos todos nosotros junto al sepulcro del Señor, esperando la hora solemne de la Pascua.

     Después del Santo Entierro, esta es la situación, la actuación, la psicología, la fe, la esperanza de la Iglesia. Por eso les invito, pues, desde los propios estudios de YSAX, a compartir estos sentimientos de tristeza serena, de esperanza en la gloria del Señor después de su trágica muerte que fue para bien del mundo, que fue voluntaria, porque Él lo había dicho: «Yo entrego mi vida y la tomo». Esperando ese momento en que tomará de nuevo su vida, vivamos este Sábado Santo, en esa santa expectativa de la resurrección del Señor.

CRISTO, TAMBIÉN REDENTOR DEL ANTIGUO TESTAMENTO

     Un pensamiento muy propio después que Cristo muere en la cruz y es llevado al santo sepulcro, y junto al sepulcro nos quedamos consternados de todo lo que ha pasado, es el pensamiento que el credo expresa con estas palabras: «Descendió a los infiernos». Hay en esta frase toda una teología de lo que sucedió en estas horas, cuando el alma de Cristo se separa de su cuerpo mientras su cuerpo yerto es llevado al Sepulcro. ¿Qué fue de aquella alma bendita? ¿Si el alma de los hombres que mueren va a Dios, a dónde fue el alma de Cristo?

     Nuestro credo nos dice: «Descendió a los infiernos». Entendiéndose por infierno, aquellos lugares misteriosos donde esperaban los santos, la gente buena del Antiguo Testamento, desde Adán hasta los que murieron en tiempo de Cristo: Juan Bautista, San José. Allí había un pueblo que, para ellos, el Viernes Santo por la tarde y el Sábado Santo fue como un verdadero Domingo de Ramos. Se alegraron los espíritus, llegaba la redención, se abrían los cielos. Con Cristo, que resucitaría en la noche del Sábado Santo, iban a surgir también de este limbo, de este lugar de felicidad ciertamente; pero no todavía la gloria, todo lo bueno y santo que la humanidad había producido hasta los tiempos de Cristo.

     Todos los hombres encuentran su salvación en Cristo, hasta los que vivieron antes de Él, y por eso Él es redentor también del Antiguo Testamento. [18] Cuando el credo asegura que Cristo «descendió a los infiernos», nos quiere decir que en estas horas de la separación de su alma y de su cuerpo, su alma va a unirse con las almas de todos los que esperaban. Imaginemos qué alegría la de Adán, la de Eva, la de los patriarcas, la de los profetas, la de los santos que esperaron al Señor. Si para nosotros es toda una alegría el sentirnos redimidos por Cristo, mucho más grande tuvo que ser aquella hora del encuentro de las almas con Cristo.

     Este pensamiento puede ocupar la mente de todos los católicos junto a la tumba del Señor en el Sábado Santo y acompañar en espíritu a Jesucristo, en ese encuentro que se debió clamar también como en Jerusalén el Domingo de Ramos: «Bendito el que viene en el nombre del Señor». Toda esa procesión de almas redimidas por Cristo, van a acompañarlo como una hermosa procesión hacia el sepulcro donde su cuerpo yace inerte. Y cuando el alma de Cristo vuelva a introducirse en aquel cadáver y va a operarse la resurrección, y Cristo completará su paso de la muerte a la vida, no va solo, va con su cortejo de redimidos que inician la gran procesión de los redimidos del Nuevo Testamento.

     Allí estamos ya nosotros en la esperanza de nuestra propia salvación. Y un día, todos los hombres, desde Adán hasta el último hombre de la historia, formaremos el cortejo de la redención de Cristo como lo vio el Apocalipsis en aquellas muchedumbres que no se podían contar y que cantaban: «Gloria y honor, poder y alabanza al Cordero que fue degollado y que murió para redimirnos». Esta alegría la viviremos, hermanos, si somos fieles a esa redención que Cristo nos trajo.

LA VIGILIA PASCUAL

     He aquí, pues, los grandes pensamientos del Viernes Santo por la noche y del Sábado Santo, hasta que llegue la hora en que la bendición del fuego nuevo nos esté anunciando que ya llega la hora de la resurrección del Señor. Vamos a celebrarla en nuestra Catedral el Sábado Santo a las 8 y media de la noche. Será la solemne Vigilia Pascual, que se iniciará con la bendición del fuego nuevo. Esperamos organizar una bonita fogata de donde sacaremos el fuego para encender el cirio e iniciar la procesión de Cristo resucitado, simbolizado en el cirio, que encenderá las velas de todos los que vamos a participar. Por eso les invitamos a que cada uno lleve su propia vela para que participemos en esta luminaria de Cristo, que en la mitad de la noche ilumina como un día las esperanzas de todos los que en Él creemos.

     Y seguirá las lecturas de episodios bíblicos que se referían a esta noche santa y a nuestro bautismo; porque vamos a renovar también nuestros compromisos bautismales, y celebraremos así, redimidos, bautizados, en gracia de Dios, en nuestra propia vida, la resurrección del Señor. Pasemos este Sábado Santo que ya se inicia, hasta la hora de la Vigilia Pascual, en esta preparación espiritual para participar íntimamente con la alegría de Cristo resucitado. [19]

     Puede ayudarnos también este otro pensamiento: durante la Cuaresma, los catecúmenos, o sea los que se estaban preparando para el bautismo, recibían su preparación próxima y era precisamente el Sábado Santo por la noche cuando iban a ser bautizados. El Concilio Vaticano II, recordando esta historia de los catecúmenos y del bautismo del Sábado Santo en la noche, de la Cuaresma que los preparaba, nos invita a que la Cuaresma nos prepare para renovar nuestro bautismo. Gracias a Dios ya somos bautizados; pero, ¿cuántos bautizados necesitarán un buen catecumenado que les hiciera pensar en la grandeza, en la responsabilidad, en lo que significa, ese acto del bautismo? Los que se iban a bautizar el Sábado Santo por la noche comprendían, mejor que muchos de los católicos de hoy, el inmenso honor que significa morir y resucitar con Cristo. Esto es el bautismo.

     Por eso los antiguos bautisterios eran como en forma de una tumba a donde bajaban, uno a uno, los que formaban la procesión de los catecúmenos, como para sepultarse; y allí el pontífice los bautizaba y los confirmaba, y salían como quien sale de un sepulcro, vestidos de blanco, representación preciosa de Cristo que sale resucitado de la tumba; y se iba formando aquella bella procesión de túnicas blancas con la vela del bautismo encendida en sus manos. Eran los neófitos, eran los bautizados que se encaminaban luego en procesión cantando las alegrías de la redención para celebrar la solemne Pascua, su primera comunión. Y vestidos de blanco pasaban toda la semana pascual afianzando sus compromisos bautismales mientras visitaban las tumbas de los mártires, de aquellos hombres y mujeres que supieron vivir hasta la muerte sus compromisos del bautismo.

     ¿Por qué no aprovechamos, queridos radioyentes, queridos católicos, el Sábado Santo para hacer una revisión sincera de cómo estamos viviendo nuestros compromisos del bautismo? ¿Cuáles son esos compromisos? Todavía se pronuncian frente a los niños que se bautizan, pero muchas veces sin darnos cuenta de lo serio que es decir: ¿Renuncias a Satanás, a sus pompas, a sus seducciones? Sí renuncio. ¿Crees en Dios Padre, en Cristo, en el Espíritu? Sí, creemos. Ese renunciar a lo que se opone a Dios y ese consagrarse por el credo a Dios, eso es el bautismo.

     Qué bueno fuera en la Vigilia Pascual del Sábado Santo en la noche, que todos lleváramos, en el arrepentimiento de no haber sido fieles a nuestro bautismo y en el propósito firme de vivir ese bautismo con más intensidad, la mejor participación a la fiesta de Cristo resucitado. No hay mejor felicitación para nuestro Divino Redentor que estampar muy hondo en nuestra alma su muerte y su resurrección. Eso es el bautismo, participar en la muerte de Cristo para morir a todo lo malo de la vida, para desterrar de nosotros todo egoísmo, toda injusticia, todo odio, toda violencia, todo lo malo, todo lo diabólico, toda la perversidad que lleva nuestra naturaleza; y por otra parte, resucitar a una vida nueva, vida de santidad, de sencillez, de humildad, de castidad, de todas esas virtudes que forman el cortejo de las almas santas. Todo bautizado tenía [20] que ser un santo. Esta es la noche del sábado, la que nos invita nuevamente a un propósito de santidad para ser fieles, coherentes con nuestro bautismo.

EXIGENCIA DE ESTA HORA

     He aquí, pues, que mientras estamos junto a la tumba de Cristo, en espera de su resurrección, estamos revisando nuestra vida, nuestros compromisos con Él. No queremos ser Judas, no queremos ser apóstoles cobardes; queremos ser fieles de aquí en adelante. La hora lo exige. No son momentos éstos para vivir un catolicismo dormido, no son momentos éstos para acomodar un cristianismo a nuestro modo de pensar, a nuestro capricho. Es necesaria la hora en que Cristo dijo: «El que no está conmigo, contra mí está. El que no recoge conmigo, desparrama». Es la hora de la integridad, es la hora de la entrega. Junto a Cristo, que muere y está sepultado, este recuerdo, esta vivencia, tiene que florecer en nosotros en el propósito de un catolicismo íntegro que sea fiel hasta sus últimas consecuencias. Esta es otra reflexión muy fecunda junto a la tumba del Señor, mientras esperamos la hora de su resurrección.

     Hemos querido transmitirles este mensaje que puede llenar el pensamiento de estas horas solemnes en que muchos cristianos no saben qué hacer y piensan que el Sábado Santo ya fue el fin de la Semana Santa. Es una expectativa y vamos a vivirla hasta la hora en que la Iglesia nos dice que sí, ya es la hora de la gloria, de la alegría, la hora solemne en que vamos a asistir a la resurrección de nuestro Señor. Queremos participarles que esta solemne Vigilia Pascual tendrá lugar a las 8 y media en al Catedral, pero que los que no puedan venir a la Catedral averigüen, en sus parroquias -las horas son según los párrocos crean más conveniente, en algunas hasta la media noche, pero nunca se pueden celebrar antes de la puesta del sol- vean en sus parroquias a qué hora es la Vigilia Pascual y participen. Y si este mensaje está llegando también hasta los que pasean, los que no han vivido la Semana Santa litúrgica, les invitamos a que siquiera se acerquen a este acto, el más solemne de la Semana Santa. A quienes sólo asistieron a la Procesión del Silencio o del Santo Entierro y se fueron luego a sus paseos, les decimos que vuelvan siquiera un momentito a la solemne Vigilia Pascual, que en la Catedral va a ser a las 8 y media de la noche, invitándoles a que todos traigan una vela para que a la hora de la bendición del fuego nuevo participen, también, con este gesto que expresa que esa luz de Cristo se ha hecho muy nuestra, como esa vela que es muy nuestra para llevarla después a nuestra casa. Ella será la que iluminará la hora de nuestra aflicción, tal vez de nuestra agonía, de nuestra muerte, como aquella que nos entregaron en el bautismo con las palabras de que la lleváramos encendida como signo de fe hasta el encuentro con el Señor.

LA ESPERANZA DE CRISTO

     Sería bonito ver que al terminar la Vigilia Pascual, por todas las calles de San Salvador y de los pueblos y de los cantones, esas luces en las manos de los [21] fieles, iluminan una esperanza en los caminos de la Patria: la esperanza de Cristo, la única esperanza que nos puede salvar.

     Entonces, queridos radioyentes, el sábado en la noche, a las 8 y media, nos veremos en la Catedral y quiero tener el gusto allí de decirles a todos a esa hora: Feliz Pascua. Acostumbrémonos a este saludo también, cristianicemos lo más bello que sea esta noche, una noche mucho más alegre que la de Navidad porque Cristo nace no para morir, sino para que la muerte no lo domine más. La resurrección de Cristo, la noche pascual, la más grande de la historia, es la que vamos a vivir, la que está ya frente a nosotros, el Sábado Santo.

     Mientras llega esa hora, queridos radioyentes, ustedes y yo, elevemos muchas plegarias. Bendito sea Dios, ha sido una Semana Santa muy fervorosa; de muchas partes me han llegado informes muy consoladores, asistencia que se duplica, comuniones interminables, los confesores no han dado abasto a tanta petición de penitencia. Cómo de veras ha florecido el catolicismo en nuestras parroquias, cómo lo estamos pidiendo una hora pascual. Por mi parte quiero avisarles también que estoy preparando para la próxima semana, una carta pastoral que llevará ese título: La Iglesia de la Pascua. Es nuestra Iglesia que florece en la resurrección de Cristo; así como ha sufrido en su cruz, en su cuaresma, una cuaresma y una cruz de la cual deriva la serena alegría, la fecunda alegría de una Iglesia que ofrece la esperanza verdadera a los hombres. Oremos mucho; la oración será nuestra fuerza. Dios está con nosotros, Dios nos prueba y sabe que la prueba es fecunda, que el dolor de la cruz florece en pascuas de resurrección.

     Queridos radioyentes, desde los estudios de YSAX, esta voz de la Iglesia, ha hablado para ustedes, su humilde servidor y amigo, el arzobispo de San Salvador. [22]

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La Iglesia de la Pascua

2.º Domingo de Pascua
17 de abril de 1977
Parroquia de La Resurrección
Colonia Miramonte
                                                                        Hechos: 5, 12-16
  Apocalipsis: 1, 9-11.ª
   12-13, 17-19
   Juan: 20, 19-31

     Queridos hermanos sacerdotes, fieles:

     En esta fiesta patronal de la parroquia de La Resurrección, quiero tener el gusto, atendiendo una amable invitación del padre Navarro, de hacer de este Ambón parroquial, la cátedra del obispo, la cátedra de la diócesis. En este momento sentimos, pues, que en esta Iglesia es la Catedral de la Arquidiócesis; y en esta fiesta de la Pascua que se clausura, quiero entregar a la diócesis, por medio de esta parroquia, mi primera carta pastoral, que precisamente habla de la Iglesia de la Pascua. No les voy a cansar con la lectura, quisiera más bien invitarles a que cada uno la estudiara. Al final, yo les recomiendo a todos los que trabajan en nuestra pastoral, que dediquemos toda esta temporada de pascua, que va desde la resurrección hasta Pentecostés, cincuenta días, la fiesta más grande de la liturgia, porque celebra el centro de la vida de la Iglesia: Cristo muerto y resucitado. [23]

HORA PASCUAL

     Aprovechemos esta temporada para ahondar en nuestra fe, precisamente ese Misterio Pascual que ha inspirado este humilde documento que, con todo cariño, como Juan acaba de decir él y un sucesor de los apóstoles lo dice con más razón: «yo, hermano vuestro». Así como hermano, como amigo, como quiero ser considerado en mi ministerio, es como yo he hablado en esta carta, para alegrarme precisamente de que Dios me ha preparado un pórtico inesperado para entrar en mi nuevo ministerio jerárquico. Elogio la herencia maravillosa que nos deja Monseñor Luis Chávez y González, al dejar, con sus beneméritas y cansadas manos, esos 38 años en nuestra agitada historia. Supo regir la nave de la Iglesia con tanto acierto.

     Y si yo quisiera darle a esta hora de relevo, en que vienen a desembocar en mis manos todo ese trabajo pastoral, de 1842, cuando nació, como diócesis, sufragánea de Guatemala, la República de El Salvador una sola diócesis, hasta 1913 en que fue elevada a categoría de Arquidiócesis, independizándose ya de Guatemala como provincia eclesiástica; nacieron las diócesis de San Miguel y de Santa Ana, y San Salvador como metropolitana; comenzó la serie de arzobispos: Monseñor Pérez y Aguilar, Monseñor Belloso y Sánchez y Monseñor Chávez y González. Llega esta hora de relevo, digo yo, y si quisiera llamarla con un calificativo, la llamaría: una hora pascual. Sí, estamos pasando por una bellísima hora de Pascua, que coincide con la Pascua de nuestro año litúrgico. Y en esta parroquia, que lleva el nombre de la Pascua, de La Resurrección, quiero confesar esta alegría y darle gracias al Señor, porque sólo el Espíritu de un Cristo resucitado, que vive y construye la Iglesia a través del tiempo, puede explicar esa fecunda herencia que nos entrega el venerado arzobispo antecesor. Sólo el impulso divino del Espíritu de la Pascua puede ser la explicación de este inesperado comienzo.

     Y la reflexión que luego sigue, hermanos, nos remonta a la Pascua que desemboca también en Cristo, confesado nuestra Pascua, porque toda aquella fuerza liberadora que traía el Viejo Testamento con maravillas que Dios iba haciendo para expresar su deseo de liberar siempre a los pueblos, de dar su salvación precisamente en la historia de los pueblos, en Cristo nuestro Señor se hace realidad, no sólo para Israel, sino para todos los pueblos que vayan creyendo en Él. De tal manera que podemos decir: Cristo salva a la República de El Salvador en su propia historia, y todas aquellas maravillas del Antiguo Testamento se hacen presentes en esta Pascua, salvadoreña, nuestra.

     Encaja mi pensamiento de la pastoral, con las lecturas que acaban de escuchar hoy, porque es esta dominica llamada antiguamente «in albis», de las túnicas blancas, cuando los bautizados en la Pascua el Sábado Santo en la noche, después de recorrer toda la semana con sus túnicas blancas para afianzar más sus compromisos bautismales, este día renovaban ese compromiso y dejando sus túnicas blancas, vistiéndose los trajes ordinarios de la vida, del trabajo, de [24] la sociedad en que vivían, sabían que aunque vivieran en medio de los hombres comunes del mundo, ellos llevaban por dentro una fe y una esperanza que los hacía sentirse sal de la tierra, luz del mundo.

     Y eso fue siempre el cristianismo. Por eso, en esta hora pascual de nuestra patria, de nuestra Arquidiócesis, yo me alegro, queridos hermanos, de ver que en muchos ha renacido este sentido auténtico del ser bautizado, y quisiera que ésta fuera la acogida que ustedes dan a mi humilde documento, un propósito de vivir lo que debe ser una comunidad. Oyeron, en la primera lectura de hoy, como los primeros cristianos se presentaron al mundo como una comunidad testimonio; y era tanto el amor que se tenían entre sí, y era tanta la autenticidad cristiana que vivían en medio de un ambiente pagano, que eran admirados por todos. Era verdaderamente la luz puesta en alto. Y muchos se iban agregando y creían en el Señor. Creían en el Señor, porque la comunidad no es simplemente una sociedad humana; la parroquia, la diócesis, es una comunidad que lleva en sí ese soplo que Cristo exhaló precisamente en la misma noche de la resurrección. Exhalando el aliento sobre aquella comunidad naciente, les dijo: «Recibid el Espíritu Santo».

CRISTO SIGUE SALVANDO

     Y en ese momento, hermanos, que me parece tan semejante a aquel otro en que en el paraíso el Creador insufló el soplo de vida en el hombre y lo hizo inteligente, capaz de amar, maravilla de la creación; igual la redención que venía a restaurar la destrucción que el pecado hizo en la creación y a elevar esa creación a un ambiente divino, a darle a la amistad humana un sentido de filiación y de familia divina, a darle a los grupos humanos un sentido de comunidad que va a continuar en el mundo la divina historia de Cristo; Cristo sigue salvando ahora al mundo por su Iglesia. La parroquia es su Iglesia, y la parroquia unida con su obispo es la diócesis, y el Obispo unido con el Papa es la gran comunidad internacional católica. De allí, pues, vivimos en este momento, pues, ese hálito de Cristo.

     Yo quiero felicitarles, queridos sacerdotes de la Vicaría, querido párroco de la parroquia de La Resurrección, queridos colaboradores, comisión parroquial y todas las fuerzas vivas que aquí trabajan y todos ustedes, amigos que han venido a esta misa del encuentro de la parroquia con su obispo, los felicito y les agradezco por estar construyendo esta Iglesia, no tanto la material, sino sobre todo esta comunidad, que sigue haciendo crecer en el mundo ese soplo de Jesús, ese soplo que le dio la presencia del Espíritu Divino, la presencia de la fuerza redentora. Esta es la pascua. La pascua que la Iglesia continúa viviendo como una comunidad es la que debe reinar esa transformación que Cristo nos exhaló con su suspiro profundo de crear la Iglesia. Le transmitía toda su fuerza pascual, o sea, ese tránsito, ese paso de muerte a vida, con todo lo que esas dos palabras implican. [25]

     Muerte, que es pecado, que es mediocridad, que es injusticia, que es desorden, que es atropello de los derechos, que es desorden en todas las cosas humanas; todo eso tiene que quedar sepultado en la tumba del Señor y resucitar: pasar de la muerte a la vida.

     Vida quiere decir justicia. Vida quiere decir respeto al hombre. Vida quiere decir santidad. Quiere decir todo ese esfuerzo por ser cada día mejor, porque cada hombre y cada mujer, cada joven, cada niño, vaya sintiendo que su vida es una vocación que Dios le ha dado para hacer presente en el mundo. No sólo la maravilla de la creación es imagen de Dios, sino la maravilla de la redención, que es elevación de la naturaleza, elevación de la sociedad, elevación de la amistad. Esa es la Pascua; y una parroquia que lleva el nombre pascual de la Resurrección tiene que vivir intensamente este sentido comunitario del paso de la muerte a la vida, de la imperfección a lo perfecto, a la santidad cada vez más elevada.

     Porque sólo así, queridos hermanos, podemos servirnos de esta Pascua que Cristo nos regala. Y decían las lecturas de hoy que se iban agregando a esa comunidad, porque la veían tan atrayente por el amor. Esta es la fuerza de la Iglesia, queridos hermanos, no la violencia, no el odio, no el resentimiento, no la calumnia. Se está calumniando a la Iglesia en estos momentos en una forma tan burda; y eso no es Iglesia, aun cuando en nombre de la Iglesia se quiera calumniar a la Iglesia, el absurdo de que la Iglesia se destruyera a sí misma. La Iglesia ama, la Iglesia redime, haciéndose violencia a sí misma, hasta quedar como Cristo, tal vez, sacrificado en la cruz pero salvando al mundo con la fuerza del amor, que es entrega y es una fuerza misionera. Atrae al mundo.

     Y ojalá que la comunidad parroquial en la cual estamos en este momento sea cada vez una antorcha luminosa que atraiga, que conglutine, que unifique todas las fuerzas maravillosas de la colonia y de la parroquia; porque tenemos que llegar a eso, queridos hermanos. No nos contentemos con una sociedad simplemente humana, con una amistad simplemente de simpatía. Elevémonos al amor que Cristo nos ha inspirado. Por amor a Dios amar a nuestro hermano, aún aquellos que son más difíciles, con quienes menos podemos comprendernos, perdonar, comprenderse, esta es la fuerza que hace la comunidad de Cristo resucitado.

MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

     Y finalmente, un sentido escatológico, es decir un más allá de la historia, un trabajar en el presente por un mundo mejor; pero sin olvidar, como no lo olvidaban los israelitas cuando celebraban sus pascuas, que las pascuas de la historia son imperfectas, que entre los aleluyas de la tierra hay muchos dolores y muchas espinas, que la resurrección que se celebra en la tierra siempre tiene en el centro la cruz del sufrimiento; pero que a través de esas imperfecciones, de esas espinas, de esos dolores, de esos problemas, se abrían a unos horizontes. [26] Los israelitas pensaban en una pascua del banquete perfecto, la alegría con Dios, y Cristo mismo decía: «Ya no comeré con vosotros esta pascua hasta que juntos la comamos en el reino del Padre». Peregrinar con Él para que esta fiesta pascual que cada año se celebra en la parroquia sea una invitación a trabajar por hacer este mundo más humano, más cristiano; pero saber que no está el paraíso aquí en la tierra, no dejarnos seducir por los redentores que ofrecen paraísos en la tierra -no existen- sino el más allá con una esperanza muy firme en el corazón: trabajar el presente, sabiendo que el premio de aquella Pascua será en la medida en que aquí hayamos hecho más feliz también la tierra, la familia, lo terrenal.

     Este es el equilibrio santo a que la Virgen misma nos invita, y mi documento termina con esta invocación a María: «Nuestro Divino Salvador no defraudará nuestra esperanza. Pongamos por intercesora ante Él a la Reina de la Paz, patrona celestial de nuestro pueblo, madre del Resucitado. Que ella ampare a nuestra Iglesia, sacramento de la Pascua. Que como María, la Iglesia viva ese feliz equilibrio de la Pascua de Jesús, que debe marcar el destino de la verdadera salvación del hombre en Cristo: sentirse glorificada ya en los cielos, como imagen y principio de la vida futura y al mismo tiempo, ser aquí en la tierra, luz del peregrinante pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor».

     Hermanos, queda, pues, en las manos de la parroquia de La Resurrección, la entrega de mi pastoral para toda la diócesis; y les suplico que ustedes que reciben esta primicia sepan asimilarla, no por ser mía, sino por ser la Pascua de Jesús que ha inspirado sus páginas y que es la que tiene que inspirar ese sentido de parroquia, de conversión, de comunidad, para que seamos de veras, en nuestra Arquidiócesis, esa Iglesia viviente, con la que soñamos cada vez más. [27]

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Misión de la Iglesia

5.º Domingo de Pascua
8 de mayo de 1977
                                                                         Hechos: 14, 21b-26
     Apocalipsis: 21, 1-5a
     Juan: 13, 31-33a, 34-35

     Queridos hermanos, estimados radioyentes:

     Este momento es para la Arquidiócesis un momento de familia. Gracias a esta maravilla de la radio nos sentimos una sola familia, no sólo los que en este momento se sienten cobijados bajo el techo de la Catedral, símbolo de la unidad y de la verdad de la Iglesia en el mundo. La catedral tiene algo muy especial: la Catedral donde está la sede del pastor responsable de la unidad de toda la diócesis y responsable también de la verdad que se predica en la diócesis. Pero a través de la radio sentimos que la catedral se expande a todos los rincones y nos complace mucho que este mensaje se multiplique a través de la radio.

ATAQUE A LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA IGLESIA

     Cuando hemos llamado precisamente el milagro de la radio, es porque hacemos eco a la voz del Concilio Vaticano II, que consagró uno de sus documentos a los medios de comunicación social -la radio, la prensa, la televisión- y quiere despertar en sus hijos, los católicos, la responsabilidad de sostener los medios propios de la Iglesia. Y se dedica un día en el año -que va a ser, hoy, el domingo 22 de mayo: dentro de quince días- el día de los medios de comunicación [28] social, para despertar esa conciencia de la importancia de estos medios. Pero yo quiero anticipar esta noticia y este llamamiento, aunque ese día dentro de quince lo vamos a intensificar, porque como todos saben, los medios de comunicación de la Iglesia -nuestro periódico Orientación y esta emisora YSAX son objeto de una persecución especial.

     Esta semana, una bomba, como todos saben, estalló destruyéndonos algunas máquinas de nuestra Imprenta Criterio. Y en esta semana, también hemos recibido amenazas de que esta emisora posiblemente puede ser cerrada. ¿Quién sabe si es la última vez que me comunico con ustedes a través de la radio? Dios quiera que no.

UNA CAMPAÑA DE DIFAMACIÓN CONTRA LA IGLESIA

     Dios quiera que se comprenda que la misión de la Iglesia no es secundar campañas difamatorias contra la Iglesia. Que se comprenda que se necesita siquiera una voz para desmentir todas aquellas campañas difamatorias que ahora arrecian como una tempestad sobre la Iglesia. No es justo que se la deje sin voz cuando tiene ella que decir su palabra de defensa, de orientar a sus fieles en esta hora de confusión. Y a este llamamiento me alegro de empezar a recibir respuestas, como ésta de las comunidades cristianas de Ciudad Arce. Una carta muy bonita en que dice: «Nos sentimos fuertes al escuchar sus mensajes tan llenos de optimismo y que al mismo tiempo es la verdad misma. Pedimos a Dios en nuestras comunidades para que siempre se mantenga fortalecido de ese mismo espíritu». Muchas gracias, queridos cristianos. Yo sé que esta voz que habla, no es una voz suelta. Es que cuando un hombre habla, todo el organismo se expresa por la boca. Y así también el cuerpo místico de la Iglesia es un organismo en el que participa hasta el último cristiano, hasta el cristiano perseguido, callado, torturado.

LA MISIÓN DE LA IGLESIA

     Pero hay una voz en nombre de todo ese organismo que sufre, que clama y dice la verdad, la fortaleza, el aliento -como lo hemos dicho en el mensaje que todos deben haber leído en los periódicos de esta semana- cumplimos una misión. Por una parte solidarizarnos con las angustias y esperanzas de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los más pobres, de los que sufren. Y por otra parte, fíjense bien que no es hacer política cuando hablamos así. El Concilio -he puesto entre comillas esa frase- dice: «Deber de la Iglesia es dar su juicio moral incluso sobre materias referentes al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas». Una frase muy hermosa del Papa Pío XI -yo era estudiante en Roma y me emocionó mucho-: «La Iglesia no hace política, pero cuando la política toca su altar, la Iglesia defiende su altar». Los derechos del hombre le interesan a la Iglesia. La vida en peligro le interesa a la Madre Iglesia. Las madres que sufren están muy en el corazón de la Iglesia en [29] este momento. Los que no pueden hablar, los que sufren, los que son torturados, callados, le interesan a la Iglesia. No es hacer política. Simplemente la política está tocando el altar, está tocando la moral, y la Iglesia tiene el derecho de hablar su palabra de orientación moral.

ABIERTO AL DIÁLOGO

     Se dirá que es marxismo. Queremos decir también -yo no voy a leer ahora entero el mensaje porque es muy largo, al final de la misa nuestros lectores lo harán- pero dice así (y quiero que tomen muy en cuenta estas palabras): «Queremos recordar que aún dentro de nuestras limitaciones y de los errores que como seres humanos podemos cometer». Yo reconozco, hermanos, que soy hombre y me puedo equivocar. Por eso he abierto el diálogo. Todo aquel que no esté de acuerdo conmigo venga y platiquemos, convénzanme de mis errores. Pero no me critique, no me calle sin oírme. Somos conscientes de nuestras limitaciones, de nuestras capacidades de equivocarnos. Como seres humanos podemos errar todos. Sin embargo, dice el mensaje, hablando todos los sacerdotes con el Arzobispo: «Queremos ser fieles a nuestra misión profética para orientar a los hombres en medio de tantas confusiones». Esta es nuestra intención; no la tergiversen. Queremos orientar y ponemos por testigos al pueblo de Dios, que nos escucha, que nos lee: busca orientación. No le callemos esta voz que orienta. Corrijamos sus posibles errores. Estamos dispuestos a dialogar y que nos digan en qué abusamos, en qué nos equivocamos. Serán cosas accidentales que se pueden corregir. Pero déjennos hablar y déjennos orientar. Por eso reiteramos nuestro juramento de fidelidad a la palabra de Dios y al magisterio de la Iglesia. Esta es la orientación del sacerdote: la palabra de Dios y el magisterio de la Iglesia.

     Y ante esta inspiración de la palabra de Dios y el magisterio de la Iglesia, sí tenemos que decir como San Pedro ante las autoridades de Jerusalén: «No nos es lícito obedecer a los hombres antes que a Dios» y al magisterio de la Iglesia. Por tanto, somos conscientes -fíjense mucho en este equilibrio que se propone aquí-: somos conscientes de que no estaríamos en comunión con nuestra Iglesia si anunciáramos y trabajáramos por una liberación meramente política y socioeconómica. Es decir, si la liberación, la redención que la Iglesia predica por sus sacerdotes, solamente buscara, redenciones económicas, políticas, al estilo del marxismo, que no tiene fe en Dios ni esperanza en el cielo. No sería el mensaje de la Iglesia. Que quede bien claro, pues, que la Iglesia predicando la justicia social, la igualdad y la dignidad de los hombres, defendiendo al que sufre, al que es atropellado, no es subversión, no es marxismo. Es auténticamente magisterio de la Iglesia. Ojalá, queridos hermanos, nos interesáramos por conocer lo que dice la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II.

     Y eso no es haber roto con las tradiciones de veinte siglos, sino evolucionarlas a los tiempos modernos. Y verán que es fácil que la confundan con el marxismo, si no se tiene en cuenta que la Iglesia vive de la esperanza, de Dios, de lo espiritual, de la oración. Y esto le da más impulso que a los comunistas, por [30] trabajar por la liberación de la tierra, porque sabe que en esta tierra no existe el paraíso como lo anuncian los comunistas. El paraíso está consumado allá en la eternidad, pero ya se hace aquí en la tierra el reino de Dios, como nos ha dicho hoy el Apocalipsis, que ya Cristo vino a establecer con su resurrección una situación nueva del hombre: de santidad, de justicia, de amor. No se necesita esperar o morirse para poseer el cielo. Ya en la tierra se predica el amor. Y mientras no haya amor, no habrá más que aquella triste realidad: el hombre un lobo para otro hombre.

     Así están cuando se apaga el amor de Cristo en los corazones. Y la Iglesia predica precisamente el amor, aun a los mismos que la persiguen y calumnian. Como dijo Cristo: «Amad a los que os persiguen y calumnian, haced el bien a los que os aborrecen». Esto predicamos. No la venganza. No la lucha de clase. No la violencia. Si sólo uno que esté ciego no puede ver que en estas circunstancias de violencias, de persecuciones, hemos estado con el que sufre, sea pobre o sea rico. Hemos defendido la vida del Canciller Borgonovo Pohl, y estamos queriendo defenderla. No queremos que lo vayan a hacer víctima de la violencia. Pero junto con esa madre de Borgonovo Pohl que sufre, estamos con las madres de todos los prisioneros, de todos los que sufren. No estamos, pues, por una clase social.

     También quiero, que quede bien claro esto, hermanos, porque alguno ha dicho que el nuevo arzobispo no quiere ser obispo de los ricos, sino de los pobres. Es mentira. Pertenece a la campaña difamatoria esa frase. Desde el principio todos me han oído: estoy con todos, abierto al diálogo con todos, dispuesto a corregir mis errores, de cualquier sector que me vengan a platicar. Los amo a todos y es mi visión amarlos para salvarlos. En mi corazón no cabe exclusión, hermanos, quiero decírselos con toda franqueza. Por tanto, pues, que la misión de la Iglesia no se confunda con el marxismo, con la subversión, con el odio, porque la Iglesia traicionaría su misión. Y si algún sacerdote es convencido de subversión, de marxismo, también tenemos que lanzar contra él la separación de la Iglesia. Pero que se convenza en juicio, en verdad.

MENSAJE EQUILIBRADO DE LA IGLESIA

     Por otra parte -fíjense también el equilibrio de la Iglesia al decir que no es marxista, que no es subversiva- somos conscientes de que no estaríamos en comunión con nuestra Iglesia si anunciáramos una liberación meramente política y socioeconómica. Así como también una liberación, estaría fuera de la comunión de la fe católica el sacerdote y el católico que en nombre de una tradición sin evolución y sin inmanencia, es decir, sin encarnación en los problemas temporales históricos, rechazara el magisterio del Concilio Vaticano II, de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, del Papa actual, del obispo diocesano en comunión con el Papa. Ya que es el Obispo, en comunión con el Papa, el único maestro autorizado para enseñar y autorizar la enseñanza auténtica de la Iglesia en su diócesis. [31]

     Sí hermanos, porque mientras por una parte acusan a la Iglesia de marxista, de subversiva, por otra parte se quiere obligar a la Iglesia a una tradición sin inmanencia, es decir, una espiritualidad desencarnada una predicación tipo protestante que solamente se mantiene en las nubes, que canta salmos, que reza, pero que no se preocupa de las realidades temporales. Y éstos tampoco son católicos, porque toda la documentación moderna de la Iglesia se inspira precisamente en el Evangelio de hoy: «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los uno a los otros». Y la predicación moderna de la Iglesia acentúa este amor fraternal. Quizá habíamos acentuado demasiado el amor a Dios y pensábamos que amábamos a Dios mientras tratábamos mal a nuestros hermanos. Y hoy la Iglesia exige: si de veras amas a Dios, trata bien a tu prójimo, a tu trabajador, a tu subalterno, al prisionero. Y entonces tendríamos que aun en la cárcel habría amor y en todas partes no habría ese odio, esa violencia que se nota en nuestro tiempo.

     La Iglesia pues, está en ese equilibrio y sepan aquellos católicos que no quieren comprender este magisterio moderno de la Iglesia, cómo hasta se ha llegado a escribir por un sacerdote que ya no está en comunión con la Iglesia. Porque la Iglesia no predica un amor desencarnado a Dios, sino que predica un amor a Dios que se manifiesta en el amor al prójimo. Les recomiendo que reflexionen mucho en este mensaje, porque no tiene nada de subversivo, sino simplemente una palabra de orientación.

LA IGLESIA TIENE QUE HABLAR

     Y en conclusión, queridos hermanos, queremos decir que la Iglesia no puede vivir callada. Tiene que hablar y si por desgracia también nos callaran la emisora, busquen la palabra de Dios en el sacerdote de su parroquia; no falten a misa los domingos. También la curia diocesana tendrá cuidado de seguir publicando su boletín informativo. Búsquenlo en sus parroquias. No se mantengan aislados de esta comunión de la palabra. Porque mientras las fuerzas persecutorias, difamatorias de la Iglesia, cuentan con todos los periódicos, con todas las radios, con toda la televisión, hay una lucha desigual. Pero no es que la Iglesia busque la lucha, la Iglesia quiere decir lo que ella es. Entonces conozcámosla. Aun para condenarla es justo que la conozcamos antes de condenarla. No la condenen, sobre todo sus hijos, sin haberla oído, sin haberla escuchado, sin haber aclarado las noticias que se dan muchas veces bien distorsionadas. Por favor, pues, mantengámonos en la comunión de la palabra, queridos hermanos. La Iglesia lanza una campaña para ayudar a los medios de comunicación. Y junto con esta cartita de Ciudad Arce ha llegado la primacía de esta contribución: ¢ 39 recogidos entre los pobres. Son el signo esperanzador de que la Iglesia no está sola. Así como de otro sacerdote y de otro campesino he recibido también ya las primeras ayudas. Pueden entregarlas por medio de su párroco o traerlas al Arzobispado, pero mantengamos los medios de comunicación de la Iglesia. [32]

LA ORACIÓN ES LO PRIMERO

     En segundo lugar; quería suplicarles, hermanos, mucha oración. Y no es porque sea lo segundo, sino lo primero. Pero en el orden en que voy exponiendo mis ideas les digo: mes de mayo, mes de la Virgen, mes de mucha oración. Los colegios católicos reunidos esta semana también, en un gesto de solidaridad, comprenden que se desata sobre ellos una campaña también muy terrible. Sabemos que ya está planeada una campaña de destrucción contra el colegio católico. Y hasta se piensa en hacer un colegio por una comisión nacional de defensa de la doctrina católica de la enseñanza, acabamos de decir que sólo el Obispo es el autorizado para señalar la enseñanza católica de la diócesis. Ningún otro puede arrogarse la vigilancia de la doctrina cristiana de los colegios. Entonces surgió ante todo la idea de orar. Y han convocado para el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, día muy bonito, para un día de oración. Yo hago eco a esta iniciativa de los colegios porque quisiera que esta iniciativa no se quedara sólo en los ámbitos de los colegios, sino que trascendiera a toda la diócesis.

     Vamos a tener en la Catedral, con las representaciones de los colegios, invitamos también representaciones de las parroquias -a las 10 de la mañana, el 13 de mayo, una misa solemne. También el mismo día, como ustedes saben, en la montaña pintoresca de Las Pavas, en Cojutepeque, mucha oración a la Virgen de Fátima. Y en La Rábida, que está consagrada a la Virgen de Fátima. Y en Los Planes de Renderos, consagrada también a la Virgen de Fátima, las iglesias serán centros especiales de oración. Pero, se hace un llamamiento a todas las parroquias para que el día de la Virgen de Fátima organicen una hora santa los sacerdotes para que todos los pueblos, ese día, forcejemos las manos de la Virgen. Para que recen mucho por nuestra patria, por nuestra Arquidiócesis. Se hará en todas las parroquias, pues, una hora santa y no nos contentemos con el 13 de mayo. Yo les suplico que todo el mes de la Virgen hagamos resurgir esas bellas tradiciones de nuestro pueblo: las procesiones por los caminos de nuestros cantones, con florecitas del campo. Las florecitas que llenan la ermita, la imagen de la Virgen, son señales de oración de nuestro pueblo. En los colegios como en el seminario se está haciendo el mes de mayo con todo fervor. Y en este plan de oración, hermanos, quiero recordarles que la catedral todos los días tiene expuesto solemnemente el Santísimo. Cuando vengan de los pueblos y cantones, cuando pasen aquí cerca de la Catedral, entren a hacer una visita al Santísimo, a pedir por las necesidades de la Iglesia y de la Patria.

SOLIDARIDAD CON LOS JESUITAS

     Otra idea, hermanos, en esta comunión de familia, es la solidaridad de la Arquidiócesis con la Compañía de Jesús. La Compañía de Jesús, o sea, los jesuitas. Podemos decir de ellos lo mismo que de los sacerdotes: pueden equivocarse. Sin embargo en su doctrina sustancial, yo les suplico que estudien la historia de la Compañía de Jesús desde que la fundó en el siglo XVI San Ignacio de [33] Loyola frente a los peligros de entonces, muy parecidos a los de hoy, para formar un ejército valiente de hombres que siempre fueran a la vanguardia de la Iglesia. Por eso le llamó la Compañía, término militar en aquellos tiempos, que significaba lo más arriesgado en una batalla. Y así es natural que se ponga a ellos la puntería siempre en los ataques a la Iglesia.

     Pero sepan la Compañía de Jesús -los Jesuitas- no son una secta separada de la Iglesia Católica: son Iglesia Católica. Y el que toca un jesuita toca a la Iglesia. Por eso lamentamos. Y va a salir publicado en esta semana, si se le permite su publicación, un campo pagado que se titula así: «Los Jesuitas ante la captura, detención y deportación del padre Jorge Sarsanedas». Yo mismo fui a recibir al padre Sarsanedas al Cuartel de la Guardia Nacional para llevarlo de ahí al aeropuerto hacia Panamá, de donde es. Quiero hacer constar que yo no pude firmar el acta de esta entrega por ciertas falsedades que ahí noté. Pero sí digo que estoy completamente solidario, como pastor de la Iglesia, con esta Compañía de Jesús, que significa para nuestra Iglesia un bastión muy fuerte, muy poderoso, muy valiente.

     Yo quiero agradecer porque nuestra Arquidiócesis se ha bañado con la sangre de un jesuita: el padre Rutilio Grande. Y ahora lleva también el signo del destierro en otro jesuita. Y no sabemos que cosas más vendrán. Primero Dios, pidamos a la Virgen, que los comprendamos. Que comprendan el mensaje que la Iglesia quiere decir. Que no sólo es cuestión de despejar el campo desterrando gente, sino entenderlos para aprovechar lo bueno que puede haber en cada gente. Es necesario, queridos hermanos, que tengamos este sentido de diálogo, de comprensión. Hasta en el enemigo puede haber algo de bueno, hay buena voluntad.

UN SALUDO A LAS MADRES

     Quiero terminar felicitando de todo corazón a las madres. Y como hemos dicho al principio de la misa: madres que están sufriendo como María al pie de la cruz, sepan que no están solas. La Iglesia está con ustedes, no por subversión ni por torcidas intenciones, sino por el mensaje que hoy han escuchado en la misma palabra de Dios: por amor. Es la señal que nos dejó Cristo. Y yo quiero decirles a todos ustedes, hermanos, radioyentes, presentes en la Catedral, que aun cuando se nos callaran todos los medios de comunicación social, siempre quedaría un gran micrófono en el mundo: la madre cristiana, la comunidad cristiana. Si es que en tiempos de San Pablo y Bernabé que nos ha leído la primera lectura no existían radios ni periódicos. Pero se dice que San Pablo, si viniera hoy, fuera periodista. Sin embargo Pablo, que no tuvo radio ni periódico, iba sembrando comunidades cristianas y ellas hablaban. La madre es como el sacramento del amor de Dios. Dicen los árabes que Dios, como no lo podemos ver, hizo a la madre que podemos ver. Y en ella vemos a Dios, vemos el amor, vemos la ternura. [34]

     Ah, si todas las madres se pusieran de parte de este amor que predica la Iglesia. Si supieran decir a los hombres: no, no es subversión, no es política, no es odio. Es amor como el que nosotros tenemos a nuestros hijos. Cuándo podría el influjo de la madre, de la esposa, en el hombre político, en el hombre de gobierno, en el capitalista, en el empresario. Se humanizarían las relaciones humanas si las madres influyeran más en el corazón de los hombres que llevan las riendas de la historia. Recuerdan aquella madre romana: cuando Roma iba a ser destruida por un traidor, el Senado mandó a la madre de aquel traidor para convencerlo. Y se defendió Roma gracias a una madre. Madres: este es el papel de ustedes en esta hora. Por eso la Iglesia las comprende y las ama y está con ustedes. Estén ustedes también con la Iglesia Si por efecto de esta difamación universal de la Iglesia, ustedes también dudan del amor universal de la Iglesia, les hago una pregunta: ¿estarían contentas ustedes si nosotros dudáramos del amor que ustedes les tienen a sus hijos, sólo porque una enemiga de ustedes viene a difamarla y decirle: esa mujer no quiere a sus hijos, los odia, los persigue? Sería una difamación horrenda distorsionar el amor de una madre. Pues la Iglesia es madre, compréndala. Madre Iglesia comprende a las madres de los hogares y les dice: solidaricémonos, mujeres, porque yo también soy Iglesia, soy mujer, soy madre y amo y defiendo la verdad que mi Esposo Divino me encomendó transmitir a mis hijos. No me quieren dejar que la traduzca. Ayúdenme ustedes.

     Cuando estaba terminando el Concilio Vaticano II, los padres del Concilio entregaron los documentos a una mujer representando a todas las madres de la tierra. Y pueden leer ustedes ese hermoso mensaje del Concilio a la mujer. Les dice: ustedes que tienen el sentido de la cuna, ustedes que asisten al principio de la vida, ustedes que tienen la cualidad de hacer dulce y accesible la verdad por más dura que sea, reciban esta doctrina y transmítanla a sus hijos. Madres cristianas: como se transformaría la faz de El Salvador en esta hora de violencia, de sangre, de sospecha, de incomprensiones, si la madre que tiene por misión amar y unir a sus hijos nos uniera a todos los salvadoreños.

     Vamos a ofrecer esta eucaristía, pues, por estas intenciones, pidiendo de manera especial por la madre. Si en algo me he equivocado en todo lo que he dicho, hermanos, soy humano. Reconozco mi error, si alguno viene a dialogar conmigo, a convencerme. Pero si he dicho la verdad, aunque duela, aceptémosla, porque «sólo la verdad os hará libres», dijo Jesucristo. [35]

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La Iglesia frente al dolor y a la violencia

Funeral del Ingeniero Mauricio Borgonovo
11 de mayo de 1977

     Queridos Hermanos:

     Nuestra fe descubre en esta reunión tan solemne que el protagonista, el personaje central de esta reunión, es Cristo nuestro Señor.

     Yo les invito a levantar hacia Él nuestra mirada, porque sólo Él puede pronunciar una palabra de Dios que se necesita en este instante; sólo con una fe muy grande en que la Iglesia no dice palabras de la tierra, sino palabras del cielo, prolonga el mensaje de Cristo a los hombres, se puede entender su lenguaje, que es el lenguaje eterno de Cristo en un eterno diálogo con los hombres, los hombres que ven el absurdo, que no encuentran explicación de las cosas, como Marta, que le dice a Jesús, casi reprochándole: «¡Si hubieras estado aquí no hubiera muerto!». Y Jesús, que la calma con la serenidad de quien tiene en sus manos lo eterno, los corazones, la vida, para decirle: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá».

LA PALABRA DE CRISTO

     ¡Qué grande es la palabra que Cristo tiene que decir en este instante! Grande por el dolor que supone esta muerte de nuestro querido Canciller, el Ingeniero Mauricio Borgonovo Pohl, que en paz descanse. [36]

     Grande es la palabra que Cristo tiene que decir, porque es grande el crimen y la violencia que significa este cadáver aquí. Grande tiene que ser la palabra, porque ningún hombre, ningún poder, ningún hermano, puede decir ahora la palabra de concordia, de amor, que el pueblo salvadoreño necesita en este instante.

UNA PALABRA DE CONSUELO ANTE EL DOLOR

     Grande de veras tiene que ser esta palabra por el dolor. Comprendemos querida doña Sarita (y en ella sentimos a toda la familia), porque hemos estado muy cerca de ustedes. Y para la Iglesia es una satisfacción haber compartido el dolor, esta agonía sangrienta, terrible. Difícilmente se encuentra a alguien que haya muerto con una agonía que es expectativa de todo un pueblo. ¡Qué dolor!

     Comprendemos esta angustia, y solamente Cristo puede decir una adecuada palabra de consuelo. Gracias a Dios que ese Cristo vive en su Iglesia; aunque se tergiversen sus intenciones, la Iglesia es Cristo, que continúa consolando, que sigue llevando el consuelo al dolor. La Iglesia, que no tiene otra palabra más que la de Cristo, puede decir esa palabra, porque ella es inmortal; compuesta por hombres frágiles, pero lleva el espíritu de Cristo. ¡Cuánta esperanza despierta esta palabra eterna!, esperanza del cielo que invita a la querida familia Borgonovo Pohl y a todos cuantos sentimos en lo íntimo este dolor a elevar el corazón hacia esa meta suprema donde Mauricio vive, donde, junto a Cristo resucitado, saliendo de ese escondrijo donde ha estado, no sabemos dónde, percibe que hubo mil corazones con él, que hubo angustias de muchas almas; y el consuelo en su cielo deriva en un torrente de luz y de consuelo para la familia que oye esta palabra de vida eterna.

     Y esta esperanza no es alienación, como dice el comunismo. Nuestra religión predicando la esperanza, no aliena al hombre; la iglesia, no es comunista, sino que es esperanza de Dios, esperanza de vida eterna; predica a los hombres lo que es la esperanza, la alegría de lo que esperamos, y les dice a los hombres que vale la pena luchar, ser honrado, morir aunque sea víctima de estos atentados tan crueles, pero se tiene la satisfacción de haber servido con honor a la familia, a la Patria, a la humanidad.

     Dios no se deja vencer en generosidad; la recompensa de Mauricio será grande y para la familia este consuelo tiene que ser también muy grande.

RECHAZO A LA VIOLENCIA

     Decía también que sólo Cristo puede decir la palabra dura, la palabra grande ante el crimen. La Iglesia, que continúa la lección de Cristo, rechaza la violencia. Lo ha repetido mil veces, y ninguno de sus ministros predica la violencia. La Iglesia predica como Cristo, «El que a espada mata, a espada muere»; la Iglesia continúa la voz de la Biblia: «La sangre de tu hermano clama»; [37] Dios nuestro Señor reclama contra la injusticia, contra el crimen, contra la violencia, y gracias a Dios la Iglesia ha estado muy decidida también, en esta situación de nuestro querido Ingeniero.

     Ha estado con el que sufre, ha rechazado la violencia y en este momento frente al cadáver de nuestro querido canciller también vuelve a repetir: «La violencia no es cristiana, la violencia no es humana… nada violento puede durar». Y ha dicho también que el hombre es, ante todo, la vida, los sentimientos humanos, «que no es el hombre para la ley, sino la ley para el hombre». Que es necesario considerarlo así, humanamente, cristianamente, y sólo cuando se olvidan estos considerandos, se puede llegar a ese crimen horrendo de matar al hombre, por las motivaciones que sean. El mandamiento «NO MATARÁS» siempre está gritando desde Dios al corazón del hombre.

     No pueden seguir viviendo tranquilos los que llevan la violencia a estos extremos horribles.

UN LLAMAMIENTO A LA CONCORDIA

     Finalmente, queridos hermanos, y esto quisiera que fuera la voz más grande en este momento: un llamamiento a la concordia. Sólo Cristo puede decir en este instante a nuestra patria: «Amaos los unos a los otros». Sólo Cristo viviendo en su Iglesia puede decir: «La fuerza del cristiano es el amor, la fuerza del cristiano no es el odio, la venganza, el resentimiento». Lejos pues, de nosotros, queridos hermanos, esa ola que muchos esperan, de crímenes, de venganzas. ¡De ninguna manera! No es contestando violentamente a la violencia como se va a arreglar la paz del mundo. Es como dice San Pablo mejor: «No devolváis mal por mal, ahogad el mal con el bien», una ola de bondad, una ola de amor, un ambiente de comprensión.

     Querido Mauricio, tu cielo, después de un purgatorio tan horrible, sea éste: pide a nuestro Señor, a Dios que es amor, que haga llover su amor sobre todos tus paisanos, sobre todos los salvadoreños, que sepamos perdonar, que sepamos dejar la venganza al único que puede vengar, Dios nuestro Señor, y que todos nos dediquemos a construir esta patria que se agrieta. Y todos desde una Iglesia que lleva un mensaje de amor, sepamos dar al mundo la solidez que el mundo necesita.

UNA ORACIÓN

     Queridos hermanos: que esta oración por nuestro querido Ingeniero Borgonovo Pohl, oración necesaria porque toda alma que emigra a la eternidad, no sabemos el misterio de sus culpas, de los perdones que necesita de la misericordia de Dios; pero estamos seguros que Dios contempla este espectáculo de oración, de sufrimiento, y ojalá también de corazones dispuestos a la bondad. [38]

     Y esta oración no sea solamente por el eterno descanso de nuestro querido amigo, sea también una oración muy fructuosa sobre nuestra patria, que se una a Mauricio que desde el cielo nos contempla.¡Qué hermoso sería el mundo si todos nos amáramos unos a otros! ¡Si no hubiera la violencia de la que él fue víctima, si comprendiéramos mejor la relaciones humanas! Una oración que nos haga sentirnos más hermanos, una oración que sea descanso para él; no le perturbemos su descanso. Odiándonos podemos estorbar su descanso, amándonos podemos apresurar su cielo. No sabemos ese misterio del más allá, pero está en relación con el más acá: en la medida en que aquí el mundo se hace antesala del cielo por el amor, por la compresión, por la esperanza, por la fe, también ese cielo se abre a la felicidad, a la recompensa. Hay una mutua relación.

     Hermanos, que nuestra tierra después de ver este crimen se convierta en una antesala del perdón de Dios nuestro Señor.

     Vamos a celebrar nuestra Eucaristía. Que esta palabra divina, no porque la pronuncie una persona humana, que no es más que el instrumento burdo de la palabra eterna de Dios, encuentre eco en vuestros corazones, y unida ya al Creador que se hace presente en la eucaristía, en el cuerpo y la sangre que se entrega por vosotros, sea una oración que nos haga sentirnos más hermanos, y que a Mauricio le dé el eterno descanso y a su familia el consuelo cristiano. [39]

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Homilía en el funeral del padre Alfonso Navarro Oviedo

12 de mayo de 1977

Queridos Hermanos sacerdotes y fieles, estimados radioyentes:

     Cuentan que una caravana, guiada por un beduino del desierto, desesperada y sedienta, y buscaba agua en los espejismos del desierto; y el guía les decía: «No por allí, por acá». Y así varias veces, hasta que, hastiada, aquella caravana, sacó una pistola y disparó sobre el guía, agonizante ya, todavía tendía la mano para decir: «No por allá sino por aquí». Y así murió, señalando el camino.

     La leyenda se hace realidad: un sacerdote, acribillado por las balas, que muere perdonando, que muere rezando, dice a todos los que a esta hora nos reunimos para su sepelio, su mensaje que nosotros queremos recoger. Y es hermoso este cuadro, diríamos, de apocalipsis. Doscientos sacerdotes, por lo menos, están aquí de todas las diócesis de El Salvador, acompañando fraternalmente el dolor de la Arquidiócesis y, sobre todo, recogiendo este gran mensaje de Alfonso Navarro, sacerdote ya difunto, pero siempre predicando, porque la voz del sacerdote no muere. Y una parroquia aquí también reunida bajo la bóveda de la significativa parroquia de la Resurrección, donde todo canta vida, alegría, esperanza, y donde feligreses, comunidades de otras partes, han venido también a recoger [40] y se sienten como arropados, como en un hálito de alegría, de esperanza, de aleluya. Sobre un calvario de sangre una resurrección de esperanza.

NO A LA VIOLENCIA

     Hermanos, ¿qué nos dice este episodio, esta apoteosis de esta tarde, estos aleluyas pascuales de Resurrección? Yo encuentro en el mensaje de Alfonso al haber sido acribillado por las balas, en primer lugar, una protesta, un rechazo de la violencia: «Me matan porque les indico el camino». Y nosotros, la Iglesia, repetimos una vez más: que la violencia no resuelve nada; que la violencia no es cristiana ni humana; que la violencia, sobre todo cuando pisotea el quinto mandamiento: «No matarás», en vez de traer bienes, trae angustias, lágrimas, zozobras.

     Y en este caso, no olvidemos que hay una familia también de luto al lado de la familia del padre Navarro y de toda su familia espiritual que es la diócesis y la Iglesia; la familia de Luisito, que agoniza y muere también junto a su párroco. Para ella también nuestra condolencia y desde este cadáver también inocente, el grito de protesta contra la violencia porque, la vida, hermanos, es tan sagrada en un laico como en un sacerdote.

     Y ahora lo decimos aquí ante el padre Navarro lo mismo que lo decíamos ayer ante el Canciller Borgonovo Pohl; la vida es sagrada aún en el más humilde campesino, aún en el sacerdote. Así se le considere un criminal, siempre es una vida sagrada, no digamos, cuando este título es el producto de una calumnia, de una difamación que debía de horrorizar a los que causan la muerte, no solamente disparando la pistola, la escuadra o la metralla, sino también a los que empujan la mano en esa campaña difamatoria contra la Iglesia.

LA VIDA ES SAGRADA

     La violencia la producen todos, no sólo los que matan, sino los que impulsan a matar. Yo quisiera dirigir desde aquí mis palabras al Señor Presidente de la República: si son sinceras sus frases que ayer me decía por teléfono, que se iba a preocupar de investigar este crimen, lo mismo que se preocuparía y se está preocupando, supongo, por la de su canciller. Porque tan sagrada es la vida del Ing. Borgonovo, como sagrada es la vida del sacerdote que hoy perece, como sagrada es la vida del padre Grande, que hace dos meses pereció también acribillado, y a pesar de las promesas de investigación, todavía estamos lejos de saber la verdad.

     Queridos hermanos: la violencia, aun en aquellos que no hacen lo posible por descubrir sus orígenes, es criminal. Tan pecadores como los mismos que empuñan las armas para matar, en esta hora de campaña difamatoria. ¿Y cómo es posible que se permita decir que sólo es el principio?, ¿cómo es posible que se permita amenazar con matar más vidas? La vida es sagrada. La Iglesia está al lado de defender la vida, sin considerar motivaciones políticas o de otro tipo, solamente porque es un pecado quitar la vida, pecado contra la Ley de Dios. [41]

LA EXCOMUNIÓN

     El quinto mandamiento pesa ahora como una excomunión también sobre los autores intelectuales y materiales de este asesinato. La pena de excomunión, que para muchos incrédulos significará tal vez una ridiculez, tal vez les impresione saber que no solamente es una pena espiritual. Es el repudio de todo un pueblo. Es la marginación del pueblo de Dios, que le dice al criminal: «Tú no tienes ahora nada que ver con este pueblo que camina en la esperanza, en la obediencia a la Ley del Señor, que no quiere sangre, que quiere amor, que quiere paz, que quiere reconciliación». Y este gesto del pueblo que excomulga es sin odio, como es sin odio el grito de rechazo a la violencia. Es un grito como el de Cristo que decía: «Convertíos, volved al buen camino».

MUERE PERDONANDO

     Es el grito del beduino que, como el padre Navarro, muere perdonando a los que le acribillan. Quiero agradecer el testimonio de esa mujer buena que lo recoge agonizando entre sangre, y al preguntarle si le duele algo, dice: «No me duele más que el perdón que quiero dar a mis asesinos, a los que me han acribillado, y el dolor que siento por mis pecados. Y que el Señor me perdone». Y comenzaba a rezar. Y así mueren los que creen en Dios, aun con sus deficiencias humanas y con sus pecados.

     Los sacerdotes vivimos de una esperanza; y no podemos ser comunistas, porque el comunismo ha mutilado esa esperanza del más allá. Creemos en Dios, predicamos la esperanza y morimos convencidos de esa esperanza. Y ese es el segundo aspecto del mensaje de Alfonso Navarro: es un ideal que no muere, es una mano tendida como la del beduino que en el desierto sigue diciendo: «No por allí, no por los espejismos del odio, no por esa filosofía de diente por diente y ojo por ojo, que eso es criminal»; sino por esta otra: «Amaos los unos a los otros». No por los caminos del pecado, de la violencia, se va a construir un mundo nuevo, sino por los caminos del amor.

UN MENSAJE A LOS SACERDOTES

     Y para todos nosotros, queridos hermanos sacerdotes, esta hora es solemne; esta hora ratifica nuestra ordenación sacerdotal.

     A mí me parece ver a Alfonso Navarro postrado aquí, no bajo la unción de la muerte, sino en la unción sagrada de aquella solemne ceremonia que se ha celebrado en el Gimnasio Nacional, cuando el Club Serra quiso darle a la ordenación de él y de sus compañeros todo el significado para la República de El Salvador de unos nuevos jóvenes sacerdotes que se consagraban al servicio de Dios. ¡Qué distinto aquel ambiente, cuando se comprende y se ama lo que significa la vocación sagrada!

     Queridos hermanos sacerdotes, pero si en esa hora de gloria y de felicidad de la ordenación sacerdotal, la emoción nos llena de ilusiones, de esperanza por ir a trabajar por el pueblo de Dios, por la gloria de Dios; también ahora esta [42] unción de la muerte con que Alfonso Navarro antes de bajar a la tumba su cadáver, mientras su espíritu ya ha ascendido a los cielos. Este triunfo del sacerdocio, el ideal que nos hermana con él, es un ideal que no perece, y en cada sacerdote asesinado hay un nuevo impulso de esperanza, de alegría y de fervor en el que vive el sacerdocio. Es un ideal que no se puede marchitar, es un ideal que de la misma muerte hace surgir la vida, es el ideal de Alfonso Navarro, que dice como presintiendo su muerte: «No me lloren, canten, pónganme claveles rojos porque será mi alegría el emigrar con este ideal hacia el cielo».

     ¡Quién le iba a decir que el asesino de que él es objeto, había de ser una bandera para nosotros los que seguimos la peregrinación! Sintamos que este ideal que sustentó la vida de Alfonso Navarro no muere. Que purificando las imperfecciones humanas que pudo tener, la transmisión de este mensaje divino nadie la puede detener, y aquí prometemos ante el cadáver de un sacerdote muerto, nosotros los sacerdotes, lo que decíamos en el comunicado de hace pocos días: queremos ratificar nuestro juramento de fidelidad a la palabra de Dios, de fidelidad al magisterio de la Iglesia. Y ante esta motivación de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia, sentiremos la valentía de los primeros apóstoles para decir: «No nos es lícito obedecer a los hombres antes que obedecer a Dios».

     Y esta es la bandera que no puede caer. Y si vamos a sepultar a un hermano nuestro, no nos batimos en derrota; sentimos que falta un soldado en nuestras filas, pero sentimos que cualquiera tiene que llenar ese espacio que ha quedado, porque esta predicación de la palabra y del magisterio tal como lo quiere la Iglesia de hoy, como la Iglesia de siempre, es una exigencia como aquella que hacía a los profetas temblar ante su tremenda misión, pero serle fieles a Dios y no traicionar jamás su mensaje.

UN LLAMAMIENTO A TODOS

     Y por último, queridos hermanos, el mensaje de este beduino camino de la eternidad es un llamamiento a todas las fuerzas morales. Hermanos: si Alfonso Navarro es la figura de la Iglesia acribillada en este momento, la Iglesia como aquel beduino sigue señalando, como llamando a todos los demás: «Sigan por aquí».

     Si a la Iglesia no se le quiere creer, si a los sacerdotes se les está confundiendo con guerrilleros, si a nuestra misión evangélica se le está confundiendo con marxismo y comunismo, no es justo hermanos. Pero si la calumnia llega a cundir, decimos entonces a las otras fuerzas morales: «Y ustedes que quedan en el mundo, ¿qué hacen?»

     Un llamamiento al protestantismo. Un llamamiento a las organizaciones nobles. Un llamamiento a todo lo bueno que queda en cada familia, en cada corazón. ¿Por qué vamos a ser pesimistas, queridos hermanos, en esta hora en que la violencia parece pasear su bandera? Como me decía un feligrés de esta [43] Iglesia anoche: «Monseñor, tenga mucho cuidado, porque la fiera anda suelta con sed de sangre». Entonces, hermanos, como el beduino les decimos a ustedes, los que no están en peligro: «trabajen, son Iglesia». Y da gusto pensar en esta hora, cuánta fuerza espiritual está despertando la persecución de la Iglesia en muchas familias, en muchas comunidades. Esta hora, hermanos, no es para dividirnos entre dos Iglesias, es la hora de sentir una sola Iglesia que lucha por esa resurrección de Cristo, que trae redención no sólo más allá, sino aquí en la tierra para luchar por un mundo más justo, más humano. Para luchar por una sensibilidad social que se haga sentir en todos los ambientes. Para luchar contra la violencia, contra el crimen. ¡Ah, si todos nos propusiéramos como un propósito sincero en esta tarde, unir las fuerzas morales! No sólo los que pertenecemos a la Iglesia Católica, sino también de todas las fuerzas que aun sin creer en la Iglesia, tienen miedo a morir como muere Alfonso Navarro y quieren que no pasee la bandera del odio y la violencia.

     Y por favor, cesen de propalar calumnias. Cesen de perseguir la misión de la Iglesia. Cesen de sembrar discordias y rencores. Cesen de propalar esa filosofía de la maldad, de la venganza. Y unámonos todos para hacer de nuestra patria, una patria más tranquila en que no haya tanta desconfianza de unos contra otros. En que no andemos huyendo como si estuviéramos en una selva salvándonos de las fieras. En que vivamos de veras como hermanos, si no por la fe en una resurrección en Cristo, al menos por un sentido nacional; al menos por un sentido humano; por un sentido de fraternidad.

UN MENSAJE DE AMOR

     Este es el mensaje, queridos hermanos, que yo creo recoger de esa boca desfigurada por las balas del padre Alfonso Navarro. Yo les suplico que tomemos en serio, queridos hermanos sacerdotes, esta fuerza del amor que la Iglesia predica. Y lejos de nosotros, ya que los repudiamos por completo, el sentido del odio, de la violencia. Lejos de nosotros esos sentimientos que destruyen y matan, pero no pueden construir ni hacer feliz a nadie, ni mejorar al mundo. Que el Señor nos conceda como fruto de esta Eucaristía, en que no sólo sacerdotes de la tierra, sino un Sacerdote que ya emigra a la eternidad y está, diríamos, con un pie en la parroquia Miramonte y otro pie en el Cielo. A nosotros, tus hermanos, queridos Alfonso, que seguimos temiendo lo que tú temías, pero esperamos que un sentido humanitario dirija los corazones de los hombres, para que tu muerte en vez de ser una incitación a la violencia, sea más bien un mensaje de cristianos y nueva fuerza de amor en tu Iglesia. [44]

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María y la Iglesia

6.º Domingo de Pascua
15 de mayo de 1977
Planes de Renderos
                                                                                  Hechos: 16, 11-15
     Apocalipsis 21, 10-14, 22-23
     Juan: 14, 23-39

     Queridos hermanos:

     Hoy la Iglesia de la tierra peregrina se encuentra con la Iglesia del Cielo que desciende en esa visión magnífica que se hace una tarde pintoresca aquí, en la cumbre de Los Planes de Renderos.

ESPÍRITU DE MARTIRIO

          Cerca de 400 palmas adornadas con un arte tan propio de este lugar, son el signo de una Iglesia que marcha con el símbolo del martirio. La palma en la liturgia significa el martirio, pero también la victoria. Esta es la victoria que vence al mundo, decía Cristo: vuestra fe. Y al encuentro de esta Iglesia peregrina dispuesta al martirio, al sufrimiento, sale María para decirnos en la visión del Apocalipsis, que ella es el signo de las almas valientes, de las almas que no traicionan su fe, de las almas que están dispuestas como las que aquí han salido a su encuentro, al martirio si fuera necesario.

     No todos, dice el Concilio Vaticano II, tendrán el honor de dar su sangre física, de ser matados por la fe; pero sí, pide Dios a todos los que creen en Él, espíritu de martirio, es decir, todos debemos de estar dispuestos a morir por nuestra fe aunque no nos conceda el Señor este honor, pero sí estamos [45] dispuestos para que cuando llegue nuestra hora de entregarle cuentas, podamos decir: Señor, yo estuve dispuesto a dar mi vida por ti. Y la he dado, porque dar la vida no es sólo que lo maten a uno; dar la vida, tener espíritu de martirio, es dar en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana, ir dando la vida, como la da la madre que sin aspavientos, con la sencillez del martirio maternal da a luz, da de mamar, hace crecer, cuida con cariño a su hijo. Es dar la vida. Este espíritu de entrega es el que significa para mí, en esta tarde, esta procesión de palmas.

PENITENCIA Y ORACIÓN

     Ojalá que todos interpretemos para nuestra vida eso que ahora es tan necesario: un sentido de entrega de la vida, a la santidad, al deber bien cumplido, porque esta es la invitación que la Virgen ha bajado a hacer al mundo. Hoy, en mayo hace 60 años la Virgen baja en Fátima en la figura que la hemos traído en la procesión, con sus manitas juntas, con su rosario pendiente al brazo, vestida de blanco, una belleza que aquellos niños jamás pudieron describir. Como tiene que ser bella la más hermosa, la bendita entre todas las mujeres, para traernos solamente dos palabras: penitencia y oración. Este es el resumen del mensaje de Fátima que queremos recoger ahora como una oportunidad maravillosa para el momento que estamos viviendo: penitencia y oración. Es lo que más necesitamos en este instante en que el dragón que nos ha descrito la Biblia hoy, como que quiere tragarse a la mujer, y esa mujer es la Virgen y es la Iglesia.

     La Iglesia y la Virgen son como los rayos gemelos que brotan del corazón de Dios. La historia de María es la historia de la Iglesia y la historia de la Iglesia es la historia de María. María y la Iglesia son inseparables. La belleza de María pertenece a la belleza de la Iglesia. Los problemas de la Iglesia pertenecen a la vida de María. Como una madre identificada con su hija, María, Madre de la Iglesia, van por el mundo llevando siempre el mismo corazón. Elevarse a Dios, el Magnificat, que el Evangelio nos acaba de recordar, es el Magnificat de María, como la Iglesia, engrandece al Señor: «Ha hecho en mí cosas grandes el poderoso», lo puede decir María y lo sabe decir la Iglesia. Es el canto de la fe y de la esperanza puesta en Dios.

     Es hermoso ser católico en esta hora, hermanos, yo les digo: no nos aflijamos, sintamos la alegría, el espíritu de la valentía, nuestra entrega a Dios. Cuanto menos encontremos el apoyo en las cosas de la tierra, mayor será la protección de Dios, como lo hemos visto en el Apocalipsis. Aquella mujer inválida es la Iglesia, es María; pero esa invalidez, esa debilidad, esa pequeñez, esa humildad, se convierte en la fortaleza de un Dios que la protege y la salva del dragón, y la lleva al triunfo como cantaba el Apocalipsis: ya llega la victoria del Señor. En Él está nuestra esperanza.

CONVERSIÓN

     Entonces, lo que quiere María, para identificarse más con nosotros y que [46] nosotros nos identifiquemos con ella, es la realización de esas dos palabras. Penitencial fue la palabra con que Cristo comenzó a predicar el Evangelio y es la sustancia de la predicación de la Iglesia: «Haced penitencia, convertíos, dejad los malos caminos». Qué oportuno es salir en esta hora a todos los caminos de la patria, donde encontramos tanto odio tanta calumnia, tanta venganza, tanto corazón perverso, para decirles: «convertíos».

     Si la Iglesia repudia la violencia, si la Iglesia jamás aprobará un crimen como los que se han cometido en esta semana, no lo hace con odio al que disparó una pistola, al que mató, al que secuestró, sino con amor le dice: «Conviértete». Quién me diera, hermanos, que esta palabra de Evangelio con la ternura de los labios de la Virgen que ama a los pecadores, llegara hasta esos lugares donde están escondidos tantos criminales, donde se está fraguando tanta calumnia, a esos rincones de sombra y de infierno, para decirle a esos pobres pecadores: «Conviértanse, no siembren más odios, no maten más gente, no calumnien más; conviértanse, que esos caminos perversos llevan al infierno y la Virgen los quiere en su cielo».

     Qué hermosa fue la muerte del padre Navarro. Cuando una señora que lo recogía del charco de sangre le pregunta: «¿Padre, qué le duele?», dijo: «Lo que me duele es el pecado que han cometido conmigo, pero yo perdono a los que me matan; y lo que me duele son mis pecados, yo le pido perdón a Dios». Y comenzó rezando con aquellos labios todos deshechos por las balas, hasta que muere rezando y pidiendo perdón. Esto es penitencia. Recojamos estos ejemplos, y ojalá, hermanos, si alguno por desgracia se encontrara en esta muchedumbre dudando de la Iglesia, creyendo las calumnias, maldiciendo a los sacerdotes, que somos ahora la comida del día, yo les digo, hermanos: «Conviértanse». La Virgen nos pide esta tarde: «Convertíos». Conversión también de los pecados que cada uno lleva en su corazón. Yo llevo mis propios pecados, y cada uno de ustedes. ¿Quién de los que estamos aquí no es pecador? Pidámosle al Señor el perdón, convirtámonos, dejemos el mal camino; esto es el llamamiento de la Virgen, y oración.

ORACIÓN

     La Virgen sabe lo que puede la oración. Y esta tarde para mí es embelesadora, es una tarde de oración. Oran aquí esas flores, esas palmas, aquellas manos primorosas que hicieron esos primores de flores de palmas; estaban orando mientras ensartaban los pétalos y esas palmas. Los que han caminado en esta procesión en torno de la Virgen, cantaban, rezaban y aunque distraídos corrían como los niños, ese también es un modo de orar. Hemos venido aquí atraídos tal vez por algo folklórico, pero al ver este templo y la seriedad del momento, estamos orando.

     Que no decaigan de nuestro corazón y de nuestros labios la oración, levantar el corazón a Dios, pedirle favores, darle gracias, pedir misericordia. Yo tengo mucha confianza, hermanos, en esta hora, porque hay muchas almas en oración. Yo me aflijo, mientras haya almas que oran; yo le digo al Señor en la intimidad [47] de mi misa, como lo decimos todos los sacerdotes: «Señor, no te fijes en mis pecados, sino en la fe de tu Iglesia». Fe de tu Iglesia es la viejecita que reza su rosario; fe de tu Iglesia es el enfermo que se siente inútil, pero que le está ofreciendo a Dios sus dolores; fe de la Iglesia es el padre de familia preocupado por sustentar su familia, honrado y fiel a su hogar; oración, fe de la Iglesia la santa religiosa que se santifica en su propia vocación; el sacerdote, el seminarista, el niño, cada uno vive su Iglesia. La Iglesia la formamos todos: y en la medida en que estamos en oración y nos santificamos, somos la fuerza del mundo, la fuerza que baja de Dios, porque de Dios nos deriva esa potencia de la oración.

UNA IGLESIA DE PENITENCIA Y ORACIÓN

     Hermanos, este es el mensaje de la Virgen. Yo me alegro de haberlo podido interpretar con mi pobre palabra, y ojalá encuentre eco en cada corazón. Hagamos una Iglesia de penitencia y oración. Hagamos una Iglesia como la Virgen quiere, y la Virgen se identificará con nosotros, no estamos solos. A mí me gusta mucho escuchar, en este momento, aquella palabra de la Virgen cuando bajó a nuestras tierras americanas en México, en el Tepeyac, ante el indito que representaba toda nuestra raza, le dice la Virgen de Guadalupe: «¿Que no estoy yo aquí que soy tu madre?» Qué cariño más hermoso y más poderoso.

     A estos niños pequeñitos, si ahora sucediera una desgracia, una aflicción a cada uno de ellos, ¿a quién correrían? A buscar a su mamá. Saben que encuentran en ella toda la protección. Nosotros somos de esos niños inválidos ante una circunstancia que no sabemos hacia dónde va, sembrada de odio por los malos corazones, a los que le pedimos a la Virgen que los convierta. Pero en esta hora de aflicción sentimos la voz de la madre que nos dice: «¿Que no estoy yo aquí que soy tu madre?» Y corremos a refugiarnos a ella. Representante de esta diócesis afligida, yo pongo en esta tarde a los pies de la Virgen, la diócesis como una niña para que ella la proteja; y estoy seguro que la está protegiendo, la está amando y no nos desamparará. Tengamos mucha confianza, hermanos, en nuestra Señora y este homenaje tan pintoresco, tan bello, que le hemos tributado en esta tarde, sin duda que redundará, de parte de la Virgen, en una protección todavía mayor.

     Celebremos esta eucaristía a los pies de la Virgen para que ella la eleve hasta Dios. Nada puede rechazar Dios cuando se lo presentan esas manos virginales. «Hallaste gracia a los ojos de Dios», le dice el ángel; porque nada que la Virgen le pida al Señor se lo puede negar. Y ella lo alcanzará, pues, ofreciéndole el cuerpo y la sangre de Cristo por medio de sus sacerdotes. Ella, que es madre de los obispos, de los sacerdotes, de las religiosas, de los fieles, ella alcanzará del Señor que esta sangre de Cristo «que se derrama por vosotros», se convierta de veras en una lluvia de paz, de tranquilidad, de concordia, de reconciliación sobre este país tan necesitado de la Virgen. [48]

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La Iglesia es Cristo en nuestra historia

6.º Domingo de Pascua
15 de mayo de 1977
                                                                         Hechos 15, 1-29
     Apocalipsis 21, 10-23
     Juan 14, 23-29

     Queridos Hermanos:

     Se siente como una llovizna suave, como la dulzura de algo que baja de Dios directamente, al escuchar estas lecturas en este momento del año litúrgico que coincide con nuestro año civil tan cargado de tempestad.

EL AÑO LITÚRGICO

     Ese ciclo espiritual que la Iglesia va desarrollando, desde la expectativa de un Redentor, pasando por la Navidad, por los preparativos de la obra de la redención, que florece en una pascua que es cruz y es alegría de vida y prolonga esa pascua: cruz y gloria, muerte y resurrección, tragedia y esperanza, son cincuenta días desde el Sábado Santo en la noche en que cantamos el triunfo de la vida sobre la muerte, las esperanzas de la Iglesia, hasta Pentecostés, que va a ser dentro de los quince días; cincuenta días, Pentecostés, plenitud del mensaje de la resurrección.

     El jueves de esta semana que viene, se celebra el jueves de la Ascención; cuarenta días después de resucitado, Cristo se va al cielo. Por una razón práctica [49] esta celebración es trasladada al domingo que viene para que los que no puedan asistir a misa entre semana, puedan recibir el hermoso mensaje del Cristo que se va temporalmente, pero que diez días después nos envía el Espíritu Santo, mejor dicho, nos lo manifiesta porque Cristo desde el momento en que resucitó, en que su vida física ya no está en esta tierra, nos dio su vida mística, su Espíritu, alentando sobre ellos; insuflando sobre ellos; insuflando como el Creador cuando dio al barro la vida inteligente, Cristo, el mismo día de la resurrección, insufla su Espíritu nuevo, su resurrección, su pascua, a esto que es la Iglesia: «Recibid el Espíritu Santo». Pero cincuenta días después se manifiesta esa presencia en forma de huracán y de lenguas de fuego, para manifestar que el Espíritu silencioso que va siempre con la Iglesia, es huracán, es fuego, es fuerza que impulsa la Iglesia, es el Espíritu al que Cristo se refiere como preparándonos para su despedida.

     Este es pues, el último domingo que está entre nosotros, ya entre vida celestial y vida de la tierra; nos promete que no nos dejará solos y nos dice esas hermosas palabras: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él. Os he hablado ahora que estoy todavía con vosotros, pero os enviaré el Espíritu consolador que el Padre os enviará en mi nombre».

IGLESIA DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

     Miren en estas frases el origen de la Iglesia: el Padre, el Hijo y el Espíritu. Si Cristo no hubiera ido al cielo a ser glorificado como hombre y como Dios, el Padre no hubiera podido ratificar, con el envío de su Espíritu divino, esta obra de la redención, esta institución que es la Iglesia.

     Las tres divinas personas juegan en el origen de la Iglesia; es la Iglesia de la Trinidad, es la Iglesia de la tierra compuesta por nosotros hombres imperfectos, hombres frágiles, pero que hemos recibido el soplo de la redención, el Espíritu de la Santísima Trinidad. Vendremos, dice Cristo, y habitaremos en esta Iglesia y en el corazón de cada uno de los que creen en esta redención. ¡Es maravilloso! ¡Animo! Muchos en esta hora viven del pánico, del terror. ¿Irán a acabar con la Iglesia? ¿Irán a matar a todos los padres?… ¿Qué importa? El Espíritu de Dios no nos dejará perecer. No podemos ser vencidos por las armas, por el terror, por la psicosis de los hombres. Que este Espíritu de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que aletea como el Génesis dice de la creación, da vida, fuerza a esta Iglesia por dondequiera que palpita.

     No temamos hermanos, este es el origen de la Iglesia, por eso Cristo le pudo decir a Pedro, y aquí viene el elemento humano: tú eres piedra, eres hombre frágil, te constituyo Pedro, te llamarás Kefas (Roca) porque sobre esa piedra, yo, Dios, edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

     Es un canto de victoria que la Iglesia lleva en sí, hermanos, no para confrontar con poderes humanos. Entiéndase bien, cuando nosotros estamos tratando [50] de definir la Iglesia y presentarla en toda su belleza a pesar de su debilidad, es la alegría de sentirnos obra de Dios y decirles a todos los hombres también, que ella es Dios en medio de nosotros.

EL DIVINO MENSAJE DE LA IGLESIA

     ¡Qué hermosa descripción hace San Juan en el Apocalipsis!, cuando dice que el ángel lo transportó en Espíritu a un monte altísimo y le enseñó la Ciudad Santa, la figura de la Iglesia, que bajaba del cielo enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. (Segunda lectura).

     La Iglesia es Cristo que vive entre nosotros, es Dios que nos quiere dar su amor, su paz. Es Dios que nos redime y que si baja a los hombres no es para ponerse en competencia con las organizaciones de los hombres. Es para darles el Espíritu de Dios a las cosas de los hombres; es para que el político que cree en Dios y pertenece a esta Iglesia, transforme esa política en instrumento de Dios; es para que el capitalista que cree de veras en la Iglesia, transforme, humanice, le dé sentido de caridad, de justicia, de amor a su capital; es para que el trabajador, el pobre, el marginado, el obrero, el jornalero, mire en esta Iglesia algo que transforma su pobreza en redención, que no lo deja llevar por caminos de resentimientos y de luchas de clases, ni le ofrece paraísos en esta tierra, sino que le quiere dar este soplo de Dios a su situación.

     ¡Qué hermosa será la hora en que todos los salvadoreños en vez de desconfiar unos de otros, en vez de mirar en la Iglesia una emisaria de la subversión, miren la mensajera de Dios, la ciudad de Dios que baja para dar santidad a los hombres, para liberarlos de resentimientos, de odios, para quitar de sus manos armas homicidas! No tuviéramos que lamentar historias tan tristes como el saldo que nos deja esta semana: un canciller asesinado, un sacerdote acribillado a balazos en su propia casa, un niño que no tiene culpa también con los sesos echados afuera por la bala homicida; el odio, la campaña difamatoria, como que si la Iglesia tuviera la culpa de todo este desorden. ¿No son más culpables los que escriben esas páginas tendenciosas? ¿No están poniendo armas en las manos aquellos que por la colonia Escalón regaron el slogan: «Haz patria, mata un cura»? Esto es provocar. ¡Y sin embargo, a esto no se le llama subversión! Se parece a los tiempos de Hitler, decía nuestra radio ayer, en que decía: «Haz patria, mata un judío». Hoy es el sacerdote el estorbo, es la causa de todos los males; pero aquí viene hermanos, el elemento humano que aparece en las lecturas de hoy en toda su belleza.

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

     Yo les suplico que reflexionen mucho en la primera lectura de hoy; es un conflicto dentro de la Iglesia, y nosotros que pertenecemos a la Iglesia examinémonos a la luz de esta palabra.

     Se trataba de una lucha entre los que podíamos llamar con términos de hoy: tradicionalistas y progresistas. Los tradicionalistas eran los judíos que se [51] convertían al cristianismo y que querían que se siguieran guardando las leyes de Moisés, y que si no, no se podían salvar los gentiles. Y los progresistas, representados por Pablo y Bernabé, decían que «no es necesario la Ley de Moisés, basta ser bautizados en Cristo, que se arrepientan de sus pecados». Y llevan al conflicto de Antioquía a Jerusalén. Fíjense en este detalle: el magisterio de la Iglesia estaba en Jerusalén: allí estaba Pedro. Vamos a consultar a Pedro, y Pedro consulta a sus presbíteros y a sus ancianos, como si hoy también nos rodeáramos de sacerdotes, de laicos, para consultar la palabra de Dios.

     Fue el primer concilio de la Iglesia. Es hermoso recordar hoy, cuando no se quiere admitir el Concilio Vaticano II, ni la reunión de obispos en Medellín autorizada por el Papa; sin embargo, como en el primer concilio de Jerusalén, el Vaticano de hoy, Medellín de hoy, es la consulta del magisterio de la Iglesia. Y mandaron una carta. Fue el primer decreto conciliar, una carta, mandando de vuelta a Pablo y Bernabé con testigos de Jerusalén para ir a decir a aquellos tradicionalistas que no es necesaria ya la ley de Moisés, pero que sin embargo para acceder por la paz y el amor, guarden las cosas substanciales; y ponen unas cuantas normas en las que estaban de acuerdo. Lo principal: la paz y el amor.

     No nos estemos peleando por nimiedades dentro de la Iglesia cuando tenemos que presentar un frente unido en el amor, en la paz. No dudemos, queridos católicos, no nos radicalicemos en conservatismos exagerados ni tampoco en avances exagerados; estemos con el magisterio de la Iglesia. No dudemos de los documentos del Vaticano II ni de Medellín; son documentos de Iglesia. Tampoco los interpretemos siguiendo nuestros caprichos, porque así querían interpretar también entonces la Biblia, llevándola cada uno a su lado. Para que vean que la Biblia sola no basta; es necesario cuidarla, presentarla por el magisterio vivo que Cristo dejó en la Iglesia, y por eso en uno de los recientes comunicados, el Arzobispado dice junto con todos sus sacerdotes: «Juramos de nuevo nuestra fidelidad a la palabra de Dios y al magisterio de la Iglesia».

LA EXPERIENCIA DE NUESTRA ARQUIDIÓCESIS

     Mi viaje a Roma no tenía otro sentido (si algunos lo han interpretado mal) que este de Pablo a Jerusalén, para confrontar con Pedro, con el Papa, con el sucesor de él, si lo que enseño, si lo que hago está bien. Y vuelvo de Roma como Pablo volvía de Antioquía, con el testimonio de que vamos por un buen camino. No duden de mi palabra, queridos hermanos, no la desfiguren. Muchos andan diciendo que yo soy presionado y que estoy predicando cosas que yo no creo; hablo con convicción, sé que les estoy diciendo la palabra de Dios. He confrontado su palabra y con el magisterio y creo en mi conciencia que voy bien.

     Yo quiero invitar a todos a que dialoguen conmigo; se los estoy diciendo desde el principio, no oigo sólo un sector, oigo a todos, recibo lo bueno de todos, pero esta es la gran misión, el difícil papel del Obispo: discernir, escoger, apartar lo malo y quedarse con lo bueno. [52]

     Pero el Espíritu Santo que fue prometido por Cristo, como lo acaban de oír, asiste al magisterio de la Iglesia: «El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre será quien os enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Yo creo que esta es la realidad de este momento: yo quiero confesarlo dándole gloria a Dios y agradeciéndole al Señor, que siento esta experiencia propia, esta palabra del Evangelio de hoy: «El Espíritu Santo nos enseña y recuerda todo lo que os he dicho».

     Una de las cosas que más me alegran en estos días es recibir esas cartas que a montones me llegan de todos los sectores. Abundan aquellos testimonios que me dicen que rezan por mí, que le piden al Espíritu Santo que me ilumine; yo les agradezco, hermanos. Tal vez no les podré contestar a todos, pero yo rezo al Señor para darle gracias y pedirle que siga inspirada esa oración.

     Cuando en mi misa yo digo esta oración tan bella: «Señor, no te fijes en mis pecados sino en la fe de tu Iglesia», pienso en esas humildes plumas que han escrito esas cartas, en tantos católicos enfermos, viejecitas, cristianos anónimos que allá sin que nadie sepa están rezando; ésa es la fe de la Iglesia. La Iglesia reza, y el órgano que habla, que es el Obispo; transpira toda esa santidad de la Iglesia. ¿Cómo se va equivocar Dios y los que servimos de sus instrumentos?

LA TENTACIÓN DE LA DESUNIÓN

     Ayúdenme para que siempre pueda llevar esta palabra de Dios como yo la quiero llevar. Y por eso, hermanos, todos hacemos la Iglesia; y en unidad con este magisterio de la Iglesia, yo quiero decir esto: en esta campaña de difamación, una táctica muy conocida es esta: separar, dividirnos. Unos sacerdotes sí, otros no. El Arzobispo sí, el Obispo Auxiliar no, aquella comunidad, aquella parroquia sí, aquellas otras parroquias no… Si somos católicos, estamos todos unidos en el magisterio de la Iglesia, no en una presión de jesuitas, no en una presión de curas izquierdistas, ni en una presión también de derechistas extremas. No existen en la Iglesia ni derecha ni izquierda. Existe un sólo magisterio al cual tenemos que convertirnos todos.

     Los que quieran conservar tradiciones, como los judíos que querían conservar la circuncisión, tienen que convertirse a Pedro, que les dice: «No es necesaria ya la circuncisión». Los que quieren llevar ya demasiado adelante la obra de la Iglesia y que no quieren admitir a Cristo, también los corta el magisterio de la Iglesia.

     Los que quieren predicar una liberación sin moverse, los que se enojan porque les tocan sus intereses, los que ante una falta razón de «seguridad de estado» les molesta que la Iglesia reclame los derechos de los que sufren el abuso del poder, y los que por otro lado quieren subvertir la autoridad y quieren predicar una liberación sin Dios, y buscan el poder por la lucha de clases, por el odio, les estorba que la Iglesia les recuerde también que el comunismo [53] no es solución, que la subversión no es camino, el odio que acaba matando hombres importantes, ministros de Dios, cometiendo sacrilegios tan horrorosos para jugar con la vida humana, eso no es solución; es crimen sencillamente. También éstos se molestan. Ni izquierda ni a derecha. En el corazón de Dios, bajo la palabra de Dios, bajo la palabra de Dios, bajo el magisterio del Señor, eso es la Iglesia.

     Y yo quiero ratificar en público, hasta donde alcance mi pobre voz, que no están divididos en el magisterio de la Iglesia, el Arzobispo y el Obispo Auxiliar, que formamos los dos un sólo magisterio, quiero decir también que todos los sacerdotes que están trabajando están en comunión con el Obispo. Y les repito aquí lo que dije en una reunión solemne: el que toca a un sacerdote en comunión con el Obispo toca al Obispo. Y por eso me duele tanto el que hayan hecho víctima del crimen a un querido sacerdote que trabajaba en plena comunión con el Obispo. Es como si le arrancaran al Obispo un brazo.

NUEVO LLAMAMIENTO DE SOLIDARIDAD

     Y por eso, en esta semana también, no sólo ha habido saldos tristes, ha habido saldos muy fecundos. Tuvimos reunión de obispos y la vamos a continuar el martes, precisamente en apoyo de este magisterio de la Iglesia y esta unidad, en repudio de la violencia y la calumnia y para llamar a todos a la colaboración, aunque no sean católicos, como yo les decía en la homilía del padre Navarro, a todas las fuerzas vivas. Si el padre Navarro era aquella tarde el signo de una Iglesia perseguida y que ya no puede hablar, ¿qué hacen las otras organizaciones, las que critican a la Iglesia? ¿Esas organizaciones fantasmas que para sarcasmo se llaman católicas?

     No demuestren su poder solamente criticando a la Iglesia; hagan algo para botar las armas de los criminales, de los que matan. No pongan las armas con más fuerza con esa campaña de calumnias. ¿Qué queda de noble en esas gentes?

     Yo creo, hermanos, en el poder noble de muchos corazones, de muchas organizaciones que sería imposible enumerar, son obra de nobles corazones para hacer el bien.

IGLESIA Y GOBIERNO

     Les digo, no sean espectadores de esta Iglesia, como cuando un grupo de niños mira a dos que se pelean, a ver quien puede más: la Iglesia o el Gobierno. No estamos peleando. El Gobierno y la Iglesia quieren buscar, tienen que buscar, es su deber buscar la paz, el progreso verdadero, desde competencias distintas. Yo recuerdo que cuando terminaba el Concilio Vaticano II, se dirigió un mensaje a los gobernantes donde la Iglesia les dijo: «Dejad que Cristo ejerza esa acción purificante sobre la sociedad. No lo crucifiquéis, eso sería un sacrilegio porque es Hijo de Dios; sería también un suicidio, porque es Hijo del [54] Hombre; y a nosotros sus humildes ministros, dejadnos extender por todas las partes, sin traba, la buena nueva del Evangelio de la paz que hemos meditado en este Concilio. Vuestros pueblos serán sus primeros beneficiados, porque la Iglesia forma para vosotros ciudadanos leales, amigos de la paz social y del progreso. (Mensaje del Concilio a los gobernantes).

COMPRENSIÓN PARA NUESTROS SACERDOTES

     Esa es la Iglesia, hermanos; así es que, por favor, ya debía de cesar esa campaña repugnante de difamación. Nadie la cree por suerte, pero algo queda. Si nuestros sacerdotes tienen defectos, y no todos hablan con la suavidad que algunos quisieran, queda la corrección fraterna, en vez de echar al público una campaña de difamación. Vayan a enterarse con él: «¿Qué es lo que quiso decir, Padre? Eso que dijo no me gusta…» Y corríjanlo: pero sepan que mientras esté en comunión con el Obispo, su doctrina es verdadera. Si hay algún error en algún detalle, cabe la corrección, o cabe la comprensión. El diálogo aclara muchos malos entendimientos.

     Cuantas veces me han venido a decir que el Padre tal predicó contra el gobierno, y hasta lo echaron al pobre. Y cuando uno examina el caso de cerca, resulta que fue pura calumnia. Pudo haber una frase imprudente. Si se hubiera captado, se le hubiera comprendido, se le hubiera corregido; pero crean, hermanos, la Iglesia quiere sembrar la paz, la concordia; y yo creo, tengo mucha fe en la oración, que vamos a entendernos, porque la violencia no puede durar. Tengamos todos buena voluntad. Yo apelo, con toda la potestad que me da mi ministerio sagrado, depositario de la Palabra de Dios, del magisterio de la Iglesia, a todos los católicos religiosos, religiosas, laicos, comunidades, sacerdotes, que compactemos nuestra Iglesia bajo la luz de esta doctrina auténtica, y que tratemos de comprenderla como en Antioquía; cuando se sembró la discordia volvió la paz, porque se fue dócil al magisterio de Pedro y del primer concilio; y el Concilio Vaticano II está respondiendo, como aquel de Jerusalén, a las necesidades de su tiempo. Estudiemos. Es que hay muchos que critican el Vaticano II, Medellín, y no los han leído. Estúdienlos y verán qué riqueza de espiritualidad, qué mensajes de paz, como ese que el Concilio dijo a los gobernantes: «No tengan miedo de la Iglesia, compréndanle que está haciendo los mejores ciudadanos leales si saben vivir ese espíritu de fe.

META Y MOTIVACIÓN DE LA IGLESIA

     No desconfíen, hermanos. Quiero terminar recordando la meta hacia donde camina esta Iglesia; asistida por el Espíritu Santo, ella lleva un mensaje muy original, muy renovador. La descripción del Apocalipsis es bellísima para decirnos que nosotros vamos peregrinando entre las tribulaciones de la tierra, pero que no les tenemos miedo a estas tribulaciones, porque con nosotros va el espíritu de Dios; y la meta es el Cordero, dice ahora San Juan. Una cosa muy [55] hermosa, allá dice: «No había templo, porque Dios y el Cordero son los que la alumbran, el templo es el Señor Todopoderoso».

     Hermanos, he aquí un texto oportuno para nuestra hora de desacralización y secularización. Se desacraliza todo, y esto tiene su razón de ser; es que hemos vivido muy sacralizados. Le damos una importancia exagerada al templo material, a los medios técnicos y podemos olvidar que lo principal es Dios, es Cristo, el Cordero.

     Vaya, hablemos, y yo quiero agradecerles grandemente la gran acogida que han prestado a mi homilía del domingo pasado hablando de la radio y de la imprenta. Apenas salía de aquí para Suchitoto el domingo pasado en el solo trayecto de la sacristía a mi carro, se recogieron ¢100 colones. Espontáneamente me los iban dando, allá en Suchitoto, donde habían oído el mensaje, también espontáneamente casi ¢200 colones, y aquí, a lo largo de la semana ya vamos sumando ¢5000 colones.

     El próximo domingo es el día de las comunicaciones de la Iglesia, la radio, el periódico. La radio ha recibido amenazas, se le han impuesto condiciones, y la comisión responsable va a responder para que las cosas queden claras. Pero si por desgracia, por incomprensión, nos callara también la radio y nos quitara también el periódico, no hacen falta, hermanos. Después de todo, lo que nos quiere decir hoy la Palabra de Dios es que, ni el templo es necesario, ni los instrumentos que le sirven a la Iglesia para proclamar su mensaje son necesarios, porque el Apocalipsis nos presenta la fase definitiva de este reino ya lo debemos vivir aquí abajo: es nuestra fe en Dios, Dios que es el templo, la Palabra de Dios es la radio, Cristo es la imprenta, la comunidad cristiana que vive como antorcha en el mundo, está predicando más que la radio y más que el periódico. De nada servirán todos los instrumentos de comunicación social, si no contáramos con comunidades de amor, con cristianos que viven el verdadero Dios, el verdadero Cristo, y esto es lo grande de este mundo.

     La Iglesia se presenta hoy, no apoyada en cosas de la tierra, sino apoyada en la comunidad de amor, en su esperanza, en su fe, en su Dios, en su cielo, y así se va construyendo. Y yo me alegro, hermanos, de ser obispo en esta hora, en que la Iglesia se va definiendo tan auténticamente, en que la Iglesia se va definiendo sin odios, sin rencores, perdonando a los mismos que la calumnian y la matan, pero siendo la Iglesia del amor, la que se apoya en su Dios y que por eso está tan superior a todos los oleajes miserables que los hombres le pueden levantar.

     Vivamos esta fe, hermanos, esta es la Iglesia que yo quisiera, una Iglesia de amor, de esperanza, que se apoya plenamente en nuestro Dios.

EN ORACIÓN CON LA VIRGEN

     Esta tarde, allá en las pintorescas alturas de Planes de Renderos, hay un espectáculo muy hermoso. Yo les invito, voy a tener el gusto de presidir aquel [56] homenaje folklórico, filial, pero sobre todo piadoso, en honor de la Virgen santísima, «la Procesión de las Palmas».

     Así como el viernes hubo una jornada de oración en toda la diócesis poniendo por intercesora a la Virgen, esta tarde también haremos una oración muy especial poniendo a la Virgen por intercesora, verdadera Madre de la Iglesia, que acelere la hora de la comprensión y que ya no haya temores.

     «Mi paz os dejo», dice Cristo. Y así termino, hermanos, la paz de Cristo que no se puede confundir con la paz del mundo, porque es dinámica, es activa, porque es de fe, de esperanza. No calla, ama, vive, pero es una paz que camina hacia la paz donde Dios es todo para todos los hombres. [57]

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La violencia que enluta al país

  Domingo de Ascensión
22 de mayo de 1977
                                                                         Hechos 1, 1-11
     Efesios 1, 17-23
     Lucas 24, 46-53

MENSAJE DE LOS OBISPOS SALVADOREÑOS

     …por eso los obispos, en el «Mensaje al Pueblo Salvadoreño, ante la ola de violencia que enluta el país», comienzan dando este testimonio de unidad, de solidaridad: «Nosotros, los obispos de El Salvador -comienza diciendo el mensaje profundamente preocupados por la situación actual del país y de la Iglesia-, queremos manifestar ante la opinión de todo el pueblo salvadoreño lo que sigue: Nos unimos con el Señor Arzobispo de San Salvador, y con él condenamos la ola de violencia, de odio, de calumnia y de venganza que enluta el país. Compartimos el dolor que embarga su corazón de pastor, ante el cruel asesinato de dos sacerdotes de su presbiterio y de las víctimas inocentes que cayeron con ellos. Hacemos nuestro el sufrimiento de los papás, esposa e hijos del Ingeniero Mauricio Borgonovo Pohl; de los padres del joven Luis Alfredo Torres; de los que lloran la muerte cruel del Licenciado Roberto Poma y de los humildes empleados que compartieron su desgracia; y de tantos padres, madres, esposas e hijos que en esta hora de horror -que nos llena de vergüenza ante el mundo civilizado- lloran impotentes la muerte y desaparición de sus seres queridos. Y una vez más declaramos que ni la violencia, ni el odio, ni la calumnia serán jamás la solución de los problemas que nos agobian». [58]

     Yo quiero agradecer aquí en público, esta solidaridad de mis queridos hermanos, los obispos salvadoreños. A la luz de la palabra de Dios, San Pablo nos dice que Cristo subió al cielo dejando en la tierra una Iglesia, sobre los hombres de la jerarquía, con un mensaje de conversión y de perdón de los pecados: por tanto una Iglesia, autorizada para denunciar el pecado, para anunciar el perdón de los pecados. Y la conferencia, compuesta por hombres, porque aunque somos jerarcas de la Iglesia, somos humanos, comenzamos este mensaje el viernes de la semana anterior, y lo concluimos el martes de esta semana, comenzando con una revisión interna de nosotros mismos. Una conversión, porque también los obispos, el Papa, todos los cristianos vivimos esta tensión que Cristo dejó en el mundo: de conversión; y ay del pastor que no vive esta tensión, que se instala en una manera bonita de vivir. Nosotros tenemos que compartir con el pueblo la conversión y si gritamos contra el odio, contra la desunión, contra la calumnia, contra todas esas fuerzas infernales que dividen al mundo, tenemos que comenzar por nosotros mismos. Y tengo la satisfacción de decirles, hermanos, que los obispos hemos reflexionado espiritualmente nuestra necesidad de conversión, para evitar ante el mundo, el escándalo de la desunión y vivir juntos. Y me da gusto que mis hermanos obispos me pongan juntamente con todos los que sufren, ricos y pobres, y al mismo tiempo se solidaricen con la voz de la Arquidiócesis, para rechazar la violencia, venga de donde venga.

     Esta misma semana, hemos denunciado las violencias en Aguilares; también hemos denunciado la violencia al padre Víctor Guevara, llevado a la Guardia Nacional y tratado indignamente; el padre Vides, capellán de la Guardia Nacional, enviado por el Arzobispo para recoger el Santísimo Sacramento de la iglesia de Aguilares, y no se le dejó, ni al mismo Arzobispo se le permitió ir a cumplir este deber de traer el Santísimo para evitar su profanación. Por último se le dejó al padre Vides y espero que anoche haya venido con el Santísimo. Y así, hermanos, por todos los que sufren la tortura, la vejación la Iglesia no puede callar, porque es la voz de Cristo que desde su ascensión, manifestando la dignidad humana en su cielo glorioso, nos dice cómo ama a la humanidad y cómo reprocha él que existan todavía en el mundo estas lagunas de conculcaciones de la dignidad del hombre. Y me da gusto pensar en esta hora de episcopado, lo decía la Voz de América, muchos de ustedes lo habrán oído esta mañana que tres obispos van a ser condecorados por la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, y que el Presidente Carter va a pronunciar el discurso de estilo en defensa de los Derechos Humanos para poner esa condecoración en el pecho de tres obispos que han sido defensores de estos derechos de la humanidad. Me da mucho gusto, pues, saber que nuestros obispos de El Salvador nos colocamos en esta línea.

     Luego viene el mensaje a darnos una orientación doctrinal que yo les suplico, hermanos, si no la tienen en Orientación, en estos días vamos a editar más ejemplares y suplico a las organizaciones católicas que multiplique este mensaje, porque sí en segunda parte hay una orientación muy útil, para que sepan distinguir entre el mensaje de la Iglesia y el comunismo, y cómo la Iglesia, [59] así como rechaza el comunismo, rechaza también el capitalismo. Oigan esta hermosa declaración doctrinal: «La Iglesia cree en Dios Creador, en Jesucristo Redentor y en el Espíritu Santo Santificador. La Iglesia cree que el mundo está llamado a ser sometido a Jesucristo por una paulatina instauración del reino de Dios, cree la Iglesia en la comunión de los santos y en el amor que une a los hombres, cree la Iglesia en el hombre, llamado a ser hijo de Dios y cree en el reino de Dios como progresivo cambio del mundo de pecado en mundo de amor y de justicia, que comienza ya en este mundo y tiene su cumplimiento en la eternidad». Una bella profesión de fe. No lo olvidemos; y hoy, en vez de nuestro credo, vamos a pronunciar esta proclamación del episcopado salvadoreño de la fe de la Iglesia en Dios y en la eternidad; y desde la luz de esa fe, diríamos, desde Cristo, que sube a los cielos, desde un hombre que al mismo tiempo es Dios y se sienta a la derecha de Dios; desde allí juzgamos las realidades de la tierra. Y por eso la Iglesia no puede ser ni comunista, ni capitalista porque los dos son materialismos.

MARXISMO Y CAPITALISMO

     Oigan la aclaración: primero «La Iglesia» -por eso- condena el marxismo comunismo que por ideología y práctica revolucionaria niega a Dios y niega todo valor espiritual, calificándolos de «alienante». El comunismo no admite esta reunión que estamos haciendo en la Iglesia, la llaman alienante, opio del pueblo, dormidera, para que los hombres no protesten; pero ya veremos cómo no es cierto «para fundamentarla toda sobre la materia», es eminentemente materialista el comunismo, mientras que la Iglesia es eminentemente espiritualista. El comunismo «explota las diferencias de clases en la sociedad para provocar la lucha y usa al hombre como puro medio para lograr un poder político conforme a su ideología». Esta es una síntesis de lo que es el comunismo. Pero con la misma intensidad condena la Iglesia el sistema liberal capitalista, que aunque confiesa a Dios, sin embargo, en la práctica lo niega poniendo su fe en el lucro, como meta esencial del progreso humano; asume al hombre como puro instrumento para acrecentar las riquezas dejándolo en la pobreza y fomentando de este modo las diferencias de clases en la sociedad; pisotea los derechos del hombre, su dignidad y hasta la vida misma para conservar el poder político, social y económico adquiridos.

     «¿Por qué atacan hoy a la Iglesia los capitalistas? ¿Por qué ataca a la Iglesia el poder político? Precisamente por eso. Porque la Iglesia no puede compaginar con una idolatría del dinero, con una idolatría del Estado. Hoy nos ha dicho San Pablo en su carta: sólo Cristo es el Señor y la misión de la Iglesia es predicar a los hombres, principalmente a los que están de hinojos, de rodillas ante los ídolos de la tierra, que no les es lícito estar idolatrando los bienes de la tierra, que sólo Cristo es el Señor y les dice a sus cristianos: felicidades, cristianos en su pobreza de espíritu, en su desprendimiento, en su esfuerzo por un mundo mejor, ustedes siguen al verdadero liberador, a Cristo el Señor, al que da al hombre la verdadera dignidad. Ni el comunismo ni el capitalismo adoran a [60] Cristo: adoran sus ídolos. La Iglesia adora a su Cristo, y en este día lo proclama como la meta hacia donde dirige los ideales de todos sus cristianos. Cristo subiendo a los cielos es el ideal de la verdadera promoción del hombre, que culmina en la identificación con el mismo Dios.

LA IGLESIA Y LA LIBERACIÓN

     El mensaje dice entonces: ¿cuál es la contribución de la Iglesia, en este cuerpo de liberación del mundo? No puede ser ni comunista, ni capitalista. Tomando palabras del Papa, que recogió precisamente de la consulta hecha en 1974 de todos los obispos del mundo, el Papa un año después publicó la famosa exhortación Evangelii Nuntiandi, donde dice: «Hemos oído la voz de nuestros hermanos obispos, y resaltaban los obispos del tercer mundo», es decir, de estas desgracias de desnutrición, de analfabetismo, de marginación, y el Papa dijo que la Iglesia no podía estar indiferente ante esas voces de millones de seres que necesitan la ayuda del mensaje de la redención. Y dijo entonces el Papa cómo son los colaboradores que la Iglesia prepara, para este trabajo de liberar al mundo: ni marxistas, ni capitalistas, sino cristianos. Dice así: «La contribución específica de la Iglesia y de los cristianos liberadores no debe confundirse con actitudes tácticas ni con el servicio a un sistema político», palabras del Papa: no se confunda con actitudes tácticas, ni con el servicio a un sistema político, «La Iglesia contribuye aportando una motivación de amor fraterno», una inspiración de fe, una doctrina social… a la que el cristiano… debe pensar su atención y ponerla como base de su prudencia y de su experiencia para traducirla completamente en categorías de acción, de participación y de compromiso».

     Hermanos, ni hay sacerdotes, ni debe haber seglares, metidos de lleno en esta lucha por liberarse de esa marginación, nuestro pueblo no debe pedir prestado al comunismo, ni debe confiar en el capitalismo. Los dos son materialismos. Debe de recibir de la Iglesia la inspiración de la fe, la motivación del amor y una doctrina social clarísima. Yo aprovecho este momento para decirles a todos ustedes, hermanos: cuanto más crezca en su corazón la fe en Cristo, cuanto más crezca en el corazón de ustedes el verdadero amor a Dios y a los hombres, y cuanto mejor estudien la doctrina social de la Iglesia, ustedes se constituyen en verdaderos instrumentos, del verdadero progreso, de la verdadera liberación de esta Iglesia. Y ya es hora de que sacerdotes y seglares acuerpen esta motivación de amor, que nuestra palabra no la inspiró nunca el resentimiento, el odio, la lucha de clases, oígase bien, la Iglesia no puede predicar con resentimiento; es inspiración de fe y de amor la que la motiva a sentirse hermana de todos los hombres, especialmente de los que sufren pobrezas, torturas, marginaciones. Son mis hermanos. ¿Cómo no los voy a amar? Y en base de este amor y de esta fe, estudiar la verdadera doctrina social de la Iglesia. Ya no es tiempo de estar confundiendo, por ejemplo, los documentos de Medellín con el marxismo.

     Ahí está saliendo en un periódico de la ciudad una columna venenosa, en que se está tratando de interpretar Medellín con categorías marxistas; eso es [61] pura calumnia. Medellín fue una reunión de obispos de América, autorizada por el Papa, en 1968, para traer a este continente la doctrina del Concilio Vaticano II. Y es maravillosa, ahí se pidió también, me acuerdo que Monseñor Pironio, un santo obispo, decía: «Ha sido un soplo del Espíritu sobre nuestro continente». Pero si no se le conoce, si se le quiere presentar con afán de calumniar a la Iglesia, así se explica, pues, que a Medellín se le llame subversivo. El Vaticano II, documentos escritos con la profundidad de una Teología para nuestros tiempos modernos, las encíclicas sociales de los Papas, ahí están soluciones muy superiores a todos los sistemas. La Iglesia no ofrece un solo sistema, pero ofrece una doctrina social, que los cristianos pueden organizar con esa conciencia, sin comprometer a la Iglesia como institución, pero inspirados con la Iglesia, con su doctrina.

     Después, el mensaje de los obispos condena esa falsa manera de tradición, en virtud de la cual se quiere presentar una Iglesia meramente espiritualista, una Iglesia de sacramentos, de rezos, pero sin compromisos sociales, sin compromisos con la historia. «Traicionaríamos nuestra misión de pastores, si quisiéramos reducir la evangelización a meras prácticas de piedad individualista, y a un sacramentalismo desencarnado. «La evangelización no estaría completa», dice el Papa, si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre. Es tiempo, hermanos, de que nuestra fe, no la arrinconemos en la vida privada, y luego vivamos en público como si no tuviéramos fe. Este divorcio entre la fe y la vida práctica es uno de los grandes errores de nuestros tiempos, dijo el Concilio. Y tan grande error que, en nombre de este error, se llama a la Iglesia subversiva, porque precisamente quiere llevar al cristiano a comprometer su fe con su vida concreta. Estudien, queridos católicos, esta doctrina recta, sabia de la Iglesia y verán qué lejos está el sacerdote, el cristiano, que vive su compromiso cristiano con el mundo de ser un comunista, de ser un marxista, un subversivo.

     El mensaje termina haciendo un llamamiento apremiante, una invitación, principalmente a los que tiene en sus manos los poderes políticos y económicos, «para que unidos a todas las fuerzas vivas del país, busquemos un camino que haga efectiva la justicia social como única salvación para evitar que el país caiga en la violencia y en los totalitarismos de cualquier tipo. El aferrarse más y más a sus intereses, olvidando el clamor de los desposeídos, es crearle el ambiente propicio a las violencias totalitarias».

     «La verdadera lucha contra el marxismo» -dijeron los obispos en Chile- «La verdadera lucha contra el marxismo consiste en eliminar las causas que lo engendran; en cambiar el medio de cultivo en que se desarrolla; en ofrecer una alternativa que lo sustituya. Muchas veces sin embargo, los mismos antimarxistas son, en definitiva, quienes crean el mal que pretenden combatir. También es ayudar al marxismo -por cierto, sin quererlo- el considerar marxista o sospechoso de marxismo a todo aquel que lucha por la dignidad del hombre, por la [62] justicia y por la igualdad, al que pide participación, al que se opone a la prepotencia». Y este llamado termina confiándose en una solidaridad con los sacerdotes (se menciona concretamente aquí a la Compañía de Jesús, a los jesuitas), tan calumniados en este momento, que se comprenda su lenguaje; «y contra el Episcopado salvadoreño, campaña que, dirigida desde la sombra del anonimato, pretende ahogar y acallar la voz de la Iglesia y justificar los más incalificables atropellos contra los Derechos Humanos».

     Hermanos, aprovecho esta ocasión para decirles que entre los colaboradores de este progreso verdadero del mundo, la Iglesia prepara sus sacerdotes en el seminario y que el próximo domingo, cuando celebramos la venida del Espíritu Santo, se celebra en nuestra patria el Día del Seminario. Un día antes, o sea el sábado de esta semana, los seminaristas han organizado una convivencia; los que quieran pueden asistir en la iglesia de María Auxiliadora… [63]

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Vocaciones al sacerdocio

Vigilia de Pentecostés
28 de mayo de 1977

     Iglesia de María Auxiliadora

     Hermanos presbíteros, queridos hermanos todos:

     Esta es una escena que palma maravillosamente con la lectura bíblica. Como los apóstoles con María, madre de Jesús, nos preparamos para nuestro Pentecostés. Se siente el hálito virginal de María en este santuario donde María recibe honores tan cariñosos. Pero en esta mañana ella debe sentir un sentimiento muy especial. Yo siento, como creo que cada uno de los aquí presentes, que estamos viviendo una imagen pequeña de la Iglesia universal y sentimos que María nos cobija como Madre de la Iglesia y que desde este cariño y protección, junto con nosotros, implora el Espíritu Santo, que está renovando intensamente nuestra propia Iglesia.

RENOVACIÓN DE LA IGLESIA

     Cuando el Concilio Vaticano II va a estudiar el tema del seminario, comienza con esas dos famosas palabras: «Optatum totius»: «La renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, y por eso este Sacrosanto Concilio quiere darle una máxima importancia a la preparación de los sacerdotes» en el seminario.

     El Espíritu Santo, que renueva la Iglesia desde dentro, y los sacerdotes, instrumentos del Espíritu de Dios, son los dos grandes agentes de la renovación de la Iglesia, y por tanto, de la renovación del mundo. Y todos los demás [64] religiosos, religiosas, laicos, forman ese pueblo de Dios que, dirigidos, santificados, instruidos por el ministerio sacerdotal tienen que ser «sal de la tierra», «luz del mundo».

     Por eso, nuestros obispos antepasados quisieron unir con la fiesta del Espíritu Santo la fiesta del seminario, el Día del Seminario. Y por una feliz iniciativa de los responsables de los seminarios, estamos viviendo esta mañana nuestro Pentecostés en torno de estos jóvenes, que se preparan para el sacerdocio. Hacíamos la cuenta en El Salvador: unos 400 jóvenes en el Seminario San José de la Montaña, o en los diversos seminarios religiosos, son llamados por Dios, se están preparando para esta renovación del mundo que pesa ahora sobre los que ya llevamos la responsabilidad del ministerio sacerdotal. Son ellos hoy, pues, los jóvenes seminaristas, nuestros seminarios, el centro cariñoso de la familia. En torno de ellos, vamos a dirigir esta mañana nuestro pensamiento, nuestras reflexiones; sabiendo que como pueblo de Dios, a todos interesa no sólo esa intimidad santa del Espíritu que viene en Pentecostés, sino estos instrumentos humanos del Espíritu de Dios que somos los sacerdotes. Y ante una baja inclemente de nuestro clero, sentimos más que nunca la necesidad de nuestros sacerdotes propios.

     Queremos rendir homenaje de gratitud y admiración a los sacerdotes que han venido de otras regiones a prestarnos esa colaboración necesaria. ¡Los necesitamos! Por eso sentimos que se nos arranque de nosotros esa presencia colaboradora; los seguimos con el cariño, con el agradecimiento, no sólo sus hermanos sacerdotes, sino las comunidades que sienten al vivo la orfandad de esos dirigentes. Esperamos, un día retornen, justificadas las falsas acusaciones, defendidos de todas las calumnias. Como los apóstoles, sigan predicando la palabra del Señor. Pero ellos tienen la conciencia de estarnos prestando un papel de suplencia. Ellos son los primeros en comprender que cuando haya suficientes sacerdotes entre nosotros, su presencia ya no sería tan necesaria, aunque siempre la Iglesia universal necesita -así como el organismo, la circulación de la sangre que oxigena y lleva vida a todo el cuerpo- esta circulación también de los pastores, de los sacerdotes. Por eso no hay sacerdotes extranjeros; hay sacerdotes católicos, hay predicadores del reino de Dios, hay santificadores del pueblo; con más mérito cuando vienen de otras culturas, de otras regiones, a aprender nuestra idiosincrasia, nuestro modo de ser para transmitirnos, en el vehículo de nuestra propia cultura, esa santidad que Cristo quiere de todos los pueblos, ese evangelio que es vida, esa gracia que es santidad en los corazones.

MISIÓN DEL SACERDOTE

     Porque esta es la misión del sacerdote, santificar, enseñar, dirigir como pastores la comunidad hacia la unidad, hacia la santidad, hacia Dios. Cuando se pierde de vista esta meta es cuando se llama a sacerdotes extranjeros, nacionales. Cuando se confunden las sublimes metas de la predicación en promoción de la dignidad del hombre, en defensa de sus derechos, con otros intereses terrenales, [65] políticos. Ojalá un día aprendamos este lenguaje sano, santo, legítimo de la Iglesia de promover la persona humana y de orientarla, no solamente en su espíritu, sino en todo su ser y en todas sus complicaciones, comunitarias, sociales, familiares y todas las exigencias de la vida en esta tierra, santificando así los intereses temporales; pero dándole una primacía a esa trascendencia espiritual que lleva consigo, también, a la libertad de los hijos de Dios: no sólo a los hombres, sino a todas las instituciones, a toda la tierra. Porque el destino de la creación es colocar todas las cosas a los pies del reino universal: Cristo, que colocará un día su Reino a los pies del Padre. Y esto hacen los sacerdotes, Mensajeros de Cristo Rey, quieren acelerar la hora en que Cristo Rey sea verdaderamente respetado, sus leyes sean la norma de la vida política, de la vida económica, de la vida social. No es que nos metamos en política, sino que llevamos el reino de Dios a esos reinos de los hombres; porque sin Dios todo humanismo se vuelve inhumano, dice el Papa en una de sus frases famosas.

     Entonces, hermanos, nos interesa mucho que estos jóvenes, diocesanos o religiosos, se formen en estas ideas santas de la Iglesia actual. Que sean sacerdotes de su tiempo, que sean sacerdotes que defienden los derechos de Dios en medio de los hombres que son imagen de Dios, que sean verdaderamente los heraldos de un evangelio del que Cristo dijo: «La verdad os hará libres». De un evangelio sin ataduras, de un evangelio auténtico de renovación; y al mismo tiempo sean el ejemplar, el ejemplar auténtico de ese evangelio que predican. Sacerdotes santos, sacerdotes que su misma presencia arrastre hacia Cristo a los hombres, sacerdotes que sean en sus comunidades verdadero fermento de un cristianismo como lo necesitamos hoy. Gracias a Dios, hermanos, tenemos muy buenos sacerdotes, y quisiéramos que nuestros seminaristas estudiaran su sublime ideal.

PUEBLO SACERDOTAL

     Un día, dice el Concilio, todo este pueblo sacerdotal: religiosas, matrimonios, jóvenes universitarios, profesionales, campesinos, obreros, jornaleros, señores del mercado, todo lo que es pueblo de Dios necesita hacer divino eso que trabaja con sus manos; ellos son pueblo sacerdotal. Ustedes le dan a todo trabajo en que se ganan la vida, un sentido divino ofreciéndolo como hostia a Dios. Ustedes son sacerdotes; pero ese sacerdote queda como trunco, queda sin rematarse, mientras no haya un hombre escogido de ese mismo pueblo para que, ungido con los poderes de Cristo y en su nombre, traiga al altar, en el símbolo del pan y vino, el trabajo del obrero, el trabajo del profesional. Todo es trabajo del pueblo de Dios, para poderle decir a Dios en la patena y en el cáliz: «Te ofrecemos esta hostia; este vino, fruto de la tierra, fruto del trabajo de los hombres».

     Es entonces cuando el pueblo sacerdotal siente que culmina su sacerdocio, porque hay un ministro sagrado que va a convertir ese trabajo en pan y vino; y ese pan y vino, en cuerpo y sangre, en el Señor, en Gloria de Dios, en salvación [66] del mundo. Para esto se preparan los sacerdotes, para darle un sentido divino al trabajo sacerdotal del mundo; y por eso no está completa una comunidad, mientras no haya sacerdotes suficientes para que en cada pueblo, en cada cantón, en cada comunidad, en cada barrio, los hombres que ahí trabajan sientan que hay un representante de Dios que le está dando una orientación divina a su vida, y un sentido divino a su trabajo, ofreciéndoselo a Dios, sacerdote medianero entre Dios y los hombres de ahí que el interés de tener sacerdotes es interés de todo el pueblo de Dios.

FOMENTO DE VOCACIONES

     Yo quisiera, hermanos, este día va a ser un día de reflexión, pero que en la reflexión cada uno según su vocación; tendremos grupos de seminaristas, de aspirantes a la vida religiosa, novicios, novicias; tendremos también los mayores, las religiosas, los sacerdotes con los obispos; y el pueblo seglar: matrimonios, estudiantes, jóvenes. Les invitamos a todos a que reflexione cada uno desde su propio papel, desde su propia vocación, el interés, la necesidad que tenemos en los sacerdotes, de unos sacerdotes que le den a la vida religiosa, a la vida laical, su verdadero sentido como Dios lo quiere, como Iglesia. Es todo el pueblo de Dios, nos enseña el Concilio, el que tiene el deber de fomentar las vocaciones, afecta a la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana. Y sigue enumerando las diversas categorías. Quiero comenzar, pues, por expresarles a ustedes mi propio deber como pastor: es deber de los obispos, impulsar a su grey al fomento de vocaciones, y procurar que todas las energías y esfuerzos se coordinen estrechamente; y ayudar luego, como padres, sin renunciar a sacrificio alguno a quienes ellos juzguen han sido llamados a la heredad del Señor. Yo soy el primero obligado, porque yo solo ¿qué sería en el tremendo encargo de una diócesis? Aunque nuestros enemigos se burlen de la frase, es cierto, un sacerdote que me falta es un brazo que me cortan. Lo ratifico, como ratifico también: quien toca a un sacerdote toca al pastor; porque sin ellos, los padres, los párrocos, el Obispo está mutilado. Es persecución de la Iglesia mutilar al Obispo y necesitamos impulsar; yo quiero decir a los queridos seminaristas que ustedes son la esperanza de la jerarquía.

     Luego nos llama el santo Concilio a todos los sacerdotes en esta labor: «Demuestren todos los sacerdotes el celo apostólico, sobre todo en el fomento de las vocaciones; y con el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de una caridad sacerdotal mutua, y una unión fraternal en el trabajo atraigan el ánimo de los adolescentes al sacerdocio» (Optatum totius). ¡Qué misterio el de nosotros sacerdotes! Siempre junto a una vocación sacerdotal está la figura de un sacerdote. Si quisiéramos pedir la experiencia de todos los que estamos aquí ya ordenados, ya contará también mi experiencia personal y encontraría en los orígenes de mi vocación las figuras sacerdotes de los misioneros que llegaban al pueblo, de los párrocos cariñosos con los niños. Y así cada uno podemos contar que siempre hubo un padre, un sacerdote que engendró el sentido vocacional en nuestra vida. Y ahora cuando los sacerdotes [67] somos perseguidos, calumniados y hasta asesinados, sentimos que esas figuras sacerdotales se agigantan, y hay muchos jóvenes que sienten el impulso de la vocación.

     Ojalá esta jornada de reflexión fuera para muchos jóvenes que no han pensado todavía en su destino; si acaso Dios los está llamando aquí, cuando ven tantas parroquias vacías, cuando ven sacerdotes asesinados, cuando ven que se persigue algo que vale. Porque lo que no vale no se persigue. La misión del sacerdote tiene que ser muy grande para que así la traten, como trataron a Jesús, como trataron a los apóstoles. El ministerio de la Iglesia siempre será perseguido; no tenemos que extrañarnos de llamar a la Iglesia: perseguida, si es una de sus notas históricas. Y los sacerdotes tenemos que estar dispuestos al martirio, a la persecución; y a los jóvenes seminaristas de hoy me gusta oírles decir que hoy sienten más ganas de su sacerdocio, se sienten más atraídos a esta obra que no es de apoltronados, de comodones, sino de héroes, valientes, de seguidores de Cristo hasta la cruz.

     Por eso queridos hermanos sacerdotes, aprovechemos esta hora y en nuestra reflexión veamos que podemos hacer en nuestras parroquias, en nuestros colegios, con nuestros jóvenes para despertar muchas vocaciones. Luego se refiere también a los maestros y a todos los laicos: «La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que, animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como un primer seminario; y por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes, los maestros, y cuantos de una manera u otra se ocupan de la formación de los niños y de los jóvenes, principalmente las asociaciones católicas, procuren educar a los adolescentes a ellos confiados, de suerte que éstos puedan percibir y seguir gustosos la vocación divina» (Ibid.).

     Pensemos también en las religiosas catequistas, en las religiosas trabajando en ministerio pastoral, en la que visita los hogares, su propio ejemplo. Como dice el Concilio, hacen presente a Cristo ya en la oración, ya en la caridad con los enfermos. La vida religiosa es un rostro de la Iglesia que atrae también a la juventud para entregarse a Cristo; los colegios, los maestros de escuela, las familias, todos, hermanos, tenemos algo que decir y aportar a esta obra vocacional. Es obra necesaria; sin sacerdotes, el pueblo se queda sin guías, sin representación de Cristo sin orientación divina.

     Como a lo largo de toda esta jornada se seguirá reflexionando, basten estas pobres palabras, para impulsar en el corazón de todos los que asisten a esta concelebración, el anhelo de preguntar: ¿Qué hacemos? Ojalá la respuesta de este día pudiera ser lo que el Concilio aconseja: una organización más vigorosa de la obra de las vocaciones, en múltiples sentidos, no sólo en el sentido económico -que es necesario, ayudar a la obra del seminario, que supone muchos gastos- pero sobre todo a esta obra que supone hogares muy cristianos. Comprendería pues, santificación de familias, orientación de la nueva predicación [68] del evangelio sin caer en exageraciones ni de un lado ni de otro, presentar el Evangelio de Cristo atrayente a la Juventud, para hacerlos agentes activos de esta labor evangelizadora de Cristo en el mundo.

EL ESPÍRITU EN LA IGLESIA

     Yo les suplico, hermanos, en este ambiente de Pentecostés, con María, esperando la venida del Espíritu Santo, que ya lo llevamos; es más bien una manifestación externa, en forma de huracán y de lenguas de fuego, como para tomar consciencia de la fortaleza del Espíritu que lleva esta Iglesia. En la arquidiócesis vivimos una hora intensa de renovación eclesial ¡no lo dudemos! Pero si el Concilio dice que esta renovación depende en gran parte de los sacerdotes y de los que se preparan al sacerdocio, este milagro que el Espíritu Santo ha hecho entre nosotros: unirnos, estrecharnos, sentirnos más Iglesia vivamos este día, es un día verdaderamente privilegiado un día de Iglesia; un día en que en torno a la vocación sacerdotal vamos a sentir todos que somos pueblo sacerdotal y que Dios, su divino Espíritu, nos está pidiendo mucho, mucho de veras. No le neguemos, porque en la medida en que generosamente le demos, sentiremos que esta renovación que ya inició, será llevada a una culminación que haga de nuestra diócesis particular, de nuestra Iglesia, una parte digna, bellísima de la Iglesia Universal.

     Amemos a nuestra Iglesia particular, hermanos, con el cariño de quien ama a su familia y la quiere cada vez más embellecida, más rica, más atrayente más simpática. Hagamos una diócesis simpática, una diócesis que ya lo está siendo; el espectáculo del continente y del mundo. En la medida pues, en que nos entreguemos a estas exigencias del Espíritu, que hoy vamos a conocer, seremos todos colaboradores, agentes, de una Iglesia que se renueva, que se hermosea, y que va a hacer una antorcha muy grandiosa, muy luminosa para nuestros pueblos tan necesitados. [69]

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El Espíritu de Dios en la Iglesia

Domingo de Pentecostés
29 de mayo de 1977
                                                                         Hechos 2, 1-11
     Corintios 12, 3b-7. 12-13
     Juan 20, 19-23

     Queridos hermanos, estimados radioyentes:

     Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés. El nombre ya nos viene de la historia judía celebraba una plenitud de su Pascua, cincuenta días después de la propia Pascua. El número cincuenta en la Biblia representa plenitud. Hoy es el día, pues, en que la Pascua -la resurrección de Cristo- después de cincuenta días de alegrar la vida de la Iglesia, sin hacerla olvidar que su alegría procede de la cruz y del martirio, hoy nos quiere presentar ese Espíritu que Cristo infundió con su resurrección y su vida eterna a esta Iglesia; que por lo mismo puede ser muy perseguida, pero nunca podrán acabar contra ella: «Las puertas del infierno no prevalecerán» -dijo el eterno Resucitado- aquel que un día vencedor de la muerte y del pecado -nos acaba de contar San Lucas-, insufló.

     ¡Es un gesto precioso! La Biblia lo narra también, cuando al barro de la tierra Dios sopló el soplo de vida que hizo a la naturaleza eso que somos todos los que estamos aquí: inteligencia, libertad, capacidades inauditas que llevamos por el soplo de Dios. Esa creación se hace nueva, se redime del pecado con la redención de Cristo; y Cristo recién resucitado, como un nuevo creador, sopla [70] sobre los hombres pecadores: «Recibid el Espíritu Santo». Cincuenta días después, ese leve soplo del resucitado se convierte en un huracán. Huracán que atrae a la humanidad para escuchar que es ese soplo que viene de Dios. Es la vida nueva, la vida de la redención. También la plenitud de la Pascua se manifiesta, muchos de ustedes asistieron a la Vigilia Pascual; aquel cirio encendido que iluminó la media noche del Sábado Santo y que se hizo luz en las velas de todos los asistentes ahora es lengua de fuego que cae del cielo para decir que esas antorchas de la Pascua, es todo un Dios que se encarna en los hombres, todo un Espíritu de Dios que nadie lo puede apagar. ¡Esta es la plenitud!

     Por una feliz iniciativa de nuestros obispos antepasados, este día de plenitud de Pascua es el Día del Seminario. Es el día en que el nuevo cenáculo, el seminario, abrigando los nuevos apóstoles, junto con la oración con María, madre de Jesús, se preparan para esa plenitud de su ser; y salir, como los apóstoles, iluminados por el Espíritu de Dios, a predicar esa nueva vida, esa luz que Cristo ha traído con su redención.

     Es el día, pues, en que se inaugura la Iglesia. ¡Esto es importante, hermanos! Si para conocer una institución hay que ir a ver sus constituciones, sus reglamentos, la razón que le dio origen, hoy es una oportunidad de conocer ¿qué es la Iglesia? Para que tanto los sacerdotes y obispos que la predicamos, como los seminaristas que se preparan en sus seminarios, como las religiosas, los religiosos que ya trabajan siendo el rostro de la Iglesia en el mundo, y todos ustedes, queridos laicos, que son vida y misión de la Iglesia, sepamos conocer nuestra propia identidad. Y este ha sido mi afán desde que la Iglesia, con mi llegada a la sede arzobispal, ha tenido que soportar circunstancias tan difíciles, que en ningún momento he querido ser un confrontamiento de fuerza contra fuerza. ¡Eso es calumnia! Lo que he querido es definir qué es la Iglesia. Porque en la medida en que esta Iglesia se defina, se conozca, viva lo que es, será fuerte… La Iglesia no tiene enemigos, solamente lo son los que voluntariamente quieran declararse sus enemigos.

     Hoy es día magnífico para conocer los orígenes de nuestra Iglesia y saber qué somos. No nos enfrentemos a nadie, hermanos, no somos una potencia política, ni sociológica, ni económica. En una de nuestras declaraciones de estos días dijimos: «Somos el pequeño David, tal vez frente al gigante Goliat, que confía en sus armas, en sus poderes, en su dinero. Nosotros confiamos en el nombre del Señor, nuestra pequeñez será grande y poderosa en la medida en que sea humilde, amorosa y se afiance en el nombre del Señor». ¡Y esto es Pentecostés!

     Los orígenes de nuestra Iglesia nos cuentan de unos doce pescadores, gente rústica junto a una humilde virgencita de Nazaret, pero que recibe un bautismo de fuego y huracán. Y aquellos cobardes, encerrados en el cenáculo, se sienten Iglesia y salen al mundo a predicar. Y cuando les dicen: «Ya les dijimos que no anden contando cosas de ese falso resucitado». Ellos aseguran: «¡Lo [71] hemos visto! ¡Somos testigos! ¡No podemos callar y tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres!». Y aunque mueren mártires dejan en pos de sí una larga sucesión que llega hasta nuestros días: en los obispos, en los sacerdotes, en todo el pueblo cristiano que sigue siendo la misma Iglesia de hace veinte siglos, la Iglesia de Pentecostés. ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué es Pentecostés? Es la misma cosa. Yo solamente, entre la mucha riqueza doctrinal que nos ofrece esta fiesta, solamente quiero sacar tres pensamientos, hermanos, como tres mensajes que yo les suplico guardarlos en su corazón y tratar de vivirlos:

1. IGLESIA, FENÓMENO DE APERTURA HUMANA FRENTE A LA FUERZA DIVINA

     El primero es este: la Iglesia es un fenómeno de la apertura humana frente a la fuerza divina.

     Y aquí estoy contestando a muchos hombres que creen que hoy la oración ya pasó de moda, muchos que ya no oran, muchos que creen encontrar la solución de los problemas de la tierra sin elevarse a Dios. La Iglesia -dice el Concilio- tiene como misión principal una misión religiosa: abrirse a Dios, unir los hombres con Dios. De allí derivarán todas sus grandes consecuencias humanas, como lo vamos a ver. Pero yo quiero que afiancemos esta idea, hermanos. Hoy hay mucho materialismo. En el mensaje último de los obispos denunciábamos dos espantosos materialismos: el materialismo ateo de los marxistas y también el materialismo egoísta del capital liberal. Los dos son materialismos; por eso ninguno se entiende con la Iglesia, porque la Iglesia es espiritualista, es elevación hacia Dios, es trascendencia, es decirle al hombre: «Tú tienes una gran capacidad, lo más hermoso de tu vocación humana es hablar con Dios, entablar diálogo con tu Creador». ¡Esto es bello, hermanos! Y Pentecostés lo pone de manifiesto: un Dios que se abre campo entre los hombres para darles su vida, su verdad, su esencia.

     Acaba de decirlo San Pablo: «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino bajo la inspiración del Espíritu Santo». ¡Mediten esta frase! Con los labios lo podemos decir: «Jesús es Señor»; pero sentir, profundizar todo que eso quiere decir, sólo si Dios me permite el acceso a platicar con Él, sólo si siento la capacidad de orar. El hombre que no ora, no ha desarrollado toda su fuerza humana; el hombre que no ora, porque cree que Dios no existe, está mutilado; el hombre que no ora, porque está de rodillas ante su materialismo -llámese dinero, política, otra cosa- no ha comprendido la verdadera grandeza de su ser humano.

     Orar es comprender que este misterio que soy yo, hombre, tiene unos límites y que entonces comienzan las esencias infinitas de aquel con quien puedo dialogar. Si estuviera en mis manos hacer un amigo a mi gusto al cual yo le pudiera transmitir todo mi pensamiento, toda mi libertad, todo lo que yo soy para poder entablar con él un diálogo; de mis manos brotaría una criatura que al mismo tiempo la hago mi interlocutor. Pero esto es imposible, entre los hombres es imposible; pero para Dios, que ha hecho el cielo y la tierra, hay también [72] la capacidad de crear un interlocutor, de hacer un ser al que lo ha constituido príncipe de la creación, para que interprete la belleza de los soles y de las estrellas, para que interprete la alegría de la vida, para que sienta la angustia de su pequeñez y hable con el que lo puede socorrer, con el autor de las cosas. Esto es orar, la capacidad del hombre para comprender que ha sido hecho por alguien poderoso, pero que lo ha elevado para ser su interlocutor, platicar con él.

     Esto es Pentecostés, esto es la Iglesia: llevar a los hombres este mensaje. Por eso la Iglesia predica ante todo su misión religiosa; enseña a orar. Se aflige cuando sus hijos no rezan: la oración, que tanto hemos estado inculcando. Esta es, hermanos, nuestra Iglesia, el alma de nuestra Iglesia. El Espíritu Santo no es otra cosa que aquel Dios que se pone en comunicación con nosotros y que nos invita a que usemos nuestra libertad, nuestra inteligencia, para abrirla al absoluto y entrar en diálogo con el que me ha creado, me ha hecho capaz de hacerme su hijo, me espera en su cielo, me consuela en la tierra, me lleva por caminos dignos de un hijo de Dios.

SIGNOS DE TRASCENDENCIA

     De este sentido religioso, hermanos, deriva un deber grandioso en la Iglesia, terrible de ver; y es el que ella tiene que defender sus signos, signos de su trascendencia. ¿Cómo no le va a doler a la Iglesia que el signo más hermoso de la presencia de Dios en esta tierra, la eucaristía, haya sido pisoteada en Aguilares? ¿Cómo no le va a doler que hayan metido hacha y hayan roto su sagrario? Sea quien sea, porque también en Ciudad Arce hubo profanación del Santísimo por viles ladrones, pero también en Aguilares; no había necesidad de golpear así la reliquia santa de nuestra fe: ¡La eucaristía! Signo de nuestra presencia divina en el mundo son nuestros sacerdotes. ¿Cómo no le va a doler a la Iglesia que se desconfíe de ellos? ¿Qué se les quiera dividir entre malos y buenos? Si están en comunión con su obispo, están predicando, están siendo el signo de un evangelio que se anuncia en el mundo como señal de lo divino. Y si no cumplen con su deber el Obispo tiene que llamarles la atención. Y ustedes fieles, y ustedes autoridades, en vez de poner las manos sacrílegas directamente sobre ellos, tienen que dirigirse a sus responsables, a sus obispos, para decirles: el Padre tal está fallando en la fe. Pero nadie, fuera del magisterio de la jerarquía, tiene el derecho de decir si ese sacerdote predica el Evangelio o no predica el Evangelio.

     Signo de la presencia divina de Cristo: el Papa. Y por eso hermanos, ya desde ahora los convoco como pastor para celebrar el Día del Papa, el 30 de junio, con actos hermosos en todas las iglesias parroquiales, que sintamos que el Papa, en quien se personifica el sacerdocio, es el signo divino de ese hombre que son sus miserias humanas, ha sido escogido por Dios para ser el instrumento de su gracia y de su verdad. Por eso el Día del Seminario en Pentecostés nos hace pensar a todo el pueblo de Dios que esos jóvenes, escogidos de familias [73] nuestras, son privilegiados. Y que los debemos de querer, les debemos de ayudar, los debemos de amar, ahora sobre todo, cuando ellos no encuentran otro estímulo que el de un sacerdocio perseguido, calumniado, asesinado. Da gusto que estos muchachos sientan la alegría de su vocación, porque la comprenden: el sacerdocio no es de haraganes, de poltrones, de guerrilleros; sino que es de héroes que llevan un mensaje tan difícil que el mundo no lo puede comprender.

     Es necesario, entonces, que hagamos en la persona del Papa, el próximo día de su coronación, que fue el 30 de junio, homenajes especiales para honrar en él a todos los sacerdotes y obispos, para desagraviar en él, los sacrilegios que se han cometido por asesinatos, torturas, expulsiones de los ministros de Cristo, para amar al Papa, y en su persona amar al sacerdocio, comprenderlo, ayudarle; y como decía de la eucaristía, también en estos días tenemos una gran celebración: el Corpus, o sea el homenaje a la hostia consagrada, ya desde este momento lo proclama como una fiesta de desagravio al Santísimo Sacramento vilmente profanado también en esta persecución. Hagamos del Corpus en nuestras parroquias un homenaje espléndido del signo sagrado de la Iglesia en el mundo. Hagamos de nuestro Corpus una expiación, como le enseñaba el ángel a los niños de Fátima: «Yo quiero reparar por los que te ofenden, yo quiero amar por los que no aman, quiero tener fe en ti por los que ya perdieron su fe, y que vuelva a ser el Santísimo Sacramento el alma visible de nuestra Iglesia, de nuestra fe».

2. SEGURIDAD DE LA VERDAD

     El segundo pensamiento, hermanos, que yo les traía de Pentecostés, es la seguridad de la verdad. Sería un orgullo decir que estoy seguro de la verdad, si no me lo hubiera dicho Cristo cuando les dijo a los apóstoles: «Os enviaré el Espíritu de la verdad que os enseñará todo». Este Espíritu de la verdad es lo que anima a la Iglesia a predicar, a escribir, a hablar por radio. Hablar el Espíritu de la verdad frente a la mentira, deshacer ambigüedades. ¿Pero por qué no va a hablar esta Iglesia inspirada por el Espíritu de la verdad, cuando ella misma es víctima de la calumnia y del mal entendido? Campos pagados donde la verdad se dice a medias. ¡Es peor que mentir! Las páginas negras de la Iglesia son la parte humana, y hay que verlas en el contexto histórico en que sucedieron. ¡No es tan criminal la Iglesia! La persecución a los jesuitas es historia y si supiéramos que su mismo fundador, San Ignacio de Loyola, pidió para su orden la señal de la persecución, no nos extrañaría.

     La persecución es algo necesario en la Iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida. Jesucristo lo dijo: «Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros». Y por eso, cuando un día le preguntaron al Papa León XIII, aquella inteligencia maravillosa de principios de nuestro siglo, cuáles son las notas que distinguen a la Iglesia Católica verdadera, el Papa dijo: «Ya las cuatro conocidas: una, santa católica, apostólica; agreguemos otra -les dice el Papa-: perseguida». No puede vivir la Iglesia que cumple con su deber [74] sin ser perseguida. La Iglesia predica la verdad como Dios mandaba a los profetas: a anunciar su verdad frente a los embustes, a las injusticias, a los abusos de su tiempo. ¡Y cómo les costaba a los profetas! Hasta se querían huir de Dios, porque sabían que ir a decir la verdad era sentenciarse a muerte.

     Cuando el profeta Juan Bautista se presenta al palacio de Herodes para decirle: «No te es lícito vivir en adulterio», naturalmente que la adúltera, como una víbora, arranca del rey la decapitación del profeta. Y así también siempre que se predica la verdad, contra las injusticias, contra los abusos, contra los atropellos, la verdad tiene que doler. Ya les dije un día la comparación sencilla del campesino. Me dijo: «Monseñor, cuando uno mete la mano en una olla de agua con sal, si la mano está sana no le sucede nada, pero si tiene una heridita… ¡Ay! Ahí duele». La Iglesia es la sal del mundo y naturalmente, que donde hay heridas tiene que arder esa sal. Por eso, la Iglesia tiene como nota esencial la persecución y hay momentos en que arrecia esa persecución. Nosotros no decimos que viene sólo del Gobierno, la persecución viene de otras fuentes también poderosas. La persecución viene de los pecadores, la persecución viene de todos aquellos que tienen algo contra el Decálogo. También les duele a los que fomentan el aborto que la Iglesia no esté con el aborto; también le duele a quien usa medios anticonceptivos artificiales que la Iglesia en su Encíclica Humanae Vitae diga que no es lícito mutilar las fuentes de la vida. Al que mata, asesina, naturalmente que le duele que le recuerden el quinto mandamiento: no matarás. Y al que roba y al que miente también aquellos mandamientos que reprueban esas acciones le estorban.

     La Iglesia es perseguida, tiene que ser perseguida, si es defensora de los derechos de Dios y de la dignidad humana. Esta misión profética de la Iglesia es difícil, pero es necesaria, porque el Concilio dice que el Espíritu de Dios le dejó la verdad para dar testimonio de la verdad. ¿Cómo vamos a ver con indiferencia, hermanos, las escenas dolorosas de Aguilares, de El Paisnal, de Guazapa? ¿Cómo no va a decir la Iglesia su palabra de dolor con el que sufre y de rechazo a la violencia contra todos estos atropellos? ¡Qué se juzguen las cosas, que se haga justicia! Pero por quien debe hacerla, porque por encima de los hombres, está un Dios que reclama el respeto a la vida y a la dignidad, y a la libertad del hombre y a su vivienda. Y la Iglesia tiene que proclamar, pues, la palabra del Señor. Pero al proclamar así, proféticamente, este rechazo de la maldad del pecado, la Iglesia no lo hace con odio. Fíjense bien, el Espíritu de la verdad que ilumina la Iglesia para decirle al pecador quien quiera que sea: «No seas pecador, no seas cruel, no atormentes, no tortures, no trates mal»; lo hace con amor; busca su bien, busca su conversión.

     En este día, nos cuenta la Biblia que a la predicación de Pedro tres mil hombres se convirtieron. Escucharon el Espíritu de Dios en la palabra de aquellos hombres. Y yo sé hermanos, que todos aquellos que están viviendo en estas vicisitudes de nuestra Iglesia, si de veras son hombres de buena voluntad, se convierten. Vieran cuanta gente se está convirtiendo ante la Iglesia firme en el cumplimiento de su misión. Muchos piensan que se está perdiendo la fe porque. [75] Se van los que se tienen que ir, pero se quedan con la Iglesia los que comprenden que la Iglesia no puede hablar de otro modo y se convierte y se hacen con la Iglesia también profetas de su verdad y se incorporan a esta misión de la defensa de Dios en el mundo.

     Es un llamamiento pues, que la Iglesia hace desde el Espíritu de Pentecostés: a no dejarse engañar. Queridos lectores de los periódicos, ya son gente madura ustedes. No necesitan que les digan: «Esto es mentira, esto es verdad». ¡Disciernan ustedes mismos! Todos comprenden con que intención son escritas ciertas páginas, como se tergiversa el magisterio de la Iglesia en ciertas columnas. ¡No son niños los lectores de la prensa de nuestro país, son hombres que van madurando cada vez más! Y hasta en los humildes campesinos vemos como se discierne la mentira y la verdad, la ambigüedad y la exactitud. Un llamamiento para que se dejen de escribir sandeces, verdades a medias, mentiras, calumnias. Ojalá se ocupara ese dinero en esfuerzos de unidad, de comprensión. Les llamamos a todos ustedes lectores, a quienes no tienen dinero para contestar con campos pagados, como la Iglesia, que es pobre, que sepamos siquiera decir: «¡Esto es mentira!» O si tenemos dudas, acerquémonos a alguien que nos pueda ilustrar, un experto de historia eclesiástica, de teología. La verdad de la Iglesia no es un tesoro oculto, como Cristo decía ante sus acusadores: «He predicado en público, preguntad a quienes me han oído».

3. GARANTÍA DE UNIDAD

     Y por último, hermanos, y perdonen que me alargo, pero Pentecostés es una oportunidad bella para ver qué es la Iglesia, qué tiene qué hacer, qué somos, si de verdad somos Iglesia.

     En tercer lugar, Pentecostés, la Iglesia es garantía de unidad.

     ¡Qué bella la segunda lectura de hoy! San Pablo dice que el Espíritu da a su Iglesia diversidad de dones, de oficios, de carismas. Aquí en esta Catedral tan llena en esta mañana, y a través de la radio miles y miles de corazones católicos que estamos en reflexión, no hay dos que hayan recibido los mismos dones. Dios es tan variado en su creación que no hay dos hojas iguales en un árbol; mucho más en la creación del infinito en su Iglesia, ha dado dones maravillosos para que entre todos los dones, fíjense bien, organicemos el Reino de Dios. Es necesario un pluralismo sano; no queramos cortarlos a todos con la misma medida. No es uniformidad, que es distinto de unidad. Unidad quiere decir pluralidad, pero respeto de todos al pensamiento de los otros y entre todos crear una unidad que es mucho más rica que mi solo pensamiento. Esto es el Espíritu Santo; uniendo en una sola verdad, en un solo criterio divino a todos los hijos de la Iglesia. A unos los hace obispos, a otros sacerdotes, a otros religiosos, religiosas, catequistas, padres de familia, estudiantes, profesionales, jornaleros, etc. Y en todos -dice San Pablo- el mismo Espíritu que hace converger a todos hacia la unidad. Esta es una de las horas más bellas de nuestra Iglesia, hermanos, precisamente por la unidad. Y ya que a la luz de Pentecostés estoy [76] recordando hechos concretos de nuestra Iglesia, permítaseme terminar recordando hechos muy felices.

     No todo es amargura; esas pobres basuras de la persecución se quedan como basura cuando uno contempla la altura de los católicos que aman y tratan de construir la verdadera Iglesia. Por ejemplo, en esta semana se ha notado un despertar del laicado. El laicado son todos ustedes; los que no son sacerdotes, ni religiosas se llaman laicos y por su bautismo están incorporados al Cuerpo de Cristo y comparten con la Iglesia toda la responsabilidad de ser en el mundo verdad, unidad, luz, sal, salud de la gente. Hemos tenido el gusto de ver a los seglares reunirse y preparar un comunicado que se anda difundiendo en estos momentos, y en ese comunicado llegan a decir: «Comprendemos y admiramos que hemos dejado solos a los sacerdotes, los cuales heroicamente han tenido que defender responsabilidades que son de nosotros los seglares». Es una hermosa confesión, un llamamiento a todos los que viven en el mundo para que sepan que el sacerdote que no vive en el mundo en una familia como ustedes, les inspira con su doctrina, con su gracia, con su palabra, con su ministerio; pero ustedes en el mundo tienen que ser los que lleven a encarnarse en las estructuras, en la vida concreta del hogar, del empleo, del almacén, de la política, de la hacienda, la vida del Reino de Cristo. Ustedes católicos, sin ser sacerdotes, son sacerdotes de su propio hogar, tiene que santificar su propio oficio y este despertar del laico lo estamos notando ahora cuando faltan quince sacerdotes que se nos han quitado y que ya no pueden trabajar con nosotros. Queda el puesto a ustedes laicos para que asuman su papel de Iglesia en esta hora en que todas las fuerzas son necesarias en el Reino de Dios.

     Quiero recordar también con admiración, con gratitud y cariño de la reunión de ayer en María Auxiliadora. En torno de los seminaristas -y llenémonos de alegría, cantando los seminaristas que estudian en nuestro seminario para ser sacerdotes contábamos 400 muchachos. ¡Qué esperanza! Y que en vez de afligirse ante la situación del sacerdocio que ellos aspiran, se sienten más animados porque ven que el sacerdocio vale la pena a un joven de amplias ilusiones. Y en torno de los seminaristas se reunieron ayer los sacerdotes, las religiosas y los laicos, como pueblo de Dios ¿Qué nos toca hacer para que los sacerdotes no falten en nuestras comunidades? Es un llamamiento del día del Seminario para que en este día o en los días próximos, con su oración y con su ayuda económica, nos ayuden a sostener nuestros seminarios.

     Otro acontecimiento digno de mención de Pentecostés es la reunión de las religiosas que auscultando esta realidad de nuestro país quieren preguntarse en su conciencia: ¿Cuál es nuestro papel de almas consagradas? Cada congregación religiosa tiene su propio carisma recibido de su fundador, que lo tomó del evangelio. ¿Qué haría ese fundador ahora aquí en El Salvador? Eso tiene que hacer la religiosa, también ahora aquí en el Salvador interpretando su fundación en la hora presente para no apartarse del evangelio ni de su Espíritu pero ser actual, no apartarse sino desarrollar su vocación en sintonía perfecta con esta Iglesia que está en el mundo para ser sal de la tierra y luz del mundo. [77]

     Y, finalmente, hay un hecho, hermanos, con el que quiero coronar esta ya larga homilía, pero es un ejemplo que me ha llenado de alegría, de consuelo y de ver que Dios nos bendice mucho todavía. Es el ejemplo maravilloso de nuestro querido predecesor Monseñor Luis Chávez y González, con sus 75, casi 76, años de edad, me dice que está disponible y que me sugiere irse para Suchitoto. «Me conmueve su gesto, Mons. Lo que usted quiera» «Entonces voy a hacer mi profesión de fe» «Pero, Monseñor, ¿quién va a dudar de su fe?» «No -me dice- es de ley, hay que hacerlo». Y poniéndose de pie frente al crucifijo de mi escritorio reza con la humildad del más humilde cristiano: «Creo en Dios Padre, todopoderoso, creo en la Iglesia…» Y después del credo me dice: «Juro obediencia y fidelidad mi superior». ¿Quién era superior ahí, hermanos? Me sentía tan chiquito ante este ejemplo maravilloso. Allá está, a esta hora está inaugurando su ministerio parroquial con otros sacerdotes jóvenes que le van a ayudar. Pero no hay que perder este gesto de Pentecostés, ese es el sacerdote, ese es el hombre que mientras vive aunque ya con los achaques de la ancianidad o de la enfermedad, siempre es signo de lo divino en la tierra. Moría en San Miguel el padre González, viejito, paralítico casi, tres o más años, cinco años creo, en un lecho sin poderse levantar; y ahí llegaban a confesarse, porque aquella mano dolorosa que se levanta para decir: «Yo te absuelvo de tus pecados»es el signo de Dios en la tierra. Mientras hay hálito de vida en un sacerdote, es presencia de Dios, el Espíritu Santo que se quiere valer de los hombres para ser signo de lo divino entre los hombres.

     No olvidemos, hermanos, frente a esta ola de difamación de la Iglesia: la Iglesia es más bella, se parece a esas rocas del mar que cuando más las embaten las olas, la embellecen con chorreras de perlas; con hermosuras de olas la pulen, la hacen más hermosa. Esto es la Iglesia en nuestra hora. ¡Vivámosla! Ahora que nos hemos asomado en el Espíritu de Pentecostés a ver los orígenes de nuestra Iglesia y hemos encontrado estas tres notas: apertura a lo absoluto, enseñar a orar; seguridad de la verdad, misión profética para denunciar la mentira y la ambigüedad, y proclamar la verdad del Señor; y tercero, garantía de unidad, la que unifica todos los idiomas en un solo amor; esto es la Iglesia; nos da la alegría, pues, de que al confrontarla con sus orígenes, es la misma Iglesia. Los que quieran vivir esta apertura espiritual hacia Dios, esta seguridad en la verdad de su magisterio, esta unidad en la variedad, sin odiarnos sino amarnos. ¡Esto somos la Iglesia! Los que no quieran esto, se apartan, se excomulgan ellos solos; no son Iglesia, aunque se llamen católicos.

     Vivamos la belleza, hermanos, de esta hora en que nos define. Definámonos; somos Iglesia si vivimos estas tres características: apertura a lo infinito, confianza en Dios; seguridad en la verdad que predica la Iglesia, no dudas; y garantía de unidad, integrarnos cada vez más con la unidad jerárquica. Aunque no se diga católica esta acción, esta es la verdadera católica acción. Vamos a proclamar nuestra fe, y desde nuestro Credo comprendemos qué bella es la Iglesia. [78]

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La Iglesia, comunión de los hombres con Dios

Día de la Santísima Trinidad
Homilía del 5 de junio de 1977 
                                                                         Proverbios 8, 22-31
     Romanos 5, 1-5
     Juan 16, 12-15

     … pequeñez que se confía en Él. Comencemos por reconocer con sinceridad, todas aquellas cosas que nos apartan de Dios. Que ese sentido de peregrinación, todos los que estamos en esta reflexión, católicos, somos un pueblo peregrino, y a lo largo del año litúrgico la Iglesia va marcando con luces de fe este itinerario. Cada domingo es un paso más en este caminar hacia el encuentro del Señor. Y el misterio de Cristo se va desplegando a lo largo del año, desde las expectativas navideñas, hasta la culminación de la cruz y de la Pascua. Y desde la Pascua sigue la peregrinación llena de alegría, pero de una alegría que brota de una cruz; y por tanto dolor y gozo son la característica de esta Iglesia de la Pascua, de esta Iglesia peregrina.

     Terminábamos así, el domingo recién pasado, como una clausura solemne de la Pascua, con Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Ocho días después, la peregrinación se detiene como para hacer un resumen de todo este recorrido y tenemos ante nuestros ojos el origen y la meta de esta peregrinación. Venimos de Dios y caminamos hacia Dios. Es el domingo de la Santísima Trinidad. Domingo [79] muy importante, porque viene a decirnos la razón de nuestra esperanza, la explicación de esta alegría íntima que lleva el peregrino de la tierra, sabiendo que viene de Dios, que ha nacido del amor y que camina en la esperanza de un Dios inmutable, eterno, que nos espera con sus brazos abiertos. Es hermoso que esta mañana, pues, nos detengamos a contemplar a la luz de las bellísimas lecturas que acaban de escuchar.

¿QUÉ ES DIOS?

     La primera lectura nos da una respuesta filosófica, metafísica, que tal vez no nos impresiona tanto, como no impresionaba ya esa explicación metafísica de Dios, y el Concilio llega a decir que este fenómeno del ateísmo moderno -que haya tanta gente que haya olvidado a Dios- es porque nosotros que creemos en Él, no lo hemos sabido presentar. Y mucho más grave, si no hemos sabido vivir de acuerdo con esa fe.

     Leía esta semana una frase tremenda cuando dice: «El mundo y los hombres se han desentendido de Dios, porque no creen en un Dios sin mundo y sin hombres». Esto es terrible. Tal vez creemos en un Dios aislado de nosotros, en un Dios casi como que se desentiende de nuestras angustias y de nuestra tribulación. Pero, gracias a Dios, Cristo y toda la literatura del Nuevo Testamento y también la del Viejo Testamento, recobra en nuestros días una presentación de un Dios que vive con nosotros, un Dios vivencial; un Dios, diríamos, funcional; un Dios como decía el Viejo Testamento, el Dios de Abraham, el Dios de Jacob, el Dios de Isaac, el Dios de nuestros padres, o como escribe San Pablo, el Dios de nuestro Señor Jesucristo.

     Así se hace más interesante esta figura divina. Es un Dios que va con nuestra historia. Es un Dios que se manifiesta en la zarza ardiente que vio Moisés: «Soy el que soy». El texto es difícil y quizás de los que más han estudiado los exegetas cristianos. «Soy el que soy» se puede entender en este sentido metafísico, la esencia misma de Dios, su ser que no puede dejar de ser. Pero es mucho más simpático presentarlo como el Dios de la revelación; el Dios que no es el producto de mis pensamientos; el Dios que no es como la corona de mis esfuerzos por descubrirlo, sino un Dios que me sale al encuentro, un Dios que se revela. Un Dios que me dice en Moisés: soy el que soy, el que estoy contigo, el que está con tu pueblo, el que en esta hora en que se oyen los lamentos de un pueblo atribulado, esclavo de los capataces del Faraón, está oyendo esos gemidos y quiere valerse de ti para liberarlo. Un Dios que se preocupa de la esclavitud de los hombres para hacerlos libres. Un Dios que vive con los pueblos subdesarrollados para que se desarrollen en la verdadera imagen que él quiso hacer de cada rostro humano. Un Dios que se preocupa de nosotros: así nos presenta y es nuestra reflexión de esta mañana: desde la Iglesia, sentirnos nosotros precisamente como Iglesia, una comunión con Dios. [80]

     Este es el mensaje que yo quisiera grabar en vuestros corazones esta mañana: la Iglesia es una comunión de los hombres con Dios. Es el primer nivel de esta comunión, de allí descenderá naturalmente un segundo nivel: la Iglesia es la comunión de esos hijos de Dios marcados por el bautismo, unidos en Cristo, el Hijo de Dios. Y en tercer nivel: la Iglesia en comunión con el mundo entero, con la creación. Y esta es la grandeza de nuestro pueblo cristiano. Cómo quisiéramos, hermanos, en esta hora y siempre, quiero repetir una vez más que nuestro trabajo en la Iglesia no es el producto de unas circunstancias; es la convicción de que un pastor de la Iglesia, unos sacerdotes de la Iglesia, unos cristianos que sienten con la Iglesia, tienen que identificarse cada vez más con su razón de ser. Haya o no haya persecución, construyamos nuestra Iglesia en la convicción de que la Iglesia es una comunión de todos los hombres para acercarnos a Dios.

1. DIOS PRESENTE EN LA IGLESIA

     Así comienza su primer documento magistral el Concilio Vaticano II sobre la Iglesia: «La Iglesia es en el mundo el sacramento», es decir, la señal y el instrumento para unir íntimamente a los hombres con Dios y unir a todos los hombres entre sí». Para eso está la Iglesia, esta es su primera razón de ser.

     En este primer nivel, pues, de la comunión Iglesia, encontramos a un Dios que se hace presente en esta Iglesia. Les recomiendo mucho leer ese primer capítulo de la Constitución de la Iglesia, donde nos presenta a la Iglesia como un misterio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Resulta que Dios no es un ser aislado, solitario. Cristo nos ha revelado que Dios es comunión, que Dios es tres personas con esa capacidad que debía tener toda persona creada a su imagen, una apertura para recibir al otro y para darse al otro. El Padre es como el yo inicial. El Hijo es como él tú, con quien se entabla una corriente de amor tan intensa, que resulta un nosotros, la comunidad en un amor indestructible, el Espíritu de amor: el Espíritu Santo. Ese nosotros que se pronuncia en la Santísima Trinidad, capacidad de darse y de recibirse mutuamente, construye en la tierra la comunidad Iglesia.

     Pero en primer lugar es un Dios que se da a esta comunidad que lo ha encontrado en Cristo. Cristo es el hombre en el cual Dios se hace visible. Cristo es como la zarza que vio Moisés iluminada de Dios. «Vimos su gloria como de unigénito del Padre», decían los apóstoles, «y os revelamos esa vida que él nos trajo, para que también ustedes entren en comunión con nosotros y con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo».

     De Dios deriva la vida de la Iglesia. De la verdad divina deriva su predicación en la tierra. De su vida eterna deriva el perdón que se da a los pecadores arrepentidos, la santidad de las almas que crecen hasta las alturas de la contemplación. De Dios deriva toda su fuerza, toda su razón de ser. Esta es la relación más grande y más íntima de la Iglesia, una relación con Dios. De allá deriva [81] toda su misión y toda su razón de ser. Por eso la Iglesia canta el día en que los magos van a adorar al niño Jesús, y Herodes -gobierno de la tierra- tiene evidencia de un nuevo rey que ha nacido. La Iglesia le dice: «No tengas miedo, Herodes. No viene a quitar poderes temporales. El que viene a dar reinos celestiales». Sería bueno recordarlo en nuestros días también, cuando se tergiversa la misión de la Iglesia como una competencia política, como un afán de querer el poder político. Esto es Herodes, viendo en Jesús un rival; esto es Herodes, hasta mandando a matar para conservar su poder. ¡No viene a quitar poderes temporales! ¡No viene con competencias de poderes de la tierra, una Iglesia que viene de Dios, para dar al mundo el amor, la gracia, la verdad, el perdón!

     Cómo quisiera que se comprendiera esta misión sublime de la Iglesia que deriva de una comunión con Dios. Y todos nosotros, queridos hermanos católicos, comprendamos que esta es nuestra primera obligación: nuestra relación con Dios. Hay momentos en que el Espíritu de Dios nos pide un esfuerzo más grande para hacer más visible la presencia de Dios en el mundo. Y se hará visible en la medida en que nosotros todos: obispos, sacerdotes, religiosas, laicos, matrimonios, estudiantes, profesionales, todos los que nos llamamos católicos, tratemos de intensificar esta comunión con Dios por la renovación, por la conversión, por la santidad. El pecado en todas sus formas es la niebla que se interpone. Alejemos de nosotros toda clase de pecado, y entonces el pueblo de Dios, la Iglesia de Dios, los católicos unidos en comunión con Dios, haremos presente en el mundo la figura santa de Dios. Dios es comunión y la Iglesia participa de esa comunión de Dios.

2. IGLESIA, COMUNIÓN DE LOS BAUTIZADOS

     Y este es el segundo nivel, hermanos: es la comunión de los bautizados. Cristo, que nos trajo la verdad y la vida de Dios, fundó una Iglesia. Yo quiero leerles textualmente un párrafo del Concilio -es el número 14 de la Constitución sobre la Iglesia- para que vean quien de verdad es miembro de esta Iglesia que está en comunión con Dios. El que llena estas condiciones está en comunión con la Iglesia fundada por Cristo. El que falta a una de estas condiciones, que no se llame católico si voluntariamente la rechaza esa condición. Ya está excomulgado por su propia voluntad.

     He aquí el texto del Concilio: «A esta sociedad de la Iglesia, fundada por Cristo, están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo», esto es lo primero: poseer el Espíritu de Cristo, es decir, no un cristianismo a nuestro gusto, sino al gusto de Cristo, que fundó la Iglesia, el Espíritu de Cristo. Segundo, «aceptan la totalidad de su organización». La Iglesia como humana es una organización jerárquica: un pontífice, centro de toda la Iglesia; un obispo en cada diócesis; una organización, sacerdotes en cada parroquia. El que acepta esta organización, otra condición, «y aceptan también todos los medios de salvación establecidos en ella y en su cuerpo visible están unidos con Cristo». Todos los medios de salvación establecidos en ella son los sacramentos, [82] son las leyes de la Iglesia. Es su verdad: «Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los obispos». He aquí las personas concretas. El que no está de acuerdo con su obispo no puede llamarse católico. Así como el obispo que no está de acuerdo con el Papa no es ya un ministro de la Iglesia.

     Ustedes conocen el caso famoso de Lefebre, un arzobispo de Francia que se declara en rebeldía contra el Papa. No se puede llamar católico, ya no está en comunión con la Iglesia. Si se propone como modelo, quiere decir que se quiere un cisma. Si yo mismo no estuviera en comunión con el Papa, no sería digno de esta honrosa dignidad de ser el pastor de la Arquidiócesis; pero es el Papa el que tiene que decírmelo, no otros. Y el Papa me acaba de confesar su comunión conmigo y mi comunión con él. Estamos en comunión, hermanos, y nadie dudará de que quien les está predicando hoy, sea un pastor verdadero de la Iglesia, en comunión con el Papa.

     Podemos decir que una que no está en comunión con su obispo no debe comulgar eucarísticamente tampoco. La comunión es un signo de la comunión con la Iglesia. Yo sé que hay personas que comulgan y que después destruyen esta unidad de la Iglesia, murmurando de sacerdotes y de obispos. Si todos aquellos que están destruyendo la unidad, hablando contra los sacerdotes, difamando los medios de publicidad, echando culpas que no tenemos, ya se están excomulgando a sí mismos. Una excomunión del obispo no sería más que una sanción, ya oficial, de ese repudio que el pueblo les está dando ya. La organización de la Iglesia sabe lo que es, y así como en un organismo un cuerpo extraño se expele, se expulsa, el cuerpo místico de la Iglesia siente la invasión de cuerpos extraños y los expulsa como células muertas.

     Sigue el texto del Concilio, «por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica», aquí están las características de nuestra unidad de fe. El que no admita el credo que el Obispo profesa con la Iglesia, ya no está en la unidad de la fe católica. El que no admita uno de los sacramentos de los siete sacramentos ya rechaza una de las señales de unidad: no es católico. El que no acepte el Gobierno de la Iglesia, como una jurisdicción, una potestad, tampoco es católico. Y el que estorba ese gobierno de la Iglesia no dejándola administrar su función en un pueblo, -por ejemplo nosotros no podemos ir ahora a Aguilares a celebrar nuestra misa, a cuidar a nuestros católicos de aquel pueblo mártir- nos están estorbando en nuestro gobierno, no se pueden decir católicos. Y la comunión eclesiástica, esta es la plena comunión que Dios ha transmitido por Cristo a este pueblo de Dios visible en sus ministros, en sus pastores, con una potestad de gobierno, con una unidad de fe, con unos sacramentos, con una organización. El que quiera pertenecer a este pueblo de Dios organizado por Cristo, que se llama la Iglesia Católica, tiene que aceptar estas condiciones, y si no las acepta y si voluntariamente la rechaza, es un cismático, es un destructor de la Iglesia, moralmente un excomulgado por su propia voluntad. [83]

     Naturalmente, hermanos, que esta comunión a este nivel de bautizados es precisamente como una condición de salvación. Entonces, fíjense bien en esta pregunta: ¿el que no está en esta Iglesia, no se salvará? No he dicho eso. He dicho que aquel que conoce las condiciones para pertenecer a este pueblo de Dios y voluntariamente las rechaza, está fuerza de la salvación; pero que si hay alguno no católico, que por su convicción de conciencia, cree que está en la verdad, ya sea en el protestantismo, ya sea en el judaísmo, ya sea como mahometano, como pagano, y allí trata de cumplir las leyes del Dios como él las concibe, ése está en el corazón de Cristo, en el corazón de la Iglesia, aunque no está en el cuerpo de la Iglesia. Así como al revés, hay muchos que por el bautismo están en el cuerpo de la Iglesia, pero por su actitud, por el rechazo de las cosas, no están en el corazón de la Iglesia; se llaman católicos pero no son católicos y están fuera de salvación. Y los que están fuera de la Iglesia, pero con buena voluntad viven su religión, su congregación, están camino de salvación, están en el corazón de la Iglesia. No fuera de Cristo: Cristo desborda la Iglesia Católica y se hace presencia de salvación en el protestante, en el mahometano, en el judío, que está allí de buena voluntad. Es Cristo el que le está salvando.

     A este propósito, quiero contarles que esta semana tuve una de mis más grandes satisfacciones, cuando una confesión protestante se acercó y platicamos profundamente para manifestar ellos su adhesión a esta Iglesia, y para decirme que no quieren tragarse el anzuelo que les están presentando los perseguidores de la Iglesia, como si ellos fueran los buenos cristianos y la Iglesia ya se hubiera apartado de su misión. Los protestantes se acercan a la Iglesia Católica para decirle que no se ha apartado de su misión y que ellos se adhieren a esta Iglesia y que no quieren ser cómplices de una persecución a sus hermanos católicos. Yo quiero agradecerles en público. Y una de las señoritas que llegaba, me decía: «Insista en aquel llamamiento que usted hizo cuando el entierro del padre Navarro», en que decía que si el padre Navarro era la figura de una Iglesia que por la calumnia y la persecución de los hombres ha perdido su credibilidad, ya no se cree en ella, como el beduino sigue gritando: sigan el buen camino. Y llamábamos a todas las fuerzas morales, llamábamos a los protestantes que tienen el evangelio en sus manos, para que prediquen este Reino de Dios en el mundo; llamábamos a todas las fuerzas, y ahora lo hacemos de nuevo, para que en vez de sembrar discordias y calumnias, sembremos el bien, hagamos la bondad en el mundo. Un llamamiento pues.

     Quiero secundar también el que ayer hacía la Voz de los Estados Unidos, interpretando a Amnistía Internacional, que ha examinado a 75 torturados y ha encontrado en ellos consecuencias espantosas, que aún cuando se han curado las cicatrices del cuerpo torturado, su psicología queda maleada. Hace un llamamiento a los médicos de todos los países para que se declaren contra la tortura. Yo secundo esa voz y espero que nuestros médicos sepan dar testimonio con su técnica, con su ciencia, de que la tortura no sólo es un atropello a la dignidad humana, sino una destrucción de la salud de los pueblos y de los hombres. [84]

3. COMUNIÓN CON EL MUNDO

     Y por eso, hermanos, el tercer nivel de esta comunión Iglesia: comunión con el mundo. Ustedes saben que el Concilio tiene todo un tratado que se llama la Constitución de la Iglesia en el mundo. La Iglesia no se identifica con el mundo. Lo dijo Cristo: «Vosotros no sois del mundo, pero estáis en el mundo», porque la Iglesia se compone de hombres de este mundo, como somos todos los que estamos aquí. Y la Iglesia quiere aprender el lenguaje, la cultura de los pueblos del mundo para poder traducir en ese lenguaje, en ese modo de ser, su mensaje divino, que no se identifica con culturas ni con partidos políticos, ni con sistemas sociales, sino que es un mensaje que es luz para iluminar los sistemas sociales, los sistemas políticos, la vida de los hombres. Es luz en el mundo para darle a la realidad humana su verdadera elevación. Ella, enseñada por el Creador que el hombre es imagen y semejanza de Dios y enseñada por Cristo que todo lo que se hace a un hombre se le hace a él, es la que está más capacitada en humanidad, para acercarse al mundo y sentir como suyas las aspiraciones, los anhelos nobles de los hombres, y para sentir también, desde el corazón noble, el rechazo a la violencia y a todo lo malo del mundo y para ser consuelo y esperanza de la madre que sufre, de la esposa que se queda viuda, de todos los que sufren en todas las situaciones actuales.

     La Iglesia está en un diálogo continuo con el mundo. La Iglesia sufre con los pueblos que sufren. La Iglesia siente las torturas y las maneras con que se acribilla a los pueblos y a la gente. La Iglesia anhela el verdadero progreso de los pueblos, vive la realidad de los hombres. Sin competencias en política ni en sociología, porque no es su competencia, la Iglesia desde su ciencia humana, desde su revelación de Dios, quiere hacer presente la luz de Dios en el mundo; y ella está también, pues, en un diálogo íntimo con el mundo. Nada humano es extraño a ella.

     Queridos hermanos, hasta aquí nos ha traído nuestra reflexión de la Santísima Trinidad. La Santísima Trinidad no es otra cosa que el Dios en comunidad de personas, expresión de amor y de verdad, de luz y de felicidad, que ha querido asociarse en una familia a todos los hombres y lo realiza en este círculo de luz que es la Iglesia, para hacer un llamamiento a todos los católicos a intensificar la santidad, la unidad, la relación con Dios y, desde allí, iluminar al mundo con la luz de Dios. Aquí quiero hacer un llamamiento específico a los laicos. Con una alegría intensa este pastor les manifiesta su agradecimiento a Dios porque en los laicos va despertando una conciencia de vivir su papel de Iglesia en el mundo. Porque si los ministros del altar, nosotros los sacerdotes, servimos a la Iglesia, es con una vocación específica; como las religiosas también; pero ustedes que están en el mundo, padres y madres de familia, maestros de escuela, profesionales, obreros, jornaleros, empleados, señoras del mercado, el laicado en general, como transformarán al mundo ustedes llevando esa presencia de Dios que llevan en su corazón como antorcha que ilumine ese ámbito de sus actividades. [85]

     Un llamamiento específico para que sientan, pues, que Iglesia no solamente es el Obispo y sus sacerdotes y sus religiosas, Iglesia son todos los bautizados en una comunión con el Obispo, estrechando cada vez más la unidad de fe, de verdad, de sacramentos, de gobierno, como lo acabamos de decir. Rechazar todo aquello que nos desuna. No den crédito a toda esa campaña de calumnia. Acérquense al sacerdote, al Obispo, para esclarecer las dudas que pueda haber y vivamos, intensifiquemos más, desde nuestro puesto en el mundo, la comunión jerárquica con el Obispo, para hacer presente la luz de dios, que se refleja en la Iglesia a todo ese mundo que los rodea. Entonces habremos dado de Dios la explicación, el testimonio, nuestro servicio personal y profesional que el Señor tiene derecho a pedirnos, porque él nos ha hecho, nos ha redimido, nos espera en su cielo y quiere que no lleguemos solos, sino que cada uno lleve una constelación de almas ganadas por haber sido luz de Dios en medio de los hombres.

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