10. La revolución y los intelectuales


CAPÍTULO 10 LA REVOLUCIÓN Y LOS INTELECTUALES

En 1992, tras el final del comunismo y el empecinamiento de Castro en su papel de último estalinista de Occidente, apenas hay intelectuales dispuestos a defender la revolución cubana. Puede que estemos ante un caso de justicia poética. Al fin y al cabo la revolución nació con un feo pecado original: era inculta hasta el tuétano. Fidel y su estado mayor eran una fauna de pocos pero malos libros. Guardo una ingenua carta de Castro a Mañach donde enumera los libros que ha leído y hecho leer en voz alta a los asaltantes del Moncada: las estrellas son La decadencia de Occidente de Spengler, Introducción a la filosofía de García Morente y algún otro papel de los bachilleres reaccionarios de hace cuarenta años. También se aprendió de memoria los discursos de José Antonio Primo de Rivera, pero se guarda el secreto con cuidado. Durante la lucha, con la excepción de Baeza Flores, Leví Marrero, Jorge Valls, Carlos Franqui y algún otro, la revolución apenas logró reclutar a un solo intelectual o artista. No era extraño el fenómeno, puesto que los intelectuales, como tales, apenas pesaban en la vida del país.

Escribir en Cuba no era precisamente llorar, como en la España de Larra, sino hacer el ridículo. Igual que pintar, o intentar hacer cine. Tareas todas de locos. La burguesía cubana era exageradamente ignorante. Antes de la revolución, escritores de la talla de Virgilio Piñera, Alejo Carpentier, Lydia Cabrera o Lezama Lima eran prácticamente desconocidos. Sólo Novás Calvo o Gastón Baquero, resignados a hacer periodismo, lograban despertar interés en aquella atmósfera superficial y boba. La estupefacción de la burguesía ante los intelectuales era compartida por las agrupaciones políticas. Sólo el Partido Comunista dedicó grandes esfuerzos a captar a creadores y hombres de pensamiento, pero sin mucho éxito. Marinello fue una promesa hasta que se murió a los ochenta y tantos años. Nicolás Guillén –«Guillén el malo», como solía decir Neruda comparándolo con Jorge, el gran poeta español– al cabo de cuarenta años acaso deja de herencia media docena de poemas más o menos salvables. Lo demás era filfa: Félix Pita, José Antonio Portuondo, y toda una cáfila de mediocridades a punto de terminar

 heroicamente a décima limpia, en una controversia guajira entre «el Cabezón» Raúl Ferrer y el «Indio» Naborí.

Fidel no contaba ni siquiera con eso. Su más inmediata clientela política era gente de rompe y rasga. Más aún: hay una relación directa entre el grado de ignorancia de sus seguidores y la estimación de Fidel hasta la aparición Carlos Lage, a principios de los 90, y en alguna medida con la excepción de Carlos Aldana, el primer círculo en torno a Castro estuvo formado por gente tan incapaz como leal. No hay un solo intelectual en las proximidades del Poder. No lo ha habido nunca. Fidel no se siente a gusto entre una gente que maneja un idioma que él ignora. Su guardia de hierro está compuesta guajiros de la Sierra incapaces de pensar por su cuenta. El único intelectual que con grandes reservas alguna vez se le aproximó, fue Carlos Franqui, y acabó, claro, exiliado en Europa. A Franqui –insisto en ello en alguna parte de este libro– y a su colaborador Vicente Báez se debe la circunstancia de que una revolución hecha por mentalidades incultas acabara por convertirse en un punto de atracción para los intelectuales de todo el mundo.

Ocurrió lo siguiente: a través del periódico Revolución, dirigido por Franqui, se valoró y respaldó a escritores como Cabrera Infante o Virgilio Piñera. Por primera vez, oficialmente, los intelectuales, artistas y creadores de todo género, entraban en el juego. Franqui fue generoso y no le exigió a Carpentier una retractación de los servicios prestados a la dictadura venezolana de Pérez Jiménez, ni a Nicolás Guillén que justificara su condición de censor durante la dictadura de Machado. Tampoco Retamar tuvo que justificar su apatía durante la acción.

Franqui abrió la puerta y entró la alegre tropa. Circularon invitaciones para todo el mundo. Cuba se llenó de viajeros prestigiosos que regresaban a sus países comprometiéndose a defender la revolución. De pronto, parecía que La Habana de los Castro era una especie de Florencia de los Médici. Se comenzaron a publicar más libros de creación que antes; se hablaba del cine cubano como de un proyecto inmediato. Los pintores eran llamados para hacer grandes murales. Hubo una verdadera «escalada cultural», si nos ceñimos al vocabulario entonces en boga.

 Toda esta explosión se hacía al margen del Partido Comunista, lo que ponía nerviosos a los viejos camaradas, pero también se hacía al margen del «poder», lo que ponía nervioso a Fidel. Y los problemas no tardaron en surgir. El primer encontronazo lo tuvo Castro con el joven cineasta Orlando Jiménez Leal, autor de un valioso documental titulado P.M. La película de Jiménez Leal le sirvió de pretexto al viejo Partido para agredir al equipo de Revolución, puesto que Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, Director de Lunes de Revolución, un semanario cultural, había colaborado con Jiménez Leal en la producción del filme. P.M. fue la coartada del Partido para desbandar a los intelectuales que comenzaban a constituirse en un grupo incontrolado de presión. Castro, que no contaba con intelectuales entre sus secuaces más próximos, entregó entonces el aparato cultural al Partido, al menos durante la década de los sesenta y los setenta. Pero era poca cosa lo que entregaba: en la práctica, el poder de los viejos camaradas sólo alcanzó a esfera de la cultura y eso, claro, con precauciones y bajo la estrecha vigilancia de la señora Haydée Santamaría, persona que no tenía nada que ver con la cultura, pero sí mucho con Fidel, que es lo que le interesaba al Máximo Líder. El viejo Partido administraba el misterioso asunto de los libros y las artes. Fidel lo fiscalizaba a través de la buena señora que, un buen día, cansada de contradicciones, asqueada de Fidel, se dio un pistoletazo.

¿Libertad estética?

En Cuba –¿cómo evitarlo?– se dio también la polémica a propósito del realismo socialista. ¿Tenía derecho Portocarrero a pintar sus «diablitos» y catedrales, o debía dedicar su talento a pintar obreros felices y musculosos? ¿Podía Lezama dedicarle una oda a un mulo insondable, o debía componer un canto a la victoria de Girón? Con alguna precipitación, Fidel terció en la polémica y dijo entonces una frase que se hizo famosa en virtud del papanatismo universal: «Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada». Esto se interpretó como un espaldarazo a la libertad creadora, cuando sólo quería decir que el requisito indispensable del artista era su militancia política. A Castro, a fin de cuentas, le tenía sin cuidado que Mijares pintara unos extraños muñecos azules, y los poetas José Arcocha y Fernando Palenzuela suscribieran el surrealismo. En rigor, Castro

 no percibe las diferencias entre la fantasía elitista y el realismo socialista. Nunca ha creído en la utilidad de la pintura o en la eficacia de un poema, de manera que tanto montaba una cosa como la otra. Pero se equivocó. Con los años, Fidel descubriría que la libertad estética entraña un riesgo para el estado totalitario. Por el hilo de la libertad estética siempre se llega al ovillo de la crítica. Es inevitable. El principio mismo de que en una sociedad colectivista y comunitaria unas criaturas tengan el privilegio de crear para unos pocos, ignorando a la masa, acaba por ser contrarrevolucionario.

Rápidamente fue creciendo el guirigay y la polémica en el mundillo de los intelectuales. Primero hubo detenidos por conducta homosexual, luego apresaron a los que se permitían algunas críticas, aunque fueran simbólicas, por fin sucedió el «caso Padilla». Ante el enfant terrible que escribía versos insolentes y hermosos, Castro perdió la paciencia y decidió poner orden en el alborotado universo intelectual. Como medida provisional, castigó a los escritores. La revolución –año 1971– iba a dosificar en adelante las publicaciones creativas. La educación popular tendría absoluta prioridad. Los «hechiceros de la cultura» quedaban otra vez fuera del juego, pero peor que antes, puesto que ni por cuenta propia ni en el extranjero podían publicar sus obras. A Reynaldo Arenas le costó la cárcel publicar en México El mundo alucinante. Sólo los expresamente adictos, y en obras obviamente castristas, tendrían el derecho de verlas publicadas. Esto, como medida a corto plazo. A largo plazo, la revolución se impuso una tarea mucho más espeluznante: acabar con los «intelectuales». Es decir, eliminar la élite que define lo que es o no cultura, lo que es creación valiosa o simple invención. El papel que antes jugaba la élite de los intelectuales, en el futuro, de acuerdo con los planes de Fidel –explicados en el Primer Congreso Cultural de 1971–, lo jugarían las masas anónimas. No habría pintores o escritores famosos que pudieran convertirse en divos, sino centenares, millares de aficionados que crearían sus obras animados por la revolución. En cualquier caso, Fidel sostiene que la revolución puede prescindir de la élite cultural. En última instancia, razona con toda lucidez que, si el estado burgués subsistía ignorando por completo a los intelectuales, tanto más podía hacer una revolución que contaba con todos los resortes del poder. En el fondo, era un ajuste de cuentas entre Fidel y una gente por la que sentía un amargo desprecio y cierto rencor. Venganza que colocaba a los intelectuales en una

 posición terrible: no existe grupo más vulnerable a la policía que el de los creadores, puesto que, además de simular con la conducta, tienen que simular con sus obras, y casi siempre lo segundo es más difícil que lo primero. La consecuencia de esta tensión es el pánico No hay seres humanos más azorados y nerviosos dentro de Cuba que los intelectuales. Los partidarios gesticulan con vehemencia para que no se les confunda, los adversarios se mueren de miedo. Nadie sabe los límites reales de la censura ni las consecuencias exactas que acarrea transgredir unas normas no publicadas. Cada creador, entonces, se va convirtiendo en su propio censor. Se va automutilando, y cada tajo aumenta su desesperación. Y su vergüenza.

Los intelectuales extranjeros

En el principio, cuando La Habana era una fiesta, Cuba se convirtió en una especie de Jordán bautismal para los intelectuales de todo el mundo. Un poco como se va al zoológico –aunque sea un zoológico histórico–, llegaron Sartre y su carnal Simone. Luego siguieron otros, y el flujo parecía lo de nunca acabar. Castro, que no lee ficción, que detesta la poesía, que no entiende de pintura y mucho menos de escultura, que no sabe de música, que sólo atado y amordazado vería un ballet o escucharía una ópera, que sólo disfruta con las biografías de los grandes hombres o los manuales de veterinaria sobre las grandes ubres –sufre una pasión involucionista por la genética bovina–, se dio cuenta del tremendo peso específico de los intelectuales en la formación de las corrientes de opinión pública, y se lanzó a reclutarlos, como ya se ha dicho, por cuenta de Carlos Franqui, director de Revolución. Luego confiaría esa tarea a Haydée Santamaría, nombramiento que acabaría por costarle a ésta la vida cuando no pudo continuar soportando las contradicciones.

El pacto entre los intelectuales y la revolución era sencillo. Cuba los invitaba a que practicaran cierto turismo revolucionario, los promocionaba dentro y fuera de la Isla, y los intelectuales, sencillamente, apoyaban a la revolución. Este convenio tenía la virtud de cohesionar a los intelectuales, puesto que los hacía coincidir en la lealtad al proceso revolucionario, lo que a su vez fortalecía la capacidad de presión del grupo. Como han reconocido Vargas Llosa y Donoso, el «boom» fue posible, en gran medida, porque la

 revolución cubana resultó una catapulta colectiva a la fama. Ellos ponían el talento, y la revolución los congregaba y potenciaba el éxito.

Para Castro, el apoyo de los intelectuales era especialmente útil. Cuba –por lo menos en principio– no era Albania, resignada a hacer su revolución intramuros sino un «faro del tercer mundo» y el «primer territorio libre de América». Cuba quería ser paradigma y necesitaba portavoces, estaciones repetidoras, eco, juego de espejos y cuanta herramienta multiplicara su voz y su imagen. Los intelectuales servían para esto. Una declaración política de un pianista notorio, que era un genio en el piano y un ignorante en la política, valía gracias al talento musical de éste y no por su contenido político. Un documento de apoyo a la revolución firmado por escritores y artistas de primer orden significaba un espaldarazo valioso. Lo que estúpidamente ignoró el régimen era que ese mismo documento, de signo condenatorio, tendría un gran impacto negativo. Los intelectuales eran útiles, pero peligrosos.

En el pacto, había varios fallos insalvables. El primero y definitivo era que la mayor parte de los intelectuales no eran comunistas disciplinados, sino elementos progresistas y liberales con algún sentido crítico.

Tan pronto como se hizo evidente el rumbo comunista que tomaba Cuba, comenzó a oírse cierto murmullo tímido. La Habana –dispuesta a no permitir veleidades– condenó a Carlos Fuentes por escribir en Life y a Neruda por asistir a una reunión del Pen Club. La condena fue escrita por Roberto Fernández Retamar, un poeta menor procedente del catolicismo que se transmutó en furibundo comisario cultural y cazador de brujas democráticas (quizá como consecuencia de su vergonzosa abstención durante la lucha contra Batista).

La ruptura entre los intelectuales de izquierda y el castrismo era sólo cuestión de tiempo. En sus viajes a Cuba, Fuentes, Vargas Llosa, Goytisolo, no sólo habían trabado contacto con la revolución en abstracto, sino con intelectuales cubanos de carne y hueso. Con Cabrera Infante, Heberto Padilla, Lezama Lima, Virgilio Piñera. Tan pronto como la

 revolución entró en conflicto con los intelectuales críticos que quedaban en el país, a sus colegas extranjeros se les planteó un problema de índole moral. Mantenerse en silencio y continuar apoyando a la revolución, en cierta forma era convalidar el atropello a sus amigos cubanos. A Mario Vargas Llosa era a quien más le asediaba la mala conciencia d e todo este turbio asunto, y como era el más intrínsecamente honesto, fue quien levantó la polvareda a propósito del «caso Padilla».

Heberto Padilla había escrito un buen libro de poemas titulado Fuera de juego que resultó premiado en un concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Como el libro contiene varios poemas críticos, la UNEAC aceptó publicarlo, pero sólo con un prólogo en el que acusaba al autor de divisionista y contrarrevolucionario. De otra parte, el libro prácticamente no fue distribuido; algo semejante le ocurrió al dramaturgo Antón Arrufat por su obra Los siete contra Tebas. El redactor de ambos prólogos fue José Antonio Portuondo, viejo militante del partido comunista y defensor de la ortodoxia estalinista desde la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas. Mientras el incidente no pasó de los dominios de la UNEAC, La Habana pudo tenerlo bajo control; pero tan pronto como intervino la policía política, se armó el griterío internacional. Padilla fue detenido por la temible Seguridad de Estado y a los pocos días emergió del calabozo con una cicatriz en la cabeza una declaración de autocensura y arrepentimiento que pasará a la historia universal de la infamia. El abyecto documento, leído en una sesión de la UNEAC, en un salón repleto de escritores y artistas temerosos de que Padilla los mencionara –tal y como el poeta secretamente se propusiera–, constituyó un espectáculo tan deprimente que enfureció aún más a los intelectuales extranjeros que habían pedido la libertad de Padilla en el momento de su detención. La reacción de La Habana no se hizo esperar: acusó a los exsimpatizantes de agentes del imperialismo, y de seudorrevolucionarios que se habían aprovechado de la revolución para escalar a la fama y la fortuna. El más atacado fue Vargas Llosa pero el mismo resentimiento surgió entre los comunistas cubanos contra Goytisolo y Octavio Paz. En tanto, dentro de Cuba, los escritores se sentían simbólicamente protegidos por la viril reacción de sus colegas extranjeros y ansiaban que se mantuviesen a la ofensiva. Dos importantes deserciones fueron hábilmente explotadas por La Habana: la de Cortázar, que se desdijo y escribió un

 increíble poema pidiéndole perdón a Haydée Santamaría, a la Casa de la Américas, a Fidel y a su «buchito de café», y la de García Márquez, que afirmó no haber suscrito jamás el documento que pedía la excarcelación de Padilla, y mucho menos el que censuraba la farsa de la autocrítica. No menos útil le fue a La Habana una carta abierta de Alfonso Sastre, definitivamente identificado con la policía política del castrismo e impúdicamente junto a la represión.

Dentro de Cuba, los escritores y artistas acosados consideraron la actitud de Cortázar, Sastre y García Márquez como una especie de repulsiva traición que facilitaba y santificaba la represión policíaca ejercida contra ellos. La consecuencia de este choque frontal entre la revolución y los intelectuales de izquierda fue la cancelación definitiva de esta clase de relaciones públicas. Fidel, que siempre ha mantenido una actitud de desprecio hacia los intelectuales, aprovechó la oportunidad para prescindir definitivamente de los costosos servicios que le brindaban. La revolución había perdido un buen aliado en esa extraña e incesante lucha por brindar una imagen benéfica. Pero sus líderes, guerrilleros en el poder sin ningún refinamiento espiritual, se sentían más libres, menos cohibidos, a fuera del ángulo visual forzosamente crítico de los intelectuales extranjeros.

El antropólogo y el policía

A lo mejor Gabriel García Márquez es el escritor más importante del mundo. Su prosa tersa, clásica, dedicada a contar historias insólitas y a describir personajes pintorescos, ha resultado eficaz en todos los idiomas cultos del planeta. García Márquez es un best seller en español, inglés, francés, alemán, y así hasta 23 idiomas.

Obviamente, esto lo ha hecho muy rico. Nada queda de aquel periodista «feliz e indocumentado» que apenas tenía dinero para pagar la cuenta de un hotel parisiense de mala muerte. Hoy es un hombre inmensamente poderoso al que le gustan la buena vida, los coches lujosos, las casas confortables, las obras de arte y ayudar generosamente a sus amigos sin recursos.

 Sigo con la información. García Márquez no es comunista. Podía serlo, pese a su riqueza y hábitos burgueses, como lo fueron Picasso y Neruda, pero «Gabo» –como lo llaman sus íntimos– tuvo la desgracia de conocer las dictaduras del Este antes de ser un personaje famoso, y el impacto de esa fallida primera noche revolucionaria lo dejó frígido para siempre ante los estímulos del marxismo. Alguna vez me ha contado Mario Vargas Llosa cómo García Márquez, en la década de 1960, mientras ambos visitaban la Alemania comunista, se lamentaba amargamente del dolor que significaría para la humanidad el hecho terrible de que el modelo político de la URSS –«gris y siniestro», creo que decía– se apoderara de los grandes países de Occidente. «¿Te imaginas, Mario, qué horror?»

Bien: ¿por qué vive en Cuba García Márquez ciertas semanas del año? ¿Por qué este personaje rico y famoso que nada espera del comunismo, que tiene casa en México, en Barcelona y en Colombia, pero que pudiera seleccionar cualquier lugar del mundo que quisiera para instalarse como un príncipe, ha elegido como residencia habitual uno de los más tristes rincones de ese universo «gris y siniestro» que tanto le repugna?

Afortunadamente, a partir del 10 de junio de 1988, ese misterio comienza a disiparse. En esa fecha, uno de sus ayudantes, el escritor Tony Valle Vallejo consiguió asilarse en el extranjero y explicar algunas de las contradicciones que rodean al autor de Cien años de soledad. Para Valle no fue una decisión fácil –dejó en la Isla una hija a la que tal vez nunca más volverá a ver–, pero quedarse en Cuba y sacrificar su vida al capricho, la arbitrariedad y la necedad de un estado policíaco era un precio mucho más alto que el de abandonar para siempre a su familia, o el de defraudar la confianza de su amigo García Márquez.

En realidad, García Márquez vive en Cuba extraordinariamente bien y por muy poco dinero. Habita una casa lujosa cedida por el Estado y con bastante servidumbre. Tiene varios automóviles –incluido un Mercedes que magnánimamente Castro le regaló– y realiza sus compras en dólares en tiendas para diplomáticos en las que nada falta. De las penas del pueblo y de la escasez, sólo tiene las vagas referencias que se atreven a hacerle algunos de sus amigos.

 Pero no son ésos los factores que explican su permanencia en la Isla, sino su fascinación personal por la naturaleza de Fidel Castro. Parece que García Márquez tiene una especie de curiosidad antropológica por Castro. Lo ve, lo escucha y hasta discute con él, no como si fuera un ser humano que ocupa una posición encumbrada, sino como si fuera un personaje de ficción que hubiera cobrado vida. No se trata de una amistad entre dos personas, sino de las emociones que experimenta un investigador –García Márquez– tras haber descubierto en el bosque un bicho único y prodigioso nunca antes examinado por la ciencia.

De ahí, por ejemplo, la indiferencia de García Márquez ante las atrocidades del sistema que Castro ha puesto en marcha. El gran escritor no se ve obligado a juzgar con criterios convencionales a las criaturas distintas, aunque –hay que decirlo– no ha regateado su influencia para ayudar a ciertos presos políticos a salir de la cárcel. La escala de valores es otra. Cuando un buen antropólogo analiza las costumbres de los indios de la Amazonia, no se horroriza ante la práctica de la antropofagia. Sencillamente anota en su diario: «Se comen los cadáveres de sus adversarios; parece que las nalgas y las mejillas de los niños es lo que más les gusta». García Márquez hace lo mismo. Estudia a Castro con la distante asepsia con que se analiza el comportamiento de los salvajes en la cuenca del Orinoco. Y es un mecanismo inconsciente. El cree que está tomando notas para una novela, pero en realidad le va a salir un reportaje para el National Geographic.

A Castro, por supuesto, le agrada la amistad de García Márquez. Pero le inquieta, porque él también se pregunta qué demonios hace García Márquez en Cuba. Y para evitar sorpresas, Castro ha hecho con su amigo lo que hace con todo el mundo: lo vigila de cerca. Las dos personas más próximas a García Márquez son dos oficiales de la Seguridad del Estado que tienen que informar a diario y puntualmente de todos los pasos dados por el escritor. Castro luego revisa esos informes y escudriña las transcripciones de las llamadas telefónicas de su amigo –todas minuciosamente grabadas– porque si García Márquez tiene un interés antropológico por Castro, Fidel tiene por el colombiano un interés especialmente policiaco.

 Y se complementan. Tanto así que creo que la gran novela que hay en esta historia no es la del dictador, sino la de las extrañas relaciones surgidas entre ambos. Alguien tiene que contar la apasionante historia del aracnólogo que se enamoró de su alacrán, y del alacrán que le vigilaba para clavarle el aguijón. Y a lo mejor, ese alguien es Tony Valle Vallejo. Porque lo sabe todo.

Los intelectuales cubanos

Haydeé Santamaría, la funcionaria de la cultura más importante de Cuba, se dio un balazo en la cabeza en torno al 26 de julio de 1981. La fecha es importante. No se mató en marzo ni en diciembre. Se mató en julio, probablemente la noche del sábado 26, aunque no lo anunciaron hasta la mañana del lunes 28. Con veintinueve años de retraso, Haydée Santamaría quiso unirse a los muertos del Moncada. Quiso unir su suerte a la de Boris, su novio, a la de su hermano Abel, a la del puñado de jóvenes heroicos e idealistas que murieron a tiempo, en olor de ilusión, con la última mirada puesta en el sueño de un país democrático y libre. Haydée Santamaría se mató por fidelidad a sus muertos. Se mató como se mató Félix Pena, el comandante del Directorio Estudiantil Universitario, porque los suicidas políticos se matan para advertir y para censurar. Se matan para dar, como Eddy Chibás lo hiciera a principios de la década del 50, un último y enérgico aldabonazo en la dormida conciencia de las gentes.

Tampoco era de extrañar la inmolación de Haydée. Cuba tiene el más alto índice de suicidio de América, con una cifra de casi 30 personas por cien mil habitantes, lo que la convierte en la primera causa de muerte en el grupo humano de 15 a 49 años. En contraste con las cifras de suicidio en otros países del continente (Estados Unidos, 12.5; México, 1.8; Costa Rica, 4.4), las de Cuba son elocuentes.

Obviamente, Haydée Santamaría se mató por razones nítidamente políticas, como luego hiciera el expresidente Osvaldo Dorticós. Si las motivaciones hubieran sido de otra naturaleza, nadie más interesado que el gobierno cubano en revelarlas. ¿Por qué no publicó La Habana la carta escrita por Haydée Santamaría a Fidel Castro? Si el contenido

 de la carta hubiera sido exculpatorio; si dijese, como tantas notas de suicidas, «no se culpe a nadie de mi muerte», habría aparecido en la primera página del Granma, y Castro, conmovido, hubiese pronunciado el discurso fúnebre de despedida. Pero esa carta, probablemente, dice algo así como «cúlpese de mi muerte a mi profundo e inaguantable desengaño, cúlpese a la mala conciencia que me obsesiona porque pertenezco al deleznable grupo de los opresores, cúlpese al hecho brutal de nuestras crueles cárceles políticas, cúlpese al espectáculo conmovedor de once mil infelices cubanos amontonados en una embajada para escapar de lo que yo he ayudado a construir. Cúlpese a nuestras turbas por golpear, vejar, maltratar, y –a veces– hasta matar a los que quieren emigrar del país. Cúlpese a mi dolorido corazón, incapaz, por más tiempo, de soportar el peso de la realidad cubana».

El suicidio es siempre un gesto de interpretación equívoca, pero si existe una constante entre las personas que deciden quitarse la vida, es esa terrible convicción de que no habrá un mañana reparador y luminoso. Los suicidas no creen en el mañana. Poco antes de su famoso balazo, Mariano José de Larra, el escritor romántico español, redactó una crónica singularmente desgarradora, y en ella decía que mirando a su corazón podría escribir «aquí yace la esperanza». De eso murió Larra. De eso ha muerto Haydée Santamaría, en su corazón, antes del balazo final, había sido enterrada la esperanza.

No debe, pues, sorprendernos excesivamente el suicidio de Haydeé Santamaría. La percepción del fracaso de la revolución cubana es mucho más aguda en los medios culturales. La Unión de Escritores y Artistas, el Instituto Cubano del Cine, la Dirección de Editoriales del Ministerio de Cultura, la Casa de las Américas, son viveros de mal controlada inconformidad. Es la intelligentsia quien mejor percibe la brutal distancia entre la realidad cubana y la retórica revolucionaria. Esos tristes espectáculos de las rebeldías y las retractaciones, de las disidencias y los mea culpa, son el resultado de la fatal coincidencia entre la lucidez y el miedo. Esa es la terrible situación de Lisandro Otero, de Eliseo Diego, de Antón Arrufat, de Luis Agüero, de Miguel Barnet, de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Fina García Marruz, de Pablo Armando Fernández y de otras docenas de intelectuales y artistas cubanos, demasiado inteligentes para ser

 dogmáticos y demasiado bien informados para suscribir, realmente, el bárbaro modelo de sociedad impuesto por el grupo castrista. El pobre Cintio Vitier, o el pobre Barnet, o los pobres Arrufat y Pablo Armando Fernández, tendrán que decir lo que el Ministerio del Interior les exija que digan, o lo que ellos supongan que Ministerio del Interior le gustaría que dijeran, pero esos ejercicios declamatorios no pueden ocultar la radical incongruencia entre lo que ellos son y realmente creen, y lo que tienen que aparentar y manifestar creer. Esta simulación no debe escandalizar a nadie. Nadie tiene la obligación de ser, además de poeta, un héroe, como Valladares, Angel Cuadra o María Elena Cruz Varela. Como solía decir, brillantemente, Reynaldo Arenas, «dentro del socialismo sólo se salva el rostro utilizando la máscara». Poco antes del suicidio de Haydée Santamaría, enmascarado como representante de los intelectuales de Cuba, llegó a París Benítez Rojo, el autor de Tute de Reyes. Acudía, precisamente, por recomendación de Haydée Santamaría. En París, Benítez Rojo decidió quitarse la máscara y pidió asilo político. Después de este singular escritor otras docenas de intelectuales y artistas han hecho lo mismo.

La formación y la información son incompatibles con la militancia castrista. El castrismo, después de más de treinta años de práctica nefasta, sólo puede reclutar adeptos en los estratos menos educados del país, zonas en las que la emoción sustituye al análisis, y la superstición al juicio objetivo. De esta situación ni siquiera se escapan los intelectuales marxistas. ¿Cómo creerle a Jorge Ibarra su castrismo? ¿Cómo creer que Carlos Rafael Rodríguez no siente náuseas cuando, en nombre del marxismo, en su presencia, se golpea y se escupe a unos pobres obreros que quieren emigrar del país? ¿Cómo creerle a Alfredo Guevara su incondicional apoyo a esa revolución cubana? Alfredo Guevara es inteligente, mordaz. Era marxista cuando Fidel no era más que un buscapleitos. Pero nunca fue un marxista de consigna y estupidez, sino un espíritu que encontraba en el marxismo un método de análisis. Alfredo Guevara no necesita abjurar del marxismo para condenar al fascismo de izquierda que se ha apoderado de Cuba. El castrismo, seguramente, es condenable desde una perspectiva liberal, pero también lo es desde un análisis marxista. ¿Cómo puede Alfredo Guevara, a más de tres décadas del triunfo revolucionario, continuar sosteniendo que las monstruosidades del sistema son errores enmendables en el futuro? La ineficacia, las arbitrariedades, los abusos del sistema no son fenómenos ajenos

 a la esencia del castrismo, sino las naturales consecuencias inherentes al modelo elegido. Es absolutamente irracional esperar la modificación de ese sistema. Por eso se mató Haydée Santamaría: porque comprendió, con lucidez, que no había espacio para la esperanza.

El divorcio entre la intelligentsia cubana y el régimen castrista entraña una paradójica ironía. Ningún gobierno, en toda la historia de la república, ha hecho más por impulsar la cultura cubana. Pero ninguno, también, ha hecho más por reprimirla. La república que desapareció en 1959 ignoraba el hecho cultural. Los gobiernos no se preocupaban por publicar un libro de Cintio Vitier, pero tampoco les preocupaba lo que Cintio Vitier pudiera decir en sus libros. Fue la atmósfera revolucionaria la que le dio estatura nacional a Heberto Padilla –independientemente de su indudable talento–, pero también fue la atmósfera revolucionaria la que lo encarceló y lo obligó, más tarde, a una bochornosa ceremonia de autohumillación.

¿Cómo extrañarnos de que Elíseo Diego mire hacia atrás con melancolía, y recuerde los apacibles días en que el grupo de «Orígenes», sin subsidio pero sin amo, se reunía en torno al misterioso magisterio de Lezama a comentar una «pájina» de Juan Ramón, salpicada de impertinentes jotas? ¿Era peor La Habana que despreciaba cuanto ignoraba que La Habana que vigila cuanto sospecha? La respuesta es obvia: de aquella Habana nadie tenía que irse. En aquella Habana inculta y despectiva hizo Labrador Ruiz su obra innovadora. En aquella Habana escribieron Novás Calvo, Montenegro y Lydia Cabrera sus cuentos magistrales. Esa Habana no fue generosa con Brull, con Loveira, con José Antonio Ramos, con Mañach o con Varona, pero ni les exigió una particular devoción política ni los persiguió por las ideas expresadas en sus obras.

La revolución cubana ha provocado el éxodo en masa de su intelligentsia. Hoy, en Puerto Rico, solo, lleno de fervor patriótico, escribió Leví Marrero la mejor historia social y económica de Cuba que han conocido los cubanos. Una obra monumental en 15 volúmenes que tenía que haberse hecho en la Biblioteca Nacional de Cuba y con el agradecido auxilio del país, y no en un rincón nostálgico y herido de la emigración. Es en

 París, y en francés, donde hoy Eduardo Manet lleva el teatro cubano a su más alta expresión. En Cuba, no pudo. De Cuba, hace unos años, «de sus ojos fuertemente llorando», tuvo que irse. Como también tuvieron que marcharse Reynaldo Arenas; Armando Alvarez Bravo, Jesús Díaz; César Leante; Paquito d’Rivera; Arturo Sandoval o Pío Serrano, el poeta terso y vigoroso descubierto por los españoles. El castrismo, que nada entiende, supone que el universo se divide en gente que los apoya y en gente que los condena. En cubanos que se van y en cubanos que se quedan. El castrismo no entiende que los intelectuales que desertan, que escapan por todos los medios, lo hacen con el más profundo dolor, y que no huyen, claro, de la incomodidad material, sino de la presencia ubicua de la policía, y de la quiebra moral de un sistema en el que alguna vez creyeron. Se huye de la necesidad y de la represión –no de la pobreza– porque se ha llegado a la conclusión dolorosa de que es mejor el desgarramiento del exilio a la tragedia del que no se va, como Retamar, pero que quisiera irse y le faltan fuerzas para tomar la decisión.

Por eso, a nadie debió extrañarle cuando César Leante, Asesor Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura y autor de ocho libros meritorios, se quedó en 1981 en Madrid, en una escala técnica de un viaje destinado a Bulgaria. El titular del periódico decía «César Leante se ha asilado», pero pudo decir «Roberto Fernández Retamar se ha asilado». O «se han asilado Cintio Vitier y Fina García Marruz». O hasta «se quedó en Madrid Lisandro Otero, en compañía de Eliseo Diego, mientras seguían la pista de los desertores Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, David Buzzy, Norberto Fuentes y Miguel Barnet» (todos en Cuba –todavía–), porque no se conoce entre los intelectuales cubanos uno solo que realmente, y sin fisuras, apoye esa ya muy antigua tragedia conocida como «la revolución cubana».

De ahí se hubiera ido hasta Nicolás Guillén, que murió totalmente decepcionado de Castro, porque ya no se trata de marxismo más o menos, de sistemas políticos más o menos, sino de que esa sociedad ha entrado en una etapa de corrupción, ineficacia, despotismo, arbitrariedad, insolidaridad y abuso que no es respirable para casi nadie, pero mucho menos para los intelectuales, condenados a ejercer la «funesta manía de pensar».

 Ser albañil en Cuba es difícil; ser médico o maestro, es lamentable; pero ser escritor es absolutamente trágico, porque la constante demanda de lealtad puede dejar el espinazo en carne viva. Un albañil no tiene que mentir con la plomada, ni un médico –Dios mío, que no se le ocurra– está obligado a interpretar una radiografía desde la perspectiva marxista, pero los pobres plumíferos tienen que hacer sus sonetos en homenaje al poder, escribir novelas «dialécticas» y contribuir con la palabra a la gloriosa aventura de construir el radiante futuro de la humanidad. Pero, además de esa espantosa tarea –celosamente vigilada por una legión de censores, inquisidores y policías de todo pelaje–, los escritores son como objetos suntuarios en las sociedades comunistas, algo así como floreros de lujo, que se exhiben para demostrar la calidad del mundillo construido por los comisarios y el respaldo popular de que gozan los gobiernos.

En las sociedades burguesas, el truco está en retratar al mandamás con el obispo o con el poderoso inversionista extranjero: en la sociedad comunista, ese papel de avalista, de garante, lo juega el intelectual, pero de una forma involuntaria. U obedece y aplaude, o va a la cárcel. En el mejor de los casos, simplemente desaparece de la literatura oficial, como les ocurre a cuantos desertan. Porque en la próxima edición que el infeliz Salvador Bueno haga de su Historia de la Literatura Cubana, no podrá incluir a Leante, ni a Benítez Rojo, ni a Cabrera Infante, ni a Labrador Ruiz, ni a Luque Escalona, ni a Heberto Padilla, ni a Severo Sarduy, ni a Reynaldo Arenas, ni a Hilda Perera, a Virgilio Piñera, ni a Pepe Triana, ni a Gastón Baquero, ni a Luis Ricardo Alonso, ni a Armando Alvarez Bravo, ni siquiera al tonto de Edmundo Desnoes, ni a Eduardo Manet, ni a Juan o Pepe Arcocha, ni –por supuesto– a Jorge Valls, Armando Valladares, Angel Cuadra, o la media docena de buenos escritores que hoy cumplen prisión en Cuba, como es el caso de Fernando Velázquez, Jorge Pomar, o como también la cumpliera la gran poetisa María Elena Cruz Varela; y por lo menos, sería interesante averiguar cómo diablos se va a escribir la historia de una literatura que tiene que prescindir de sus plumas más notorias. Pero allá Salvador Bueno con su problema, que a lo mejor no lo es tanto si también – como seguramente sueña– toma las de Villadiego y reescribe su libro en algún lugar soleado del exilio. A fin de cuentas, la intelligentsia de la Isla hoy se congrega en la emigración por la contumaz estupidez de La Habana. Ya se han celebrado cinco

 congresos de intelectuales cubanos disidentes (París, 1979; Nueva York, 1980; Washington, 1982; Madrid, 1983; Caracas; 1987). Cada vez son más sólidos y representativos. En la década de los noventa de este siglo, como sucedió a finales del anterior, la cultura cubana vuelve a germinar en la emigración. Este triste fenómeno es ya un hecho internacionalmente reconocido. La gran literatura, la ciencia, el pensamiento, la música, el cine, el teatro de los cubanos, radica en el extranjero. El talento que quede en Cuba –todavía mucho– no puede crecer. No lo dejan. Ese es hoy el panorama de la cultura cubana. Triste cosa.

El linchamiento de los intelectuales

Y si crueles son las palizas y las torturas a que someten a los presos, no menos repugnante es el espectáculo de los linchamientos perpetrados por las Brigadas de Respuesta Rápida. El más sonado –hasta ahora– ha sido el cometido contra la excelente poetisa María Elena Cruz Varela en su casa de un humilde barrio de La Habana, el día 20 de noviembre de 1991. Según los testigos presenciales, le llenaron la boca de papeles, mientras uno de los energúmenos que la sujetaba por el pelo gritaba «¡que le sangre la boca, coño, que le sangre!». Luego la arrastraron por las escaleras.

La turba parapolicial que asaltó su residencia estaba compuesta por varios centenares de personas –entre ellas algunos niños de 10 y 11 años–, y pertenece al mismo género de terrorismo de estado de los Batallones de la Dignidad de Noriega o de las Turbas Divinas con las que el sandinismo solía sembrar el terror en Nicaragua. En Cuba, se les llama Brigadas de Respuesta Rápida y responden a las órdenes del general Sixto Batista Santana –quien también comanda los Comités de Defensa de la Revolución, aunque los objetivos y el momento de ataque, si se trata de disidentes importantes, son prerrogativas de Castro, como ya se han encargado de aclarar algunos desertores recientes del Ministerio del Interior. A veces, incluso, Castro asigna a sus hombres de confianza el dirigir personalmente estos «actos de repudio, lo que explica que nada menos que Roberto Robaina, el actual Ministro de Relaciones Exteriores, y aprendiz de Máximo Líder, dirigiera personalmente el asalto de la casa de Gustavo Arcos hace ya cierto tiempo.

 La lógica detrás de estas operaciones parapoliciales demuestra la enfermiza necesidad que tiene el totalitarismo de ocultar constantemente la realidad y de demostrar a cada paso la inquebrantable adhesión de las masas al aparato de poder. Y ni siquiera a la doctrina, porque ésta puede cambiar al antojo de la clase dirigente; pero la lealtad unánime de los fieles a sus jefes, o al jefe, debe permanecer inalterable y manifestarse periódicamente en ceremonias donde se corean y se aplauden incesantemente las consignas coyunturales o las frases rituales destinadas a exhibir las señas de identidad permanentes del grupo. Naturalmente, el instrumento para someter a los disidentes es el miedo. Pocas cosas puede haber más atemorizantes que una turba que vocifere, maltrate escupa y humille a una persona o a un grupo de personas indefensas. Esa experiencia puede ser aún peor que la tortura en un calabozo, aunque sólo sea porque el miedo es la más intensa de las sensaciones. El dolor físico es una reacción involuntaria a un estímulo neurológico, mientras que el miedo, sobre todo el miedo al linchamiento, es una emoción en la que intervienen el pathos y el logos. Una emoción en la que se trenzan amargamente la conciencia del peligro, la inminencia racional de la muerte, la noción de la impotencia, el sentimiento de inferioridad, la humillación y la sobrecogedora descarga de adrenalina que prepara al organismo para un esfuerzo supremo, pero que acaba paralizándolo, iluminando en ese instante la conciencia con una especie de llamarada indeleble destinada a poner en alerta todos los sentidos, lo que nos hiere la memoria para siempre. El dolor se olvida. El recuerdo del miedo no nos abandona nunca. Se enquista en la memoria y le clava sus dedos afilados hasta el último día de nuestras vidas.

María Elena sintió todo eso. Sintió que la podían matar si hacía un gesto que delatara su rabia. Temió por sus hijos, más desvalidos aún que ella, si es que puede haber sobre la tierra alguien más solitario e indefenso que una persona en medio de una turba de linchadores.

Luego, al día siguiente, la llevaron a la Seguridad del Estado. Probablemente, los expertos de la policía política cubana deben haber pensado que María Elena, a esas alturas, ya estaba blanda. Porque en esos actos de repudio no hay nada espontáneo. Ni

 siquiera hay un odio visceral e irreprimible contra la víctima. Es un simple juego de gato y ratón. Una aplastante demostración de fuerza y de desprecio, de prepotencia y de indiferente crueldad.

Por supuesto, no siempre estas acciones se pueden mantener bajo estricto control. A veces, las turbas se llenan de excesivo entusiasmo y se les van las manos, y hasta los pies, y matan a patadas al disidente, como le ocurrió –entre varios– a un profesor de lengua del Instituto del Vedado la tarde en que sus alumnos de secundaria, dirigidos por la policía política, lo destrozaron a puntapiés por haber manifestado su deseo de abandonar el país durante los sucesos del Mariel.

¿Qué clase de gentes participan en los actos de repudio? El perfil de estos fanáticos suele ser el de hombres jóvenes con un bajo nivel de educación, gentes que en Alemania podían formar parte de los skinheads o en Louisiana afiliarse al Ku-Klux-Klan. Pero no son sicópatas: simplemente, le han suprimido al adversario cualquier rasgo de humanidad para poder aplastarlo fácilmente. Por eso lo llaman gusano. Así es más fácil exterminarlo. La deshumanización del enemigo suprime ciertas inhibiciones que afectan a la especie. Sin embargo, la agresividad frente al ser inferior se desata sin reservas, incluso con esa misma fría alegría o con la indiferencia con que el cazador puede colocarle una bala entre los ojos a un inocente y distante cervatillo.

¿Se puede permanentemente descansar en el miedo para controlar una sociedad y obligarla a obedecer? Es difícil, pero, en todo caso, ese tipo de relación entre el Gran Intimidador y sus subordinados conduce a un creciente deterioro de los índices de producción. Reprimir cuesta mucho. Hay que construir una estructura de terror que absorba una parte importantísima de las riquezas nacionales. Esos cientos de miles de cubanos dedicados a vigilar a sus compatriotas –setenta y cinco mil de ellos en el Ministerio del Interior– son un peso parásito que lastra la frágil economía cubana. Pero – más grave aún– las víctimas, esa inmensa masa humana que carece de valor para rebelarse, y se refugia en la simulación y en la mentira para aliviar el miedo que padece, inevitablemente tiene que ser mala productora de bienes y servicios, mala creadora de

 riquezas, porque el miedo a los castigos, el refuerzo negativo, como apuntan los sicólogos conductistas, nunca produce buenos resultados. Todo esto, claro, conduce a una espiral del terror. Para lograr los mismos resultados o aún peores, el dictador tiene que castigar más, cada vez más, porque sus subordinados muestran la lógica tendencia a producir cada vez menos.

Hasta el día de la ira, por supuesto. Hasta el día en que se rompan los diques terror y afloren las rebeldías y los deseos de venganza de una manera difícilmente controlable. En Cuba se está llegando a ese punto. Según parece, la detención María Elena Cruz Varela y los actos de repudio no han conseguido silenciar a la oposición, ni han logrado intimidarla para que se rompan los nexos de solidaridad entre los miembros de los diferentes partidos opuestos al gobierno. Obviamente, esos síntomas de rebeldía no son ignorados por el aparato poder, y engendran, a su vez, un enorme miedo en quienes hasta hoy son justamente tenidos por victimarios. Me consta, por ejemplo, que un famoso embajador de la revolución se ha hecho prometer asilo en el país en el que representa al gobierno de Castro. Y conozco de primera mano el atemorizado testimonio de otro embajador cubano –ahora provisionalmente radicado en Cuba– que teme el próximo asalto a su residencia por parte del pueblo enardecido. Y ese embajador se muere, literalmente, de miedo. Como probablemente también le ocurre a Castro, en este momento final de su vida pública. Y quién sabe si de su vida a secas. Castro, que ha sido el Gran Intimidador de los cubanos, que se ha relacionado con sus subalternos mediante el temor que en ellos despierta, hoy debe ser víctima de sus propios terrores. Teme que le traicionen. Teme a ese juicio histórico que le obsesiona desde su lejana juventud. Teme – por su infinita soberbia– verse derrotado por sus adversarios. Teme, en suma, que se demuestre su radical impopularidad en un masivo y esta vez espontáneo acto de repudio protagonizado por las masas hambrientas.

Cuanto ocurre en Cuba es muy triste. Hoy, por la terquedad sin límites de Castro y de su puñado de seguidores estalinistas, once millones de cubanos padecen los rigores del miedo. Miedo al presente de linchamientos y represión; miedo al futuro incierto, miedo a un estallido social que puede ser como un grandísimo vendaval que todo lo arrase. Y

 nadie, nadie, está exento de esta amarga emoción. Ni Castro, atrincherado en su búnker de mármol, defensor de una gloria que no existe, adalid de una causa podrida por el tiempo, pero dispuesto a dar la última, más sangrienta y cruel de todas las batallas, como si el heroísmo desesperado del combate final pudiera preservar la insalvable integridad de su memoria. Al final, el miedo, como un enorme pájaro negro, revolotea sobre la Isla. Y su sombra lo cubre todo. Todo.

2 pensamientos sobre “10. La revolución y los intelectuales”

  1. Excelente: Quien es el autor de la nota?

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