09. Los males ocultos del castrismo


CAPÍTULO 9 LOS MALES OCULTOS DEL CASTRISMO

Hay un castrismo universalmente condenado, hecho de cárceles, paredones, actos de repudio, empobrecimiento y otras desdichas evidentes. Pero tal vez ese castrismo, a pesar de su carga de abusos y brutalidades, no sea lo peor. Hay otras consecuencias mucho más hondas y duraderas que amenazan seriamente la posibilidad de que alguna vez se constituya en Cuba una sociedad habitable. Estas reflexiones van encaminadas a enunciar brevemente esos perjuicios y lo que sigue es algo así como un índice trágico y parcial de los males profundos que el castrismo ha inoculado en el cuerpo social cubano.

La percepción pesimista del destino nacional

Más de tres décadas de castrismo le han agotado a muchos cubanos la esperanza en un exitoso destino como pueblo. Ese generalizado desconsuelo pone en duda la propia viabilidad de la Isla como entidad nacional encaminada hacia la prosperidad material y la felicidad espiritual. Esa actitud pesimista es totalmente nueva en la historia de Cuba, puesto que, pese a los errores y catástrofes políticas y económicas de la república, siempre primó el criterio de que la Isla –de corcho, insumergible según la apreciación popular– saldría adelante a pesar de los contratiempos. Existía la muy extendida superstición de que el país «era rico», de que el cubano «era listo» y de que a largo plazo a la nación le esperaba un radiante porvenir. Ese sano optimismo, sin duda exagerado, pero sin el cual es imposible acometer un proyecto nacional constructivo, ha dado paso al más radical pesimismo. El presente castrista se percibe como un terrible fracaso, pero el futuro se avizora como algo tal vez peor. Un enorme porcentaje de los nuevos emigrantes, aun antes de echar raíces en el extranjero, tiene la secreta decisión de no regresar jamás a aquella tierra, gobiérnela Castro o sus adversarios, exista en ella el comunismo o el capitalismo. Ni siquiera hay nostalgia. Más bien resuma cierto comprensible rencor porque se asocian los recuerdos a espantosas experiencias vitales. No se trata, por supuesto, de «malos» cubanos. Esa sería una injusta calificación. Se trata

 de cubanos muy heridos, muy lastimados, muy doloridos, que han hecho del olvido una obsesión personal.

La aparición de este pesimismo en la historia de Cuba es una terrible desgracia, porque la primera condición que exige cualquier clase de empresa para desarrollarse con éxito es que quienes la intenten, crean en ella. No hay sociedad próspera y sana si el pueblo que la habita no participa de un común optimismo. Es una terrible paradoja que el castrismo, que comenzó con el más alto índice de confianza colectiva en los destinos de la patria, haya servido para desterrar cruelmente la esperanza del corazón de los cubanos. Pero es así.

La percepción negativa del prójimo

El castrismo ha generalizado entre los cubanos la más cruda insolidaridad. Allí –y en vastas zonas de la emigración– se ha instalado una nefasta actitud de «sálvese el que pueda» y se pisa y se atropella al prójimo para salvar el pellejo de un invisible incendio que crepita por todas partes. El pesimismo no sólo se manifiesta en no creer en el destino de la patria, sino en tampoco creer en «los cubanos», en el vecino de carne y hueso. La ingenua y tradicional aseveración de que el cubano era noble se ha transformado en la torcida presunción de que el cubano es malvado.

El implacable modelo de Estado castrista ha convertido a demasiados cubanos en comisarios, carniceros, apaleadores, chivatos, gentes que han maltratado a sus prójimos con excesiva crueldad y durante demasiado tiempo. ¿Qué huella permanente pueden dejar en la memoria de los cubanos los actos de repudio perpetrados en los años ochenta y prolongados hasta ahora mismo contra cientos y cientos de compatriotas que fueron humillados y ofendidos, golpeados y escupidos, por el delito de querer abandonar el país? ¿Cuánto pesará sobre la conciencia de los cubanos este último acto represivo del castrismo, las Brigadas de Respuesta Rápida, verdaderas turbas parapoliciales dedicadas al pillaje y al linchamiento de los disidentes? ¿Cómo se van a explicar los cubanos del futuro horrores cometidos contra el escritor Luque Escalona, los hermanos Arco, María

 Elena Cruz Varela, Elizardo Sánchez, José Luis Pujol, Ricardo Bofill y tantas víctimas de estos repugnantes pogroms ordenados por el propio Fidel Castro?

Aquella sorprendente expresión con que invariablemente se intentaba zanjar las disputas apelando a la «cubanía» de quienes discutían, ha perdido cualquier significado. Lo natural es que hoy «entre cubanos» se hagan mucho daño. Lo normal es esperar del prójimo alguna irreparable canallada. No sólo se ha perdido la fe en la patria como entidad abstracta, sino que también se ha perdido la fe en el compatriota. De un risueño prejuicio positivo se ha pasado a un horrendo prejuicio negativo. Mala arcilla para amalgamar a un pueblo.

La destrucción del modelo paradigmático

Cada vez que los horrores del castrismo han embarcado rumbo al extranjero a un ciudadano instruido, educado, formado en la cosmovisión y en los valores de las clases medias y de la burguesía, se ha dilapidado insensiblemente una parte importante del capital humano que ese país atesoraba. Cada cubano sacramentado por la formación técnica y habituado a las complejidades de la vida urbana y a la «sofisticación» –qué horrible palabra–, que era expulsado o marginado, ha sido una terrible pérdida para todo el país. Costó siglos de sufrimientos y luchas darle a esa sociedad una tenue, pero creciente, capa de ciudadanos –habitantes de las ciudades– asimilables a los de las naciones líderes del planeta. Mas, con la mayor irresponsabilidad, el castrismo ha ido borrando esos estratos sociales, retardando desde hace de 30 años el surgimiento de élites de vanguardia en cualquier campo de la actividad ciudadana.

¿Cómo se repone esta caudalosa humanidad destruida por el castrismo? ¿Cómo se restituye a esa sociedad el desaparecido producto de muchas décadas, de siglos de lenta decantación cultural? La primera observación que en estos tiempos hace todo viajero que recorre la Isla, tiene que ver con el evidente encanallamiento y vulgaridad de esa sociedad. A lo largo de toda la república se pudo ver una sostenida evolución de los valores burgueses y de las clases medias –únicos que al fin y al cabo han probado a lo largo de la historia ser capaces de crear una atmósfera social confortable–, pero desde

 1959 a la fecha el país se va deslizando hacia la más rampante incivilidad. ¿Por qué? Porque el castrismo ha disuelto, ha eliminado la capa ciudadana que servía de modelo vital al resto de la nación. El castrismo arrancó de raíz el tejido social que lentamente adiestraba y transformaba a la población menos educada e instruida del país en los usos, costumbres y creencias de los niveles sociales más civilizados, propiciando un fluido proceso de migración social de estimable eficiencia. Es probable que en 1959 ese estrato social medio y burgués alcanzara a una tercera parte de la población, y haberlo constituido era la mayor hazaña social del país. Castro y sus incompetentes secuaces lo han destruido sin reparar en el daño terrible que le infligían a la nación cubana al eliminarle su grupo paradigmático.

El Estado enemigo

He apuntado que el castrismo ha producido un cambio muy pesimista en la percepción del futuro del país y una modificación también negativa en la percepción del compatriota. Pero, además, como era de esperar, el castrismo ha agravado la percepción popular del Estado. Hoy el Estado, en cualquiera de sus manifestaciones, es un enemigo al que se le puede –cuando se puede– engañar, robar o perjudicar sin que esto produzca en el cubano la menor crisis de conciencia. El Estado no se percibe como una empresa común perfeccionable, sino como una torpe, extraña, ajena y arbitraria estructura de poder que suministra pocos bienes y malos servicios mientras demanda incómodas y mal pagadas jornadas de trabajo, y –lo que es peor– constantes ceremonias rituales de adhesión ideológica, expresadas por medio de desfiles, actos, reuniones, aburridísimos «círculos de estudio» en los que se analiza con devoción hasta la última coma de los discursos del Comandante, aplausos serviles, trabajo voluntario o abyectas y frecuentes sonrisas aquiescentes.

No es de extrañar, dada esta percepción del Estado, que millones de cubanos se entreguen sin remordimiento a la tarea de destruir el medio social en que viven. El castrismo ha provocado la total alienación de los cubanos en tanto que ciudadanos, convirtiéndolos en legiones de destructivos vándalos. Centros escolares, oficinas, medios públicos de transporte, modernas o rústicas herramientas de trabajo, nada escapa al poder destructor

 de un pueblo que no se identifica con el pavoroso Estado que día a día le oprime y le obliga a las más denigrantes genuflexiones.

Debido a ello, la noción del bien común es muy débil o no existe. La propiedad pública es una incomprensible abstracción. Sólo el perímetro individual, por razones del más arraigado egoísmo, merece cuidado y respeto. Este Midas al revés que ha resultado ser Fidel Castro intentó acabar revolucionariamente con la deshonestidad de un puñado de políticos que solía robar al Estado, pero lo que ha logrado es que millones de cubanos se conviertan en enemigos y expoliadores irreconciliables de ese mismo Estado. Quien con comunismo quiso aumentar la conciencia solidaria de los cubanos, ha provocado el surgimiento de un individualismo feroz e ingobernable que lima y desbasta implacablemente cualquier común esfuerzo constructivo. Superada algún día la trágica anécdota del castrismo, ¿cómo se reinstaura entre los cubanos una percepción del Estado mínimamente saludable? ¿Cómo se convence a millones de seres secularmente insurgidos contra un Estado que aborrecen, de que la convivencia en libertad sólo es posible conjugando deberes y derechos, protegiendo la parcela pública con el mismo respeto con que se protege la privada? Me temo que esas preguntas no tienen una respuesta fácil. Es más, me temo que ni siquiera tienen respuesta. No existe fórmula segura para revitalizar la conciencia cívica.

La destrucción del pasado

No contento con ofrecer un presente de privaciones y fracasos, no contento con destruir la esperanza de un futuro mejor, desalojando del corazón cívico de los cubanos una de sus mejores virtudes, el castrismo también ha demolido el pasado republicano, calificando de pseudo república el país que existió entre 1902 y 1959. En esa ruina social a que ha sido reducida Cuba, ni siquiera es posible la noción del «renacimiento», esa útil idea de «resurgimiento nacional» que sirve a los países en sus horas críticas, porque renacer o resurgir implica siempre un estadio anterior de plenitud ciudadana en el que ya tampoco creen los cubanos. Y no se trata sólo de que los cubanos aborrezcan su presente y tengan serias sospechas sobre su futuro, sino que también los han

 enseñado a aborrecer su pasado, lo que apenas deja espacio para hincar la rodilla y soportar el esfuerzo descomunal de restañar las heridas e intentar reconstruir la nación.

Numerosos países a lo largo de la historia –Japón, Alemania, España, Italia– han tenido que sobreponerse a terribles catástrofes políticas, pero contaron con un legendario Siglo de Oro, con una Arcadia feliz que pudiera servir de punto de referencia en la búsqueda de Utopía. Y es que todo país necesita alimentarse de esta sana mitología para trazar su derrotero histórico. El castrismo ha privado a los cubanos de ese vital recurso.

La Orientalización de Cuba

Todo comenzó con El acorazado Potemkin. (No hay imaginación entre los comunistas, siempre comenzaba hasta hace poco con El acorazado Potemkin). El clásico expresionista del cine ruso era algo así como la avanzadilla cultural. Luego venía lo otro: el Bolshoi, los ballets folklóricos, una tirada masiva de Los diez días que conmovieron al mundo, una exposición científica soviética, etc. Hasta ahí, nada que objetar. Un país se enriquece con esta clase de embajadas culturales. Cuba necesitaba hibridizar sus experiencias con otras que no fueran americanas. Necesitaba reforzar con otras influencias el enorme peso específico yanqui. Pero Cuba, a pesar de todo, es un pedazo del Caribe español, adscrito a la historia de la región, al contexto americano, y al tronco ibérico. Al más famoso texto castrista, La historia me absolverá, apostilló un agudo periodista cubano (Bernardo Viera) una frase entre melancólica y humorística: «Sí, pero la geografía te condena». La geografía nos condena a todos: a los yanquis en el sudeste de Asia, a los ingleses en el Medio Oriente, a los franceses en África. En su momento terminó condenando a los chinos en Albania y a los rusos en Cuba. El 90% de los soviéticos no estaba muy seguro de dónde «caía» Cuba. El 90% de los cubanos no sabe si Minsk es una ciudad soviética o una piel que se ponía la burguesía. Este radical y mutuo desconocimiento está plenamente justificado por la total falta de contacto entre esa porción del mundo y el Caribe. No había lazos. La revolución, contra natura y a toda prisa, quiso crearlos. En una década, la mitología comunista estilo soviético con sus desfiles militares, sus enormes retratos de Lenin y Marx, Brezhnev, sus héroes, sus cosmonautas, sus historias, sorprendían la azorada retina del cubano. Y aún hoy, después de la desaparición

 de la URSS, continúa instalada en la estética sin imaginación del castrismo. ¿Qué calificativos cosecharía el gobernante occidental que hiciera desfilar sus tropas frente a unos retratos de Adam Smith, Jefferson y George Bush? En Cuba hubo un verdadero bombardeo de cultura «oriental». La Unión Soviética, mientras duró, fue algo así como la adoptiva Madre Patria, mientras los países del Este parecían vecino antillanos. Se hablaba y escribía de Bulgaria como si estuviera en Isla de Pinos. Los gobernantes de Ulan Bator – capital de Mongolia, hago la a para el 98% de los lectores– eran recibidos en La Habana a bomba y platillo, mientras las revistas, con la mayor naturalidad, se referían al remoto país como si se tratara de Venezuela. Había algo demencial en este afán de olvidar el entorno histórico y cultural de la Isla. Demencial y alineante. Demencial porque insensiblemente se estaban ignorando los más obvios perfiles de la nacionalidad y la historia. Alienante, porque con todo servilismo se estaba copiando la mise-en-scéne rusa.

Aquel triste espectáculo de los años cuarenta, en el que el mundo vio desfilar bolivianos y peruanos al «paso de ganso», se repitió en Cuba dentro de la modalidad soviética. Cuba, que es una isla tropical y mulata del Caribe, que no tenía el menor punto de contacto con la cultura y tradición eslavas –sé que hay otros ingredientes étnicos, pero estoy simplificando– quiso estúpidamente confundirse con Europa Oriental. Si esto no es alienación, que baje Marx y lo vea.

Me imagino que dos factores dispararon a la revolución por ese camino absurdo: primero, la imitación. Todos los satélites europeos practicaban la más servil imitación de la metrópoli; segundo, el deseo de borrar de la memoria del cubano todo vestigio del anterior entorno sociocultural. Cuando se hablaba de Estados Unidos era (es) para mencionar a sus gángsters o sus crímenes vietnamitas. Cuando se habla de Latinoamérica, es para destacar lo progresos hechos por el poder de los grupos afines al castrismo o para subrayar las favelas y los niños desamparados. Lo demás se ignoraba y se sustituía por unas misteriosas historias polacas o rumanas.

La reacción del cubano durante los años que duró el intento orientalizador fue un poco de extrañamiento en el sentido brechtiano del término. El espectáculo estaba ahí, y lo veían o

 se lo contaban, pero no lograba despertar sus emociones Lo que le exhibían era un drama frío, logarítmico, cerebral, que no le afectaba. A la cosmonauta Valentina Tereshkova acababan por llamarla (jugando con la fonética del nombre) «tres escobas», terminando por tirar a chacota la rara monserga. Marx se convirtió en «el viejito que inventó el hambre».

El desconcierto de un guajiro en la Sierra Maestra ante la historia gloriosa de unos héroes lituanos del trabajo era algo que por elemental piedad debería haberles ahorrado el régimen. El esperpento se parece al de los papúes de un villorio de Oceanía aplaudiendo a la reina inglesa, pero más grotesco aún si cabe.

¿Quiénes fueron los directos responsables de este absurdo montaje? El pastiche, ¿lo que pedía Moscú, o era algo que La Habana brindaba? Un poco de todo. La Habana gesticulaba sin elegancia para dar muestras de su acatamiento. Moscú, por su parte, era una metrópoli exigente y celosa de su jerarquía. Su jefatura, además, se calibraba dentro del mundo comunista por la posición y tamaño de los retratos en los desfiles, por los centímetros cuadrados de prensa «corifea» y otras quisquillosas señales. La Habana jugaba su juego, como Alemania, Checoslovaquia o Polonia. El juego, claro, no era recíproco. Brezhnev o Gorbachov no andaban por ahí con un sombrero de guano, ni Pravda se dedicaba a contar vida y milagros del extraño apéndice antillano. Era Cuba la que se «orientalizaba», saltándose paladinamente quince mil kilómetros de distancia real, cultural e histórica, mostrando con ello el profundo resentimiento antioccidental de Castro.

En este sentido operaba –lo sé– la superstición del internacionalismo proletario, pero puestos a organizar dictaduras comunistas, menos alucinado y un poco más digno hubiera sido respetar la entidad cultural e histórica de la Isla. Entre otras cosas, porque el decorado soviético chocaba con la estética caribeña. Todos esos carteles, esos desfiles, esos héroes musculosos e infatigables eran muy expresionistas, muy «Acorazado Potemkin», y tratar de asumirlos de un trago sólo podía demostrar la indigencia intelectual del castrismo.

 Quizás –es cierto– no podían –ni por lo visto querían– los dirigentes cubanos zafarse de la orientalización en que metieron al país hasta que vino la débácle del campo socialista, pero es evidente que de todas las agresiones al sentido común cometidas en estos años azarosos y delirantes, ésta ha sido una de las mayores. Hágase cargo el lector de que mañana su país suscribe una fórmula revolucionaria de origen, tradición y entourage neozelandés. Supóngase que desde mañana el cine, la prensa, la radio comienzan masivamente a darle información épica de ese remoto universo. Usted se quedaría estupefacto; esa palabra, por cierto, tiene la misma raíz que estúpido y que estupefaciente.

Un país asincrónico

Aunque me he propuesto no utilizar como referencia el pasado y juzgar a la revolución per se, por su aquí y su ahora, es inevitable, de vez en cuando, lo que un cineasta (o un pedante) llamaría un flash back. En 1959, Cuba –seamos justos, sus centros urbanos– vivía sincronizada al sistema temporal de Occidente. La ciencia, la técnica, las corrientes estéticas, las modas literarias, las otras modas, la música, llegaban a la Isla con bastante rapidez. A veces –muy pocas–, como en el caso de la música, Cuba aportaba además de tomar. Supongo que la proximidad con Estados Unidos y la esponjosa naturaleza del cubano serían responsables de este fenómeno, pero no era diferente en el siglo XIX. En sus memorias, el italocubano Orestes Ferrara da cuenta de su sorpresa al encontrar en la manigua, durante la lucha contra España, a una serie de criollos perfectamente familiarizados con el último libro europeo. El primer traductor de Kant al español fue un cubano, José del Perojo, y cosas así.

Cuba –repito– vivía a tiempo occidental. No se me escapa que me estoy refiriendo al cubano de La Habana, Matanzas, Camagüey o Santiago, puesto que el guajiro de la Sierra Maestra habitaba en el siglo XVIII, pero estas diferencias están presentes en el 95%. Los que conocen Moscú y las aldeas de Mongolia exterior saben de estas cosas. Trotski, en su momento, escribió páginas lúcidas a propósito de las contradicciones entre espacio y tiempo. El tiempo cultural no existe en las sociedades que no se modifican –como

 bosquimanos– y transcurre lentamente entre los grupos que apenas cambian de hábitos y formas de vida (por ejemplo, los campesinos de Cuba o del Cáucaso). No obstante, a Estados Unidos se le juzga por Nueva York, y no por los sioux, más o menos como al «hombre» de fines del siglo XX se le juzga por un señor de Bruselas y no por su contemporáneo hotentote.

Todo este rodeo –esencial para entendernos– era para afirmar, enfáticamente, que el trallazo revolucionario ha desencajado a Cuba de su sistema temporal. En primer término, el país vive casi congelado en la mágica fecha de 1959. La invariable mitología revolucionaria, los mismos rostros, los mismos nombres, las mismas ideas, se suceden como en un cuento escrito por Borges. Es el tiempo circular que cubre la Isla como una campana neumática. No estoy haciendo literatura, sino describiendo un fenómeno real. Los cubanos no se enteraron de las formidables y decisivas corrientes antiautoritarias de la década de 1960. Todo lo positivo que puede dejar en Occidente el sacudidor movimiento hippy, con su desmitificación de las jerarquías, el orden y la obediencia, fue celosamente ocultado. La significación del Mayo francés de 1968 –la ultima ratio del levantamiento, y no el guirigay de la barricada– es un fenómeno remoto para los cubanos. Las ideas vigentes, los nudos de tensión, la última poesía, el último cine, el último teatro, la última literatura que no encajaban dentro de la retórica marxista, la antisiquiatría, el feminismo militante, la modificación liberadora de la conducta sexual –el sexo se da de baja en la ética en los prodigiosos años sesenta y regresa, poco después, en los ochenta, de la mano huesuda del SIDA–, Marcuse, Watts, Goodman, Fromm, Foucault, Lacan, el renacimiento de cierta vaga religiosidad, el orientalismo espiritual, el yoga, el redescubrimiento de Nietzsche, el Zen, el análisis de la subcultura, la contracultura, el cine underground, la literatura underground, la pornografía, los alucinógenos, la desconstrucción, el postmodernismo, el liberalismo y el neoliberalismo. Todo lo trivial, estúpido, profundo, nocivo o benéfico que configura nuestro tiempo ha sido ignorado por el pueblo cubano. La dirigencia revolucionaria, esa genial casta de superhombres, se ha dedicado sistemáticamente a taponar rendijas. Que nadie se entere de nada, que no salga una línea en un periódico, que no llegue un libro o un disco corruptor. Que la juventud no se desvíe de los sagrados caminos del marxismo-leninismo. Al embargo material de los

 Estados Unidos, los jerarcas cubanos han superpuesto un mucho más riguroso bloqueo espiritual. Ellos saben y definen lo que les conviene a los cubanos, ellos deciden lo que es bueno o malo, ellos protegen las frágiles neuronas de los pobrecitos criollos, criaturas incapaces de emitir juicios de valor.

El resultado de este monstruoso aislamiento –Cuba, a pesar de todo, está en el corazón de las Américas– es una desagradable sensación de anacronismo. Se sabe que el mundo que circunda la Isla avanza a un tiempo vertiginoso y distinto, arreado, es cierto, por Estados Unidos, Japón y Europa Occidental, pero esto no cambia las cosas. El cubano se asfixia en la jerga boba del marxismo-leninismo, cogido entre los dogmas, las prohibiciones y los temores teológicos de una nueva escolástica. Vive un tiempo cultural que no es el que le corresponde por su geografía y por su tradición. Esa penosa cara de niño asustado que pone el emigrado cubano ante una calculadora electrónica de bolsillo, o su estupefacción frente a las ideas demoledoras y luminosas de Szasz, Aron, Revel, Laing o Carl Rogers, o el ñoño horror ante el erotismo de una revista de avant-garde, reflejan su gallináceo pasado de avestruz caribeña. Tendrá entonces que reinsertarse en su tiempo. «Volver al mundo», como dicen las monjas de clausura cuando cuelgan los hábitos. Montarse en la máquina del tiempo para remontar una de las más decisivas épocas del mundo moderno y llegar al presente, viaje que no siempre se logra, porque la sincronización del hombre con su época debe ser un proceso natural y espontáneo. Algunos, desgraciadamente, quedan encapsulados para siempre.

El encogimiento del entorno

Para entendernos, tendremos que aprobar varias hipótesis de trabajo. Aceptemos –no es tan arbitrario– que una medida del progreso es el espacio vital que potencialmente tenemos a nuestro alcance. Me refiero a la prosaica posibilidad de desplazarnos en el espacio vital del punto en que nos encontramos a otro libremente elegido. Aceptemos que sucesivamente la bestia de carga, la rueda, el navío, el avión y la nave espacial son hitos en el progreso humano. Aceptemos –y ya estamos llegando– que en la medida en que el hombre hace uso de esos hallazgos disfruta del progreso. Me parece evidente que un inglés que pasa una semana en las Baleares o un catalán que acude en su coche a Perpignan está

 ejerciendo el progreso, usufructuándolo, muchísimo más que un aldeano de las Hurdes, culturalmente autoconfinado al perímetro de su villorrio. En inglés hay una frase de admiración con la que se califica a cierta gente de gran movilidad: la «Jet Society». Por ahora, esto resume la idea.

¿Y qué diablos tiene que ver el espacio con la revolución cubana? Mucho. Cierto tipo de dictaduras herméticas producen una especie de asfixia moral. Esto no es una frase. ¿Por qué la loca estampida de los cubanos hacia los barcos, aviones, salvavidas o rústicas balsas que los alejan de Cuba? Por muchas razones. Aquí va una de ellas: porque se asfixian. Y una de las causas de la asfixia es la limitación de movimiento en el espacio, el extraño malestar que ha producido en el cubano un súbito encogimiento de su ámbito vital. La revolución, por cuestiones de economía y por su naturaleza simplista, ha reducido, de golpe, la capacidad de movimiento de los cubanos. Entre los reglamentos y el desastroso sistema de transporte, cursar el más sencillo trayecto es una calamitosa operación. Este problema es gravísimo en La Habana, donde vive un 20% de la población del país, y donde existían, por cierto, unos hábitos de desplazamiento más generosos. Obviamente, no me estoy quejando del transporte. Eso puede ser más o menos deficiente –en Cuba es tremendamente deficiente–, sino del terror claustrofóbico que le provoca a un bípedo urbano del siglo de las naves espaciales saber que su vidita va a transcurrir pastosamente encaramado en una bicicleta china, entre los muros metafísicos de las dos «cuadras» que separan la vivienda de su trabajo. Saber que su autonomía itinerante no tiene nada que ver con la de su prójimo de Caracas, San Juan o Madrid, puesto que la revolución –a la ni por asomo se le ocurre que el hombre tenga ciertas necesidades no descritas en El Capital– lo ha confinado a un diminuto potrero en el que apenas puede estirar las piernas, a no ser sobre los pedales de su heroica bicicleta. Habrá que añadir el término parroquialización para describir el fenómeno que se ha apoderado de los cubanos, pero existe y es terrible. Y causa asfixia.

No son éstos todos los males ocultos del castrismo, pero sí son, probablemente, los peores, porque atentan contra la esencia misma de la nación cubana. Cuba está muy enferma. Esa sociedad está radicalmente podrida y es preferible tomar cuenta de ello

 antes de formular cualquier proyecto político. Lo primero, las medidas de urgencia de cualquier grupo que se proponga la sustitución del castrismo, tienen que estar orientadas a la restauración del espíritu social de los cubanos. Es absolutamente imposible crear un espacio urbano habitable si antes no se produce el milagro de la revitalización de la conciencia ciudadana y la devolución a esa pobre gente de cierto grado de esperanza en el destino colectivo. No se trata solamente de sustituir la ineficacia de la centralización planificada por la agilidad del modelo capitalista, y ni siquiera se trata de eliminar los mecanismos represivos creados por el comunismo sustituyéndolos por el Estado de derecho burgués y democrático –lo cual es necesario– sino de la titánica y mucho más difícil tarea de construir un pueblo civilizado y aceptablemente solidario a partir de una azorada masa de ciudadanos incrédulos y cínicos. El único factor de cohesión que el castrismo ha dejado vigente es el miedo al Estado, y el único generador de obediencia que existe en el país es el temor a las fuerzas represivas, o sea, exactamente los elementos que hacen repugnante al sistema, exactamente los elementos que borrar de la faz de esa sociedad si algún día se intenta la difícil empresa de vivir en libertad y sin las crispaciones de la ira.

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