05. De por qué se creyó Castro el Napoleón del Tercer Mundo…………


CAPÍTULO 5

DE POR QUÉ SE CREYÓ CASTRO EL NAPOLEÓN DEL TERCER MUNDO

¿Por qué asumió Castro ese rol histórico? Para responder, hay que dar ciertas pistas. He de comenzar por la información más elemental. Veamos. Cuba es una isla de poco menos de 115.000 kilómetros cuadrados en la que viven aproximadamente once millones de habitantes. Es decir, todo el país cabe cuatro veces en España y toda su población es también más o menos una cuarta parte de la española.

Como poca gente ignora, se trata de un pobre país azucarero, con ingresos per cápita en tormo a los $1.200 dólares, y una de las deudas –también por persona– más altas del mundo ($3.000). Aunque ese pavoroso dato pierde su dramatismo cuando sabemos que las cinco sextas partes de la deuda externa cubana –unos $30.000 millones– han sido contraídas con el desaparecido bloque soviético, y jamás serán recuperadas (o ni siquiera exigidas) por los prestamistas.

La Habana –la gran ciudad de la Isla–, con dos millones de habitantes que a duras penas consiguen alimentarse tras infinitas colas, según un artículo aparecido el 24 de junio de 1987 en la revista Cuba Internacional, cuenta con 526.000 casas, de las cuales el 55% está en mal estado o sólo regular. Hay en ella 62 barrios insalubres, 65.000 personas han tenido que ser recogidas en refugios provisionales que se perpetúan indefinidamente, y

212.000 almas habitan en barriadas destartaladas. Setenta mil casas han tenido que ser apuntaladas para evitar que se derrumben, y otras tantas aguardan la visita de los técnicos para saber si también es necesario sujetarlas con puntales de madera. El suministro de agua a la ciudad y el sistema de alcantarillado se han convertido en una pesadilla, y prácticamente todos los habitantes padecen intermitentemente las consecuencias de esta penuria, que a veces provoca verdaderas epidemias infecciosas.

 Poderío militar

En todo caso, lo que quiero subrayar es que estamos ante un pobre país del Tercer Mundo, asediado por la carencia de las cosas más elementales, y habitado por una población profundamente insatisfecha. No obstante, esa nación casi desvalida cuenta con un aparato militar y paramilitar que alcanza la increíble cifra de 1.183.000 personas, sin incluir a los miembros de Comités de Defensa de la Revolución. Esa enorme masa humana se divide en dos ejércitos que suman 325.000 soldados, de los cuales un poco más de la mitad pertenecen a la reserva activa. Medio millón están inscritos y hacen prácticas en la milicia territorial. El resto se divide entre Marina, Aviación, Guardias de Fronteras, Defensa Civil, Policía de Seguridad y otros cuerpos armados.

Esas Fuerzas Armadas operan con 360 aviones y helicópteros de combate, cerca de

1.000 tanques de guerra y carros blindados de transporte, 700 piezas de artillería, 200 lanzadores de misiles y una Marina que cuenta con casi ochenta barcos, de los cuales 3 son submarinos, hay una fragata y cerca de 30 modernas torpederas. Como es sabido, ese enorme aparato militar actuó durante la guerra fría en el extranjero de una manera verdaderamente notable. Solamente en Angola hubo más soldados cubanos (55.000) que todas las Fuerzas Armadas de Venezuela combinadas (4.500). Simultáneamente, Castro había asignado 7.000 a Etiopía, mientras otros diez mil se repartían entre el ex Congo Francés, Yemen del Sur, Mozambique y la media docena de naciones africanas militarmente vinculadas a La Habana.

Por otra parte, la guerra de Angola fue el conflicto militar más largo en el que jamás participara una nación del Nuevo Mundo –15 años– y a la escala de la población cubana, la intervención de los soldados castristas duplica la presencia militar norteamericana en Vietnam, aunque triplica el número de bajas: unas diez mil, de acuerdo con el testimonio del general Rafael del Pino.

 Una historia de intervenciones

Por supuesto. Sólo me estoy refiriendo a la presencia militar evidente de los ejércitos de Castro en el Tercer Mundo, pero el cuadro no estaría completo sin la obligada referencia a los ingentes esfuerzos subversivos de La Habana.

Como muy bien ha documentado Roger Fontaine en Terrorism: The Cuban Conection (Nueva York, 1988), en las más de tres décadas que ha durado la revolución, el gobierno cubano ha adiestrado, alentado y mantenido relaciones de cooperación con grupos subversivos de todos los países de América Latina, con la probable excepción de México, consiguiendo por lo menos dos triunfos espectaculares: Nicaragua y Granada, aunque en ninguno de los dos la aventura totalitaria logró consolidarse.

Simultáneamente, los organismos conspirativos cubanos han tenido –y tienen– relaciones de colaboración con el IRA, la ETA española –algunos de cuyos miembros se adiestraron en Cuba a principios de la década de los setenta– y, especialmente, con la OLP, como describiera el periódico ABC de Madrid.

Dos veces las Fuerzas Armadas cubanas han participado de forma masiva en guerras libradas en territorios árabes. La primera en la década de los sesenta (en 1963) cuando Marruecos y Argelia se enfrentaron, y Castro envió contingente de casi tres mil soldados, al mando del Comandante Efigenio Almejeiras, para combatir contra los ejércitos de Rabat, y la segunda, en los setenta, cuando una brigada acorazada de los cubanos fue derrotada por los israelíes en las alturas del Golán, durante la guerra de 1974.

De manera que sería una perfecta ingenuidad suponer que el grado monstruoso de militarización que sufre la sociedad cubana es producto de la amenaza perenne y cercana de los Estados Unidos. Eso no es cierto. El castrismo tiene vocación imperial, y Castro se considera, por encima de todo, un guerrero elegido por el Destino para cumplir con una misión revolucionaria en el mundo, papel al que ni siquiera se resigna a renunciar tras la desaparición de la guerra fría.

 Esto es muy importante de subrayar, porque se tiene la tendencia a suponer que la militarización de Cuba es una consecuencia del enfrentamiento con Estados Unidos, cuando la verdad es que la mayor parte de las fuerzas revolucionarias o subversivas del castrismo han estado encaminadas a desestabilizar pueblos del Tercer Mundo o democracias incipientes, como sucedió con la ofensiva guerrillera organizada contra Venezuela y Perú en la década de los sesenta.

Orígenes del mesianismo

A fin de cuentas, ¿dónde y por qué surgió esta tendencia mesiánica en el líder de la revolución cubana? Para entender el fenómeno, quizás tengamos que remontarnos a la adolescencia de Castro, y al exclusivo Colegio de Belén, dirigido por los jesuitas, en el que Fidel cursó los estudios de bachillerato.

Allí, en el plantel riguroso –quizás una de las mejores escuelas del país–, el joven estudiante entró en contacto con el padre Alberto de Castro, un sacerdote cubano, imbuido de la retórica falangista española, enamorado de la idea del resurgimiento de una Hispanidad vigorosa que se opusiera al materialismo rampante del mundo anglosajón, encabezado por los Estados Unidos e Inglaterra.

Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y el bisoño Castro, como tantos muchachos de su escuela, seguía con atención el curso de los combates, pero algo le distinguía especialmente: Fidel era partidario de Alemania y de los fascistas italianos. Su mentor lo había ganado para la causa antidemocrática y –especialmente– para la causa antinorteamericana. «Algún día –soñaba Alberto de Castro e inoculaba a sus discípulos sus visiones–, algún día, los pueblos de habla hispana, con España como inspiración, se alzarían frente a Estados Unidos e Inglaterra –naciones codiciosamente capitalistas–, para dirigir un planeta regido por los valores que dominaban en el alma ibérica, esa portentosa reserva espiritual de Occidente».

A Fidel Castro, por otra parte, no le era difícil incorporar a su primer discurso político este elemento anticapitalista y antinorteamericano. En su casa, desde muy niño, siempre

 había oído a su padre quejarse amargamente de los «americanos», puesto que el viejo Ángel Castro, un gallego inmigrante, primero tuvo que vérselas con «los gringos» en la fugaz guerra de 1898 a la que acudió como recluta obligado. Y luego, durante los primeros años de la República, volvió a entrar en conflicto con ellos, como consecuencia de algunos pleitos por la tenencia y explotación de ciertas fincas que lindaban con propiedades norteamericanas.

Por supuesto, esa animadversión de Castro contra los «yanquis» no le venía solamente por la influencia personal de su padre o por sugerencia de su director espiritual durante los años de formación adolescente. Pese al arraigado proyanquismo de la burguesía y de las clases populares cubanas, había en el país unos grupos medios, formados casi siempre por profesionales de origen burgués, minoritarios, pero elocuentes, que sostenían denodadamente pasiones antinorteamericanas basadas en un nacionalismo herido por las frecuentes intervenciones de Washington en la política cubana, y exacerbadas por un análisis muy elemental de los males presentes en la economía del país. Análisis en el que se atribuía a la voracidad del capital americano el estado de relativa miseria en que se encontraba una parte apreciable de la población rural.

Si se van sumando los elementos constitutivos del ser y del saber del Castro joven, a esas alturas el cuadro de su actuación posterior comienza a ser muy coherente. Ya tenemos la queja antiyanqui, aprendida del padre; tenemos la causa sagrada impregnada de la ética mesiánica del falangismo; ya tenemos una cierta tradición cubana de censura y resentimiento contra el poderoso vecino. Sólo falta una fuerte experiencia vital que consiga convencerlo de que la batalla hay que darla fuera y no sólo dentro de los mezquinos límites insulares.

Cayo Confites y el Bogotazo

Esa experiencia le va a llegar a Castro muy joven, en 1947, cuando los cubanos y algunos exiliados dominicanos organizaron una expedición de 1.500 hombres destinada a derrocar al dictador de Santo Domingo, Rafael Leónidas Trujillo.

 Por aquellos años existía una especie de coordinación para la actuación internacional entre distintos partidos de la corriente que luego se llamaría Izquierda Democrática y que en Cuba encarnaba en el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), a la sazón en el poder; en Venezuela, su líder sería Rómulo Betancourt; en Guatemala, Juan José Arévalo; en Puerto Rico, Luis Muñoz Marín; en Costa Rica, José Figueres; y en la República Dominicana, los exiliados Juan Bosch, Angel Miolán y el general Juan Rodríguez.

Ya en esa fecha los cubanos se creían llamados a la acción revolucionaria internacional, y no fue difícil enrolar un verdadero cuerpo expedicionario para la tarea de derrocar a Trujillo.

Fidel Castro tenía entonces 21 años y se involucró en aquella aventura. Sólo que poco antes de zarpar ese pequeño ejército, acantonado en Cayo Confites, en el norte de Cuba, el presidente norteamericano Truman, para evitar una posible guerra en el Caribe, solicitó de su colega cubano Ramón Grau la desmovilización de la tropa. En consecuencia, a las pocas semanas de haber comenzado el adiestramiento, todos los participantes, escoltados por la Marina cubana, tuvieron que regresar a la isla de Cuba sin haberse acercado siquiera a aguas dominicanas.

Castro no había tenido aún su bautizo de fuego en aventuras internacionales, pero ya había conocido de cerca la proximidad de la guerra y la pasión por las causas políticas fuera de las fronteras cubanas. Apenas un año después, el 9 de abril de 1948, otro acontecimiento político, esta vez de grandes proporciones, contribuiría a despertar aún más su apetito por las revoluciones y los conflictos internacionales. En esa fecha estalló el famoso «bogotazo», y a Castro, por razones fortuitas, le sorprendió el proceso en la capital colombiana y a pocos pasos de donde se encendió la chispa.

Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: en abril de 1948 estaba prevista en Colombia la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA). Iba a efectuarse una ceremonia por todo lo alto, y se esperaba una masiva representación internacional.

 En Argentina gobernaba Juan Domingo Perón, líder que aspiraba a cierto protagonismo, y quien tenía un serio enfrentamiento político con los Estados Unidos.

Perón –u otros dirigentes de su partido– vieron una oportunidad dorada de impulsar su causa, y se propusieron hacer coincidir la creación de la OEA con la de un foro estudiantil latinoamericano, dentro de la vociferante izquierda antiyanqui. Para esa tarea, junto a otros cuatro jóvenes cubanos, invitaron a Bogotá, con todos los gastos pagados, a Fidel Castro.

El 9 de abril –la mañana, por cierto, en que Jorge Eliecer Gaitán, el líder Partido Liberal colombiano, iba a recibir a los estudiantes cubanos–, un asesino le quitó la vida, acontecimiento que desató una verdadera guerra civil en el país. Ya en ese momento, Castro vio más de cerca el apocalipsis revolucionario, y le gustó lo que vio. El espectáculo de los coches y edificios incendiados las barricadas, y de las personas arrastradas por la multitud, lejos de amedrentarlo, probablemente estimuló sus emociones políticas, al extremo de que detenido cuando arengaba a unos policías, dentro de una comisaría, mientras intentaba convencerlos de que se sumaran a la rebelión popular.

Para su fortuna, pocos días después, el gobierno cubano, preocupado sobre todo por Enrique Ovares, presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios de la Isla, también en Bogotá, envió un avión de transporte para evacuar a la inquieta delegación cubana. Entonces, rodeado por otros insólitos pasajeros –el avión transportaba reses–, Castro regresó a Cuba, si no entre vítores de seguidores, por lo menos entre mugidos plañideros que no le permitieron conciliar el sueño durante el trayecto de regreso, y que acaso sirvieron como música de fondo para la gran tragedia que posiblemente comenzó a orquestar en su cerebro. Algún día, acaso sería él mismo capaz de provocar un «bogotazo» en cada república hispanoamericana, para instaurar a tiro limpio el reino de la justicia revolucionaria y la prosperidad instantánea al sur del Río Grande.

 El marco para el héroe

Por supuesto, todos aquellos delirios de napoleonismo revolucionario no hubieran podido realizarse si la República se hubiera mantenido dentro de los cauces constitucionales.

En un país donde el parlamento, la judicatura y los órganos de opinión pública hubieran permanecido sujetos por las normas democráticas convencionales, hubiera sido imposible la irrupción en escena de un líder como Castro, y mucho menos para ejecutar un proyecto internacionalista tan delirante como el que Fidel ha llevado a cabo durante más de treinta años de gobierno unipersonal.

Más aún, pese a la leyenda del carisma de Castro, y pese al magnetismo que ejerce sobre las masas, lo cierto es que el joven Fidel, mientras tuvo que competir democráticamente con otros estudiantes, y persuadir a sus compañeros con razones, no alcanzó la menor preponderancia. Fidel no pudo ser –y lo intentó–, presidente de su promoción en la Facultad de Derecho. Ni era especialmente simpático dentro de las filas del Partido Ortodoxo, una agrupación vagamente socialdemócrata por la que llegó a aspirar a Representante en la Cámara, en las elecciones que hubieran debido celebrarse en 1952 si Batista no hubiese dado el golpe militar en marzo de ese año.

Pero con la entrada de Batista en escena, todo cambió. Apareció entonces el marco adecuado para que Castro se convirtiera en la cabeza de la oposición, y para que pudiera reunir en torno suyo a un grupo de fanáticos, subyugados por el liderazgo del héroe, lo suficientemente audaces e imprudentes como para seguirle luego en la conquista de América Latina y a África para su aventura revolucionaria, y en la tarea de convertir a Cuba en plataforma para insurrección latinoamericana.

El proyecto escondido

Porque no debe creerse que Castro se fue convirtiendo en un revolucionario internacionalista empujado por las «fuerzas ciegas del destino» o al calor de su disputa con los Estados Unidos. Pensar eso es incurrir en una mayúscula ingenuidad. En el verano de 1958, cuando Castro todavía no había triunfado, y estaba en la Sierra

 Maestra, con un ejército que apenas pasaba de cuatrocientos o quinientos hombres, ya acariciaba su sueño de acaudillar una rebelión antinorteamericana de carácter internacional. Para Fidel no había duda de que él y Cuba –la Isla sería su instrumento– tenían un superior destino que jugar en la historia del planeta. Tampoco era el único que postulaba esas teorías.

Pocos años antes, en 1953, un intelectual español de cierto prestigio, exiliado en Cuba, había formulado explícitamente una curiosa hipótesis sobre el destino imperial de los cubanos. En un extraño libro, escrito a la manera de diálogos platónicos, precisamente titulado Diálogo con el destino, don Gustavo Pittaluga, un eminente endocrinólogo, en medio de otras muchas conjeturas y opiniones, llegó a afirmar que Cuba debía convertirse en algo así como en la cabeza espiritual del Caribe y Centroamérica, rol que acaso conseguiría acomodar a los intereses de México y Venezuela, las dos grandes naciones que limitarían al norte y al sur con el vago imperio propuesto por el médico español.

Ignoro por qué Pittaluga no incluyó a Colombia en su diseño político –este país y no Venezuela es la frontera sur del Istmo– y mucho menos las razones que tendrían los pueblos centroamericanos, tan diferentes a Cuba algunos de ellos, como es el caso de Guatemala, para admitir el liderazgo de una isla distante y a la que no los unía la tradición histórica de compartir virreinato o capitanía general. Pero lo cierto es que las teorías de Gustavo Pittaluga, probablemente por lisonjeras, calaron hondo en la conciencia de los jóvenes políticos cubanos, aunque, por supuesto, la inmensa mayoría del país las ignoró. En todo caso, para cierta gente Cuba tenía un destino imperial que cumplir. Y todo destino imperial necesita de un César que sea capaz de desarrollarlo.

Los objetivos del César

Y Fidel era el César perfecto para ese destino imperial. Tenía la ambición personal, el discurso ético, e incluso contaba con la sicología adecuada. Pero no podía presentarse ante el pueblo cubano solamente con una propuesta de expansión revolucionaria internacional, porque las masas no le hubieran hecho el menor caso. El programa tenía

 que ser de otra índole, y la lucha contra Batista le proporcionaba la justificación adecuada. En el orden político, Castro podía proponer la restauración de las libertades públicas, conculcadas con el golpe de 1952 y, en el económico, limitarse a denunciar las injusticias sociales con un vocabulario típico de esa izquierda más o menos nebulosa que por aquel entonces extraía su diagnóstico y su recetario sociopolíticos del «cepalismo», la doctrina económica populista, proteccionista y nacionalista más tarde propuesta por el Consejo Económico para América Latina (CEPAL), bajo la batuta del economista argentino Raúl Presbich. Aunque debe olvidarse que Castro, progresivamente, y en especial tras su contacto con el Che Guevara en México en 1956, había experimentado una radicalización de todos sus esquemas políticos. Ya en esas fechas su antiyanquismo y su nacionalismo anticapitalista habían aumentado de temperatura y el joven líder comenzaba a suscribir la mayor parte de los análisis marxistas con respecto a los países subdesarrollados, si bien todavía no la metodología preconizada por Moscú para la toma del poder.

De manera que el 1 de enero de 1959, cuando Castro, tras la huida de Batista, amanece como hombre fuerte de Cuba y líder victorioso de la revolución, llevaba en su mochila dos proyectos políticos distintos pero complementarios.

A los cubanos les dice que él y su Movimiento 26 de Julio saben gobernar en la dirección adecuada para conseguir terminar con las injusticias sociales y lograr un ejemplar desarrollo económico. En pocos años, Cuba –promete– se convertiría en la vitrina de la transformación económica impulsada por las ideas revolucionarias. En una década – aseguró Guevara en Punta del Este (Uruguay) a principio de los sesenta– Cuba superaría a los Estados Unidos no sólo en renta per cápita, sino también en el resto de los indicadores sociales que determinan el nivel de prosperidad nacional.

En realidad, Castro y su grupo no mentían de manera deliberada. Sencillamente, se trataba de un equipo de aventureros políticos, sin la menor experiencia en tareas de gobierno, y para los cuales las actividades económicas resultaban absolutamente misteriosas. Por aquel entonces se pensaba, grosso modo, que con una profunda reforma

 agraria, con planificación centralizada, con control del crédito y de los precios y salarios, con la estatalización de las grandes empresas nacionales y extranjeras, y con la congelación del costo de los alquileres de las viviendas, podía conseguirse el despegue económico y una súbita justicia distributiva de los bienes nacionales. Transformación de la que Castro pensaba extraer la legitimidad que requería para gobernar sin limitaciones ni plazos.

El otro objetivo –la conquista imperial de zonas del Tercer Mundo– obviamente no podía proclamarse de una manera demasiado explícita; primero, para no asustar a la clientela política del país, y luego, para no alertar excesivamente al enemigo norteamericano, diana y objetivo final de todos los disparos efectuados desde La Habana.

El fracaso del desarrollismo

Como era de esperar, las medidas económicas condujeron al país al caos más absoluto a lo largo de la década de 1960. En ese período, tras varias «ofensivas revolucionarias», como se llamaron en el argot político, fueron estatalizadas la mayor parte de las actividades económicas, y la nación entró en un peligroso declive caracterizado por la inflación, el desabastecimiento y la progresiva pauperización de las masas, especialmente en los sectores medios del país, franja demográfica que a principios de la revolución ocupaba un respetable tercio del censo.

En la década de 1970, y tras experimentar irresponsablemente con la desaparición de los sistemas de contabilidad y de la formulación de presupuestos, Castro se convenció de que el desarrollismo instantáneo de los pueblos no podía ser el leitmotiv de la revolución, y de que el país no podía convertirse en un modelo socioeconómico exportable, entre otras razones, porque el país había pasado del tercer puesto en el nivel latinoamericano de desarrollo al décimosegundo o décimotercero, según el baremo que se utilizara para medir el grado de prosperidad de los cubanos.

Quedaban, eso sí, como justificación social de la revolución, un extendido sistema de sanidad y un vasto aparato de educación popular, pero esos dos aparentes «logros» de la

 revolución no podían bastar para proponer a Cuba como modelo político en América Latina. Al fin y al cabo Uruguay, Argentina, Trinidad-Tobago, Costa Rica y –por supuesto– Puerto Rico también atendían a los enfermos o educaban a los niños, sin necesidad de someter a la sociedad a las tensiones desatadas por el castrismo.

El internacionalismo como legitimación

Pero ese fracaso de lo que se ha llamado, sin fundamento, el «modelo cubano», tenía una consecuencia imprevista. Sólo le dejaba a Castro un factor de legitimación de su régimen: el internacionalismo. Si Castro no podía justificar su permanencia en el poder como gerente de un proceso ejemplar de desarrollo económico, sólo le quedaba como alternativa su carácter de cabecilla revolucionario internacional.

De ahí que existiera una relación proporcional e inversa entre el fracaso económico y la injerencia en los asuntos internos de otros países. Si en los primeros años de la revolución las intromisiones cubanas en el exterior se limitaban al envío de guerrilleros y a desarrollar las teorías del foquismo, ya mediados de la década de los setenta –cuando hay la certidumbre del total desastre cubano como modelo de desarrollo socioeconómico–, se produce la invasión de Angola o de Etiopía, episodios en los que Castro actúa como gran gurkha planetario del comunismo en el Tercer Mundo. Y es ése el papel casi exclusivamente sobre el cual ejerció su autoridad en Cuba hasta que la perestroika puso fin a la vocación de conquista revolucionaria de Moscú.

Por supuesto, este análisis nos precipita a una conclusión pesimista sobre capacidad de Castro para cambiar de rol y abandonar las actividades conspirativas. Si ya fracasó como líder desarrollista, si su revolución carece de atractivo internacional tras varias décadas de reiterados desastres, ¿puede también abandonar sin consecuencias su condición de Godfather de las izquierdas revolucionarias del Tercer Mundo? ¿Cómo legitimaría en ese caso su omnímodo poder personal en la isla de Cuba?

 El dilema de los socialistas

Y la pregunta no es un vago ejercicio retórico. Fidel Castro sólo pudo ejercer de gran padrino internacional de las causas revolucionarias gracias al apoyo de los soviéticos. Fue precisamente después de 1970, cuando Castro abandonó todas las veleidades nacionalistas y se inscribió sin tapujos en bloque del Este, poniendo al país bajo la dirección virtual de Moscú, cuando pudo magnificar su papel estelar en el Tercer Mundo.

Y lo sorprendente no es que la URSS lo reclutara como gatillo alegre del bloque soviético en el Tercer Mundo, sino que Castro tuvo la habilidad diplomática y política de convencer al Kremlin, y especialmente a Brezhnev, de que renunciara al tradicional análisis marxista que negaba a las sociedades «semifeudales» o subdesarrolladas, la posibilidad de evolucionar hacia socialismo sin pasar previamente por la etapa de la consolidación de la burguesía y el surgimiento de la clase proletaria.

Fue Castro quien precipitó a los soviéticos en África, y, en cierta medida, es el ejemplo de Cuba en África lo que, de una manera tal vez inconsciente, acelera la decisión de intervención en Afganistán.

A partir de la experiencia castrista, y a partir de la prédica revolucionaria cubana, es cuando Moscú renuncia a su táctica clásica de conseguir que un gran aparato obrero estimule las contradicciones del capitalismo, hasta que una gran huelga general le destruya el espinazo económico a la burguesía, y los comunistas se abran paso hasta el poder en la cresta de unas masas persuadidas de las ventajas del proyecto marxista. Castro los convenció de que la violencia pura y dura, ejercida en forma de guerrillas, o de terrorismo, o por medio de golpes militares, auxiliada por invasiones en toda la regla, podía instalar o consolidar en el poder a ciertas vanguardias comunistas que entonces, desde arriba y desde los cuarteles, serían capaces de desovar un partido revolucionario parecido al que Marx y Lenin recetaban como condición indispensable para la creación del socialismo.

 Trampa para atrapar soviéticos

Si bien ahora parecen claras las razones o las urgencias de Castro para jugar un rol protagonista en el planeta, fueron menos evidentes las ventajas de la desaparecida URSS en mantener a Cuba como ejército de conquista en el Tercer Mundo. Costaba demasiado.

En efecto, un cuarenta por ciento de la ayuda exterior soviética fuera del marco europeo se destinaba a Cuba. Los cálculos occidentales sitúan el monto de esa ayuda en un valor de entre 5.000 y 6.000 millones de dólares. Es decir, una cifra aproximada al diez por ciento del déficit fiscal soviético oficial de 1989. Simultáneamente, unos diez mil ciudadanos soviéticos vivían en la Isla hasta 1991, la mayor parte como asesores militares del ejército de Cuba. Pero, lo que es aún más sorprendente, al margen de ese gran sacrificio económico, la URSS llegó a correr enormes riesgos por proteger al régimen de Castro, al extremo de haber tenido que arrostrar en 1962 el peligro de una guerra atómica por el incidente de los misiles.

¿Cómo, por qué y con qué consecuencias se vinculó la Unión Soviética tan estrechamente a un país distante y distinto con el que no la unían lazos históricos, geográficos o culturales?

La URSS y América Latina en 1959

Hasta 1959, la estrategia soviética con relación a América Latina parecía subordinada a una idea central: la revolución marxista en ese continente era imposible mientras no ocurriera previamente en Estados Unidos. Comoquiera que las concentraciones obreras eran limitadas, que no había surgido una fuerte conciencia de clases, y Estados Unidos era la potencia indiscutiblemente hegemónica en la zona, no se debía intentar la toma del poder por grupos comunistas, puesto que, dentro del rigor del análisis marxista, no existían las condiciones objetivas ni subjetivas para tal aventura.

No obstante, en 1959 ocurrió algo que sorprendió al Kremlin. En una isla del Caribe, a 90 millas de Estados Unidos, un pequeño país realizó una revolución burguesa –acaudillada

 por estudiantes y profesionales blancos adscritos a la clase media–, y enseguida empezó a radicalizarse hacia posiciones antinorteamericanas y prosoviéticas.

El hecho debe haber producido cierta perplejidad en Moscú, dado que el partido comunista cubano –Partido Socialista Popular–, tradicionalmente prosoviético y alineado con las tesis del PCUS, no había apoyado con entusiasmo la lucha armada contra Batista, y sólo el último año, en 1958, cuando ya se podía prever el colapso de la dictadura, le había ordenado a algunos cuadros y dirigentes que se sumaran al movimiento de Fidel Castro con el objeto de infiltrarlo y radicalizarlo desde dentro.

Sin embargo, al contrario de lo que entonces pensaban los comunistas –que veían en Castro a un aventurero putschista con dudosos antecedentes gangsteriles y una confusa ideología pequeñoburguesa– había elementos en la personalidad y en la cosmovisión del joven barbudo, que lo pondrían en las manos del Partido y de Moscú casi por la propia naturaleza de las cosas.

En primer lugar, Castro no sabía gobernar. No tenía un método, no tenía experiencia. Ni siquiera estaba rodeado de lugartenientes que pudieran exhibir cierto historial en las tareas gerenciales. El Partido, en cambio, podía ponerle todo esto en sus manos. Con mayor o menor torpeza, con mayor o menor eficacia, el Partido podía organizar el Estado que Castro quería dirigir, exactamente de la manera que él lo necesitaba. Es decir: una organización vertical, con un indiscutible líder en la cúspide, y unos sistemas de control de la sociedad que harían imposible su derrocamiento por causas internas.

Por otra parte, el objetivo vital de Castro consistía en batallar incesantemente contra Estados Unidos, puesto que su autopercepción no era la de un sereno estadista, sino la de un guerrero romántico dispuesto a cambiar el mundo con un creciente e internacional ejército, compuesto por airadas guerrillas que reprodujeran en las selvas de América Latina y África el episodio cubano de la Sierra Maestra.

 Eso –por supuesto– era impensable si Castro no conseguía quien lo protegiera de la reacción norteamericana. Necesitaba un guardaespaldas para su cruzada política, y sólo la URSS podía prestar ese servicio. De ahí que la elección del comunismo como sistema y la alianza con Moscú como marco defensivo no resultaran descabelladas para los propósitos de Castro.

Jruschof y la guerra fría

Al otro lado del planeta, las piezas del rompecabezas también parecían encajar. En 1959 y 1960, seguramente Nikita Jruschof, Mikoyan y los expertos soviéticos en relaciones exteriores, deben haber visto con bastante escepticismo la vocación guerrera de Castro y su voluntad de continuar la insurrección en el Tercer Mundo. Pero aquellos eran los años duros de la guerra fría, tiempos en los que la superioridad militar norteamericana resultaba abrumadora, y tiempos en los que la URSS se sentía amenazada por un rosario de bases americanas, de la OTAN o de la SEATO, que rodeaban a la nación y de alguna forma contribuían a forjar un cierto espíritu de defensa basado en la sensación de asedio.

En ese contexto surge la idea en el Kremlin de apadrinar al gobierno cubano e intentar colocar a escasos kilómetros de la frontera sur norteamericana a un aliado de la URSS capaz de ejercer sobre Estados Unidos el mismo tipo de presión que, por ejemplo, ejercían sobre los soviéticos las bases proocidentales de Turquía o Irán.

De manera que para los rusos hubo cierta lógica y una mutua conveniencia en aproximarse a la revolución caribeña que Castro ponía al servicio de Moscú sin otras condiciones que las de armar y proteger a la Isla contra una eventual reacción norteamericana, y en suministrarle la ayuda indispensable para que el Máximo Líder se pudiera dedicar a su tarea de redentor del Mundo.

Por otra parte, también puede haber influido en el audaz movimiento de Jruschof la atmósfera de euforia en la que se vivía en ese momento en la Unión Soviética. En 1957 la URSS había lanzado el primer satélite, y durante un largo período los índices de crecimiento prometían un destino económico de primer rango para este país, lo que acaso

 justificaba la predicción de Jruschof de que en una o dos décadas su país superaría a Estados Unidos. No era una fanfarronada. Se trataba de una ilusión basada en ciertos datos razonablemente optimistas.

Obviamente, es difícil creer que el objetivo de sovietizar a Cuba iba encaminado a perpetrar un ataque nuclear imprevisto contra Estados Unidos. Sin embargo, una de las primeras consecuencias de las vinculaciones entre la URSS y Cuba fue el episodio de la Crisis de los Misiles en octubre de 1962.

En ese tenso y dramático momento histórico se hizo patente que la Unión Soviética era capaz de actuar con sentido de la responsabilidad y del límite, mientras Castro dio las primeras muestras de su inflexible terquedad, no vacilando en intentar provocar a Estados Unidos hasta la frontera de lo irracional, mientras criticaba severamente a sus aliados soviéticos por negociar una solución pacífica a la crisis.

A partir de ese momento y hasta 1970, las relaciones entre La Habana y Moscú fueron a veces contradictorias y difíciles. Fidel, muy celoso de su poder personal, en dos oportunidades (1965 y 1968) aplastó a varios grupos pro-soviéticos que intentaban corregir con medidas ortodoxas ciertas arbitrariedades en las que Castro y Guevara incurrían, víctimas de una mezcla de infantilismo revolucionario y tendencias anarcoides.

En esos años, Castro desarrolló su teoría del «foquismo», hipótesis política que consistía en asegurar que, aun cuando no existieran las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para desencadenar una revolución comunista, un pequeño foco de revolucionarios afincados en las guerrillas rurales podía crear un ejército capaz, en su momento, de segregar un partido comunista de masas, y de provocar el colapso de las débiles estructuras burguesas en América Latina. Con esta estrategia –pensaba Castro– se ahorraba a eso pueblos el largo período de maduración que, según los marxistas, era un requisito previo para el asalto final al poder.

 En definitiva, el «foquismo» resultó un costoso y sangriento disparate, Guevara murió en 1968 en el intento de plasmar su teoría en la práctica. Pero como consecuencia de aquellos hechos, los partidos comunistas se dividieron, surgiendo una facción mucho más cercana y obediente de La Habana que del Kremlin, división que ha llegado hasta nuestros días.

No obstante, a pesar de esas veleidades autonómicas, en 1970, abrumado por los fracasos económicos y militares, Castro pareció rectificar y someterse a la disciplina y al modelo convencional de los regímenes del Este, pero en modo alguno abandonó su proyecto de influir en el Tercer Mundo y de exportar el antiamericanismo y la violencia subversiva.

Para su fortuna, a partir del ascenso de Leonid Brezhnev al poder, el líder cubano contó en el Kremlin con un aliado aún más irresponsable que dispuesto –incluso– a otorgarle a Cuba unos subsidios totalmente desproporcionados con la población de la Isla y con las propias posibilidades de la URSS, generosidad que tal vez dependía de que en Moscú se percibiera a Cuba no como un costoso satélite, sino como un portaviones anclado cerca de Estados Unidos, en un punto estratégico de singular importancia. Si Brezhnev y la URSS buscaban la paridad o la superioridad militar con respecto a Estados Unidos, la posesión de Cuba, pese a su alto costo, podía tener sentido estratégico. A fin de cuentas, los submarinos de la flota soviética podían repostar en la bahía de Cienfuegos, las estaciones de escucha colocadas al norte de la Isla eran útiles para interceptar las comunicaciones del «enemigo», y las pistas de aterrizaje de las bases aéreas eventualmente podían darles servicio a los aviones soviéticos en caso de guerra. No hay duda, pues, de que, si el ejército soviético buscaba la paridad o la superioridad militares, no era tan descaminado mantener a Castro dentro de la alianza con el bloque comunista.

El precio de la agresividad

Pero eso traería un costo imprevisible. En los proyectos revolucionarios que Castro forjaba en el Tercer Mundo, África jugaba un papel muy importante desde principios de los años sesenta. De manera que en 1975, cuando se desploma el régimen colonialista portugués de Luanda, Castro no sólo envía sus tropas para apuntalar al MPLA, sino

 consigue algo mucho más sorprendente: persuade a los soviéticos de que lo apoyen en esa nueva aventura, abriéndose paso en el Kremlin la idea de que podía resultar conveniente instalar regímenes comunistas en el Tercer Mundo utilizando para ello tropas cubanas.

El momento de desarrollar esos planes parecía propicio. Estados Unidos acababa de salir de la guerra de Vietnam, y la sociedad norteamericana se encontraba desmoralizada e incapaz de responder vigorosamente a ningún reto que se le hiciese en el Tercer Mundo. Europa, por otra parte, tampoco tenía voluntad de lucha ni pensaba que era responsabilidad suya el enfrentarse a los soviéticos y disputarles la hegemonía en las regiones menos desarrolladas del planeta. En última instancia –solía decirse en las cancillerías europeas– la potencia hegemónica en el Tercer Mundo tenía que pagar por ello factura y no estaba nada claro qué se obtenía a cambio de aquellos incosteables compromisos.

En 1978, esta vez probablemente por iniciativa soviética, se repitió el mismo esquema en Etiopía. La URSS vio la oportunidad de consolidar en su puesto a un aliado prosocialista, y le pidió a La Habana que lanzara sus tropas contra Somalia. Sólo que la combinación del aventurerismo de Castro con la audacia mal calculada de Brezhnev tuvo un inesperado efecto: contribuyó a reforzar en Estados Unidos las tendencias más conservadoras y anticomunistas en política exterior, fenómeno que se hizo patente con la derrota de Carter y el ascenso de Ronald Reagan a la Casa Blanca en 1980. Probablemente, una URSS y una Cuba más prudentes y menos agresivas no hubieran provocado en el seno de la sociedad norteamericana la aparición de un influyente sector (los neoconservadores) que aseguraba, con bastante fundamento, que Estados Unidos tenía que protegerse del inminente peligro de dominio que significaba una Unión Soviética víctima de un evidente espasmo imperial.

Como es fácilmente constatable, la consecuencia de la agresividad de la URSS-Cuba en el Tercer Mundo fue en cierta medida el aumento de los presupuestos de defensa norteamericanos, el desarrollo de costosísimas tecnologías militares y el

 recalentamiento de la rivalidad armamentística entre las dos superpotencias, con el resultado que luego pudo comprobarse. Al terminar Reagan sus dos mandatos, la situación económica de la URSS se había agravado, un porcentaje enorme del Producto Nacional Bruto se dedicaba a la defensa y –lo que resultaba más comprometedor– una parte importantísima de la comunidad científica y de la intelligentsia de la URSS se consagraba a tareas improductivas relacionadas con la competencia militar con Estados Unidos.

La perestroika y Cuba

Pero ese alarmante cuadro no podía durar eternamente. Tras la muerte de Brezhnev y los breves períodos de Andropov y Chernienko, surge en la URSS la figura de Gorbachov, y con él la perestroika, el glasnost y una nueva manera de enfocar las relaciones internacionales.

Con todo realismo, el nuevo Presidente soviético, que encarnaba una fuerte corriente de opinión en el PCUS, admitió que la carrera armamentística hacia afectado seriamente la capacidad económica de la URSS, y que el coste de sostener compromisos internacionales onerosos se hacía intolerable para una sociedad en la que escaseaban los productos básicos. De manera que la era de la confrontación daba paso a la de la convivencia pacífica, el desarme, la cooperación y el abandono del clima de mutuos temores que había imperado desde fines de la década de los cuarenta hasta ese momento.

Sin embargo, el gobierno de Gorbachov y las fuerzas que dentro de la URSS defendían las reformas y la distensión no encontraron en Castro la menor dosis de comprensión. El Castro que en 1962 no entendía que Jruschov retirara los misiles de Cuba para evitar una tercera guerra mundial, tampoco entendía que Gorbachov y los reformistas renunciaran a la carrera armamentista y a la ideología de conquista que tanto contribuyeron al empobrecimiento de toda la sociedad soviética.

Además de la prohibición de que en la Isla circularan Sputnik y Novedades de Moscú, además de las públicas críticas vertidas por Castro contra la perestroika y el glasnost, y su

 apocalíptica visión de una URSS despedazada por la guerra civil, el viejo líder cubano, ya con más de 65 años de edad, continúa insistiendo en su derecho a fomentar la insurrección antioccidental a toda costa, mientras se empecina en recurrir a la colectivización y al centralismo, medidas que a lo largo de varias décadas han demostrado no sólo su ineficacia, sino también su carácter contraproducente. En 1959, Cuba contaba con ingresos per cápita entonces semejantes a los de Italia y mayores que los de la Unión Soviética. Sin embargo, treinta años después vive sometida a la escasez y al racionamiento de prácticamente todos los productos de primera necesidad. Pero quizás lo más significativo de este fracaso económico estriba en que ha ocurrido pese a que la economía de la Isla contó hasta 1991 con un subsidio masivo de la URSS que llegaba al 25% del Producto Nacional Bruto (y hasta el 40 según algunos autores).

Mientras Estados Unidos apenas aportaba 350 millones de dólares para el desarrollo de todo el Caribe durante la época de Reagan, el sobreprecio que la URSS pagaba por el azúcar cubano y el infraprecio que le fijaba al petróleo y otros subsidios remitidos a la Isla, alcanzaron la cifra astronómica de esos 5.000 a 6.000 millones de dólares anuales que pasaban de las críticas arcas del Kremlin a las totalmente en bancarrota de La Habana. Todo esto, sin olvidar la impagable deuda acumulada por Cuba con la URSS, obligación que excede los 20.000 millones de dólares, de acuerdo con la estimación del economista cubano Manuel Sánchez Pérez, viceministro hasta 1985 del sector económico.

Conclusiones

Lógicamente, este cuadro precipitó a los soviéticos a una serena revisión de las relaciones entre Cuba y la URSS, llevándoles a una serie de reflexiones que acabaron por distanciar definitivamente a ambos países, especialmente tras la llegada de Boris Yeltsin al Kremlin.

En definitiva, éstas son las preguntas que hoy se hacen los historiadores y politólogos del entorno de Yeltsin:

 –¿Tuvo sentido intentar sovietizar y controlar un país situado a miles de kilómetros de distancia con el que no se tenía el menor vínculo histórico, geográfico ni cultural? –¿Valió la pena poner a la URSS –y al mundo– al borde de la destrucción en 1962 para defender la dictadura unipersonal de un aventurero que buscaba en el marxismo una coartada ética, en el partido comunista un método de gobierno y en su relación con Moscú un manto protector para desarrollar impunemente su vocación guerrillera? –Para el Partido Comunista de la URSS, ¿era razonable alimentar y apoyar a un líder que buscaba su propia gloria partidista aunque estuviera en contradicción con el poder que lo sostenía? –¿Fue una decisión sabia expandir las responsabilidades y los compromisos de la Unión Soviética a Cuba, Angola, Etiopía o Nicaragua? ¿Cuánto les costaron estos empobrecidos y desorganizados clientes a los obreros soviéticos? ¿Qué grado de conflictividad y de hostilidad antisoviética provocó en Occidente la conquista de estos territorios? –¿No habrá sido un error de Gorbachov continuar subsidiando a un Castro enemigo público y declarado de la perestroika, del glasnost y de todas las tendencias democráticas?

Parece evidente que Castro y su régimen forman parte de un período de la historia que afortunadamente ha sido superado. Pero también es obvio que Castro no se da cuenta de esta circunstancia e insiste en repetir en la proximidad del siglo XXI los peligrosos esquemas de comportamiento de las décadas de 1960 y 1970.

Pero el problema se le presentó a Castro con la desaparición de la URSS y el cambio de rumbo anticomunista surgido en el antiguo bloque del Este. En la división internacional del trabajo socialista, a él y a Cuba se les había asignado el papel de proveedores de mano de obra para las tareas de conquista. Al desaparecer esa categoría en la nómina del Kremlin, Castro se convierte en algo así como un parado internacional, sin ningún trabajo que justifique su liderazgo no sólo en el exterior, sino también en el plano interno.

Tras retirar los ejércitos cubanos de Angola y de Etiopía; tras desaparecer la presencia militar cubana en los dieciocho países en los que había estado vigente; tras la derrota de

 los sandinistas en Nicaragua y la pacificación de Centroamérica, el papel de Castro se ha reducido hasta la insignificancia, con la consecuente pérdida de legitimidad por el líder cubano. Castro fue sólo un producto de la Guerra Fría. Y con ella tiene que terminar.

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