03. Panorama en la víspera del cambio


CAPÍTULO 3 PANORAMA EN LA VÍSPERA DEL CAMBIO

Bien: como queda dicho, Castro dirige el único gobierno comunista de Occidente que se ha negado a abandonar el modelo estalinista de partido único, economía centralizada y ausencia total de libertad. Al margen del discurso de la dignidad y de la superioridad ética del marxismo, para justificar su terquedad el dictador cubano suele hacer otras dos curiosas aseveraciones encaminadas a demostrar que lo ocurrido en Europa del Este y en la URSS no tiene necesariamente que suceder en la Isla. La primera está relacionada con el origen de la revolución. Como su régimen –afirma Castro– no fue una creación de la URSS, sino el resultado de una revolución autóctona, no tiene que desaparecer o transformarse como consecuencia de los cambios acaecidos en el Este.

Ese arbitrario razonamiento no toma en cuenta que la revolución cubana no se hizo en nombre de las ideas comunistas, pues precisamente lo más espurio del comunismo cubano es su origen. Por el contrario, la lucha contra Batista fue convocada por Castro y por otros grupos de oposición como un esfuerzo por restaurar las libertades republicanas conculcadas por el dictador. Poco después del triunfo, se consumó un cambio de rumbo que en modo alguno el pueblo deseaba o autorizó.

Pero más sorprendente aún es que Castro ignore el destino del marxismo en los otros países que también hicieron su revolución autóctona: Angola, Mozambique, Etiopía y – sobre todo– Nicaragua, abandonaron el objetivo construir sociedades comunistas tras experimentar fallidamente con un modelo de Estado que sólo sirvió para alentar la corrupción, la guerra civil, la represión y la ineficacia. Y ninguno de esos gobiernos fue instalado por el Ejército Rojo.

No obstante, la otra justificación esgrimida por Castro es todavía más absurda: como su régimen –según él– no ha incurrido en los mismos errores cometidos en Europa del

 Este o en lo que fue la URSS, no tiene por qué imitar las reformas que liquidaron el comunismo en Occidente.

Eso, simplemente, no es cierto. Castro sí ha cometido todos y cada uno de los errores y abusos típicos de los estados comunistas. Y no podía ser de otro modo, puesto que su administración está calcada de la antigua URSS, la Constitución se inspira muy de cerca en la que tenía Bulgaria, y el marco teórico no es otro que el marxismoleninismo. De manera que nadie puede sorprenderse de las colas, la escasez, la pobreza creciente, la represión, el clima de terror, la persecución a los disidentes, la alienación de las jóvenes generaciones y el resto de los tristes síntomas que unifican a las sociedades comunistas de un modo casi asombroso.

Pero, si hay algo que distingue al castrismo de los otros países comunistas es, curiosamente, que en Cuba no sólo se cometían los mismos errores en los que caían los «hermanos socialistas», sino que esos disparates se incrementan por el temperamento desordenado y voluntarista del Máximo Líder, como sabe cualquier persona que conozca sus delirantes proyectos agropecuarios o los designios imperiales que llevaron al pueblo cubano a larguísimas guerras en África o a intentar desestabilizar toda la América Latina.

En todo caso, Castro miente cuando asegura que su régimen no va a cambiar. Su régimen tiene que cambiar porque, al desaparecer la ayuda soviética, el modelo comunista se hace totalmente inviable. Y –como ya he señalado– la razón es muy elemental: la sociedad cubana produce considerablemente menos de lo que consume. Durante más de treinta años, ese déficit crónico fue cubierto por los subsidios soviéticos, pero esa política de despilfarro es imposible en la era convulsa de Boris Yeltsin.

Más aún, pese a la retórica inmovilista –como se comprobó en el IV Congreso del Partido Comunista en octubre de 1991–, Castro ya está comenzando a efectuar algunos cambios económicos y políticos para enfrentarse a la nueva situación, sólo

 que por ahora se trata de modificaciones sin ninguna importancia real, dirigidas a tratar de consolidar su régimen autocrático, y no a proporcionar apertura alguna hacia la libertad y el pluripartidismo.

Por supuesto, todo el mundo sabe que la escasez de alimentos se hubiera podido aliviar rápidamente autorizando a los campesinos a producir y comerciar más o menos libremente –como ya se hizo entre 1976 y 1984–, pero Castro se niega a aplicar medidas capitalistas de las que ciertos cubanos emprendedores pudieran beneficiarse, aunque no encuentra contradicción alguna en que los capitalistas extranjeros sí se beneficien del trabajo de los obreros cubanos.

Capitalismo bueno y malo

En efecto, en el reino de la ortodoxia marxista cualquier inversionista del exterior dispuesto a adquirir y explotar parte del patrimonio industrial o agrícola cubano, hoy encuentra para su joint venture toda la comprensión y la ayuda del gobierno. Sin ningún pudor se le ofrece un proletariado dócil, con bajos salarios y sin derecho a huelga, así como la posibilidad de repatriar totalmente los beneficios, todo ello aunado al privilegio de vivir en el país con unas condiciones totalmente humillantes para la población nativa: un verdadero apartheid compuesto por hoteles, playas, tiendas y restaurantes especiales; criados abundantes y baratos; funcionarios que allanan los inconvenientes burocráticos y trato de VIP en todas las instancias del gobierno. Es como si el capitalismo sólo fuera condenable cuando lo ejercen los cubanos, mientras para los extranjeros resulta totalmente recomendable.

A pesar de esas ventajas –impensables en cualquier país en el que existieran sindicatos libres– no parece haber demasiados capitalistas dispuestos a invertir su dinero en una sociedad dirigida por un gobierno legendariamente desorganizado, cuya estabilidad futura tiene que poner en duda cualquier persona sensata, lo que explica que muy pocos inversionistas acudan a la llamada de La Habana.

 Y, si fallidas o raquíticas son las medidas económicas tomadas por Castro, otro tanto puede decirse de las políticas. Hasta ahora la «apertura» proporcionada por el gobierno se ha limitado a reducir la edad de las personas a abandonar la Isla como emigrantes o turistas, y a permitir que muchos de los artistas e intelectuales que consigan alguna invitación del extranjero puedan salir sin demasiadas trabas.

En otras palabras: Castro ha autorizado a ciertos inconformistas a abandonar lenta y ordenadamente el país, mas todavía no ha dado señales de admitir que la sociedad cubana tenga el derecho de decidir si quiere sustituir o modificar radicalmente el modelo de estado que se le ha impuesto a partir de 1959.

Es evidente que la mayoría de los síntomas son bastante negativos. Ante una situación desesperada, como la que afecta al régimen, Castro tenía dos caminos: aumentar la represión de forma brutal u ofrecer cambios para que la inconformidad pudiera expresarse. Y eligió la primera, como demuestran las palizas y encarcelamiento a fines de 1991 de una docena de intelectuales disidentes encabezados por la poetisa María Elena Cruz Varela, o como prueban los fusilamientos de principios de 1992, pese a las reiteradas peticiones de clemencia por parte de los principales líderes de Occidente. Sólo que la resistencia de Castro, simplemente, carece de sentido en la actual situación de Cuba. Si lo que está intentando es ganar tiempo para salvar la revolución, por el camino que ha elegido, hundirá cada vez más a los cubanos en la miseria y en la desesperanza. Y cada vez hundirá más su mítica revolución.

Inconformidad en el Partido

Esta afirmación no sólo viene de la oposición. En las propias filas del gobierno hay serias discrepancias con la política de Castro. Las hay en el sector de la cultura y las hay en las filas del Partido, lo que explica que el IV Congreso se tuvo que aplazar hasta fines del año 1991, de manera que los delegados fueran cuidadosamente seleccionados y aleccionados. Castro no tenía la certeza de poder controlar totalmente el evento, y prefirió postergarlo.

 ¿Qué ocurre realmente entre los partidarios de la revolución? No es difícil precisarlo: una parte sustancial del aparato de poder sabe o intuye que el régimen de Castro no puede sobrevivir a la crisis general del comunismo, y quiere buscar una salida digna a una situación general que les toca hondamente en lo personal.

Los más críticos son los jóvenes, pero en este caso la definición de esa edad viene dada por la percepción sicológica: en política son jóvenes todos aquellos que creen tener un futuro personal estimable. Son jóvenes aquellos capaces de concebir un ilusionado proyecto vital. Y esos cubanos hoy advierten que la indiferencia de Castro ante la realidad pone en peligro el destino de ellos y de sus familiares.

De ahí que se pueda afirmar que la última línea de defensa del castrismo está compuesta por algunas personas pertenecientes a la generación de Castro, casi todas de más de sesenta años, fidelistas fatigados y carentes de ideales, sin más horizontes que la muerte. Personas que alcanzaron el poder hace más de tres décadas, y que hoy no luchan por defender una mítica revolución en la que ya casi nadie cree, sino luchan por mantener los privilegios, el status social y un modo de vida sustancialmente mejor que el de la inmensa mayoría de los cubanos.

Los escenarios posibles

Este panorama nos precipita a la pregunta inevitable: ¿qué ocurre en una sociedad en la que los índices de producción y consumo caen en picado, el modelo político pierde toda legitimidad, la población se muestra mayoritariamente inconforme, y el aparato de poder se encuentra dividido e irreversiblemente desmoralizado?

Pueden suceder varias cosas. La primera es que un aumento de la represión consiga mantener bajo control y en silencio a la población. Esto es posible por un tiempo, pero no sin pagar por ello un precio tremendo: esa sociedad cada vez producirá menos, el país será más pobre, rechazará con mayor energía la ideología que le imponen y odiará con mayor intensidad a quienes lo sojuzgan. En todo caso, eso no significa que el régimen conseguiría mantenerse sine die, sino que en algún momento –a la muerte del

 dictador, por ejemplo– la desesperación provocará un desenlace violento probablemente no premeditado.

Es decir: no necesariamente tiene que producirse una conspiración militar o un golpe de estado palaciego para que sobrevenga un período de violencia. La chispa puede surgir por el más insospechado de los motivos, como sabe cualquier persona que examine la historia.

En cualquier caso, ese desenlace es el más lamentable de cuantos Castro podría provocar en su afán de perpetuarse en el poder. Y es el más lamentable, porque nada puede ser peor para el destino de un pueblo que ser sometido a unas cotas crecientes de miseria y desdicha que lo conduzcan a un motín callejero o a una guerra civil reñida entre distintas facciones de unas fuerzas armadas súbitamente divididas.

La conspiración militar

El escenario de la conspiración militar es posible, pero poco probable. Y hay varias razones para ello. La primera es que la contrainteligencia militar es el más activo y eficaz de los cuerpos represivos del castrismo. Hoy no hay en la Isla ningún funcionario tan estrechamente vigilado como los oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Al extremo de que el jefe supremo del país –sólo por debajo de Fidel y Raúl Castro– es el general Abelardo Colomé Ibarra, hasta el verano de 1989 jefe, precisamente, de la contrainteligencia en los órganos castrenses.

Pero, al margen de la capacidad represiva de la contrainteligencia, hay otros dos elementos que parecen alejar la posibilidad de una conspiración. Por un lado, la falta real de autonomía en los cuerpos militares, puesto que no se trata de una institución de la República que Castro heredó, sino de un cuerpo creado por él y por su hermano, con más rasgos de banda personal que de fuerzas armadas, aunque no faltan en la institución numerosos oficiales que secretamente detestan a Castro y al comunismo, como revelara el general Rafael del Pino tras su deserción (1987). En todo caso, es

 probable que se mantenga cierta lealtad primaria al caudillo que les ha otorgado favores, privilegios y una determinada jerarquía.

El otro factor es el de la incertidumbre. Los militares cubanos saben que en un país diferente al creado por Castro, en el que desaparecieran las tensiones con Estados Unidos y las locuras imperiales de la revolución, carecerá de sentido tener unas fuerzas armadas como las que hoy sostiene la nación. En una Cuba democrática y distinta, parecida a los países del entorno americano, no serían necesarias las milicias, y bastaría reducir el actual ejército –más de 300.000 hombres– a la décima parte para mantener el

orden. De manera que muchos oficiales, aunque se sientan hastiados de los errores y horrores de la revolución, y aun cuando tengan simpatías por la apertura política, probablemente sobrepongan sus intereses inmediatos antes que participar en una conspiración dudosa y difícil cuyos efectos finales acaso los perjudiquen en el orden profesional.

De cualquier manera, el hecho de que el fin del castrismo no sobrevenga por los cuarteles puede ser una circunstancia afortunada. Al fin y a la postre, si de lo que se trata es de desmantelar un estado totalitario y entronizar la democracia, es mucho más fácil lograr estos objetivos mediante un desenlace político que no dé lugar a la aparición de nuevos caudillos militares en la nación cubana. En última instancia, el desenlace final e incluso la crisis general del comunismo, se ha dado en todas partes – con la excepción parcial de Rumania– dentro del marco de la confrontación política.

El desplome interior

¿Cómo llegará ese desenlace? ¿Quiénes van a presionar a Fidel y a Raúl en la dirección de las reformas democratizadoras? ¿Será Carlos Lage, médico convertido en administrador y economista, pero hombre sensato que transmite síntomas de prudencia y sentido común? ¿Será Jaime Crombet, cuya proximidad al poder no impidió que su madre, una buenísima mujer, pasara largos años en la cárcel? ¿Será Osmani Cienfuegos, atribulado gestor del caos administrativo del país, de vuelta de todas las ilusiones revolucionarias desde hace muchos años? ¿Será el general Manuel Fernández,

 jefe de la Seguridad del Estado, quien ya en 1987, totalmente apesadumbrado, le confesaba al mayor de la contrainteligencia Rodríguez Menier, poco antes de que éste desertara, que «el edificio de la revolución se desplomaba inexorablemente»?

No hay duda de que en Cuba ya tiene que haber arritmia en el corazón del poder. Y no se trata de una metáfora vacía, sino de una forma rápida de explicar lo que ocurre en la cúpula del gobierno de la Isla. Todos tienen miedo y lo expresan por medio de una palabra clave repetida hasta el cansancio: expectativa. Están a la expectativa de ver qué ocurre en lo que fue la Europa del Este y en Moscú, entre Estados Unidos y Rusia, entre Clinton y Yeltsin. La expectativa es una tensa espera llena de presagios y terribles pesadillas.

¿Cuál es ahora el estado sicológico de estos hombres, altaneros y casi omnipotentes hace sólo unos meses, y hoy llenos de dudas e incertidumbre sobre su propio destino personal y familiar? Súbitamente han pasado, de la vanguardia revolucionaria de América, a convertirse en estalinistas conservadores sin aliados ni simpatizantes. Y lo que es más grave, en un instante han dejado de autopercibirse como héroes triunfantes y empiezan a descubrir en el espejo a seres débiles, universalmente rechazados y a punto de ser derrotados por fuerzas que no pueden identificar. Esos hombres, el círculo íntimo de Castro, de gozar de cierto brillo internacional, han pasado al descrédito y al desprestigio, y en la poco recomendable compañía de los manicomios de Corea del Norte y Vietnam.

Todo esto, naturalmente, constituye un mazazo en la conciencia de la élite gobernante, porque las luchas políticas, al contrario de lo que superficialmente se percibe, no sólo ocurren en las urnas o en las barricadas, sino también, y en gran medida, dentro de los cerebros particulares e intransferibles de quienes combaten.

El bicho humano es una curiosa criatura dedicada obsesivamente a satisfacer su propia autopercepción y a proyectarla infatigablemente entre –y si es posible sobre– los demás miembros de la especie. Para esa causa vive, se desvive y muere. La vida de los seres

 humanos se consagra casi totalmente a esa extraña pero indeclinable empresa de alimentar el ego y clavarlo entre los demás congéneres. Por la otra punta, eso a lo que se llama desmoralización no es más que el rápido y devastador desplome del ego y de su supuesta proyección exterior. Es la crisis de ese delicado y poco comprendido mecanismo interior.

En esa fase exacta del derrumbe sicológico se halla la élite del poder en Cuba. Están, se sienten, desmoralizados. Empequeñecidos. No debe ser falso el rumor de que Fidel Castro está deprimido o de que Carlos Rafael Rodríguez, –el vicepresidente– pasa por un profundo estrés que recientemente lo mantuvo en España más tiempo de la cuenta. Los gobiernos también entran en fase maníacodepresiva, como puede atestiguar cualquier persona que ha visto colapsarse una estructura de poder. Las instituciones no se rompen ni se caen: son los hombres. Y no son los cañonazos externos, sino los internos, los que destruyen a ciertos tipos de gobierno…

Eso quiere decir algo muy importante: se acerca el día de un cambio inevitable en la Cuba de Castro. La actitud expectante de la élite de poder es exactamente la adecuada para acumular presiones cada día mayores y cada más dolorosas. Quienes hoy mandan en Cuba comienzan a ser devorados por sus propios fantasmas. Y ése era el requisito indispensable para provocar el desenlace.

En todo caso, el fin del comunismo en Cuba –por el método que sea– es un buen punto de partida para revisar la historia de la revolución y acercarnos aún más a la sicología de quien ha sido la clave del proceso: Fidel Castro.

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