01. Vaya por delante lo siguiente


CAPÍTULO I VAYA POR DELANTE LO SIGUIENTE

Este libro se propone explicar las desventuras de Castro en la era del poscomunismo – vísperas del final–, hacer balance de lo que realmente ha sido la revolución cubana a lo largo de más de tres décadas y asomarse brevemente a lo que puede ser una Cuba democrática.

Este no es un libro de historia, sino un ensayo de interpretación. Doy por sentado que el lector conoce el telón de fondo. Si se encuentra perdido, lo más sensato es que acuda a los tres volúmenes de Hugh Thomas (Cuba: la búsqueda de la libertad), excelente manual de historia cubana contemporánea, o –si prefiere un estudio detallado y erudito– a Cuba: economía y sociedad del historiador Leví Marrero. Fidel Castro y la revolución cubana es otra cosa. Cuando decidí escribirlo se me planteó primero la cuestión metodológica: ¿cómo se analiza una revolución? Después de ciertos intentos que naufragaban en el fárrago o en la acumulación de datos, opté por debatir una serie de temas de interés general –Batista, Fidel, la mujer, las razas, el sexo, la estructura del poder, la oposición, etc.– y me aventuré a tratarlos directamente y –ahora lo comprendo avergonzado– con cierto intolerable desenfado. En todo caso, esta secuencia de ensayos, pese a su inarticulada apariencia, tiene –o creo que tiene– una coherencia que permite establecer un definitivo juicio de valor a manera de suma total. Ese es el objetivo. El lector, abrumado durante años por lecturas contradictorias, podrá ahora mirar detrás de las imágenes y formular un juicio definitivo sobre la revolución cubana. Este pretende suministrarle una interpretación general de los acontecimientos, y luego dejarle que extraiga sus propias conclusiones.

La publicación fragmentaria de papeles parecidos a éstos me ha acarreado en el pasado un buen número de ataques y reproches. Para mi fortuna, los escribientes que hasta ahora me han salido al paso han sido más machacones que convincentes. Esa falta de imaginación me permite adelantar el inventario de sus principales objeciones a esta obra

 y, de paso, articular mi respuesta. El procedimiento, desde luego, no es muy ortodoxo, pero intento con ello que no se use de tapabocas lo que generalmente no pasan de ser prejuicios facilones. No descarto la hipótesis de haberme equivocado frecuentemente en el análisis de ciertos hechos, pero esto tiene que demostrarse con algo más que gruñidos.

Primera objeción. El análisis de la revolución cubana no es válido porque el autor es un exiliado, y siempre dará una visión negativa de ese proceso.

Si lo anterior es cierto, tampoco los señores Goytisolo, Arrabal, Madariaga o Sender –por ejemplo– no tenían autoridad ninguna para enjuiciar el acontecer político español. Ni Lenin –desde Londres y Suiza– a la Rusia de los zares. Ni Martí, Sarmiento y Bolívar, que tantos papeles emborronaron en el exilio, a sus países sojuzgados. Ni Solzhenitzyn, a la URSS que le expatrió a la fuerza. Probablemente ocurra lo contrario: gústenos o no, los testimonios más valiosos son los de los imbricados en la historia, ya sean derrotados o triunfadores, categorías vidriosas que el tiempo acaba por borrar. (¿Recuerda alguien que Josefo, el gran historiador judío, fue un derrotado?) Pero además, como ha señalado I.L. Horowitz, intelectual al margen de toda sospecha, se da la circunstancia que los mejores análisis del castrismo han sido realizados por académicos exiliados (Mesa-Lago, Domínguez, Suárez, Clark, et al).

Segunda objeción. El análisis está viciado de origen por la condición anticastrista de su autor, por su convicta y confesa militancia liberal.

Supongo, entonces, que el análisis de las dictaduras comunistas deben hacerlo los comunistas, el del fascismo los fascistas y el de las democracias burguesas los liberales. Con este criterio, claro, no se hubiera El Capital, que no es más que un análisis del capitalismo realizado desde supuestos comunistas. Pretender objetividad en esta materia, por otra parte es risible. Nadie la tiene. Todos operamos desde criterios profundamente subjetivos. ¿No es acaso una superstición creer –como creen los marxistas– en el destino superior (en la misión) de la «clase» (?) proletaria? Ser marxista a pesar de la reiterada imposibilidad de verificar la teoría con más de setenta años de práctica fallida, ¿no es la

 más palpable muestra de subjetividad? Todos somos subjetivos, entre otras cosas porque es imposible moverse en el terreno de la ética –que es de lo que se trata– aventurando juicios, si no se va bien provisto de una tabla de valores. Soy, efectivamente, liberal, en el sentido do europeo del término, probablemente –y ya es bastante– porque no me alcanza el entusiasmo para ser otra cosa, pero seguramente porque, aún con sus imperfecciones, no conozco otras sociedades más habitables que las que se rigen por normas liberales. No tengo, pues, otra manera de enjuiciar la dictadura comunista cubana que desde mi particular repertorio de preferencias y rechazos. Admito que los comunistas suscriban determinada visión de la humanidad e, instalados en ella, conciban como les dé la gana las relaciones entre los hombres; pero no acepto que alguien pueda estar en posesión de la verdad y, por lo tanto, del privilegio de proclamarla.

Tercera objeción: El trabajo es subjetivo y contiene afirmaciones que no siempre sustenta con datos o estadísticas.

Casi estamos de acuerdo: este libro es un largo ensayo –o muchos ensayos cortos en torno a un tema– y no una monografía académica. Sólo que es altamente dudoso que la historia se pueda interpretar científicamente. Estos intentos cientificistas suelen acabar en mamotretos notariales de escasa utilidad. Tirios y troyanos, puestos a la tarea de analizar la revolución cubana –o cualquier revolución– acabarán haciendo afirmaciones arbitrarias. ¿Qué son, si no, esas vagas fórmulas de «el pueblo revolucionario», «la oligarquía»? ¿Qué significado real –científico– tienen las palabras esas de «pequeño burgués», lumpem proletariado», «burguesía»? No es posible el «análisis científico de la historia», entre otras cosas porque el lenguaje que utilizamos pertenece al alegre capítulo de la ensayística política. Por otra parte, no creo que la explicación de un hecho histórico cualquiera pueda sustentarse siempre en datos objetivos. Tampoco es necesario hacerlo. Una mujer apaleada y humillada, en una celda, como es el caso de la poetisa María Elena Cruz Varela, es un hecho que no requiere trámite para su censura. Las estadísticas, además, pueden ser engañosas aun siendo ciertas. Un riguroso arqueo del crecimiento económico alemán entre 1933 y 1939 –kilómetros de carreteras, índice de precios, productividad per cápita y todos esos datos– arrojaría una muy favorable imagen de la

 Alemania hitleriana. ¿Sirve de algo esa inmaculada información a la hora de enjuiciar el nazismo? Mucho más importante es, y mucho mayor peso histórico tiene –conminados a establecer un juicio de valor– el hecho no computable del antisemitismo y la intolerancia de aquella tribu frenética. Y algo parecido debió suponer Hugh Thomas al reseñar la monumental obra del académico de Harvard, Jorge Domínguez, Cuba: Order and Revolution, y preguntarse si «sería capaz un cubano medio, sumergido en los miles de secretos y frustraciones de una sociedad controlada, de reconocer en esos cuidados capítulos algo que se parezca a los problemas de la Isla». Lo que yo he tratado, precisamente, es de que este libro refleje los problemas de la Isla confiando no sólo en el rigor de los datos objetivos, sino también en el sentido común, la observación y la capacidad para establecer juicios éticos; porque, al fin y al cabo, la única utilidad de la información académica es la de servir como otro punto de apoyo a las reflexiones morales. ¿Qué medida objetiva puede utilizarse para avalar la (mi) afirmación de que el ciudadano cubano vive en un constante estado de terror y sobresalto? La afirmación no está hecha a la ligera, sino tras centenares de entrevistas realizadas con cubanos que han logrado escapar, o con funcionarios del régimen que en el exterior, en virtud de viejas relaciones, han tenido acceso a secretas reuniones patéticamente misteriosas. Admito que el lector, ya sea procastrista o esté escamado, ponga en duda estas afirmaciones; pero sólo será consecuente si hace lo mismo con las otras. Es decir, con la emocionante historia de los niños felices y los obreros contentos por la derrota del imperialismo. No veo cómo la revolución puede probar que tiene el respaldo del pueblo, pero sus corifeos no vacilan en afirmarlo en papeles «científicos». El puntilloso lector que por cuestiones metodológicas ponga en solfa mis aseveraciones deberá hacer lo mismo con las de La Habana. Acepto que el terreno es movedizo, pero lo es para todos, claro.

Por último, aunque Castro se ha quedado prácticamente solo, hay dos argumentos finales en su favor que me gustaría refutar antes de entrar realmente en el libro. El primero tiene que ver con el embargo americano y la supuesta responsabilidad de Washington en la terrible situación económica por la que Cuba hoy atraviesa. Con el segundo se intenta justificar la revolución y exonerarla de culpas, comparando el nivel de vida de la Isla –la sanidad, la educación, los deportes– con el de Haití o Bolivia.

 En cuanto al embargo, bueno es que se recuerde que apenas se trata de una prohibición a los ciudadanos norteamericanos de que no gasten dólares en Cuba, o a las compañías de esa nacionalidad de que no comercien con la Isla. Prohibición que se originó a principios de la década de los sesenta como consecuencia de las confiscaciones sin indemnización de las compañías norteamericanas.

Por supuesto, ese embargo no le impide al gobierno de La Habana comerciar con el resto de los países del mundo, y vender o comprar todo género de mercancías. De ese comercio sin límites pueden dar fe los españoles o los argentinos, a quienes el gobierno de Castro ha dejado de pagarles más de mil millones de dólares, así como los franceses, los japoneses, los mexicanos o los canadienses. Más aún: incluso las compañías norteamericanas radicadas fuera de Estados Unidos no cesan de venderle o comprarle al gobierno de Castro cuando tiene algo que vender. En 1990, ese comercio con los odiados yanquis ascendió a más de 500 millones de dólares hasta que la Ley Torricelli prohibió ese tipo de transacciones, en beneficio de los exportadores de otros países. Lo que ya no venden las compañías yanquis ahora lo venden las francesas, españolas o de cualquier otra bandera. La Ley Torricelli a quien fundamentalmente perjudica es a los exportadores norteamericanos. De manera que la excusa del embargo, hay que tomarla como eso: como una coartada poco seria para intentar justificar una catástrofe económica sin precedentes en la isla de Cuba.

En cuanto a los logros de la revolución, lo justo es comparar lo que ha ocurrido en Cuba durante estos treinta años, con lo sucedido en Puerto Rico, y no con los niveles de pobreza de Haití o Bolivia. En efecto, Cuba y Puerto Rico forman parte de la cultura antillana: hasta 1898 tuvieron un destino paralelo, y en 1959 las dos islas gozaban de un parecido nivel de desarrollo, mientras padecían exactamente los mismos problemas: monocultivo azucarero, desempleo parcial y cierto analfabetismo en las zonas rurales. A partir de 1959, a esas similitudes se unieron otros dos fenómenos más o menos semejantes: los cubanos comenzaron a emigrar masivamente rumbo a Estados Unidos – como ocurría con puertorriqueños avecindados en Nueva York o Chicago–, mientras una

 potencia mundial –la URSS– dio inicio a una ayuda económica al gobierno de Castro valorada en miles de millones de dólares, más o menos como sucede con el respaldo que Washington le brinda a San Juan.

¿Qué ha ocurrido en estos 35 años cuando se comparan los resultados de Puerto Rico con los de Cuba? Pues que los de Puerto Rico han sido infinitamente mejores en casi todos los órdenes. Pero es en el terreno económico donde la diferencia entre las dos islas se ha hecho abismal. Los puertorriqueños hoy tienen una renta per cápita cuádruple de los cubanos (Cuba, $1,200; Puerto Rico, $6,000) y exportan casi diez veces más (Cuba, $1,700 millones; Puerto Rico, $15,000 millones). No obstante, hay todavía un aspecto en el que los logros puertorriqueños son infinitamente más impresionantes: la diversificación de la economía. Los puertorriqueños han conseguido el final de la dependencia azucarera, la industrialización de la Isla con millares de fábricas de alta tecnología y el desarrollo de grandes centros turísticos que reciben ocho veces el número de viajeros que Cuba. Es tanto más impresionante cuanto que la población de Puerto Rico es una tercera parte de la cubana y aquella isla catorce veces más pequeña que Cuba. Todo esto, por supuesto, lo han logrado los puertorriqueños sin dictadura, sin guerras africanas y con elecciones periódicas en las que eligen el gobierno, y el sistema en el que les da la real gana de vivir. En todo caso, y para aclarar definitivamente cuál fue el punto de partida de la revolución cubana, este capítulo concluye con el apéndice que sigue a continuación.

Estado de la economía cubana antes de Castro

Si en 1959 el panorama económico de Cuba hubiera sido el de Bangladesh o Haití, muchos de los razonamientos vertidos a lo largo de este libro no serían válidos. Donde la gente desfallece por hambre en medio de la calle, casi cualquier medida que tienda a aliviar esa situación parecerá aceptable. Ese no era el caso de Cuba. Para probarlo, resumimos un trabajo del Dr. Leví Marrero, el más notable geógrafo e historiador de la economía cubana, aparecido en la tercera edición de su Geografía de Cuba (Editorial Minerva, Nueva York, 1966); obra, por cierto, que en su momento fue traducida en la URSS.

 Lacoste, citado por Leví Marrero, ha seleccionado quince caracteres constitutivos del subdesarrollo como guía para que el científico social llegue a sus propias conclusiones mediante el análisis de los datos disponibles en cada país. Esta es la revisión de tales características en la sociedad cubana de la década de 1950.

l. Alimentación 2. Agricultura 3. Ingreso nacional per cápita y niveles de vida 4. Industrialización 5. Consumo de energía 6. Subordinación económica 7. Sector comercial 8. Estructuras sociales 9. Significación de la clase media 10. La integración nacional 11. Desempleo y subempleo 12. Nivel de educación 13. Crecimiento demográfico 14. Estado sanitario 15. La toma de conciencia 1. La alimentación En la tabla relativa al valor calórico de las dietas de 93 países, computada en escala mundial por Ginsburg (Atlas), Cuba ocupaba el rango 26 con 2.730 calorías diarias (según la FAO, 2.870 calorías). El mínimo adecuado, según la OMS, es de 2.500 calorías por día. Hoy Cuba admite que sólo proporciona 1.760 calorías a los cubanos. En América sólo superaban a Cuba, Argentina (3.360), Estados Unidos (3.100), Canadá

(3.070) y Uruguay (2.945). En cuanto a fuentes de proteínas de origen animal, Cuba era uno de los países proporcionalmente mejor abastecidos, con 6.000.000 de cabezas, equivalente a una res por habitante. El sacrificio de reses y cerdos en 1957 arrojaba una tasa per cápita anual de 34 kilogramos de carne roja, sin incluir aves y pescados. La producción de leche de 1958 alcanzó 800.000 toneladas y se produjeron 315 millones de huevos.

2. La agricultura Hay una evidente relación entre la proporción de la población dedicada a la agricultura y el índice de desarrollo (o subdesarrollo). En 1955, la Europa meridional empleaba el 58% de su población trabajadora en la agricultura; África del Norte, el 73%; África negra, el 76%; Asia del Sudoeste, el 70%; Asia meridional del Norte, el 74%; Asia Oriental, el 71 %; Estados Unidos y Canadá, el 13%. Cuba empleaba el 30’5% y ocupaba el lugar número 30 entre las 97 naciones estudiadas por Ginsburg. Pero además, Cuba ocupaba el segundo lugar entre todos los países latinoamericanos en utilización proporcional del suelo agrícola. En la tabla sobre uso de kilogramos de fertilizantes por hectárea cultivada, Cuba ocupaba el lugar 35, junto a España, entre 102 países analizados, con un promedio de 26 kilogramos (el mundial era de 22 kilogramoshectárea).

3. Ingreso nacional per cápita y niveles de vida Según el profesor H.T. Oshima, de la Universidad de Stanford, California, «el ingreso per cápita del pueblo cubano (1953) era del mismo orden de magnitud de los ingresos per cápita señalados para Italia y la Unión Soviética por Gilbert y Kravis en su Comparación internacional de productos nacionales y capacidad de compra de las monedas, y por Bornstein en Comparación de las economías de los Estados Unidos y la Unión Soviética. En la década de 1950, varios de los países socialistas aparecen con ingresos per cápita inferiores a Cuba: Rumania, 320 dólares; Yugoslavia, 297; Bulgaria, 285; China, 56; Cuba 520 dólares» (J.M. Illán, Cuba en cifras).

Automóviles.-Uno por cada 40. Tercer lugar de América Latina después de Venezuela y Puerto Rico. Tercer lugar mundial en kilómetros de carreteras por miles de vehículos.

 Teléfonos.-Uno por cada 38 habitantes. Cuarto país en Latinoamérica, después de Puerto Rico, Argentina y Uruguay (Brasil, un teléfono/68 habitantes; México, un teléfono/72 habitantes).

Radioreceptores.-Uno por cada 6’5 habitantes. Tercer lugar en Latinoamérica. Funcionaban 270 estaciones transmisoras.

Televisión.-Un televisor por cada 25 habitantes. Primer lugar en América Latina. Cinco estaciones de televisión, una de ellas en color (1958).

4. Industrialización Según el texto de Lacoste, en 1959 la población obrera mundial alcanzaba los porcentajes siguientes: África, 11 por 100; Asia, 10 por 100; Latinoamérica, 17 por 100; Estados Unidos y Canadá, 37 por 100; Europa Occidental, 42 por 100. En Cuba (1953), el 24 por 100 de la fuerza de trabajo correspondía al sector industrial. La producción industrial no azucarera ya era mayor en esa fecha que la azucarera. Se producían 10.000 artículos diferentes. En cuanto a consumo de acero por habitante, tocaba a Cuba, entre 108 países, el rango 39, por delante de países como México y Brasil.

5. Consumo de energía Entre 124 países analizados por Ginsburg, Cuba ocupaba el rango 25, con 11’8 megavatios/hora anuales per cápita. Era el primer país de Latinoamérica, seguido de Venezuela. La Unión Soviética ocupaba el rango 22, con 16 megavatios/hora. México, en cambio, ocupaba el puesto 42, con sólo 6’4 megavatios/hora.

6. Subordinación económica En el año 1929 –el punto más alto de la curva– la penetración económica de Estados Unidos en Cuba asciende a 1.525 millones de dólares, de los cuales 800 millones correspondían a la industria azucarera. A partir de 1935, la situación comenzó a cambiar. Ese año, de 161 centrales azucareras, solamente 50 (y de poca capacidad) eran de propiedad cubana, y producían apenas el 13 por 100 del azúcar total. Sin embargo,

 en 1958, 121 de las 161 centrales eran de propiedad cubana y representaban el 62 por 100 del total. Había también reconocida participación cubana en las corporaciones que poseían el resto de las fábricas de azúcar.

Las inversiones norteamericanas se elevaban en 1958 a 861 millones de dólares; al mismo tiempo, la capitalización de Cuba en los sectores industrial, comercial y agrícola se estimaba en más de 6.000 millones de dólares, lo que reducía la proporción del capital inversionista norteamericano a menos del 14 por 100 (Illán). Las propiedades urbanas cubanas, no incluidas en el cálculo anterior, representaban otros 6.000 millones de dólares. En igual fecha, las inversiones británicas, principalmente ferrocarriles, calculadas en 150 millones de dólares treinta años antes, eran apenas de 400.000 dólares.

La autonomía interna se manifestaba en otro hecho: en 1939, los bancos cubanos contaban con el 23’3% de los depósitos privados. En 1951, al ser inaugurado el Banco Nacional, sumaban el 53’2%, para alcanzar el 61’1% en 1958.

7. El sector comercial Cuba, con una sociedad totalmente dentro de una economía monetaria, poseía un sector comercial muy denso. Illán da para el año 1958 las siguientes cifras: 65.000 establecimientos comerciales, o sea, uno por cada mil habitantes aproximadamente, que ocupaban a 254.000 personas y producían una media anual de ventas de 2.500 millones de dólares.

8. Las estructuras sociales Noyola, el economista marxista mexicano, en una serie de conferencias pronunciadas en 1960 en el Banco Nacional de Cuba por invitación de la Revolución, afirmó: «Las diferencias regionales y culturales entre los distintos sectores de la población son mucho menos marcadas en Cuba que en otros países. Motivos de la gran fluidez social son, en parte, una gran homogeneidad social y cultural, y el hecho de que aquí (Cuba) no existieran o no se desarrollaran o desaparecieran con el desarrollo, desde la época

 colonial, las instituciones y las relaciones de trabajo de tipo feudal. Por otro lado, el rápido desarrollo económico y la tendencia de elevación de los niveles de salarios fueron también un factor que permitió una fluidez social mucho mayor (…). Los contrastes entre miseria y riqueza son mucho menos marcados aquí. De hecho, yo diría que Cuba es uno de los países, con excepción tal vez de Costa Rica y Uruguay, donde está menos mal distribuido el ingreso en América Latina».

9. Significación de la clase media Gino Germani, en un estudio para la UNESCO (1963), calculaba a la clase media en un 22% de la población total, equivalente a las proporciones de Chile y Colombia, ligeramente inferior a la Argentina (26%) y superior a las del Perú (18%) y Brasil (15%). El ecuatoriano A. Díaz, en un estudio publicado en Política (Caracas, 1961), calculaba la clase media cubana en un 33% de la población; Goldenberg, citando a los profesores MacGaffey y Barnett (1962), reitera que «es indudablemente cierto que el grupo de ingresos en Cuba era el mayor de Latinoamérica. Esto podía ser confirmado por cualquiera que caminase con los ojos abiertos a través de los mejores sectores y viese los nuevos suburbios de la clase media, que estaban brotando como hongos». Goldenberg ha dicho que: «La vasta mayoría de la población formaba una nación y carecía de todos los tabús y tradiciones que en muchos países subdesarrollados interfieren el camino hacia el desarrollo y la modernización». El historiador norteamericano T. Draper, señala que: «Una interpretación social de la revolución cubana debe comenzar mirando a la sociedad cubana como mucho más urbana, menos agraria, mucho más clase media y mucho menos atrasada de lo que el castrismo ha querido hacerle aparecer…».

 10. La integración nacional En el Atlas de Ginsburg aparece señalado reiteradamente el destacado rango mundial que había alcanzado Cuba en cuanto a vías de comunicación y medios de transporte, en la

forma que sigue: Rango mundial Densidad de vías férreas: km de vía por km² 8’27 13 Km de vías férreas por 100.000 habitantes 16’0 9 Millones de ton/km de carga por 100.000 habitantes 16’3 42 Densidad de carreteras: km de carretera por 100 km² 4’0 75 Densidad de vehículos de motor 29’7 28 (URSS: 12’5 vehículos/1.000 habitantes en 1957; rango mundial, 46)

11. Desempleo y subempleo La falta de una programación económica nacional contribuyó a la perpetuación de la alta tasa de desempleo y subempleo, a pesar de los períodos de las relativas bonanzas de los precios azucareros que desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial favorecieron a la economía cubana. El fomento de la agricultura comercial intensamente tecnificada, como el cultivo del arroz y el fomento de nuevas industrias, absorbían una proporción mínima de la gran masa desempleada y subempleada en campos y ciudades. El Consejo Nacional de Economía admitía en 1957, como resultado de su encuesta sobre empleo, desempleo y subempleo en Cuba, que de una fuerza de trabajo de 2.200.000, equivalentes al 53% de la población de más de catorce años de edad, había un 16.4% crónicamente desempleada, mientras que de un 6.1 % a un 7% trabajaba dentro de la esfera familiar, sin remuneración.

12. El nivel de educación Desde 1940, todos los maestros cubanos, en los niveles primario y secundario, poseían títulos normales o universitarios. Era el único país latinoamericano que había alcanzado tal logro.

 Funcionaban en Cuba 30.000 aulas primarias con más de 34.000 maestros. La matrícula ascendía a 1.300.000 alumnos.

La educación privada, representada por más de 1.000 escuelas, servía a más de 200.000 estudiantes, bajo la orientación oficial del Estado.

La calidad de los textos cubanos solía ser alta. En 1959, Cuba exportó libros de texto por valor de 10 millones. Muchos de aquellos textos todavía se utilizan en varios países de América Latina, como sucede con el de Álgebra de Baldor.

Alfabetización.-De acuerdo con Ginsburg, Cuba ocupaba la posición 35 entre 136 países analizados, con una tasa de 80% capaz de leer y escribir, lo cual colocaba a la Isla en la misma categoría que Chile y Costa Rica, superada en Latinoamérica solamente por Argentina (85 al 90% alfabetizados) y Uruguay (80-85%). El dato es impresionante si sabemos que al terminar el régimen colonial español en 1898, solamente 28 de cada 100 cubanos sabían leer y escribir. No fue en las tres décadas de Castro cuando los cubanos masivamente se alfabetizaron, sino en las seis anteriores.

Prensa.-Entre 112 países analizados por Ginsburg, Cuba ocupaba el rango 33, con una circulación diaria de 101 ejemplares de periódicos por cada mil habitantes. En Latinoamérica, solamente Uruguay (233/1.000), Argentina (154/1.000) y Panamá (111/1.000) superaban a Cuba. Universidad.-Según el Anuario Estadístico de las Naciones Unidas (1959), Argentina, Uruguay y México ocupaban los primeros lugares de Latinoamérica, con 3’8 universitarios por cada 1.000 habitantes.

13. El crecimiento demográfico Al finalizar la década de los cincuenta, Cuba tenía una tasa anual de 25’1 nacimientos por

1.000 habitantes, comparable a la de Estados Unidos (22’4) y Canadá (25’5) y figuraba en el tercer lugar de América Latina, después de Uruguay (21’3) y Argentina (22’4), mientras en el resto de la región, las cifras alcanzaban niveles entre los más altos del mundo: Costa Rica, 50’5; Guatemala, 49’9; México, 44’9; El Salvador, 45’3; Venezuela, 44’4.

La tasa de mortalidad de Cuba era de las más bajas del mundo: 5’8 muertos anuales por

1.000 habitantes; en Estados Unidos era 9’5; en Canadá, 7’6; en Chile se elevaba a 20’6 y en México y Perú, a 10’6. Hacia 1955, la población cubana crecía en un 2’4 por 100 anual. Alta de acuerdo con la media mundial, que era de 1’6 por 100, pero baja comparada con Latinoamérica, puesto que 13 países superaban a Cuba. 14. El estado sanitario Según Ginsburg, en una tabla que describe el estado sanitario de 122 países, Cuba estaba situada en el rango 22 con 128.6 médicos y dentistas por 100.000 habitantes. Los dos únicos países latinoamericanos con mayor proporción de profesionales eran Argentina y Uruguay. Muy por detrás de Cuba se situaban países socialistas como Polonia, Yugoslavia, Hungría, Bulgaria y China. En 1953, aun países como Holanda, Francia, Reino Unido y Finlandia proporcionalmente contaban con menos médicos y dentistas que Cuba.

En cuanto a capacidad de hospitalización en 1952-53, de acuerdo con el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California, Cuba contaba con una cama por cada 300 habitantes. Sólo Costa Rica (1/135) Argentina (1/160), Uruguay (1/175) y Chile (1/185) superaban a Cuba en el ámbito latinoamericano.

15. La toma de conciencia La toma de conciencia ante el subdesarrollo, que según Lacoste es el primer paso hacia el desarrollo mismo, se produjo en Cuba en los primeros años de la década de 1930, cuando la crisis económica insular, originada en la depresión mundial, coincidió con la lucha contra la última dictadura caudillesca (Gerardo Machado) producto de la sociedad tradicional.

 ¿Hasta dónde había avanzado Cuba en el camino del desarrollo?

Un análisis cuantitativo de la capacidad alcanzada por la economía cubana para generar ahorro y autofinanciar su crecimiento, ha llevado a varios economistas distinguidos, como los profesores José Álvarez Díaz y José M. Illán, a situar a Cuba, en los años finales de la década de 1950, en el instante decisivo que W. W. Rostow llamaba gráficamente el despegue hacia la etapa de madurez económica de las sociedades desarrolladas. Se señala, en apoyo de este criterio, que la formación interna neta de capital alcanzó en Cuba el 1957 el 15’5 por 100 del ingreso nacional y en 1958 el 13’5 por

100. Ambos porcentajes superaban ampliamente el 10 por 100, mínimo señalado por Rostow como suficiente para alimentar el proceso de desarrollo autónomo de una economía nacional. Por último –y antes de entrar en el análisis de un régimen que agoniza– para juzgar desde España lo que era la Cuba anterior a Castro, vale la pena analizar un dato objetivo: en 1959, ¿hacia dónde se movía la masa migratoria? ¿Iban los españoles a trabajar a Cuba, o iban los cubanos a trabajar a España? Evidentemente, eran los españoles los que marchaban a Cuba. Y el dato es importante, porque no hay indicador más fiable de la prosperidad que el destino que eligen las personas dispuestas a abandonar su país.

Prácticamente nadie selecciona para vivir un país peor y con menos oportunidades que el que abandona. Y Cuba, pese a sus deficiencias, en el momento que Castro entra en La Habana a bordo de un tanque era un país más próspero y prometedor que España. Y si treinta y tres años después España es infinitamente más rica y habitable que Cuba, la responsabilidad de este fracaso sólo puede imputársele a quienes durante ese período han gobernado sin hacer concesiones a la prudencia y al sentido común. Acerquémonos ahora a la Cuba actual.

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