06. Anatomía del poder en la Cuba de Castro


CAPÍTULO 6 ANATOMÍA DEL PODER EN LA CUBA DE CASTRO

Esa pérdida de legitimidad, paradójicamente, hace más peligroso a Castro en su agonía final, porque le lleva a recurrir a la violencia y a los fusilamientos con mayor rigor, circunstancia que hoy, secretamente, muchos de sus colaboradores rechazan, aunque públicamente la acatan, porque ésa ha sido la forma de mantenerse en el poder durante muchos años.

¿Cómo manda Fidel? Delega en el círculo íntimo de su gente, pero es obvio que mantiene en sus manos todas las correas de transmisión. La única condición inexcusable para tener acceso al poder es la lealtad absoluta al Máximo Líder. Todos los puestos clave políticos y militares –los únicos que garantizan la continuidad de un régimen– están bajo el control de los fidelistas, y si flaquean, son reemplazados por fidelistas de nuevo cuño. ¿Cómo ha sido posible ingresar en esa élite? ¿Cómo se ha llegado a formar parte del equipo de Castro? Esencialmente, por la aventura de la Sierra Maestra. Fidel reclutó a su tropa definitiva en la Sierra. Sólo confía en los que le conocieron después del mito. Los que habían sido sus compañeros de luchas universitarias o en el Partido Ortodoxo –antes del mito– son mantenidos a cierta cautelosa distancia o en altos puestos administrativos, pero alejados de la llave de la armería. Es natural: la sumisión más genuina y espontánea es la que le profesan los que siempre le vieron como un héroe y un genio. Los más propensos a esta cándida admiración son los guajiros (campesinos) y los hombres de escasa instrucción. Media, además, una predecible gratitud: a fin de cuentas, Castro los sacó de la insignificancia y los convirtió en personajes importantes, y hoy son los hombres que le garantizan una fulminante respuesta militar en caso de que no sea obedecido o su poder fuera puesto en tela de juicio. No son exactamente comunistas. Son fidelistas. Encarnan el papel político que Castro les señala. Carecen de la más elemental autonomía, circunstancia valiosa para el Máximo Líder.

 Pero, ¿hay algún factor en el poder que no sea fidelista? Por supuesto que sí. En sus orígenes, el gobierno fue el resultado de un compromiso entre el Movimiento 26 de Julio y el partido comunista (Partido Socialista Popular). Se intentó dar la impresión de una estructura monolítica, pero a la amalgama se le ven las costuras. El propio 26 de Julio era un aparato fragmentado en dos grandes zonas desde la lucha contra Batista. Por una parte, lo que se ha llamado el llano, formado por el núcleo clandestino urbano, y por la otra, la Sierra, es decir, las guerrillas rurales. El llano llevó el peso de la lucha contra Batista, pero la espectacularidad la acaparó la Sierra. El elemento humano de uno y otro sector también era diferente. El llano estaba integrado por estudiantes, profesionales, clase media, casi todos blancos, mientras que la Sierra incorporó a centenares de campesinos de escasa educación, frecuentemente mestizos o negros. Las tensiones entre ambos grupos surgieron como consecuencia del control que se ejercía desde la Sierra, donde estaba la jefatura, sobre las ciudades, donde estaba el peligro. Cuando los hombres del clandestinaje eran intensamente buscados por la policía, se decía que estaban «quemados» y se les enviaba a la relativa seguridad de la guerrilla rural. Esta situación provocó cierta rivalidad entre ambos sectores de la lucha, a la que no fue ajeno un solapado encontronazo entre clases. El clandestinaje urbano se perfiló desde entonces como la derecha del 26 de Julio, y la primera oposición a Castro, desde el poder, fue la que se comenzó a instrumentar por estos sectores moderados. Faustino Pérez, Marcelo Fernández, Armando Hart, David Salvador, Vicente Báez (Mateo), Manuel Ray, Víctor Paneque, Aldo Vera, Emilio Guede, Enrique Oltuski, Carlos Varona, Manolo Fernández y otros elementos clave de la Dirección Nacional del 26 de Julio tuvieron reuniones semiconspirativas ante la evidencia del giro comunista que los Castro y Guevara le imprimían a la revolución. De estos hombres, algunos tomaron definitivamente el camino de la insurrección, y otros –Faustino Pérez, Armando Hart, Marcelo Fernández, Oltuski– acabaron aceptando el comunismo como una fatalidad inmutable y frente a la cual no aparecía otra alternativa mejor. Castro admitió la reincorporación al poder de estos revolucionarios críticos y escépticos, pero se cuidó mucho de situarlos en puestos «peligrosos». El llano –el clandestinaje urbano– que se ha mantenido leal, ha sido utilizado por la revolución, pero lejos del polvorín. Castro sólo confía a medias en estos

 hombres. Los suyos son los guajiros de la Sierra, dispuestos a matar o morir por el Máximo Líder sin cuestionar la justificación ética de sus actos.

El viejo partido comunista (Partido Socialista Popular) es la otra fuerza presente en la estructura del poder, pero sólo desde posiciones subalternas escaso acceso al aparato militar. Castro no confía en los antiguos comunistas y no le falta razón. El partido comunista traicionó la lucha contra la dictadura de Machado, fue batistiano durante la primera etapa de Batista y rabiosamente sectario durante la insurrección contra la segunda dictadura de Batista, evento en el que apenas tuvo participación. Sólo al final, en los últimos meses de la tiranía, cuando el desplome era previsible, envió varios hombres a la Sierra Maestra y alzó una guerrilla en la provincia de Las Villas con el objeto de ponerla al servicio de Castro y neutralizar la influencia de otros grupos guerrilleros de la zona, marcadamente anticomunistas. La vulnerabilidad del PSP era tremenda. Sólo el brazo de Fidel podía hacer que tuviera acceso al poder. Algunos episodios increíblemente viles se conocían sotto voce entre los sectores revolucionarios. Marcos Rodríguez, un miembro destacado del PSP, había entregado a la policía de Batista, con el objeto de que los eliminaran, por ser anticomunistas confesos, a cuatro de los dirigentes del Directorio Revolucionario Estudiantil. La cúpula del Partido había conocido o propiciado estas traiciones, y luego protegió al traidor. No era sorprendente. En rigor, el PSP estaba formado por dos tipos humanos muy diferentes: la alta jerarquía, corrompida y cínica, intelectualmente mejor o peor dotada, y la militancia de base, sufrida y honesta, casi siempre compuesta por hombres de escasa instrucción.

Cuando Fidel Castro decidió «comunizar» a la revolución, el viejo partido tuvo la fantástica ilusión de que «usaría» a Fidel y a los suyos, ignorantes absolutos de la doctrina de la secta. Escalante, Ordoqui y otros elementos de la cúpula del PSP se dieron a la tarea de infiltrar sus cuadros en las esferas decisorias y en el control militar. Castro, que nunca los perdió de vista, no tardó en descubrirlos, y acabó el juego con un empellón que puso en la cárcel a Escalante, y a Ordoqui y a su mujer en un juicio público por complicidad con la sombría felonía de Marcos Rodríguez, «Marquitos».

 En última instancia, Fidel no necesitaba del PSP como intérprete de Moscú. Había establecido sus propios canales de comunicación, y Moscú se limitó a pedir clemencia para el viejo partido satélite, en desgracia ante el Júpiter tonante cubano. El acuerdo tácito consistió en entretener al PSP con el aparato cultural, puesto que el poeta Guillén, el pintor Mariano, el crítico Portuondo, el ensayista Marinello y la bailarina Alicia Alonso, servían para atender los asuntos del ballet, la pintura, la música, la literatura, el cine y otras actividades absolutamente misteriosas para el fidelismo. Ocupados en amables pasatiempos, los viejos camaradas disfrutaban de la «sensación», del Poder, sin encarnar, ni remotamente, un riesgo político para Castro.

Durante más de tres décadas, Castro ha acaparado personalmente el poder político. Esto le ha permitido lanzar a la revolución por diferentes y hasta contradictorios derroteros, sin más trámite que su propia decisión. Desde adoptar el marxismo-leninismo como respaldo teórico, hasta «decretar» la industrialización, frenarla, olvidarla, tratar de huir del monocultivo cañero, regresar a él con el alocado proyecto de producir diez millones de toneladas de azúcar… Esta velocidad tremenda no hubiera sido posible con un partido

crítico y unos órganos legislativos independientes. La institución –Fidel lo intuye– es el fin de la revolución. Por lo menos, de su revolución. De ahí que la institucionalización del régimen no haya sido más que una burda coartada para buscar legitimidad política en la medida que el tiempo ha ido borrando el recuerdo de las victorias militares de la Sierra Maestra. A Castro, hombre nacido para mandar como no ha existido otro en la historia del país, le hubiera resultado difícil aceptar unas instituciones que limitaran su frenética capacidad de acción. Por eso, la institucionalización –tan en boga en los años setenta– no era más que una palabra hueca. Es más sencillo gobernar por decreto, por simples memorándums, por discursos que la gente interpreta como si fueran leyes y órdenes de cumplimiento obligatorio.

Esta circunstancia da fortaleza a la estructura del poder, pero arroja ciertas dudas sobre la continuidad del régimen si Castro muriera o fuera asesinado. En un panorama claro, en el que el propio Fidel ha impedido el surgimiento de líderes nacionales y en el que no hay instituciones capaces de brindar un sustituto indiscutible, es probable que se produzcan

 enfrentamientos entre los diferentes sectores del poder. Por supuesto, Raúl Castro, vicario de Fidel en las Fuerzas Armadas, sería momentáneamente la figura dominante, pero Raúl, dentro de esa institución, es detestado por no pocos oficiales con mando, especialmente por los graduados en las academias militares de lo que fue el campo socialista.

¿Cómo manda Fidel?

A principios de la década de los 70, Régis Debray publicó en París su versión de la aventura boliviana del Che Guevara. Debray fue un joven intelectual francés, profesor de filosofía y autor de un opúsculo (Revolución en la revolución), y luego aprendiz de guerrillero en la tropa de Guevara, y por último asesor para Latinoamérica del presidente Mitterrand, ya de regreso de cualquier simpatía castrista. Según el argentinocubano, el francesito no tenía condiciones para la dura vida de la guerrilla y se agenció una débil coartada para pasar al «clandestinaje urbano». A la postre, el Ejército boliviano dio con él, y tras varios años de cárcel –en los que aprendió a hablar español y a limitar su tendencia al análisis superficial– se vio libre otra vez, y dispuesto –por lo visto– a no evadirse jamás del estricto (y seguro) marco de la teoría. La praxis, a todas luces, conduce al calabozo, a la muerte o a la siempre dolorosa y ridícula contradicción.

Debray ingresó en el «manicomio» cubano a mediados de la década sesenta. Por aquellos años, Fidel vivía unos curiosos delirios paranoicos, violentamente contagiosos, de cuyos efectos no pudo librarse el joven profesor de filosofía. El líder cubano se proponía «convertir los Andes en la Sierra Maestra, «iniciar una larga marcha americana» (a lo Mao), «incendiar el continente en una total guerra revolucionaria», «alzar en vilo al Tercer Mundo», para lo cual enviaba guerrilleros al África o «voluntarios» a Vietnam, todo ello al servicio de su aspiración a la corona del Tercer Mundo. En aquel entonces, Fidel abrigaba secretas aspiraciones de independencia frente a Moscú y Washington, pretendiendo para La Habana la condición de metrópoli del mundo hispanoamericano, previamente conquistado por el Che. Estaba pactado el traslado de Fidel al continente tan pronto como existiese un territorio seguro «liberado». Todas estas demenciales lucubraciones, dichas entre bocanadas de habano y sorbos de café, en medio del espectáculo surrealista de los barbudos, sonaban extrañamente verosímiles. No sabía

 Debray que en el Caribe todo es verosímil. Fidel convocaba al apocalipsis con la misma seriedad con que Duvalier practicaba el vudú o Trujillo la santería. Debray sucumbió a la magia. El carisma y la vehemencia del cubano lo aplastaron. A las cuatro horas de estar en La Habana se le había olvidado El discurso del método. Brillante, elocuente y esclavo de una lógica sencilla, retorcida y convincente –rasgos típicos del paranoico genial–, Fidel encandiló al joven marxista francés. Tal vez Debray hubiera sospechado la trampa en que caía de haber sabido que al Máximo Líder, además de «el Caballo» se le llamaba «el Loco», apelativo que con su habitual sagacidad lo bautizó, sotto voce, el periodista Kuchilán desde la peña de El Carmelo. «El Loco» tomó por asalto la imaginación de Debray.

Las tres últimas décadas de la historia de Cuba son absolutamente inexplicables si se olvida la sicología de su principal y casi único protagonista. Nada de esto recogerán los libros del futuro. Se hablará de «condicionantes económicas», «estructuras de poder», «coyunturas internacionales» y otras altisonantes palabrejas de la historiografía. Pero se olvidarán las rabietas infantiles de Fidel, su delirio de persecución, sus anormales accesos de ira, sus celos paranoides contra toda persona que destaque o que comience a ser estimada o admirada por el pueblo. El dato impresionante de que Castro, personalmente, como revelara el primer actor cubano Eduardo Moure, pidió la sustitución de dos galanes de televisión, porque empezaban a conseguir fans entre los espectadores, no será otra cosa que un rumor borroso, no obstante resumir la manera enfermiza en que Fidel se relaciona con su pueblo. Fidel oscuramente se valora como un supermacho que ejerce un dominio de amante/tirano sobre el país que ha conquistado. El lecho o recámara donde todo se ventila es la tribuna. En la tribuna, Fidel castiga, ama o regaña a su amante, todo de acuerdo con la «obediencia» y «lealtad» –virtudes tradicionales de la hembra– que los cubanos hayan mostrado. Colérico o feliz, en un plano de promiscua intimidad, como no creo que caudillo alguno antes que él haya alcanzado, Fidel manipula al pueblo-hembra. Se reserva, con especial sentido de su deber de macho, las malas noticias. Él anuncia la escasez y los ciclones, el fracaso de la zafra, la reimplantación de la pena de muerte o la disolución del campo socialista. Es él –sólo él– quien truena, amenaza y flagela a la Gran Hembra por sus veleidades casquivanas. Sus inmediatos subalternos han padecido,

 sobrecogidos por el terror, los gritos y malos tratos del Hombre. José Llanusa –que alcanzó el Ministerio de Educación con la notable formación académica que le confería su condición de coach (técnico) de baloncesto– debió sufrir algún empellón nada metafórico en presencia de otros dirigentes. La reacción de estos subordinados, humillados y ofendidos por el amante/tirano, es de una patética congruencia: se tornan rencorosos y abatidos. Una vez, a la salida de un canal de televisión, el comandante Faustino Pérez, héroe de la resistencia castigado por Fidel, tuvo un ataque de nervios, tomó al líder por las solapas, y entre arrepentido y rabioso le pidió otra oportunidad de ser leal. Castro le apretó los hombros, lo miró fijamente y se la dio. Desde entonces, Faustino mantiene una equívoca actitud a mitad de camino entre el desprecio y el despecho. El desengaño y su secuela de confusiones no se produce contra una fallida aventura ideológica que pasó a ser dictadura, sino contra el supermacho malvado que los subyugó y luego traicionó. Todo se dirime en la esfera de lo personal. Aman y son amados por el caudillo en una evidente relación pasiva-activa.

¿Cómo pudo semejante personaje adueñarse de un país? Sencillo: en la cresta de una revolución. Es decir, en un territorio sin instituciones y sin cánones para medir la idoneidad de los hombres. Las revoluciones son el único escenario a la medida de los héroes épicos. Fidel es el héroe épico por excelencia: audaz, enérgico, dogmático. Dentro del andamiaje republicano de una democracia burguesa, la mayor parte de esas características se convertirían en defectos. En medio de una revolución, se truecan en virtudes.

¿Cómo logra conquistar a sus adeptos? Guevara, por ejemplo, era muchísimo más inteligente que Fidel y, por supuesto, mejor formado, más culto. Sin embargo, el argentino, sometido al carisma de Castro, es capaz de romper con su ejemplar sobriedad y dedicarle un lamentable poema en el que se entrega a su héroe adorado. Fidel lo conquistó, y el joven médico, pese a saberse intelectual y moralmente mejor dotado, se subordinó. Esta extraña relación erótico-política, tan frecuente en el manicomio cubano, presidió siempre la relación entre ambos hombres. Cuando Guevara quiso sustraerse a ella, cuando quiso romper con el «influjo», Castro lo consideró una especie de traición, y

 en ese extraño estado quedaron las relaciones entre ambos hombres en el momento en que el argentino marchó a África en 1965. De ahí que, entre todos los documentos del Che, Fidel haya escogido como «testamento político» una carta en la que el guerrillero rectificaba anteriores posturas de independencia de criterio y suscribía, de nuevo, íntegramente, la visión de su señor y jefe. Desde la tribuna –la recámara, el lecho– revalidaba Fidel su posición de amante-vencedor indisputable.

Debray –y vuelvo al origen de estas reflexiones– no entra en su libro en las anteriores consideraciones. De los escritores que se han acercado al fenómeno cubano, sólo Karol, Dumont y Enzensberger han intuido la monstruosa significación última de las relaciones entre Fidel y los cubanos. Debray, tenazmente superficial, se contenta con razones inmediatas. Una, de mucho peso, parece obsesionarle con relación al fracaso de su aventura: la colosal estupidez que significó extraer conclusiones universales de la particular e irrepetible experiencia cubana. Debray, y con él los propios protagonistas de la revolución cubana, acabaron por creerse la mitología revolucionaria. Por ejemplo, la fantástica historia de los doce hombres que derrotaron a un ejército de 30.000 respaldados por los Estados Unidos y otras ridículas conclusiones sacadas a posteriori del anecdotario folklórico de la lucha contra la increíble torpeza batistera.

Hoy, al cabo de muchos años de la muerte del Che y de la toma del poder por los barbudos, los actores menudos de la historia del proceso –Debray entre ellos– comienzan a sacudirse la locura castrista. En París, a salvo del contagio paranoide de Fidel, lejos de su viril seducción, Debray recobró la lucidez y escribió entonces unos libros tristemente reveladores.

¿Sobre quién manda Fidel?

Como democracia sigue siendo una palabra mágica, en los sitios donde no las hay se le busca un apellido para decir que sí, que existe, pero es distinta a las otras. En Cuba, de acuerdo con la leyenda, existe una «democracia directa». Fidel maneja el país con la mentalidad con que Trujillo gobernaba la República Dominicana. Es un Trujillo que ha leído (un poco) a Lenin y que cree tener sensibilidad social, cuando lo que tiene es

 sensiblería «sociológica». Cuba es su finca. Conoce a los guajiros y les cuenta y escucha unos cuentos muy aburridos sobre las vacas y las gallinas. Visita a los huérfanos y juega al baloncesto con ellos. Se mete en una mina, en una nave pesquera o entre los carboneros de la ciénaga. Recibe (o recibía) a Sartre, a Gina Lollobrigida y a Sukarno, da igual quién sea el visitante. Desde que murió Mussolini es el dictador más fotogénico. Tiene una insaciable curiosidad. Mete su helénica nariz en todo, con lo cual disfruta, porque el Poder divierte, y si es absoluto, uno se divierte absolutamente. Le divierte –por ejemplo– andar con un casco de ciclonero, interrogar personalmente a un espía de la CIA

o inaugurar un hospital de cojos. Ve y vive el acontecimiento de cada día en su finquita de 114.524 kilómetros cuadrados. Todo lo que ocurre le compete. Con su memoria de elefante acumula datos, ideas y anécdotas. «Usted, señora –le dijo a una infeliz cigarrera de la calle Prado en 1959, tras el triunfo de la revolución y en presencia de cien periodistas–, no me quiso fiar un mazo de tabacos antes del ataque al Moncada». La mujer por poco se desmaya, y Fidel sonrió, orgulloso de su retentiva. Esa memoria la maneja como el dictador dominicano Trujillo. «¿Cómo andan Fefa y los niños?» A lo mejor una vez, hace catorce años, vio al personaje que tiene delante y se enteró entonces de la existencia de Fefa. Hay cierta enfermiza incapacidad en todo esto. Fidel Castro no sabe establecer prioridades. Se ocupa lo mismo de una tontería que de un asunto serio. Para ciertos extranjeros y determinados indígenas, eso tiene su encanto. Es tan lindo tener un presidente que lo mismo pitchea nueve innings, que encesta un balón, que captura un tiburón. Es tan gracioso eso de tomar café con un señor de la historia, que a la gente se le olvida que la función del gobernante no es adiestrarse para ganar el decatlón ni entretener el paciente ocio de las barberías. Las payasadas que le ríen a Castro, los ingleses no se las tolerarían a ningún ministro, ni mucho menos a un primer ministro británico. Pero Cuba es tan exótica, tan rumbera, que parece que todo le va bien. Ocurre como le ocurrió a aquel pintoresco y sanguinario Amín I de Uganda. Amín es un Fidel más desgarrado y oscuro. Fidel le gana a Amin en coherencia y en la búsqueda de objetivos políticos. Amín le ganaba en que sabía tocar las maracas. En todo caso, en favor de ambos dictadores se abona el sentido de las relaciones públicas. Pinochet fue menos cruel que Amín, pero mucho más impopular. Pinochet mataba en serio, Amín en broma. Fidel –a escala– hace lo que hacía Stalin, y a Stalin lo censuran y a él le guiñan el ojo. Stalin no jugaba al baloncesto ni preguntaba por Fefa. Ese estilo popular de Padrecito-de-la-Patria suele dar resultado en sociedades, como la cubana, bastante provincianas. El gobernante no es ya un señor remoto que teledirige su vida, sino un tipo de carne y hueso con el que no es imposible conversar un sobre el tiempo, la zafra o la inmortalidad del cangrejo. Fidel lo sabe y lo explota. Eso es parte de lo que algunos increíbles señores llaman «democracia directa». La «democracia directa» también se ejerce desde la tribuna. En las grandes plazas del país, desde lo alto, Fidel, el altísimo, interroga al pueblo: «¿Merece nuestra revolución que realicemos trabajo voluntario?» Y el pueblo ruge que sí, contento de entregar sus domingos a la deliciosa tarea de cortar caña. Otras veces, las preguntas son más comprometedoras: «¿Quieren elecciones?» No, no, gritan todos con un acceso de asco. Y entonces, algunos corresponsales de prensa, entusiasmados, entornan los ojitos, y anotan en sus libretas el milagro de la «democracia directa». No importa que en las plazas estén los «listeros» comprobando la asistencia del pueblo, o que los gestos y las pupilas tremebundas de los partidarios dirijan y midan el entusiasmo controlado. Los corresponsales seguirán hablando de «democracia directa». Fidel tiene, o tuvo, antes del final del comunismo, buena prensa. Caía simpático. Es –más bien era– de lo más gracioso. (Especialmente si uno no vive en Cuba, claro).

Pero, ¿es bueno o malo conocer a las vacas por nombre y apellido? El asunto es vidrioso. Aun a punto de caerse, Castro es el gobernante más popular de la historia de Cuba. A ver si nos entendemos: no se trata de que la gente apruebe o desapruebe las medidas que dicta, sino de que el estilo en que se mueve es totalmente popular. Hay varios indicios. Es el primer mandamás que los cubanos llaman por su nombre. Los otros eran «Batista» o «Prío» o «Menocal». Castro es «Fidel». O «Fifo», o «e1 Caballo». Es un tipo familiar al que se conoce de toda la vida. Un tipo que es mucho más que el señor instalado en el gobierno. Es una especie de inevitable presente que inunda la casa a través de la radio, la televisión, el periódico, la conversación familiar o el juego de los niños.

Sus dichos, su acento de muchacho afónico devorador hambriento de des intervocálicas, sus gestos de tenor cómico, son acertadamente imitados por once millones de cubanos víctimas del político más promiscuo de la historia. Mientras los gobernantes previos,

 frente al micrófono, recuperaban las eses, las des y hasta las zetas y las ces, en un intento desesperado –casi un ataque kamikaze por ser cultos, Fidel habla en cubano sin la menor inhibición y con una candorosa espontaneidad. No es exactamente un orador de barricada, ni mucho menos un tribuno elocuente. Es un sujeto que coge el micrófono por el cuello y se ríe, pelea, regaña, amenaza, elogia, conversa, chilla, agarra una rabieta, insulta y dice lo que le da la gana con el mayor desenfado. La espontaneidad le salva del ridículo.

Esa democracia directa –madre mía– tiene su poder, que es Fidel, y su oposición que también es Fidel. Fidel es el único crítico serio de su gobierno. Es el Juan Palomo de la política. Hace el disparate y luego lo censura. En 1970 lanza la zafra de los diez millones y cuando fracasa, culpa al ministro de la Industria Azucarera. Varias veces, desde la tribuna, ha puesto «a disposición del pueblo» su cargo. El pueblo le grita que no, que se siga sacrificando, y entonces él, humildemente, acepta los dictados de la mayoría bulliciosa. Frente a estos espectáculos, inevitablemente, siempre hay un señor que trae a democracia ateniense y la plaza socrática, o enjundiosas citas latinas de las páginas rosas del Pequeño Larousse. Y en medio de todo aquello, uno, que no tiene vocación de histrión, se queda pasmado.

¿Para qué manda Fidel?

Ya sabemos que la revolución cubana se radicalizó vertiginosamente desde el poder. La cúpula directiva pasó de ser un grupo reformista pequeñoburgués a encarnar el papel marxista-leninista. Muchos factores incidieron en el cambio: el carácter autoritario de Castro, los servicios que le prestara el partido comunista (PSP) poco antes del triunfo revolucionario, el temor a la reacción norteamericana, cierta sensibilidad social. Todo esto, conjugado, inclinó la balanza en dirección a Moscú. Pero hay más. Hay un factor de tremenda importancia en la comunización de Cuba: el único rol que le garantizaba a Castro preponderancia mundial era el de caudillo de la primera revolución comunista de América. Si se pierde de vista a Fidel Castro se oscurece cualquier análisis de la historia cubana contemporánea. Fidel es un hombre mesiánico, con una enfermiza vocación por el poder y la gloria. Toda su vida, desde la adolescencia, ha perseguido sin tregua los titulares

 de los periódicos. En 1959, tras el fracaso de la revolución boliviana, la extinción de la mítica revolucionaria mexicana, el desprestigio del peronismo y la cauta moderación de la izquierda democrática de Rómulo Betancourt o Muñoz Marín, ¿qué camino fulgurante le quedaba a Castro para atraer la atención del mundo? Instaurar el comunismo en Cuba era el tipo de empresa ideal para el infatigable deportista. La tarea propia del guerrero que no conoce reposo. Cuando se discutió la hipótesis de comunizar al país entre Fidel, Raúl, Guevara y otros íntimos del cónclave revolucionario, renació en ellos el espíritu de causa. De nuevo había cruzada, y lucha, y gloria. Moscú no entendía exactamente lo que ocurría en la Cuba de 1959. Por primera vez los esfuerzos conspirativos de sus agentes eran menores que los de los gobernantes. Moscú tampoco pudo prever que traía a su bando a un feroz competidor. Una vez dentro del sistema, Fidel Castro convocó a sus colaboradores más íntimos y les comunicó los nuevos objetivos de la revolución. En el orden doméstico, el establecimiento de la primera nación comunista del mundo. La Unión Soviética llevaba cincuenta años de socialismo y dictadura del proletariado, en vía eterna hacia el comunismo. Cuba se saltaría etapas, modificaría la conducta y los hábitos de la gente, haría desaparecer el dinero y el afán de lucro en apenas unos años. Cuba (Fidel Castro) le demostraría al mundo, etcétera, etcétera. En el orden externo, el reto a los soviéticos no era menor. El razonamiento de Fidel era de una ingenua sencillez: Asia para los chinos, Europa para los soviéticos y Latinoamérica para los cubanos. Reclamaba para Cuba (para sí) la jefatura de un tercer bloque comunista que surgiría como consecuencia de los esfuerzos subversivos organizados por La Habana. Para fortuna de sus planes, los oradores de todas las tribunas comenzaban a declamar la retórica tercermundista. El Tercer Mundo reclamaba un papel protagónico frente a la actuación de las grandes potencias. Fidel se concibió como eje y portavoz de ese Tercer Mundo. Organizó en La Habana conferencias de la Tricontinental, mantuvo, adiestró y envió guerrilleros a todas partes. Con una mano se batía contra el imperialismo, y con la otra, simbólicamente, le discutía a Moscú su supremacía comunista en ciertas partes del mundo.

Moscú, gigantón viejo y de regreso de todas las utopías, admitió resignado la gesticulación vehemente del curioso satélite. Sólo tenía que esperar pacientemente el fracaso del impulsivo líder antillano. A la postre, Castro se cansaría de enviar guerrillas que

 sucumbían, de alimentar a diletantes del marxismo y de ignorar a los viejos partidos comunistas locales. A fin de cuentas, descubriría que la manera más certera de destruir un sistema económico es tomar esos míticos atajos hacia la prosperidad. Lejos de construir la primera nación comunista del mundo, Castro acabó creando la primera dictadura militar del socialismo, en medio de una vergonzosa cadena de fracasos económicos, escaseces, dependencia exterior y penurias.

Aquellos vibrantes objetivos iniciales se fueron apagando lentamente ante la evidencia del fracaso. Las guerrillas no prosperaban, los intelectuales acabaron rebelándose, los estudiantes no respondieron o terminaron acusando a Cuba de reaccionaria. La melancólica certidumbre de que siempre hay alguien a la izquierda (o a la derecha) concluyó por posesionarse de Castro. La Habana, para muchos comunistas incontrolados, para la gauche divine, es un régimen estalinista de escaso atractivo. Todos los grandes objetivos del castrismo se fueron desmoronando ante una realidad mucho más compleja de lo que Castro sospechaba. La euforia y el optimismo suelen ser nefastos en política.

¿Está loco Fidel Castro?

En suma: ¿está loco Fidel Castro? El señor Fidel Castro, que se cree Napoleón (y que probablemente esté en lo cierto), en 1981 afirmó que Estados Unidos le envió una epidemia de dengue con el torvo propósito de minar aún más la salud de sus azorados súbditos. Hace años se quejó amargamente de que la CIA le destruyó la cosecha de tabaco diseminando el terrible «moho azul», mientras simultáneamente dañaba la cosecha de azúcar desatando las iras de la «roya», diminuto bicho domesticado –claro– por los pérfidos «Dr. Strangeloves» del Pentágono. Pero esas fantásticas acusaciones no son nuevas: hace casi treinta años ya alertó al mundo sobre otra singular canallada: la CIA desviaba los ciclones y los encaminaba en bocanadas siniestras contra las costas de la isla de Cuba. Todo ello conduce a la pregunta inevitable: ¿estará loco este imaginativo caballero? Jean Kirpatrick, la brillante politóloga yanqui y exdelegada de su país ante las Naciones Unidas, piensa que sí, y así lo ha recogido el ABC madrileño. Juanita, hermana de Fidel, también lo sostiene. Su excuñado, Waldo Díaz-Balart, pintor grande del constructivismo, lo afirma con más tristeza que pasión. A su ex amante Naty Revuelta solía escapársele la misma sospecha. Su

 secretario Juan Orta lo aseguraba. Nasser y Tito se burlaban de la salud mental del personaje, y hasta el propio Che, en medio de su manifiesta admiración, mostraba serias reservas:

–Hay que perdonarle esas cosas, Pardo –le decía a un amigo periodista–, ya sabés que Fidel está un poco turulato.

¿Un poco? ¿Cuán poco? ¿Qué tipo de locura padece? Por supuesto, yo no creo que Castro esté loco, aunque evidentemente tiene rasgos paranoicos: desconfianza patológica, delirios de persecución, racionalizaciones de origen descabellado perfectamente articuladas. Pero también acusa síntomas neuróticos: crisis maniacodepresivas, accesos eufóricos, hiperactividad motora y oral, episodios de furia transitoria. Obviamente, no se trata de un loco de manicomio y de camisa de fuerza, pero sin duda sí de una personalidad sicótica. La casta –así la llama Szasz– siquiátrica/sicóloga acuesta, seda y trata a millones de pacientes infinitamente más equilibrados que el hirsuto señor de La Habana, aun cuando a esta desdichada fauna sólo le sea dable incordiar en el pequeño mundillo de la familia o del vecindario, mientras que Fidel Castro dispone de una acorralada clientela de millones de once millones de petrificados cubanitos sujetos a las consecuencias de sus accesos.

Y eso es muy grave, porque nunca sabremos a ciencia cierta si Castro está o no realmente loco, y probablemente ni siquiera alcanzaremos a descifrar qué diablos es eso de «estar loco» cuando se aplica a su caso, pero no hay duda de que cuando un sujeto de ese extraño comportamiento alcanza el poder, los papeles se invierten. En circunstancias normales, cuando el vecino del quinto piso insiste en que la CIA le está mandando ciclones o la prima le inocula el dengue, se le encierra, se le seda, se le da una aspirina, dos bofetadas, tres electroshock y/o una estampita de San Judas Tadeo; o, en todo caso, se le recomienda que se case a ver si evacua el nerviosismo por la entrepierna, es remedio eficacísimo. Pero cuando el autor del despropósito no es el del vecino del quinto, sino el de la casa de gobierno, Dios nos coja confesados, porque son los «normales» los que acaban en los manicomios, como les ocurrió a mis amigos el historiador Juan Peñate y el escritor Juan Manuel Cao.

 ¿Qué hacer, pues, con el señor Castro? Yo creo que aquí nos hemos equivocado de foros internacionales. El problema de Cuba no tiene nada que ver el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sino con la Organización Mundial de la Salud, la Escuela Vienesa y los sicofármacos.

Aquí lo que hay que gritar es ¡Viva Cuba Librium! Por una punta es éste un problema de botica y por la otra de servicios secretos. O sea, que el mismo comando de la CIA que inoculó el dengue en la Isla debe penetrar sigilosamente en las habitaciones de Castro en La Habana, mientras éste duerme, e inyectarle en la vena un suero pacificador de treinta y ocho litros de cualquier sustancia calmante. A ver si de una dichosa vez la historia absuelve al resto de los cubanos, que son a la larga quienes han resultado condenados a pagar el pato de la alterada personalidad de este inquietante caballero.

Un caso de crisis

Pero no siempre sufren sus adversarios. A veces el propio régimen se convierte en víctima de la personalidad de Castro. Y el caso más notorio tuvo que ver con los sucesos de la Embajada de Perú, en abril de 1980, cuando Fidel Castro, indignado porque un puñado de cubanos había logrado penetrar por la fuerza en el recinto diplomático, quitó la guardia de la puerta, provocando que en pocas horas 10.800 personas –todos los que cabían centímetro a centímetro– penetraran en la casa buscando asilo para escapar del país.

¿Por qué Fidel Castro provocó el fulminante descrédito de su régimen? ¿Por qué hizo evidente en un par de noches peruanas que de Cuba quería irse medio país, secreto que con extraordinaria habilidad llevaba dos décadas ocultando? La respuesta hay que buscarla en otro rasgo de su temperamento: la soberbia. Fidel no admite contradictores, ni críticos, ni situaciones de reto. Así ha sido desde que existen datos de su conducta pública. Fidel suscribe hasta el suicidio la vieja estupidez de «sostenella pero no enmendalla».

 Siempre ataca, siempre huye hacia adelante, no se retracta nunca. Para figurar en su corte personal es necesario carecer de criterios propios y –si es posible– poder exhibir un encefalograma plano. De ahí la triste pobreza espiritual de sus acólitos preferidos.

No tienen otra función que ejecutar órdenes (o gente), reír las gracias del jefe y darle vueltas a la pelota en la punta del hociquillo dialéctico. Junto a Fidel hay muy poca gente inteligente, y la que hay no puede excederse. El más brillante, el más imaginativo, el más creativo tiene que ser Fidel. Espejito, espejito, ¿quién es el tirano más bello del mundo? Nadie le iguala. Nadie puede desafiarlo.

La pugna entre Castro y Perú se produjo porque, por una vez, este anciano muchacho, cabezón y soberbio, no pudo hacer su voluntad y prefirió romper el juego. Sólo que la rabieta le hizo blanco en medio del prestigio.

Este incidente, claro, debió dar que pensar a la camarilla. El perfil de la revolución, la dirección ideológica y la importancia internacional se deben a Castro. Pero –al mismo tiempo– es Fidel quien cava la fosa del proceso. Es el padre y el enemigo, el ala y el ancla. El único cubano que podía poner a Cuba en el mapa internacional, pero que acabará por borrarla. Su impulso hacia la soberbia es mucho más poderoso que su instinto de prudencia, y ahí está como prueba, el incidente de la Embajada del Perú.

El simple reconocimiento de este hecho es una fuente de subversión dentro de la estructura de poder del régimen. Todo comunista, todo funcionario convencido de la incurabilidad del Máximo Líder, de su crónica condición de desorganizador del estado, de caotizador de la vida pública, entonces debe haber llegado a la inexorable convicción de que sustituirlo es mucho más factible que educarlo, sólo que nadie se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato.

 El cartel de La Habana: todas las claves

El verano de 1989 trajo la sorprendente noticia de que varios altos jefes del Ejército y del Ministerio del Interior habían sido detenidos y acusados de compra y tráfico de drogas. Entre los jefes del Ejército estaba el General de División Arnaldo Ochoa, héroe de las Fuerzas Armadas, y entre los del MININT aparecían los nombres de los legendarios gemelos La Guardia.

En todo caso, ¿cómo y por qué Castro entró en el turbio asunto del tráfico de drogas? ¿Cómo un hombre de mentalidad estricta, que odia el consumo de drogas, que persigue dentro de la Isla este tipo de vicio, se prestó a pactar con el Cartel de Medellín la utilización de Cuba como una escala en el camino la droga rumbo a Estados Unidos? ¿Cómo y por qué, si él había autorizado este turbio negocio, luego fue capaz de fusilar al general Ochoa, a Tony de Guardia, a Martínez Valdés y a Padrón?

Hay respuestas claras y coherentes para todo esto. No hay contradicciones. Veamos.

Los primeros contactos entre el gobierno de Castro y los narcotraficantes se produjeron en las selvas colombianas, cuando narcotraficantes y guerrilleros coincidían en aeropuertos remotos. Ahí surgió una forma de colaboración. Los narcotraficantes tenían dinero, pero necesitaban armas, protección y redes clandestinas. Las guerrillas castristas podían aportar todo eso.

Es verdad que dentro de la estricta moral del hombre nuevo preconizada por La Habana no había espacio para el tráfico de drogas, pero no era difícil llegar a pensar que –al fin y al cabo– los narcotraficantes también eran un factor de debilitamiento de los estados que la guerrilla pretendía destruir.

De manera que la simbiosis comenzó a surgir de una forma casi natural. Los narcotraficantes aportaban grandes sumas de dinero a la guerrilla, y la guerrilla les prestaba apoyo logístico y protección.

 Esta historia está perfectamente documentada en los relatos de los traficantes Guillot Lara y Johnny Crump. Esta historia también aparece en las declaraciones de Carlos Lehder, y en las mil confidencias hechas por narcotraficantes y subversivos a lo largo del tiempo, porque la colaboración no es nueva. Data nada menos que de la segunda mitad de la década de los setenta, y se acelera cuando el sandinismo llega al poder en Nicaragua, Noriega obtiene el control de Panamá y Castro acaba por admitir que la droga es también un arma en la lucha contra los Estados Unidos. La droga, como le dijo el general cubano Barreiros al mayor Rodríguez Menier, quien luego desertara y lo contó, «era un arma para ablandar a la juventud norteamericana y para conseguir dólares. Si Estados Unidos había decretado el embargo, ésta era una forma de luchar contra el embargo. Y ya habría tiempo de fusilar a los narcotraficantes cuando la revolución triunfara en todo Occidente».

Es decir, poco a poco Castro fue adquiriendo compromisos y se hizo de una coartada ética. El no manejaba directamente el asunto, sino lo manejaba a través del Ministerio del Interior, a través del organismo que durante 30 años le ha servido para poner en marcha decenas de conspiraciones en veinte países. El Ministerio del Interior era, realmente, el Ministerio de la Conspiración Incesante, actividad que Castro disfruta por encima de todo.

Pero ocurrió algo que Castro no supo prever. Sus conspiradores comenzaron a dejar de ser los leales servidores de la revolución y empezaron a actuar por cuenta propia. La revolución mostraba fallos inocultables, y nadie podía estar seguro del destino final de todo aquel montaje político organizado por Castro. De manera que Ochoa, Abrantes, y otras docenas y docenas de líderes de la revolución, empezaron a hacer lo que hacen las personas prudentes cuando se avecina una crisis: buscar formas de protección. Castro no quería reformar el Estado. Castro insistía en su terquedad estalinista y en su odio a la perestroika, de manera que había pocas esperanzas de que la revolución pudiera mantenerse tras la desaparición del líder.

 Y esto, quienes mejor lo sabían eran, precisamente, los miembros del Ministerio del Interior que Castro enviaba al exterior a misiones internacionacionalistas. Ese era el caso, por ejemplo, de los hermanos La Guardia, y también del general Ochoa, un hombre de las Fuerzas Armadas que había visto demasiado mundo y demasiadas guerras para no darse cuenta de que Castro, con su empobrecimiento marxista-leninista, estaba llevando al país a la catástrofe y la revolución a la destrucción.

En ese contexto es donde surge la chispa que le cuesta la vida a Ochoa y a sus compañeros. Durante años, desde 1982, los Estados Unidos estuvieron acusando a Castro de traficar con drogas, pero Castro confiaba en que la falta de pruebas y su imagen de revolucionario incorruptible podrían más que las denuncias norteamericanas. Sólo que eso no pudo sostenerse permanentemente. Llegó un momento en que aparecieron las pruebas físicas y tangibles: le grabaron conversaciones comprometedoras a unos agentes de Castro en Panamá. Los satélites filmaron la utilización de las bases de Varadero para el tráfico de drogas. Fueron capturados unos narcotraficantes que se habían servido de los Migs y de la Marina de Guerra cubanos. Castro ya no podía negar la evidencia. Había sido cogido con las manos en la masa. Cuando Estados Unidos pusiera las pruebas sobre el tapete y lo acusara ante un tribunal, quedaría a la altura de Noriega. Su prestigio de revolucionario sería destruido para siempre.

En ese punto, Castro se encolerizó, como se encoleriza el jefe de la Mafia cuando uno de sus mafiosos empieza a actuar por su cuenta y pone en peligro a toda la banda, y en especial al capo. Por eso se lanzó con tanta violencia contra Ochoa y De La Guardia. Los castigaba no por traficar en drogas, sino por hacerlo torpemente y para beneficio personal. Castro no castigaba al embajador Fernando Ravelo, que también era cómplice, porque siempre había sido leal a la banda. Ni castigaba a René Rodríguez Cruz, otro narcotraficante, que dirigió, hasta su sospechosa muerte (1991), el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, porque cuando Rodríguez Cruz traficaba en drogas, lo hacía única y exclusivamente para la revolución, no para sí. Esa era la diferencia. Por eso, en el tribunal que juzgó a Ochoa y a De la Guardia podía estar sentado el ViceAlmirante Aldo

 Santamaría, uno de los mayores artífices del tráfico de drogas en la Isla, pero persona que siempre actuó en beneficio de la revolución.

Fue la víspera del 14 de julio de 1989. Buena fecha para un concierto de guillotinas afinadas. Todos lo vimos. Se asomó a la pantalla del televisor un viejo duro, con mirada torva de pedernal, y dijo que la revolución no podía ser generosa. Luego sus cómplices del Consejo de Estado mecánicamente levantaron la mano de matar, y a la mañana siguiente enterraron los cuatro cadáveres. Los cinco, porque junto a esos ataúdes también pasó a peor vida la imagen de Castro.

Esa vez, ni una sola voz importante lo defendió en Europa. La tónica general fue el escepticismo y el horror. Escepticismo, porque nadie creyó que Castro, que controla hasta los menores movimientos del más humilde de los cubanos, no supiera lo que ocurría con sus aviones militares, con sus barcos de guerra, con su propio yate personal, con sus más íntimos lugartenientes. ¿Cómo es posible que el mismo personaje que dirigía desde La Habana última batalla en una polvorienta aldea angolana y que sabía hasta el nombre del más bisoño teniente, ignorara lo que sus espías, embajadores y diplomáticos hacían en Colombia o Panamá?

Eso es ridículo. De ahí el escepticismo. El horror, en cambio, tiene otro origen. En Europa, la pena de muerte no es nada popular. Aquí ya no se puede acusar a unos hombres de ciertos delitos –penados en el Código con 15 años de prisión– y a las cuatro semanas pasarlos por las armas. No está el Viejo Continente para tolerar sin asco esta barbarie.

Pero hubo una tercera reacción ante la imagen de Castro, más meditada, y totalmente devastadora para la revolución cubana. La consignó Fernando Claudín, el desaparecido teórico del marxismo, en una intervención radial: ese Fidel endurecido, robespierresco, invocando los espíritus guevaristas la pureza revolucionaria, rodeado de generales disfrazados de oficiales soviéticos, que repetían, como en una letanía, el grito seco y

 absurdo de «marxismo-leninismo o muerte», pertenecía a un pasado remoto sin el menor contacto con el mundo que nos rodea.

No era Ochoa el que moría. Era Castro, que no advirtió que sus barbas son ridículas, que el verde oliva de su guerrera es anacrónico, que su convocaría a la insurgencia fracasó, que su discurso revolucionario ya no se entiende en una época en que se ha abierto paso la voluntad de colaboración y se enterrado el hacha de la guerra fría.

Mientras Hungría, Polonia y la desaparecida URSS, ante los ojos atentos de Europa Occidental, ensayan fórmulas para aliviar las torpezas de la economía dirigida y centralizada, ¿cómo puede alguien en esta parte del mundo aceptar en silencio la loca advertencia de Raúl Castro de que «primero se hundirá Isla en el océano que contemplar el regreso del capitalismo?»

Obviamente, la intelligentsia europea, incluida la izquierda magullada, de regreso de todas las ilusiones estalinistas, es incapaz de transigir con esta terquedad ideológica.

Ochoa y sus compañeros murieron al alba, como siempre obliga el macabro ritual de los paredones. Pero el día antes, bajo la mirada atónita de toda Europa, a la hora del telediario, Castro anunció su propia muerte. Fue la víspera del 14 de julio. La historia a veces nos depara ciertas dolorosas ironías.

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