02. Castro en la era del poscomunismo


CAPÍTULO 2 CASTRO EN LA ERA DEL POSCOMUNISMO

Desde que el muro de Berlín se desplomó, Castro comenzó a cavar trincheras. Dice que ahí, en la Isla, salvará al marxismo de su posible extinción; y lo dice con esa fiera devoción ecológica con que los australianos protegen los ornitorrincos o Jane Fonda la ballena azul.

Otras veces, a Castro le da por la metáfora acuática. «Primero la Isla se hundirá en el mar que permitir el regreso del capitalismo». Incluso, no sería imposible, si Cuba se hunde, si consigue hundirla, que aun bajo el agua intente salvar al comunismo, convirtiendo la plataforma marina en una gigantesca piscifactoría de estalinistas. Por lo pronto, ya cuentan con unas agallas a prueba de cualquier atmósfera.

El problema –su problema– es ser el protagonista de una hazaña grandiosa y singular. Castro padece de himalayismo. Tiene que llegar más alto que nadie. Tiene que competir contra todos los hombres y derrotarlos en un combate desigual. Mientras más enemigos, mejor. Mientras más poderosos, mejor. Nada le estimula más las suprarrenales que el más difícil todavía. Nada le dispara las descargas de adrenalina con mayor energía que una monumental camorra con algún adversario tremebundo.

Siempre ha sido así. En 1958, liquidar a Batista y su dictadura no era el fin de la lucha. Esa era la excusa. El fin de la lucha era satisfacer la necesidad patológica que tiene este San Jorge caribeño de salir todos los días a matar el primer dragón que despida su cálido aliento por el vecindario. Y mientras más caliente el vaho y más grande el reptil, más intenso el placer de dejarlo tieso de un espadazo en el entrecejo.

Por eso la perestroika en un principio le vino como anillo al dedo. Primero había fracasado en su batalla por desarrollar a Cuba súbita y fulgurantemente. Al cabo de tres décadas de marxismo, lo único que en el país no está racionado son los policías y la

 desilusión. Más adelante fracasó como animador, godfather y teórico de la rencorosa guerrilla tercermundista. Dejó en el camino, eso sí, un impresionante reguero de muertos –montoneros, tupamaros macheteros y otros iluminados matarifes–, más un sinfín de viudas, huérfanos y madres de mayo regadas por toda la geografía latinoamericana.

Luego fracasó como Tarzán soviético en las selvas africanas. Tras 15 años de lucha y diez mil bajas inútiles –entre ellas tres mil muertos–, tuvo que subir a sus tropas en todas las lianas disponibles y enviarlas de regreso a casa, mientras en la cercanía de Luanda se oía, imperturbable, el amenazador tan-tan de los tambores del UNITA y las carcajadas de Savimbi.

Y así estaba Castro en La Habana, a finales de los ochenta, soñoliento, sin gigantes a los que destripar, sin pirámides que erigir, sin planes grandiosos, cuando de pronto estalla la noticia de que la URSS estaba a punto de quebrar; Marx se había equivocado punto por punto y el comunismo sólo servía como pretexto para escribir grafitti en los urinarios.

Castro vio los cielos abiertos. Donde Europa del Este se derrumbaba, ahí estaría él para resistir. Donde fracasaban Honecker, Jaruzelski o Zhikov, él triunfaría. A Ceaucescu podían fusilarlo, pero él era más, mucho más, que el Conducator. Su Partido Comunista era mejor. Sus camaradas más disciplinados. Su pueblo, más obediente. ¿Que todo el planeta le pedía que cambiara de rumbo? Obviamente, todo el planeta se equivocaba. Y el primero, Gorbachov, su gran enemigo, puesto que la batalla contra el adversario americano ya había perdido toda urgencia o sentido. De lo que ahora se trataba, paradójicamente, era de derrotar a los desalentados comunistas y demostrarles, por encima de toda experiencia y más allá de la razón y la evidencia, que el comunismo era viable, y que Cuba desde ahora se constituía en Parque Nacional de la teoría y la práctica con el objeto de preservar la especie hasta que llegue el día de la repoblación planetaria de marxistas.

¡Dios de mi vida! ¿Qué diablos se hace con razonamientos de ese tipo? ¿Qué estrategia de oposición se sigue frente a un personaje permanentemente empeñado en escalar la

 historia por su cara más escarpada aunque en el esfuerzo pierda todo el equipo y las tres cuartas partes de los sherpas? ¿Hay que lanzarle en paracaídas cien bombas de valium puro, o mil siquiatras acompañados por otros tantos sofás?

El asunto es gravísimo, aunque tenga ribetes humorísticos, porque la última hazaña de este héroe de comic puede costar varias decenas de millares de muertos y el empobrecimiento radical de la sociedad cubana. Castro ya ha dado órdenes de que el país comience a gestionarse con criterio de economía de guerra –lo de la «última trinchera» es más que una metáfora– y hay cubanos sembrando boniatos en el macetero del dormitorio, mientras se sabe que el 30 por cien de la población suele irse a la cama con un vaso de agua con azúcar por toda cena.

Toros y bicicletas

Claro que ha decretado otras medidas económicas. Fidel Castro, acosado por la falta de petróleo, ha decidido montar a medio millón de cubanos en bicicletas y capar 200.000 toros para que tiren mansamente de arados y carretas. A lomo de buey y pedales de bicicleta, Castro ha «recuperado las gloriosas tradiciones campesinas», como le llama su prensa orwelliana al regreso de los mulos, los piojos, la vela, el retrete cubierto de moscas y el barracón de esclavos en medio del monte. Los primeros 100.000 habaneros ya marchan silenciosos rumbo a los galpones rurales en los que van a ser internados para que labren la tierra como sus antepasados del siglo XIX. Luego seguirán otros 100.000, y así hasta descongestionar las ciudades, pues sin energía no es posible sostener la civilización urbana.

El asunto es pavoroso, porque para construir el último bunker, Castro está desconstruyendo la civilización de su entorno. No la pulveriza de un zarpazo, sino le poda atributos de manera progresiva y sistemática. Fuera los motores, la luz eléctrica, los acueductos. Fuera los electrodomésticos, la cremallera, los paraguas… Castro empezó prometiendo El Capital de Marx y acabó aplicando La máquina del tiempo de H.G. Wells. Hoy, los cubanos tienen su futuro instalado en un pasado que retrocede a velocidad de vértigo, y que incluye –no miento, aunque parezca una exageración– el

 regreso de muchos de ellos a las cavernas. Todas las cuevas habitables del país han sido debidamente inventariadas y no tardarán en ser ocupadas por una legión de cubanos convertidos en los últimos trogloditas del planeta, como revelara el economista Manuel Sánchez Pérez, exviceministro del gobierno cubano, tras su deserción en 1986.

¿De dónde surge esta locura? Por supuesto que de la terquedad patológica de un Castro empeñado en mantenerse en el poder a toda costa; pero ahí no termina el análisis. Castro está poniendo en práctica un plan que había sido cuidadosamente concebido para hacerle frente a un largo bloqueo naval norteamericano. Había previsto que un día el país, como consecuencia de la permanente hostilidad de los yanquis, podría verse rodeado por una marina americana dispuesta a no dejar pasar ninguna clase de suministros a la Isla. Ese episodio no se produjo, pero el final de la caridad soviética está desatando las mismas consecuencias. De manera que Castro desempolvó los planes de guerra y los puso en marcha en tiempos de paz, no para enfrentarse a la agresividad norteamericana, sino al incontrolable desbarajuste soviético.

Sólo que esa maniobra tiene un lado irremediablemente fallido: el propósito original de la resistencia era vencer el bloqueo naval y emerger victorioso tras una intensa batalla diplomática contra el imperialismo yanqui. Sin embargo, hoy Castro destruye la civilización de su país sin otro enemigo que la propia torpeza de su régimen y la ineficacia de un sistema que no funciona bien ni cuando lo administran los alemanes. La suya es una resistencia sin propósito ni destino. Pura cabezonería que ha adoptado el glorioso nombre de numantinismo.

¿Qué va a ocurrir en Cuba a medio plazo? Algo bien sencillo de prever: el país, que estaba mal, ha entrado en una espiral invertida. Cada vez estar peor. Cada vez creará menos bienes y servicios. Y, como las intenciones de Castro son reducir el consumo y la complejidad social a la medida de una capacidad productiva decreciente, llegará un momento en que se provocará –y ya hay numerosos síntomas de que ese momento ha llegado– una especie de parálisis general de la nación y una hambruna africana que sólo podrá aliviar la fatigada piedad de las naciones más desarrolladas.

 Ultimo acto

Pero, primero, vamos a echar cuentas. ¿Por qué toda esta locura? Cuba no tiene un solo dólar en reserva. Le debe a Occidente siete mil millones –que no cesan de reclamarle– y otros veinte mil a lo que fue la URSS. Si Cuba exportara a precio de mercado todo el azúcar que produce, le pagarían mil quinientos millones de dólares por su zafra. Pero si le cobraran el petróleo que debería consumir, también a precio de mercado, la factura ascendería dos mil doscientos cincuenta.

Al margen del azúcar, la Isla vende en el extranjero otros 300 millones de dólares – tabaco, cítricos, mariscos, níquel y ciertas minucias–, mientras extrae unos 200 de los sorprendidos turistas que se aventuran a llegar a Varadero. Pero para mantener las fábricas funcionando, la flota en alta mar, los camiones recorriendo el país y la infraestructura turística más o menos atendida, necesita importar productos de Occidente por valor de 1,500 millones de dólares.

Es decir: Cuba, mientras más produce, más pierde. Mientras más vende más se endeuda. Mientras más trabaja dentro de su ineficiente sistema, más se hunde. Sencillamente, se trata de un país quebrado, que consume muchísimo más de lo que crea, y que no tenía otra fuente de financiamiento para cubrir este enorme y creciente déficit que el generosísimo subsidio soviético. Un subsidio calculado nada menos que en cinco mil millones de dólares anuales. Algo así como el 40 por cien del actual Producto Interno Bruto de la Isla o el doble del valor de todas las exportaciones. Sin esa ayuda, la ya escuálida libreta de racionamiento ha tenido que reducir los suministros a la mitad, ha habido que limitar el uso de la electricidad a pocas horas al día, y el tráfico rodado ha quedado recortado a lo imprescindible. Sin esa ayuda, sencillamente, los cubanos pasan hambre, han caído en picado los índices de sanidad, y el país desciende varios peldaños más en la dirección del subdesarrollo y la miseria. Se calcutiza.

Pero Castro no parece darse cuenta de que el destino económico de la Isla estaba en manos de los rusos. Castro no conoce ni la prudencia ni la mesura. No entiende que la

 guerra fría llegó a su fin, que las dictaduras marxistas se agotaron por torpes y brutales, y que el comunismo cubano no tiene la menor posibilidad de prevalecer sin la antigua tutela constante y solícita de Moscú.

El viejo líder, patológicamente terco, cegado por su megalomanía, ni siquiera quiere darse cuenta de que todo el aparato de poder –los ministros, los generales, los policías, los angustiados administradores de su caos doméstico– también están pidiendo la reforma sotto voce, pues saben que en ello puede irles el viejo pellejo curtido de tanto aplaudir en la plaza pública.

Porque todos los caminos conducen inevitablemente al desmantelamiento del comunismo en Cuba, pero no todos son pacíficamente transitables. Existe a vía húngara, serena y dialogante, con un partido que se transforma y continúa influyendo en la sociedad, pero también existen la vía alemana, con represalias contra quienes se resistieron al cambio, y la rumana, con rebelión popular, paredones y un baño de sangre espeluznante.

¿Qué puede ocurrir a medio plazo en Cuba? Lo mejor, lo ideal, sería que las presiones internas y externas le hicieran comprender a Castro que esa Isla no puede convertirse en el último reducto del marxismo-leninismo en el mundo, razón por la cual tiene que emprender sin demoras el camino de la reforma democrática, aunque con ello pierda el poder. Al fin y al cabo ya lo ha ejercido por más de tres décadas…

Pero si Castro se mantiene en su postura, debemos esperar dos reacciones probables en la medida en que se deteriore la situación económica de la Isla. Una reacción popular de inconformidad, originada por la creciente escasez, con protestas en las calles y tal vez algunos saqueos, como ensayo general del gran motín nacional que se avecina. La otra posibilidad es la revuelta palaciega. Una conspiración de los altos mandos militares, o de la policía política, temerosos de que la obcecación de Castro los arrastre a todos en la caída.

 Pero también existe un tercer y nada desdeñable escenario: en este posible desenlace, Castro, abrumado por problemas económicos insolubles, acosado por las presiones internas y externas en favor de la reforma, temeroso de las conspiraciones o de las manifestaciones espontáneas de protesta, busca y provoca un enfrentamiento militar con Estados Unidos para poner punto final a su gobierno –a su era– en medio de una traca de fuegos artificiales de todos los colores y sonidos.

Conozco bien a Castro y sé que eso exactamente es lo que tiene en la cabeza cuando dice y repite que primero la Isla se hundiría en el mar, antes que abandonar el comunismo. Para hundir la Isla en el mar, sólo tiene que atacar la base de Guantánamo o lanzar sus Migs contra el sur de la Florida en un vuelo de apenas siete minutos.

Castro es perfectamente capaz de hacer esto si se cree perdido. Más aún: su más cara convicción estratégica, la que siempre le gusta repetir, es que los países débiles sólo consiguen superar sus problemas internacionalizando los conflictos y haciéndolos extremadamente peligrosos. En 1962, durante la Crisis de los Cohetes, envió a New York a los hermanos Patricio y Tony La Guardia con un maletín lleno de explosivos y la Guardia la orden de volar la Asamblea General de las Naciones Unidas si Cuba era invadida por los Estados Unidos. Treinta años después, Patricio está preso y Tony fue fusilado, pero Castro sigue siendo la misma persona. La misma maldita persona, nacida para morir mandando, aunque la historia lo condene por toda la eternidad.

Los planes fracasados

Sicológicamente se está preparando para ese holocausto. Castro está deprimido, errático, desesperado. Me lo cuentan quienes lo han visto después de fracaso del golpe estalinista en la URSS. Esa era su última esperanza. Creí que en Moscú se produciría un violento giro que devolvería la vieja guardia al poder. Lo esperaba. Lo necesitaba. Y no sólo por razones ideológicas, sino por motivos estrictamente económicos. Con toda claridad había previsto, antes del golpe, que las privilegiadas relaciones comerciales que Cuba mantenía con la URSS llegarían a su fin en 1992. Y su régimen necesitaba por lo menos cinco años para adaptarse al cese de los subsidios soviéticos. Eso cinco años de gracia y subsidio

 acaso los podía aguardar de los golpistas Eran sus aliados naturales y –en algunos casos– sus amigos.

¿Por qué cinco años? Por varias razones. Y la primera es la dependencia energética. Cuba necesita importar todos los días de Dios nada menos que 200.000 barriles de petróleo, la mitad de los cuales se convierte en energía eléctrica. En cinco años, la factura del petróleo se hubiera reducido sustancialmente al entrar en funcionamiento una central nuclear que Moscú instalaba. Esa central ya nunca será terminada, y ni siquiera es posible contratar expertos de otros países para acabarla, porque la tecnología empleada es parecida a la de Chernobil, y ha ido sufriendo modificación tras modificación hasta convertirse en un rompecabezas que ninguna empresa seria intentaría componer para no arriesgarse a los peligros de una catástrofe nuclear.

La segunda puerta de escape era el turismo. Para sobrevivir el país necesita grosso modo, a precio de mercado, importar bienes y servicios por valor de cinco mil millones de dólares, pero sus exportaciones apenas alcanzan la mitad de esa cifra. El turismo, pues, era el modo más natural de equilibrar la balanza comercial. Sólo que, por razones políticas, para evitar la contaminación ideológica, durante tres décadas Castro impidió que los visitantes pasaran de 250.000 personas al año: el mismo número que su laboriosa policía política podía controlar. Y ahora necesitaba multiplicar por diez esa cifra.

Necesitaba llegar a dos millones y medio, como la vecina isla de Puerto Rico. Pero eso, también requería tiempo e inversiones. Por lo menos, los cinco años por los que suspiraba día tras día.

Su tercera esperanza era menos razonable: el desarrollo de una gran industria de exportación de biotecnología. Castro se proponía incrementar espectacularmente las ventas al exterior de vacunas, interferón y productos de laboratorio, pero la experiencia debe haberle demostrado tres fenómenos curiosos que afectan a este tipo de comercio: el enorme costo de comercialización internacional (a Bayer le cuesta 100 millones de dólares producir y comercializar productos nuevos); el carácter impredecible de la

 demanda; y la competencia feroz en control de calidad, aspecto en el que la producción cubana es deplorable. Lo que quizás explique que las exportaciones cubanas de 1991 fueron considerablemente menores que las de 1990.

En resumen: Fidel Castro no tiene ninguna posibilidad de escapar a la catástrofe económica. Sus proyecciones de cinco años se han reducido a pocos meses. Y la crisis actual no es una abstracción metafísica, sino la parálisis progresiva del transporte, la planta industrial y los servicios básicos. Y nadie va a acudir en su ayuda, porque carece de sentido subsidiar la ineficacia crónica de un régimen empeñado en mantener un modelo económico que ha fracasado en todos los sitios en los que se ha implantado.

¿Cómo va a salir Castro de este atolladero? Quienes le han visto recientemente me dicen que no sabe. Que está totalmente desorientado. Que cambia de planes cada 48 horas. Sin embargo, ha puesto en marcha un plan de urgencia: la opción cero. Los cubanos vuelven a los bosques y reducen el consumo a niveles del siglo XIX. En las calles de las ciudades, el ejército se prepara para repartir un plato común a toda la ciudadanía. Desaparece cualquier vestigio de confort o contemporaneidad que pudiera existir en el país. Pero lo grave es que nadie explica las razones de ese estúpido sacrificio.

Cuba no es Stalingrado. Stalingrado se defendía de un enemigo externo. El enemigo de Cuba es interno: la inmensa torpeza del sistema. El régimen mismo. Ante esta locura, es posible que el pueblo cubano no se rebele, porque tiene mucho miedo, pero no va a obedecer. Va a elegir el camino de la resistencia pacífica. Y ya hay una evidencia: a fines de 1991, el gobierno trató de establecer una milicia civil de matones para apalear en las calles o en los centros de trabajo a los desafectos, y no pudo reclutar a casi nadie. Los fidelistas ven muy cerca el final de la revolución y no quieren comprometerse inútilmente.

La última opción que a Castro le queda, es la apertura democrática, a sabiendas de que perdería el poder. Es ese modo europeo de terminar con la dictadura (del que España fue pionera), en el cual la Asamblea del Poder Popular modifica la Constitución, acepta el

 multipartidismo, convoca elecciones y entierra la revolución con garantías previas de que no habría represalias contra los comunistas derrotados. Es el modelo hara-kiri.

Por supuesto, el tercer camino es el único basado en el sentido común, lo que indica que a Castro debe resultarle repugnante. No obstante, parece que no lo ha desechado totalmente. Sólo que estamos ante un jugador de póquer dispuesto a llevar el bluff hasta sus últimas consecuencias. Si se equivoca, va a perder la cabeza. La partida ya la tiene perdida.

Las razones ocultas de su terquedad

¿A dónde va Castro? ¿Hasta dónde va a llevar ese bluff? Porque nadie duda que Castro es un hombre terco, dotado de un infinito ego, pero no es un loco de manicomio ni una persona incapaz de prever las consecuencias de sus actos. Por el contrario, se trata de una persona eminentemente cautelosa que suele tomar simultáneamente distintas avenidas para impedir que lo sorprendan sus enemigos. De ahí lo sospechosa que resulta su cerrazón actual.

Para justificar su testarudez, Castro esgrime dos argumentos: la protección de «una dignidad nacional que no permite imposiciones del imperialismo», y la poco creíble certidumbre de que la organización comunista es éticamente superior a la que proponen los creyentes en la economía de mercado y la democracia liberal. Castro, pues, no se presenta como un hombre terco, sino como un patriota.

¿Es ésta toda la verdad? ¿Hay algo más que explique la insensatez de que un hombre conduzca a once millones de personas hacia la débácle invocando groseros sofismas que ninguna persona inteligente puede creer?

Por supuesto que sí. Castro está aterrado. Esa es la clave. Y no sólo porque perdería el poder –que ya es bastante–, sino porque teme se sepan y se demuestren todas las oscuras actividades a las que se ha dedicado en estos 30 años de delirios revolucionarios tercermundistas. Esta es la razón oculta de su numantinismo. Castro no quiere que sus

 adversarios puedan poner la mano sobre las pruebas incontrovertibles de sus relaciones con el narcotráfico, como se describe en el muy premiado libro de Andrés Oppenheimer La hora final de Castro. Le horroriza que se ventile su responsabilidad indirecta o su autoría intelectual en varios crímenes políticos. Quiere ocultar los vínculos de la Dirección Nacional de Inteligencia (DGI) con numerosos secuestros cometidos en América Latina, algunos de los cuales culminaron en asesinatos. Castro teme que las cámaras de una televisión democrática penetren en sus múltiples residencias, y que el pueblo vea la manera regalada en que vivió durante tres décadas quien no hacía otra cosa que predicar la austeridad para los demás. Castro quisiera que los cubanos nunca entraran en su lujoso yate, ni que tuvieran conocimiento de sus caprichos de cazador con coto privado, como los reyes de antes, o de submarinista de lujo que posee hasta una pequeña casa experimental situada bajo las aguas. A Castro, en suma, le horroriza que una

auditoría objetiva y desapasionada demuestre que él solo le cuesta más a la nación cubana que la familia real inglesa al pueblo británico.

No hay un solo delito del Código Penal del que el Máximo Líder pudiera escapar si algún día se abriera una investigación en toda la regla: malversación, prevaricación, conspiración, complicidad en asesinatos o actos de terrorismo, cuentas en Suiza, apropiación indebida de fondos; incluso hasta apropiación indebida de fondos indebidos, como ocurrió con los 60 millones de dólares producto de un secuestro, birlados a los montoneros argentinos, o la plata depositada por los allendistas tras el golpe de 1973, y que hoy se niega a devolver al pueblo chileno. Más todavía: contrabando, falsificación de todo lo imaginable (billetes, pasaportes, marcas de cigarrillos, licores y un largo y revolucionario etcétera enroscado en las necesidades objetivas de la lucha armada).

Es evidente, a estas alturas de la historia, que Fidel Castro ya no está protegiendo su poder personal, sino los entresijos sombríos de su agitada vida. Teme convertirse en otro Honecker desprestigiado y errabundo hasta su muerte, condenado por las mismas leyes que él le impuso al pueblo cubano. Pero cuanto hace es inútil, porque esa biografía tenebrosa que tanto le preocupa, de todos modos va a salir a la luz pública, detalladamente contada por el KGB, la Stasi y el resto de los servicios de inteligencia de

 Europa oriental, hoy pasados al adversario con los archivos a cuestas y una necesidad crónica de comer dos veces al día.

Y como parte de esas revelaciones que vienen, ya comienzan a saberse algunos datos escabrosos, como por ejemplo, sus viejos vínculos con el hoy general retirado del KGB Nikolai Leonov, quien –como ha contado Xavier Domingo en un sensacional reportaje aparecido en El Observador de Barcelona– ya desde la década de los 50, en México, comenzó a convencerlo –junto a Ernesto Guevara– de la conveniencia de situar la revolución cubana bajo la advocación de la santa madre Rusia.

Castro se equivoca. Curiosamente, sólo tiene una oportunidad de mantener en secreto los detalles más negativos de su biografía: pactar cuanto antes una salida negociada del poder, con la condición de que no se les investiguen ni a él ni a sus colaboradores, los crímenes y delitos en los que han incurrido a lo largo de más de tres décadas, porque –de lo contrario– un par de centenares de personas pueden acabar en el juzgado de guardia de La Habana, o –lo que sería peor– extraditados a la Florida, como Lehder y Noriega, para que lo juzguen los tribunales norteamericanos, puesto que fue en este territorio donde fundamentalmente se cometieron los delitos. Castro y sus colaboradores más cercanos tienen que pactar algo parecido a la ley de obediencia debida o a la de borrón y cuenta nueva que aprobaron en Argentina y Uruguay. Si no lo hace, si se queda paralizado por el terror, repitiendo como un tenor su do de pecho de socialismo o muerte, puede estar seguro de que su honor y de su dignidad personal quedarán devastados por las revelaciones de quienes le conocieron de cerca y fueron testigos de centenares de las monstruosidades delictivas en las que intervino. Y ni siquiera la muerte violenta durante un golpe de Estado, o en un hipotético enfrentamiento con los americanos, lo salvaría a él ni a sus más cercanos cómplices del deshonor, porque lo primero que haría cualquier vencedor del castrismo, o cualquiera que lo liquide en un golpe palaciego, sería enterrar la memoria del Máximo Líder y de sus secuaces bajo el peso de la infamia. Es increíble que Castro se dé cuenta de que el empecinamiento en la defensa de una posición insostenible hace imposible que la historia lo absuelva. Es sorprendente que no se percate de que su mejor escenario posible consiste en perder el poder por las buenas antes de que

 se lo arrebaten por las malas. Es asombroso que, al final de su turbulenta vida, no advierta que no será la historia quien lo condenará, sino su propia y suicida terquedad.

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