04. Quién es Fidel Castro y cómo tomó el poder


CAPÍTULO 4 QUIÉN ES FIDEL CASTRO Y CÓMO TOMÓ EL PODER

La fuga de Batista

¿Cómo comenzó este gobierno que ahora agoniza? El 31 de diciembre de 1958, La Habana esperó el Año Nuevo en una tensa calma. Apenas había fiestas o celebraciones porque la consigna de la oposición, lanzada por Emilio Guede, uno de los jefes de propaganda del Movimiento 26 de Julio, había prendido en el pueblo: sobriedad, silencio, oscuridad. No era prudente provocar a la policía, pero había que demostrar, al mismo tiempo, el repudio general hacia la dictadura de Batista.

Las noticias de los frentes de lucha eran alentadoras. En Oriente, la columna guerrillera de Huber Matos avanzaba hacia Santiago de Cuba por órdenes expresas de Fidel Castro. En la provincia de Las Villas, los hombres del Che Guevara y de Rolando Cubelas habían tomado Santa Clara, una de las mayores ciudades del país, mientras las guerrillas del Segundo Frente Nacional del Escambray atacaban o asediaban media docena de poblados de regular tamaño. Días antes, el jefe de este movimiento, un joven español de 24 años, Eloy Gutiérrez Menoyo, había protagonizado una increíble hazaña, al infiltrarse, disfrazado, en un cuartel del Ejército y, tras desarmar al oficial de mayor rango, lograr la rendición de la fortaleza.

Sin duda la situación militar del ejército de Batista no era halagüeña. Habían fracasado las dos ofensivas que su Estado Mayor lanzó, primero, contra la Sierra Maestra, en el extremo oriental del país, y luego contra las fuerzas guerrilleras que operaban en el centro de la Isla, a unos trescientos kilómetros de La Habana. Al principio –en los primeros meses de 1957– hubiera sido muy fácil aplastar la insurrección, pero Batista optó por no atacar debido a la más vil de las razones: porque la «guerra» le permitía aprobar presupuestos y gastos extraordinarios sobre los cuales no tenía que dar explicación alguna

 al Tribunal de Cuentas, circunstancia que hizo ricos a unos cuantos militares de alta graduación y aumentó considerablemente la fortuna del dictador.

Sin embargo, pese a los relativos éxitos de los rebeldes, a finales de 1958, las fuerzas armadas permanecían prácticamente intactas. El 90% del Ejército de tierra continuaba en sus cuarteles, y Batista podía contar con el total dominio del aire, y el auxilio de una marina de guerra que, si bien era escasa y anticuada, al menos servía para cañonear desde la costa ciertas posiciones guerrilleras. En realidad, la situación de Batista no era desesperada. El total de guerrilleros en todo el país no llegaba a tres mil hombres, mientras las fuerzas a su mando alcanzaban los treinta mil. Desde un punto de vista estrictamente militar, Batista todavía podía recuperar el terreno perdido –menos del 2% del territorio nacional– y derrotar a la oposición. No obstante, la madrugada del 1 de enero de 1959, tras despedir el Año Viejo con vivas y champán, Batista, su familia y sus más inmediatos colaboradores abordaron dos aviones de la Fuerza Aérea y se marcharon rumbo a República Dominicana, sorprendiendo a todo el país, incluido Fidel Castro, quien en su reducto de la Sierra Maestra se preparaba para una larga guerra que podía culminar de cualquier forma menos con la improbable fuga de un adversario todavía tremendamente poderoso.

En rigor, bajo la sorpresiva decisión de Batista habían otros factores más allá de los acontecimientos bélicos. En primer término, tras las fraudulentas elecciones de noviembre de 1958, en las que apenas hubo participación popular –siete semanas antes de su fuga–, se había hecho patente que la inmensa mayoría del pueblo cubano repudiaba al dictador y ni siquiera estaba dispuesta a buscar una salida electoral en la que se pudiera ver alguna forma de continuismo. Batista era y se sabía universalmente rechazado, lo cual tenía para él cierta importancia sicológica, porque su irrupción en la vida pública, treinta años antes, había sido por la vía del respaldo popular, y con cierto prestigio revolucionario construido por su aliado de entonces, el partido de los comunistas, llamado en Cuba «Socialista Popular». Contrariamente a lo que pueda pensarse, Batista no se percibía como un dictador de derechas, sino como un caudillo populista, amante y protector del gobierno de los republicanos españoles en el exilio, enemigo del tirano

 Trujillo –quien luego le brindara asilo–, y próximo a las capas más pobres del país, de donde él mismo saliera en la cresta del movimiento revolucionario que en 1933 lo convirtió de sargento taquígrafo en coronel jefe de las Fuerzas Armadas.

Pero la triste convicción del rechazo tal vez no hubiera bastado para desalojarlo del poder, si sus servicios secretos no le hubieran puesto sobre la mesa dos informes definitivos: en primer lugar, supo que algunos oficiales de su ejército estaban en secreto contacto con Fidel Castro y a la búsqueda de una fórmula de pacificación que necesariamente pasaba por su destitución, y quién sabe si su arresto y enjuiciamiento. En segundo lugar –y esto era más grave–, tuvo noticias de que altos funcionarios de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana se habían reunido con representantes de la oposición para buscar soluciones políticas que evitaran el colapso institucional del país. Washington sabía que a medio plazo la dictadura era insostenible, y ni siquiera podía salvarla la transmisión del mando al Dr. Andrés Rivero Agüero, el hábil abogado y político batistiano designado Presidente tras la farsa electoral de noviembre de 1948.

Ante esta situación, Batista se llenó de pánico. Se vio súbitamente repudiado por el pueblo y «traicionado» por dos de los pilares básicos de su gobierno: los americanos y las Fuerzas Armadas. A su memoria acudieron los acontecimientos de 1933, en los que otro general dictador, Gerardo Machado, caía víctima de los mismos factores: la opinión pública, el Ejército y la embajada de los Estados Unidos. Se vio, como Machado en 1933, incapaz de controlar los factores de poder, y temió ser víctima de la ira popular si se desencadenaban desórdenes callejeros en medio de la anarquía revolucionaria, semejantes a los que habían conmovido al país veinticinco años antes. Víctima de esta pesadilla, sin gloria ni grandeza, el general huyó al amanecer, dejando en total desamparo a miles de hombres comprometidos en la defensa de su innoble causa.

Fidel entra en juego

Tan pronto se supo la noticia en el cuartel general de Fidel Castro, el entonces joven abogado de 33 años, Comandante en Jefe del Movimiento 26 de Julio, ordenó una lenta marcha por carretera sobre La Habana, deteniéndose primero en Santiago de Cuba, para

 dar tiempo a que las columnas del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos, a mitad de camino de la capital, consolidaran el poder yevitaran no sólo un contragolpe militar, sino también que los otros grupos guerrilleros de la oposición, ajenos a su jefatura, pudieran controlar sectores militares o políticos de importancia. Castro no gritaba «todo el poder para los soviets», pero supo ingeniárselas para acaparar todo el poder, en primera instancia, para el 26 de Julio –su propio partido–, y pocos meses después para sí mismo.

¿Quién era en realidad este personaje hollywoodesco capaz de acuñar el arquetipo greñudo y romántico del revolucionario latinoamericano? Se trataba de uno de los cinco hijos de un inmigrante gallego llamado Angel Castro, llegado a Cuba como soldado español, cerca de 1898, para luchar contra las tropas mambisas. Angel Castro, tras la instauración de la República (1902), se hizo ganadero y agricultor; casó primero con una señora de apellido Argote, de la que tuvo varios hijos, amancebándose más tarde con Lina Ruz, la ex sirvienta de la casa, madre de Fidel, Raúl, Ramón, Emma y Juana. Angel Castro, en su condición de latifundista, tenía una buena situación económica, y su mujer, Lina Ruz –por lo visto una mujer bondadosa e inteligente–, se ocupó de que los hijos recibieran cierta educación. Fidel con los jesuitas, y se distinguió como atleta y como parte del equipo de debates. Curiosamente, el debate final del bachillerato giró en torno a un tema singular: la educación bajo el socialismo. El joven Fidel se encargó de criticarla duramente, mientras el joven José Ignacio Rasco, hoy líder democristiano en el exilio, se ocupó de defenderla. Fidel se mostró fogoso y elocuente, demostrando sus incipientes condiciones de líder.

En realidad, el Castro de los años adolescentes era borrosamente anticomunista, pero no por demócrata, sino por la influencia falangista de los curas jesuitas, al extremo de ser el único partidario que tenía el Eje entre los alumnos internos del colegio Belén. No obstante, a poco de comenzar la carrera Derecho, a mediados de la década de los cuarenta, el contacto con Alfredo Guevara, un joven comunista de la Facultad de Filosofía y Letras, contribuyó a moldear las ideas políticas de Fidel Castro. Castro no ingresó, como Guevara, en el Partido, pero sí suscribió el análisis radical de los males de la sociedad cubana, suponiendo, desde entonces, que la corrupción de los políticos,

 la codicia del imperialismo norteamericano y la mala distribución de la tierra, eran los factores causantes de la pobreza en el país, y que con erradicarlos se obtendría una inmediata expansión de la economía y un fortalecimiento de las instituciones.

Poco más había en la cabeza política de Castro cuando comenzó en la universidad, pero sí existía una clara voluntad de protagonismo, lo que enseguida lo enfrentó violentamente con los estudiantes que controlaban la Federación Estudiantil Universitaria. En aquellos años –pese a que el país vivía en un régimen de derecho producto de unas elecciones libres– la Universidad de La Habana era un reñidero político que frecuentemente degeneraba en tiroteos y asesinatos. Castro, se vio envuelto muy pronto en los conflictos, e intentó matar a uno de los líderes rivales, Leonel González, a quien logró herir de bala en el vientre. Otras dos acusaciones por asesinato le hicieron entonces, la del presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Manolo Castro –sin parentesco alguno con Fidel–, y la del sargento de la guardia universitaria, Fernández Caral; mas en ambas nada pudo probarse en las investigaciones.

En 1949, Castro termina la carrera de abogado e ingresa en el Partido Ortodoxo, formación populista de ideología levemente socialdemócrata, pero de ademanes radicales. Se casa con Mirtha Díaz Balart, hija de un prominente político batistiano, tiene un hijo con ella, Fidelito, y por un año se traslada a Estados Unidos. Por aquel entonces acaricia la idea de estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y olvidarse por un tiempo de Cuba, país en el que tenía demasiados enemigos y en el que su vida corría peligro como consecuencia de las vendettas entre las pandillas rivales.

Pero, al cabo, puede más la vocación política y regresa a la Isla dispuesto a convertirse en legislador. En 1951 es seleccionado como candidato a la Cámara de Representantes por un barrio de La Habana. Entre sus amigos tiene fama de ser un idealista infatigable. Sus enemigos lo ven como un gángster peligroso. Unos y otros admiten que se trata de

 una personalidad descollante, imposible de ignorar, destinado a la fama sí surgían las condiciones necesarias y si una bala no se interponía en su turbulento camino.

El 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista y un grupo de antiguos camaradas dan un golpe militar y derrocan el gobierno democrático de Carlos Prío Socarrás. Estas eran, precisamente, las condiciones que Castro necesitaba. Batista quería evitar unas inmediatas elecciones en las que probablemente triunfaría el Partido Ortodoxo, en cuyas listas de candidatos aparecía el nombre de Fidel.

Ante estos hechos, Castro se dio a la inmediata tarea de organizar la insurreción contra Batista. No era el único. Los estudiantes universitarios, encabezados por sus líderes comenzaron a conspirar. El Partido «Auténtico» –formación más o menos socialdemócrata que había sido desplazada del poder– destinó a varios de sus mejores hombres a las tareas insurreccionales. Cuba se convirtió otra vez, en un hervidero de conspiraciones. Sin embargo, quien más claramente había decidido su camino era Fidel Castro.

Castro sabía que, veinte años antes, el desaparecido revolucionario Antonio Guiteras, organizador de la «Joven Cuba», había asaltado un cuartel y luego había conseguido alzarse en las serranías contra el dictador Gerardo Machado. Y, Castro, ni corto ni perezoso, hizo suyos el programa y la estrategia de Guiteras –un galimatías antiimperialista y anticapitalista–, y con menos de un centenar de hombres, casi todos reclutados en la sección juvenil del Partido Ortodoxo, el 26 de julio de 1953 llevó a cabo un ataque contra el Cuartel Moncada, la instalación militar más poderosa del Ejército en Santiago de Cuba, mientras otro grupo, infructuosamente, intentaba apoderarse del cuartel de Bayamo, también en la provincia de Oriente.

El ataque fue un modelo de imprudencia temeraria y de falta de pericia, que se saldó con varias docenas de soldados y asaltantes muertos, y con el encarcelamiento de los revolucionarios que sobrevivieron, entre ellos el propio Fidel y su hermano Raúl.

 El ataque al Moncada –duramente criticado por los comunistas cubanos– no sirvió para derrocar a Batista, pero sí para darle a Fidel estatura política nacional y para convertirlo en la figura clave de la oposición, liderazgo que luego supo cultivar desde la cárcel por medio de una hábil correspondencia dirigida a los periodistas y a los principales políticos del país.

Apenas veintiún meses después de haber sido condenados, Fidel y sus compañeros fueron amnistiados. Para el joven dirigente, el próximo paso también debía darse tras la huella de Guiteras: alzarse en la Sierra Maestra, aquellas montañas que había recorrido en su adolescencia, y comenzar una guerra guerrillas. Prometió hacerlo desde México, antes de terminar el año 1956 y –en efecto– en el mes de diciembre, con 82 hombres, puso pie en tierra cubana.

El desembarco fue casi tan desastroso como el ataque al Moncada. Prácticamente todos sus hombres murieron o fueron hechos prisioneros. Sólo unos veinte, con Fidel a la cabeza, lograron alcanzar las zonas intrincadas de la Sierra, gracias a la ayuda providencial que les dio un viejo campesino llamado Crescencio Pérez, que vivía en esos parajes huyendo de la ley desde hacía decenas de años.

En realidad, el desembarco y alzamiento no ofrecían peligro alguno contra Batista en el orden militar, pero tuvieron un fuerte impacto sicológico en la población y en otras organizaciones insurreccionales. La mera existencia de ese pequeño foco guerrillero, al que el Ejército no alcanzaba o no quería destruir, se convirtió en un acicate para los demás grupos revolucionarios.

En marzo de 1957, un grupo de estudiantes de la Universidad de La Habana, dirigidos por Carlos Gutiérrez Menoyo, un exiliado español que había peleado con los maquis en Francia, atacan al Palacio Presidencial con el objeto de matar a Batista y descabezar al régimen. El ataque fracasa casi inexplicablemente, y en él mueren Gutiérrez Menoyo junto a 27 asaltantes y cinco guardias. El hermano menor, Eloy, pacientemente recoge las armas que «sobran» del ataque a Palacio y comienza a preparar un alzamiento guerrillero.

 Noche tras noche, en La Habana y Santiago de Cuba estallan bombas colocadas por los grupos clandestinos. Se producen algunos atentados personales, y la policía y el ejército reaccionan torturando y asesinando a detenidos y sospechosos.

La opinión pública, casi unánimemente, comienza a condenar a Batista, y a pedirle una salida política que ponga fin a la inquietud que vive el país. La burguesía financia abiertamente a los grupos revolucionarios. La Iglesia publica sus cartas pastorales contra la dictadura. Los colegios profesionales través de la hábil labor del ingeniero Manuel Ray, se constituyen en Resistencia Cívica, con el objeto de auxiliar a los insurrectos. Toda la nación comienza a vivir, entusiasmada y temerosa, la aventura de la revolución. Nadie piensa en el comunismo, ni mucho menos en Moscú. Se habla de democracia, de libertad, de respeto a los derechos humanos. Se intenta recuperar la legalidad interrumpida con el golpe de Batista. Sólo hay un rincón en todo el mapa revolucionario en el que el lenguaje tiene otro signo político: allá en la Sierra dicen que hay un médico argentino hablando de marxismo. También dicen que odia a los yanquis porque en 1954 estaba en Guatemala cuando los militares de Castillo Armas dieron un golpe contra Jacobo Arbenz con el auxilio de la CIA. Poca cosa. El comunismo no era una preocupación de los cubanos de los años cincuenta. Esas desgracias sólo podían ocurrir en Europa o en Asia, y en la esfera de influencia de la URSS. En Cuba, a 150 kilómetros de los Estados Unidos, se peleaba por la libertad.

El camino de Moscú

Sin embargo, a las pocas semanas de producirse el triunfo revolucionario, el gobierno de Castro comienza a virar a babor y entra en franco conflicto con los Estados Unidos. Nada de esto estaba en el programa original de la Revolución. ¿Qué había ocurrido? La mitad de la izquierda se empecina en atribuirlo a la necesidad que Castro tenía de protegerse de las represalias norteamericanas, mientras la otra mitad, encabezada por Castro, insiste en que la adopción del comunismo era la lógica meta de los revolucionarios marxistas. Sin embargo, no parece probable que en la Sierra se haya fraguado un plan secreto para convertir a Cuba en un estado comunista. En la Sierra existía una tendencia radical, encabezada por el Che y por Raúl Castro –tendencia francamente marxista y

 antinorteamericana, que incluso había entrado en contacto con Moscú–, y con la cual Fidel coqueteaba, pero sin comprometerse decididamente. Castro sabía que en aquel momento la adopción de un programa marxista lo liquidaba como líder de la insurrección, puesto que el comunismo era una especie de anatema entre los cubanos oposicionistas, incluyendo a los cuadros urbanos del propio 26 de Julio.

No obstante, Castro tenía ciertos planes personales que inevitablemente acabaría enfrentándolo a Washington y vinculándolo a la URSS. El primero tenía que ver con los Estados Unidos. Ya en una carta dirigida a Celia Sánchez el 6 de junio de 1958, desde la Sierra Maestra, y publicada por Carlos Franqui años después, Castro revelaba que su leitmotiv era pelear incesantemente contra los Estados Unidos, cosa que continuaría haciendo tras revolucionario: «Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos (los norteamericanos). Me doy cuenta que ése va a ser mi destino verdadero».

Castro podía o no ser comunista, pero en cualquier caso, sí era rabiosamente antinorteamericano. Más aún, su innato sentido de las relaciones públicas le indicaba que el antinorteamericanismo era la perfecta credencial para convertirse en el líder latinoamericano más importante del siglo. Y ése era su secreto objetivo.

Tal vez si los Estados Unidos hubieran aceptado en silencio las confiscaciones de bienes norteamericanos, y hubiera continuado las relaciones económicas con Cuba de forma favorable a la Isla, pagando un sobreprecio por el azúcar y concediendo préstamos en condiciones aceptables, mientras simultáneamente ignoraba los esfuerzos subversivos internacionales en los que Cuba se embarcaba desde 1959, Castro no se hubiera situado en la órbita soviética, pero era irreal esperar que los Estados Unidos contribuyeran a financiar una revolución notoriamente contraria a sus propios intereses, mientras se resignaba a comportarse pasivamente ante la aparición de un gobierno manifiestamente hostil.

 Es decir, la revolución acabó entregándose a Moscú y adoptando el modelo de estado que los comunistas preconizan, porque el antiyanquismo de Fidel y su aventurerismo internacional inevitablemente lo conducían a un enfrentamiento con los Estados Unidos y con otros países de América Latina, del que sólo lo salvó la protección de Moscú.

Una vez bajo el ala del Kremlin, Castro pudo entregarse casi con total impunidad a sus sueños revolucionarios y a esa «larga guerra» que le prometía a Celia Sánchez, y que dejó un reguero de muertos cubanos en Venezuela, Bolivia, Angola, Etiopía, Siria o Granada. No fueron los yanquis quienes lo empujaron en brazos de Moscú. Fue su propia conveniencia y su enfermiza necesidad de un rol histórico.

1 pensamiento sobre “04. Quién es Fidel Castro y cómo tomó el poder”

  1. Maria flores. dijo:

    Esta es la verdad y nada mas que la verdad asi sucedio todo,y Castro con los cubanos acabo y el alma nos rompio. y la libertad la secuestro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s