08. Una revolución en busca de una ideología


CAPÍTULO 8 UNA REVOLUCIÓN EN BUSCA DE UNA IDEOLOGÍA

Idiosincracia y sistema

El término «idiosincrasia» –por descontado– está en bancarrota. Es muy difícil inventariar las características de los hombres que forman una nación. Se corre el riesgo del clisé banal. Se generaliza sin sentido y acaba uno hablando de la «flema inglesa». Es un tópico peligroso. Bordea audazmente la bobería. Pero hay que intentarlo. Y hay que intentarlo porque no me parece absurdo suponer que la organización económica de un país funcionaría mejor o peor, según encajara o no con la idiosincrasia de sus paisanos. No estoy hablando de sistemas políticos. Una democracia y un parlamento pueden funcionar en cualquier latitud cultural y económica (Suecia y la India, Japón y Guyana): basta con que exista una mínima voluntad de cooperación y se acepte, dentro de ciertas reglas de juego, la decisión de la mayoría. Estos principios elementales están al alcance de cualquier idiosincrasia que no se niegue a la transigencia y a la aritmética. La organización económica es otro cantar. Las comunas paraguayas del siglo XVIII y los kibbutzim judíos del XX han sido benéficas experiencias comunistas, porque la idiosincrasia de guaraníes o de ciertos israelitas encajaban armoniosamente en esos moldes económicos de producción. Más o menos por las mismas razones –entre otras– el capitalismo ha fracasado en el altiplano andino y triunfado (relativamente) en los centros urbanos. Si esta premisa es correcta, antes de elegirle a un país un nuevo modelo de desarrollo, una nueva organización económica, una nueva «ideología», lo prudente sería examinar el perfil del sujeto que va a poner en práctica el sistema. Saber cómo es quien va a arrimar el hombro.

¿Cómo es, pues, el cubano? Me temo –para desesperación de los comunistas– que se trata de una criatura individualista, indisciplinada, imaginativa, irreverente, anárquica. Un español metabolizado por el trópico, despojado de toda solemnidad e inoculado por el espíritu lúdico de los africanos. Los comunistas cubanos están empeñados en la ingeniería de un hombre nuevo, pero mientras lo logran –hasta ahora, Frankenstein es el

 único hombre realmente nuevo– tienen que arar con estos bueyes. Por eso aran poco y mal. El comunismo no les «entra» a los cubanos, más o menos como el catecismo nunca les entró a los indios. Iban a misa, sí, pero ponían ofrendas a Viracocha. Nunca se sabía cuándo estaban de rezo y cuándo estaban de burla. Los que en Cuba, en una sacra jornada de corte de caña voluntario, han visto organizarse espontáneamente una sesión de rumba, saben de lo que estoy hablando. A Marx no le sienta el Caribe. Su yerno, que era cubano, debió advertírselo.

Las incongruencias entre el cubano y su organización económica actual han parido un feo invento: los Comités de Defensa de la Revolución. Según el propio régimen –muy orondo con sus policías– hay más de doscientos mil de estos pequeños cuartelillos domésticos. Se trata de grupos adictos que se encargan de husmearlo todo, de inventariarlo todo, de saber vida y milagros de cuanto bípedo respira en el país. No es una institución autóctona ni tampoco tiene su origen en el comunismo. Los Comités fueron una invención del Partido Nacionalsocialista alemán. Es un hallazgo de la mentalidad represiva de los nazis, y en Cuba funcionan más o menos como funcionaron en la Alemania de Hitler. Son los que instrumentan las orientaciones que «bajan» de lo alto. Nada humano les es ajeno: con quién se acuesta la señora del quinto, cuándo se baña el calvo del primero, por qué Zutano no fue a cortar caña. La represión y la vigilancia existen –obviamente– en razón directa de la posible desobediencia. La policía tiene que corregir los defectos de la idiosincrasia. Tiene que fabricar alemanes a la fuerza. Mussolini se tiraba de los pelos –es un decir– tratando de organizar «fascios» en medio de la algarabía napolitana. Fidel se mesa las barbas –no es un decir– tratando de organizar una colmena laboriosa y eficiente con abejas rumberas. Como no puede, aprieta tuercas. Reprime en el sentido político y en el de la jerigonza siquiátrica. Moldea con prohibiciones, sanciones y temores. Es obvio que los Comités de Defensa no están defendiendo a la revolución contra los marines yanquis, sino de los propios cubanos; es una elocuente evidencia que si existen doscientos mil minicuarteles es porque existen millones de posibles transgresores de la ley. Por supuesto, la revolución no tiene la culpa de tener que alimentar la caldera económica con represión. La culpa es de los cubanos, que tienen el descaro de no comportarse como alemanes.

 El marxismo-leninismo no puede aceptar la existencia de idiosincrasias. Es parte del dogma suponer que los rasgos de un pueblo y de las clases que lo forman son el resultado de ciertas peculiares relaciones económicas, y que al alterarlas, estos rasgos varían. Bien, ¿cuánto tiempo tardará la revolución en alterar la cubana hasta que el hombre encaje en el sistema. Tengamos en cuenta que no anda muy lejos el cubano del europeo meridional. Lo que de él se dice se puede decir del español, del griego, del italiano, del portugués, de ciertos franceses. Eso que llamo «el cubano», variante mestiza de «el latino»; es una mentalidad social elaborada por milenios de historia, que no empezó obviamente, con la reciente visita de Colón. ¿Cuánto –repito– tardará la revolución en modelar un cubano que sea ordenado, obediente, responsable, respetuoso, etc.? ¿Cuándo –¡por fin!– será el cubano un teutón para que Cuba funcione con eficacia? ¿Pensarán Castro y su equipo seriamente, cambiar en unas generaciones el resultado de miles de años de historia? Pensará nuestro Midas antillano que al toque de su fusil con mira telescópica puede trocar lo latino en germano? Con menos sorna, ¿tienen los gobernantes derecho a jugar con utopías? A mí me parece que toda esa relojería interior de un pueblo es muy delicada para ponerse a trastearla. Muchos de los rasgos del cubano, dentro de una organización económica congruente –como se ha demostrado en el exitoso exilio de Miami–, podía convertirse en virtudes. Pero el comunismo es la nueva escolástica: una caprichosa interpretación de la realidad, que cuando no coincide con la vida, opta por ignorarla. O por crear Comités de Defensa, que es peor.

El «modelo cubano» No es muy sencillo descifrar el esquema de valores que rige en la jerarquía comunista cubana. Especialmente entre los neocomunistas desovados por Fidel. La vieja guardia – que sabe más por vieja que por lo otro– es más clásica. Se cubre las contradicciones con más maña, con más pudor. Los fidelistas dan más bandazos. En 1960, por ejemplo, no estaban seguros de que el aborto fuera malo; en 1970 no tenían dudas de que era bueno, y en 1980 casi estuvieron a punto de hacerlo obligatorio. Al principio de la revolución, un abortero podía ir a la cárcel por realizar su labor; y a estas alturas, a lo mejor lo premian si trabaja horas adicionales. Y esto que se afirma con relación al aborto también puede

 aplicarse al comercio o a la agricultura. Se comenzó por estimular a los pequeños propietarios y se ha terminado por meter en la cárcel a un infeliz que intenta venderle un pobre desayuno o un mísero almuerzo a otro cubano hambriento en el comedor de su casa. En rigor, la escala axiológica del castrismo partió de un presupuesto populista (1959) y se disparó a toda velocidad hacia el estalinismo, con una infructuosa parada en la mitología neorroussoniana del «hombre nuevo» elaborada por el Che. Este «hombre nuevo» era el más original aporte que Cuba hubiera brindado a la experiencia socialista universal, si no se le hubiera atascado su flamante corazoncito de obrero-generosotrabajador- patriota. Fallaron los transistores del desinterés, y hubo que volver a la ingeniería tradicional de los premios si trabaja, y palos si no trabaja, que tan buen resultado le diera al abuelo Stalin. ¿En qué consiste, pues, el «modelo marxista cubano»? Me temo que no todo lo que de particular tiene la experiencia cubana no es precisamente marxista. Ni el equipo que tomó el poder, ni la forma empleada tienen nada que ver con el catecismo marxista. En abono de Cuba –para lo que sirva– vale decir que nunca el comunismo llegó al poder de acuerdo con las predicciones de Marx. Tampoco es marxista el hecho incontestable de que en Cuba gobierna un ejército surgido de una revolución, y no un partido comunista de base obrera. Luego no es gratuita la observación de que eso de «modelo marxista cubano» puede ser contradictorio. Lo que tiene de cubano, no lo tiene de marxista. Y viceversa. Veamos lo que tiene de marxista. La economía cubana está montada de acuerdo con el más rígido modelo soviético anterior a la era Yeltsin. Castro ha sido transparente en estos extremos: no al socialismo con rostro humano de Checoslovaquia; no al socialismo autogestionario de Yugoslavia; no al socialismo mixto de Hungría; incluso no al colmenarismo maoísta. En cada ministerio cubano trabajaban asesores soviéticos que dictaban la pauta. Las únicas discrepancias de Castro con Moscú surgían cuando Moscú daba algún paso hacia Occidente. Fidel era más papista que el Papa. Era él quien discretamente tiraba de las orejas soviéticas cuando los rusos se apartaban de la ortodoxia marxista-leninista en épocas anteriores a la perestroika. C u b a censuraba la coexistencia pacífica y el tratado de no proliferación de armas nucleares, porque ambos pactos le parecían contrarios a la revolución proletaria mundial. Cuba censuraba a los partidos comunistas latinoamericanos por haberse apartado del leninismo. Cuba, primero condenó a Gorbachov y hoy condena a Yeltsin. El

 conservador de la mitología tradicional de los libros sagrados de la secta es él, Castro, pero esa conducta intransigente parece ser propia de los nuevos adeptos de cualquier dogma.

¿Qué es, entonces, el «modelo cubano»? En la década de 1970, cuando los militares portugueses decidieron elegir la vía socialista, se habló, con cierto papanatismo, del «modelo cubano». A renglón seguido se pensó establecer unos «consejos locales de la revolución», variante lusitana de los «comités de defensa» cubanos. En rigor, el único aporte que Cuba podía hacer a los portugueses era un eficacísimo sistema represivo aprendido de los nazis. La innovación cubana era hitleriana y no marxista. No pudo La Habana transmitir una fórmula de producción valiosa, ni sugerir un tipo de organización administrativa, sistema de contabilidad o cualquier otra invención positiva y transferible, sino que se limitó a dar un consejo: «organicen a sus partidarios calle por calle, dótenlos de armas y dedíquenlos a vigilar al resto de la población. No hay una forma mejor para mantenerse en el poder». Ese es el único aspecto exportable del llamado «modelo cubano»: una asfixiante estructura represiva.

Y si no existe un modelo cubano, ¿por qué se habla de él? Muy sencillo: hablan de esto los que no son marxistas. Los que no están en el secreto. Durante anos, Cuba fue una contradicción de los liberales de Occidente, empeñados en tapar el sol con un dedo. He visto en un acto cultural celebrado en la Universidad de Nueva York cómo los asistentes pateaban y gritaban contra la Unión Soviética, para, a renglón seguido, aplaudir delirantemente la mención de la revolución cubana. Hasta hace pocos años, no era elegante ni «liberal» manifestarse contra la revolución cubana. Afortunadamente, eso ha cambiado. Hoy, muy poca gente se atreve a defender públicamente el triste matadero cubano, pero antes de la conducta tercamente estalinista de Castro, los cubanos, los actos que un liberal calificaba en Rusia como crímenes, los ignoraba cuando ocurrían en Cuba. Y no era exactamente una conducta hipócrita, sino una voluntad renovada de hacer concesiones al castrismo, voluntad que llegaba a operar en el plano subconsciente. Un libro cualquiera de Solzhenitsyn, por ejemplo, ese conmovedor catálogo de denuncias llamado El Archipiélago Gulag, podía ser creído sin dudar de una coma, pero un tomo

 similar compilado por un exiliado cubano era automáticamente rechazado. Los elementos progresistas de América y Europa pusieron demasiadas esperanzas en la revolución para aceptar el hecho brutal (y evidente) de que Fidel y un grupo de adeptos había elegido para el país una dictadura leninista con todas sus consecuencias. Lo curioso es que La Habana –Fidel, que es el factótum– no había tratado de enmascarar estos hecho ni de dar gato por liebre.

Con infinito desprecio, Castro se refiere a los liberales cada vez que lo cree necesario. Con toda claridad, afirma haber suscrito la cosmovisión comunista y lo que esto implica de cárceles y represión para los adversarios. Los comunistas del mundo entero, que saben por dónde van los tiros, lo estiman o lo detestan –los comunistas «liberales» lo detestan– por sus afinidades o sus disidencias, pero lo que sí no se creen es que están frente a un romántico líder nacionalista. Los elementos progresistas no marxistas, en cambio, hasta hace poco se empeñaban en admirar una revolución imaginaria que no existía fuera del ámbito de sus buenos deseos. ¿Qué destino tendrían en Cuba un Miterrand o un Felipe González que no fuera la cárcel, el paredón o el exilio? Existía, claro, una última y muy repulsiva manera de anular la contradicción: reconocer los excesos de la revolución, su sombrío matiz represivo, suponer que eso estaba bien para los cubanos. Para suecos, mexicanos o franceses, no sería correcto; pero para esos imbéciles de las Antillas era perfectamente aceptable. El abrazo de Castro y Mitterrand o de Castro y Palme sólo se explica en esos términos: Mitterrand y Palme suponían que esas criaturas caribeñas eran inferiores o distintas a franceses y suecos.

En el plano personal, era muy frecuente encontrarse a elementos progresistas, o a liberales bien intencionados, que razonaban –que aún razonan– con el mismo esquema injusto y racista: «yo no cabría en ese país, pero para los cubanos me parece correcto». (Por lo visto, los cubanos deben ser animales de otro mundo). Una variante no sólo racista, sino cínica, del razonamiento anterior es frecuente entre ciertos intelectuales: «la revolución es magnífica, pero mis hábitos burgueses me impedirían vivir dentro del país».

 Alejo Carpentier solía decir que los malos escritores eran los que se peleaban con la izquierda. Seguramente todo hombre público –político, artista, escritor, cantante– lo es en la medida en que tiene una imagen– en eso consiste ser hombre público, en ser, además de uno mismo, una imagen– y esa imagen incluye la ideología política del hombre público. Poca gente estaba dispuesta hasta hace poco a arriesgar su imagen en una denuncia contra Cuba. El mismo intelectual no comunista decidido a pedir la excarcelación de los presos chilenos, se negaba a arriesgar su imagen de progresista, laboriosamente construida a base de ciertas posturas viriles y otras tantas concesiones vergonzosas, pidiendo otro tanto para Cuba. Esta deshonesta atmósfera de silencios y medias verdades contribuyó durante años a mantener viva una revolución cubana que sólo gozó del entusiasmo popular en los primeros meses de 1959, y dio oxígeno a esas ridículas invenciones del «modelo cubano», «vía cubana hacia el socialismo» y otros monstruos de un bestiario totalmente imaginario. La verdad era dolorosa y al cabo terminó por imponerse: el único aporte cubano al socialismo era un nuevo y eficiente sistema de patrullaje interior … aprendido de los nazis. O sea, una mayor eficacia represiva. Esto explica la casi total pérdida del poder de seducción de la revolución cubana, aun antes de la llegada de Gorbachov al poder. Ahora, sólo la aman los temperamentos autoritarios. Los que están podridos de odio a la libertad humana.

El Che y el hombre nuevo

La revolución cubana solamente ha parido dos hombres realmente importantes: Fidel Castro y Ernesto Guevara. Sin Fidel, no hubiera habido revolución; sin el Che, probablemente, hubiera sido distinta. Cuando Fidel y Guevara se conocieron en México, el Movimiento 26 de Julio no era otra cosa que una especie de desprendimiento insurreccional del Partido Ortodoxo. Esencialmente, el 26 de Julio era un grupo de acción. Unos jóvenes que hablaban constantemente de pistolas y tiros. El Che, en cambio, dominaba otro idioma. Traía otra formación. En Guatemala había aprendido el lenguaje de los revolucionarios. En Argentina había conocido el peronismo y no le era extraño el pensamiento más radical de la época. No pertenecía, como dice la leyenda, al partido comunista, pero había suscrito algunos de sus mitos. Tampoco se crea, por esto, que Guevara era un teórico profundo. Se trataba de un dilettante revolucionario de veintiséis

 años, recién salido de la Facultad de Medicina, irreprimiblemente lírico, que se concebía a sí mismo como una especie de asceta trascendente, a mitad de camino entre el Mathatma Gandhi y León Trotski. Antes de conocer a Fidel, había recorrido medio continente en motocicleta, había planeado dedicarse a cuidar leprosos –un nuevo Dr. Schweitzer– y, por último, había carenado sin mucho éxito en la Guatemala de Arbenz. El Che quería arrimar el hombro a alguna aventura útil. Cuando a estas sicologías les da por la religión, se convierten en misioneros apostólicos. El Che conoció a Fidel y le dio por la revolución, que a fin de cuentas es una misión apostólica. El argentino se enroló en la expedición del yate Granma tras conversar un par de veces con Fidel y caer en trance por la dosis de entusiasmo que el cubano le puso a circular en las venas. Guevara estaba mejor formado que Fidel en el orden intelectual, y sin duda manejaba todo el aparato conceptual con más habilidad que su jefe, pero en ningún momento puso en duda el orden jerárquico. Fidel mandaba y el Che obedecía; Fidel era el jefe y el Che voluntariamente lo acataba. De aquella época queda un lamentable arrebato lírico de Guevara, de unos cuarenta versos, donde llama a Fidel «Capitán de la aurora». Este poema y su carta-testamento –el documento por el que libera a la revolución cubana de toda responsabilidad y se acusa del error de no haber entendido siempre a Fidel– son el alfa y omega de doce años de sumisión irracional de un hombre espiritualmente superior a su jefe, no sólo en el plano de la inteligencia o de la formación, sino en el plano ético y en su aplicación al vivir diario. Guevara fue el primer, último y único «hombre nuevo» que dio el proceso revolucionario. Ese cubano del futuro, desinteresado, laborioso, honesto, crítico, no era otro sino él. Esa criatura que vendría, y para la cual el trabajo era como un privilegio, no encontrando mejor remuneración que la satisfacción de llevarlo a cabo, era él mismo. El Che quería multiplicar su imagen. Pretendió –acaso sin tener conciencia de ello– preñar a millones de cubanos con su particular sementera. Como todos los apóstoles, proyectaba en los demás la concepción heroica de sí mismo. Convirtió su tipo en arquetipo repitiendo un fenómeno tan viejo como los hombres. Sin embargo, con la búsqueda del «hombre nuevo» le confirió dignidad a la empresa revolucionaria. Casi nadie notaba entonces el atropello de los hombres viejos. De todos aquellos bípedos que no podían ni querían parecerse a Guevara. De toda la gente que entiende que trabajar es un incordio para quienes el

 «futuro de la humanidad» es una abstracción mucho más frágil que el futuro de la familia. Guevara era un héroe y quería poner una fábrica de héroes. La ingeniería de su nuevo bicho revolucionario se le antojaba sencilla por ese inusitado mecanismo simplificador que opera en las neuronas de los apóstoles. Si él, con un asma que se caía, y unas piernas flacas que apenas lo levantaban, había hecho la revolución, ¿por qué no los demás? ¿Por qué no todo el mundo? Para Savonarola, para Ignacio de Loyola, para Robespierre, estas cosas son fáciles.

En cambio, al hombrecito espeso que va y viene a su trabajo, al maridito municipal, al señor que canta en la ducha, Guevara le estaba pidiendo la luna. Muy pronto, el argentino tuvo pruebas de que su entusiasmo no era transferible. La verdad es que «el hombre nuevo» no producía bastante. El Che ha sido uno de los peores funcionarios en la historia de la administración pública de Cuba. Si un ministro de Industria o un director del Banco Nacional de cualquier país civilizado comete los disparates que cometió Guevara, tendría que suicidarse. Más o menos lo que hizo Guevara. Tan pronto comprobó que «el hombre nuevo» no era viable y que él mismo había fracasado en las tareas del gobierno, se encaramó en Rocinante y se largó a atacar nuevos molinos de viento. Todo muy conmovedor, muy rario, pero escasamente leninista. Un análisis – marxista o lo que sea– de las condiciones objetivas y subjetivas que dieron al traste con la dictadura de Batista hubiera bastado para convencerlo de que la experiencia cubana era absolutamente irrepetible. Pero ¿a qué empresa útil podía arrimar el hombro a esas alturas? El Granma y la Sierra Maestra eran la liberación de un país, que no está mal. Luego proyectó la liberación de la humanidad mediante la manipulación ideológica de su carga genética: el dichoso hombre nuevo. Guevara –es evidente–, bajo sus ademanes huraños, bajo su costra de estudiada sequedad –encubridora de su lirismo– escondía una personalidad mesiánica.

Lo lamentable es que, al esfumarse la utopía guevarista e imponerse el pragmatismo soviético de un capitalismo de Estado al que le importaba un bledo la edad o el estilo de sus obreros, desapareció el único aporte original de la revolución cubana a la historia del comunismo. Fidel, que es una inagotable fuente de energía –es decir, un

 energúmeno, en la acepción exacta del vocablo–, es incapaz de teorizar. Es más Stalin que Lenin. Toda aquella virginal, amable, roussoniana búsqueda de un hombre que no conociera la codicia ni el agotamiento, un hombre que sintiera en su carne la injusticia cometida contra otro hombre (contra otro hombre que no se opusiera a la revolución, claro), se fue apagando tanto, que nadie lo recordaba. Aquel laboratorio que montaron en Isla de Pinos, con jóvenes comunistas incontaminados por el ancien régime, verdaderos «buenos-salvajes-civilizados», acabó en el más rotundo fracaso. Quizás no es honesto criticar a la revolución cubana por apartarse de caminos utópicos en los que ya se perdieron otros soñadores, pero menos honesto aún es ignorar que desde hace muchos años en el país no se cuece nada original ni dignificante. Hace mucho tiempo, Fidel decidió que Guevara estaba equivocado y que había que arar con los hombres viejos y dejarse de tanto cuento, para lo cual resucitó el antiguo e infalible truco del castigo y la recompensa. Si trabaja, premios. Si se sienta, palos. No falla. Viejo o nuevo, no falla. Lo triste es que al final, cuando ya no son posibles las recompensas, sólo quedan los palos.

La soberanía como coartada histórica

Alguien pudo decir aquello de «soberanía, cuántas revoluciones se cometen en tu nombre». La de Cuba no se hizo en nombre de la soberanía, pero ésta acabó justificándola a los ojos de medio mundo. Fidel-David le dio una pedrada a USA-Goliat en medio de sus partes de influencia, que, como se sabe, es donde más duele. Cuba, el traspatio donde los gringos desembarcaban, marines, tahúres y putañeros, se convirtió de pronto en territorio vedado. Fidel clausuró la zona de tolerancia. Echó a los gángsters a patadas, despidió a los businessmen —inessmen redimió a las prostitutas, concienció a los chulos, y le advirtió a todo el mundo que Cuba era el primer-territorio-libre-de América. Como los gringos tienen mala prensa, y Cuba, realmente, dependía de los Estados Unidos más allá de lo prudente, se dio por bueno el hecho de que la Isla ejerciera su soberanía. Una parte sustancial de las simpatías de que el proceso disfrutó se debe a esta interpretación del acontecer cubano. ¿Qué hay de cierto en el asunto? En primer término, si la soberanía es el derecho de los pueblos a regir sus destinos sin que intervengan potencias extranjeras, hay que tener una imaginación alucinada para afirmar

 que Cuba ha sido soberana a lo largo de estas tres décadas de subordinación a lo que fue la URSS. En todo caso Fidel, que ha decidido el camino de Cuba, es el único soberano del territorio, pero ni siquiera eso fue cierto. Mientras existió, la Unión Soviética fue la nueva metrópoli. No todo, claro, era igual. Los soviéticos no herían el nacionalismo genital de los cubanos. Rara vez se acostaban con cubanas. Emocionante. Calderón quedaba cesante automáticamente en tan casto país. Alguna vez, unas chiquillas se metieron en las literas de ciertos marineros extranjeros, y el mismísimo presidente intervino en el asunto con un discurso patético sobre la moralidad pública. Fidel en eso no transige. Es un nacionalista a calzón puesto. En el fondo es como esa gente primitiva a la que le molesta que los extranjeros se acuesten con sus mujeres. El repudio de la jerarquía cultural cubana hacia Camilo José Cela surgió cuando le preguntaron si quería un homenaje y respondió que prefería una mulata. Su hormonal preferencia lo puso en la lista de los agentes del imperialismo.

Los soviéticos tampoco desembarcaban marines para poner orden en el cotarro cubano. Sus militares eran más discretos. Controlaban –todavía controlan– bases a las que los cubanos no tienen acceso por razones de seguridad, como la de espionaje electrónico situada cerca de La Habana; pero no es éste un asunto que se ventila en público. Estos militares y técnicos, eso sí, gozan de impunidad ante las leyes. Como es razonable, dado el número y los años transcurridos, han acaecido decenas de accidentes e incidentes, con un saldo de muertos, heridos y perjudicados, sin que uno solo de esos extranjeros haya sido citado ante un tribunal. Los putañeros de antes –aquellos gringos escandalosos– de vez en cuando acababan en los juzgados. Los camaradas socialistas tenían mejor suerte. Todo el mundo es igual en Cuba. Debe ser que había algunos más iguales que otros, como solía decir Orwell.

En la sociedad capitalista cubana, el businessman yanqui, con su inevitable portafolio, era un tipo importante que empujaba mamparas y al que se le decía Yes, sir constantemente. Ese espécimen durante muchos años tuvo su doppelgánger soviético en el funcionario-comisario. En Cuba, hubo muchos. Andaban con maletitas oscuras dando órdenes a través de intérpretes. Los cubanos hicieron una clasificación llena de estúpidos

 prejuicios: los rusos apestaban y son despóticos (peyorativamente se les llama los «bolos»); los alemanes también apestan, y sólo son secos; los checoslovacos y rumanos suelen ser amables y no apestan; los comunistas búlgaros son definitivamente necios. Los más cordiales y menos altaneros eran los chinos, pero «se fueron cuando la bronca del arroz». La «bronca del arroz» fue el contencioso chino-cubano a propósito del precio y condiciones que China puso a Cuba para venderle arroz. Fidel acabó diciéndole – literalmente– «viejo chocho» al venerable Mao. En silencio, sonrientes, los chinos hicieron mutis por la muralla y durante veinte años apenas tuvieron contactos con Castro.

Pero vamos a lo importante: ¿qué grado real de independencia tuvo Cuba con respecto a la Unión Soviética? A fin de cuentas, el hecho de que antes los gringos y luego los rusos tuvieran privilegios no era tan determinante. La pregunta vital, ya materia de historiadores, es ésta: ¿era Cuba un satélite? Si lo era, ¿cuán cerca describía su órbita de la masa que lo gobernaba? Digamos que Cuba fue un satélite en lo fundamental, pero lo fue con entusiasmo y por convicción. Cuba no se apartaba un centímetro de la Madre Patria (adoptiva) en las cuestiones esenciales. La Habana odiaba y atacaba a Mao y a Tito, apoyó la intervención en Checoslovaquia y la invasión de Afganistán, persiguió a los trotskistas, acusó a Israel y se sometió a todos los ritos de la ortodoxia. La Unión Soviética, en cambio, la dejaba ser más papista que el Papa (con perdón). Esta era su independencia. Cuba, por ejemplo, podía apoyar a ciertos grupos comunistas a la izquierda de los partidos comunistas locales. Moscú no le exigía que ayudara a la vieja guardia, y hasta le permitía que Fidel ensayara su internacional criolla y rumbera. Con toda libertad, Castro hacía suya la causa del 5% de los puertorriqueños que quieren la independencia. O se empecinaba en un antiyanquismo a ultranza, vestigio de las peores épocas de la guerra fría. La Unión Soviética, pacientemente, aceptaba que Cuba fuera más ortodoxa que ella. No había riesgo en esto. No podía haber un cisma, como el chino, porque Cuba era insignificante. Además, la única garantía que tenía Castro de que la revolución cubana continuaría existiendo era que la Unión Soviética la protegiera. Si había ruptura, se quedaban indefensos y los yanquis podían darles un manotazo, circunstancia ésta en la que en Washington hoy ya nadie cree, sencillamente, porque no tiene sentido salir a matar a un enemigo que se está muriendo solo.

 Esto tal vez parezca un argumento en favor del vasallaje cubano, pero ¿no habíamos quedado en que se trataba de ejercer la soberanía? ¿Qué sentido tiene cambiar de procónsules? Paradójicamente, los países de la zona eran mucho más independientes con relación a los Estados Unidos que lo que Cuba fue con respecto a la Unión Soviética. Carlos Andrés Pérez, Gaviria, y hasta Balaguer, se han permitido unas veleidades autonómicas que Cuba no pudo soñar siquiera cuando dependía de la URSS. Esto en lo político, puesto que en lo económico, el cuadro es incluso peor. Cuba llegó a tener tantos lazos comerciales con la Unión Soviética como los que en su momento mantuvo con Estados Unidos. Sólo que, aisladamente, el dato nada significa. Cuba tenía a ciento cincuenta kilómetros de sus costas el mayor comprador, vendedor y productor de bienes que ha conocido la historia. ¿Había alguna manera lógica y rentable de sustraerse a su influencia? El famoso (y falsamente denominado) «bloqueo yanqui», no le ha hecho tanto daño a Cuba por lo que no le compra como por lo que no le vende. Cuba, como los gringos dejaron de explotarla, tuvo que ir a que la explotaran fuera. Y encima le salía más caro.

Lo que quiero decir con esto es que lo que no es sino un problema político y económico, se ha visto por el lado sentimental, que es tanto como coger el rábano por las hojas. Fidel, sin duda, ha encarnado el papel de David con mucho talento. Se ha dicho más: se ha dicho que los cubanos han cobrado gracias a su influjo a su influjo cierta dignidad nacional de la que carecían, y que hoy se sienten soberanos. Que están orgullosos del lugar que ocupan en el mundo. Es cierto que Castro ha puesto en el mapa político a los cubanos, pero cabe poner en duda la utilidad de ocupar las primeras páginas de los periódicos. Amín hizo popular a Uganda y Gadafi a Libia sin que ugandeses y libios hayan sacado del show otra cosa que dolores de cabeza. Suiza y Austria hace años que no paren un titular de periódico, y no creo que eso les quite el sueño. No es muy cuerdo, además, transmitir a la colectividad la megalomanía propia. Los pueblos no tienen urgencias protagónicas. Ese es un microbio que se les inocula a cierta gente. La ingenua satisfacción que puede sentir la persona de un país insignificante ante la súbita fama de su patria es síntoma de un entusiasmo primario, pariente heroico de la emoción del hincha

 deportivo o del «fan» artístico. Fidel no se podía resignar a que su territorio fuera un relativamente importante y risueño balneario, fábrica, o campo sembrado, que es lo suyo, y se inventó un destino que no casa con la realidad del país. A escala desmesurada es la tragedia del enano que se esfuerza por ser alto y acaba complaciéndose con ser famoso. Para algunos incautos, esa sensación de notoriedad equivale a «Dignidad Nacional» y otras palabrotas con mayúscula. Eso no es serio. La soberanía, que siempre es un valor relativo, es la expresión de un consenso mayoritario, no la elección caprichosa de un tipo con vocación de historia; y es, además, una postura coherente de independencia frente a todas las potencias. De lo contrario, es una farsa.

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