07. Los beneficiados de la revolución…


CAPÍTULO 7 LOS BENEFICIADOS DE LA REVOLUCIÓN

Entonces los de abajo se van para arriba. Entonces los de arriba se van pa’l carajo…

(Estribillo de una guaracha popular de los años 40).

¿Qué pasó en Cuba después del ciclón revolucionario? ¿Cómo quedó estructurada la sociedad cubana tras la explosión comunista? ¿Qué ocurrió desde el momento en que Rusia decidió subvencionar a los cubanos hasta el momento en que el país dejó de pagar las facturas? No pierdo el tiempo describiendo cómo era la Cuba prerrevolucionaria. Para esto remito al lector al primer capítulo de este libro. Allí encontrará un resumen de la mayor fiabilidad. Pero baste saber, para entendernos, que en 1959, sólo el 30% de la población podría considerarse rural, y que en el país existía una anchísima capa de lo que los economistas modernos llaman «niveles sociales medios». (El concepto «clase» está en crisis, como lo está la abstracción «proletariado». Existen, en cambio, niveles sociales que en Cuba se caracterizaban por su fluidez). No era extraño el tránsito del peón agrícola hacia la producción industrial, o de uno y otro hacia el sector terciario de servicios o comercio; y de todos, hacia los centros urbanos del país a desarrollar diversas actividades. En los treinta últimos años, el país había experimentado una notable mejoría en la distribución de la renta. Esa distribución en 1959 era más justa que en España; y en América Latina, sólo Costa Rica mostraba menores diferencias en los ingresos de los distintos grupos.

Por supuesto, había grandes diferencias en el poder adquisitivo de los cubanos, pero ni remotamente parecidas a las que se daban en el Perú, Ecuador, Colombia o Venezuela en la década de 1950. Estos niveles sociales medios, en los que ya hemos dicho se insertaba una gran masa humana, podrían caracterizarse como esencialmente blancos y urbanos. En

 los niveles sociales altos, por supuesto, estas características eran casi inapelables. A los niveles social medios y altos, a este vasto y abigarrado mundo de comerciantes, comisionistas, viajantes, vendedores, obreros especializados, técnicos, pequeños, medios y grandes industriales; médicos, abogados, maestros, periodistas, publicitario ingenieros –profesionales, en fin, de toda índole–, obreros cerveceros, cigarreros, de plantas eléctricas, petroquímicos, operarios de laboratorios o de los servicios telefónicos… a estos cientos y cientos de miles de cubanos se les ha llamado, toscamente y sin matizar, «burguesía». Estos son los damnificados del ciclón. Los niveles sociales medios y altos son los que han pagado el pato revolucionario. Son estos millones de cubanos los que han visto reducirse sustancialmente su dieta, su ropero, sus diversiones, su autonomía, su ámbito de movimiento, su peso político. Pero como las revoluciones, por lo visto, están sujetas a las leyes de «acción y reacción» que operan en la física, hay un grupo cubano económicamente beneficiado: el más pobre sector de los niveles sociales bajos. El ejército de desocupados crónicos, muchos provenientes de la etnia negra, que sobrevivía difícilmente en los arrabales de los centros urbanos o en depauperadas zonas agrícolas. Para estos millares de cubanos, la revolución significó una mejora positiva, aunque sólo sea por el hecho de ofrecerles a cambio de su trabajo (obligatorio, como el de todos) la misma cantidad de ropa y comida que al resto de la población (con la excepción de la nomenclatura, claro). En suma: se han beneficiado los cubanos sin oficio ni beneficio, lo que Marx llamaba el «lumpemproletariado», los analfabetos que se apilaban en arrabales

o en barriadas de indigentes, la legión de apartadores y limpiadores de coches, los millares de sirvientes, especialmente los que servían a los nivel medios, los vendedores ambulantes de baratijas y billetes de lotería, los limpiabotas, los peones agrícolas de la caña, los carboneros de la costa, los pescadora y los guajiros de la serranía. Es decir, el último de los tres clásicos niveles de pobreza ha mejorado su calidad de vida. Pero no puede decirse lo mismo de los otros dos niveles sociales bajos. El obrero mal remunerado de antes, el empleado de comercio mal pagado, la costurera, el barbero, no han visto aumentado el poder adquisitivo de su dinero ni la calidad de la vida que disfrutan. A pesar de cierto horror a la reducción de la información a cuadros gráficos, damos una tabla aproximada de perjudicados y beneficiados materiales. Aunque una información honesta añadiría que tanto los niveles sociales bajos como los medios eran infinitamente más anchos que los altos.

Niveles sociales bajos Niveles sociales medios Niveles sociales altos 1 2 3 1 2 3 1 2 3 B I I P P P P P P E G G E E E E E E N U U R R R R R R E A A J J J J J J F L L U U U U U U I E E D D D D D D C S S I I I I I I I C C C C C C A A A A A A A D D D D D D D O O O O O O O S S S S S S S

La pregunta inevitable que surge es si son más los perjudicados que los beneficiados materiales o viceversa. Yo creo que son muchos más los perjudicados, pero no descarto la posibilidad de equivocarme. Para dar, además, una respuesta honrada, habría que comenzar por definir perjuicio y beneficio. En una sociedad de consumo, la calidad de vida se mide con unos valores diferentes a los que operan en las sociedades comunistas. Cuba renunció a la sociedad de consumo, pero nunca aclaró qué objetivos sustituyeron a los antiguos en el horizonte, salvo los muy vagos de crear una sociedad nueva y un hombre nuevo.

De acuerdo con este estado de cosas, es lógico suponer que el castrismo recluta sus filas en los niveles sociales más bajos, y sus fobias en los niveles medios y altos. Por supuesto,

 la primera excepción a esta generalización la constituye la parte de la jerarquía revolucionaria procedente de los niveles sociales medios y altos, pero grosso modo la afirmación es fácilmente comprensible. Dos espinosas cuestiones saltan entonces a la vista. La primera, el ingrediente racial envuelto en las tensiones. Por penosas razones históricas, los negros y mulatos cubanos ocupaban los niveles sociales más débiles, esos que hoy se han visto favorecidos, y es lógica su adhesión al gobierno, especialmente porque la revolución les abrió puertas anteriormente cerradas por el racismo. El dato impresionante de que entre los millares de mujeres condenadas por delitos políticos en todos estos años no ha habido más de unas docenas de negras, bastaría para ilustrar el asunto. Hombres de esta etnia, sí; desde luego, pero en una proporción infinitamente menor a la que ocupan en el censo. La oposición –y también el poder, pero ése es otro tema–, esencialmente, ha sido una actividad de blancos. La otra oleada de clientela política le viene al castrismo de ciertas zonas campesinas, especialmente del peonaje azucarero, del olvidado y paupérrimo guajiro de la serranía, pero no debe interpretarse esta afirmación en un sentido general. El campesinado del Escambray –en el centro del país–, por ejemplo, fue anticastrista desde los años sesenta y alimentó grupos guerrilleros durante más de cinco años.

Comoquiera que la revolución no sólo protege, sino convierte en militantes a sus partidarios, puede decirse que toda la estructura del poder anterior, todos los centros decisorios, han cambiado de dueño. La revolución, masivamente, ha sustituido a unos hombres por otros, a una estructura de poder por otra. Les ha quitado el control a los sectores sociales medios y altos para otorgarlo a los bajos, y como coincidían otros factores étnicos y geográficos, un alto porcentaje de negros y ciertos campesinos han pasado a jugar un papel sin precedentes en la sociedad cubana. En cierto sentido, toda revolución no es más que un fulminante proceso de transmisión de privilegios. La cubana no ha sido la excepción. Y esto, ¿ha sido nocivo para Cuba?

Probablemente ha sido mucho mayor el daño producido al empobrecer a los sectores sociales medios y altos, que el beneficio derivado de proteger a los más bajos. Precisamente uno de los mayores logros de Cuba como nación eran sus anchos y abiertos

 niveles medios. Depauperarlos repentinamente ha sido un acto brutal y estúpido. No era indispensable deprimir los sectores medios para beneficiar a los bajos. Este fue el resultado del súbito cambio de dirección económica y de una serie de increíbles errores en la administración del país. De lo que se trataba, era de elevar los sectores sociales más bajos a los niveles medios, no de empobrecer a todo el país en la consecución de una revolución convocada en nombre del progreso. Lo que se prometía era socializar el desarrollo, no la miseria.

Hay, además, una injusticia radical en calificar a los niveles sociales medios como «burguesía explotadora» para justificar la degollina. Esta enorme «clase media» era el producto de una actitud laboriosa ante la vida. Gente que se había ganado su lugar al sol a base de trabajo honrado en la imperfecta sociedad y el duro tiempo que les tocó vivir. Muchos eran obreros de sindicatos privilegiados, como los casos de cigarreros, licoreros y petroquímicos, excepcionalmente bien pagados, y otros profesionales que lograron tener acceso a la universidad a base de trabajo y privaciones. No vivían, es cierto, en una sociedad justa, pero ellos eran quizá lo más justo de cuanto podía enorgullecerse esa sociedad. Podarles dramáticamente el poder adquisitivo tan duramente ganado, reducirles la calidad de la vida insensible y rudamente, ha sido una injusticia tan grande de este nuevo orden como fue del anterior no proteger a la legión de desvalidos. No se sostiene, pues, la obra revolucionaria en el aspecto social. Los damnificados son los más, y ni lo merecían ni era necesario. Por cada capitalista explotador que ha perdido sus privilegios, por cada político deshonesto que se ha quedado sin prebendas, por cada tahúr, proxeneta

o ladrón afortunadamente desalojado, han sido empobrecidos millares y millares de cubanos laboriosos que habían logrado alzarse sobre la miseria a fuerza de trabajo. Lo que se ha hecho con ellos, no tiene justificación. Los aciertos

Queda dicho que la revolución, en general, ha sido benéfica con la franja más pobre de los niveles sociales bajos. Eso, por supuesto, no es todo cuanto puede decirse de los aspectos positivos del proceso revolucionario. Hay más.

 La clase dirigente cubana no está guiada, como era frecuente antaño, por desmedidas ambiciones económicas, sino por la voluntad de dominio, aunque es innegable que la actual nomenklatura cubana dispone de claros privilegios, tales como casas confiscadas, coches y alimentos importados, viajes al extranjero o exclusivos «clubes», y hospitales privados como los que poseen los oficiales de las Fuerzas Armadas y los de la Seguridad del Estado. Cuba necesitaba sacudirse siglos de corrupción administrativa. El robo y el peculado –viejas prácticas que datan de los tiempos coloniales– han desaparecido. Pero se producen, por supuesto, pequeños negocios turbios, compradores del Ministerio de Comercio Exterior que exigen discretamente comisiones, funcionarios menores que se aprovechan de sus cargos; no obstante, nada comparable a los escándalos tradicionales del precastrismo. Sin embargo, aquella corrupción que sucedía en la esfera oficial hoy ocurre, multiplicada por creces, en la esfera particular. En el país todo el mundo roba para sobrevivir.

En todo caso, mientras fue posible –mientras Rusia pagaba– existió una indudable voluntad de progreso y desarrollo por parte del gobierno, y una acusada sensibilidad social. El gobierno se sentía responsable del destino de los cubanos, de que se instruyeran, se alimentaran, se curaran, se vistieran. Cuando todas o algunas de estas responsabilidades no podían cumplirse cabalmente, el equipo gobernante acusaba el fracaso. Pero entonces se producía uno de los más irritantes aspectos de la revolución: la ocultación de datos. Allí, nadie se moría de gastroenteritis, nadie carecía de techo, nadie desertaba de la escuela. El fantasma de la imagen –la peor neurosis del comunismo– provocaba un burdo escamoteo de la realidad.

No obstante, en algunos aspectos, el progreso ha sido notable. En el orden social, el fin de la discriminación racial en los sectores laborales, estudiantiles y de tiempo libre, ha sido lo más encomiable. Ha surgido otro tipo de discriminación, como se explica en el capítulo dedicado al tema, pero no hay duda de que negros y mulatos han visto multiplicarse sus posibilidades de integración económica y social en el país.

 La práctica de los deportes se ha expandido y mejorado. Ciertos deportes –tenis, natación, baloncesto, remo, waterpolo, que antes sólo practicaban los jóvenes de los estamentos sociales más acomodados– hoy están al alcance de sectores de la población mucho más amplios. Otros deportes –béisbol, boxeo, ajedrez, campo y pista– se ejercitan por un mayor número de aficionados y, en general, con mayor calidad técnica. El gobierno auspicia con entusiasmo esta manifestación de la práctica deportiva, probablemente por haber suscrito la vieja (y discutible) máxima de «mente sana en cuerpo sano, y. poder utilizar los éxitos deportivos del país como instrumento de propaganda pero, en todo caso, el entusiasmo por el béisbol y la devoción por ciertos ídolos los han servido, por lo menos, como umbríos recodos en el tenso trayecto revolucionario. Cuba, en términos generales, deber ser la nación latinoamericana donde más y mejor se practican los deportes.

Medicina

La atención médica ha sido otra de las preferencias de la revolución. Se ha tratado de llevar hasta los más recónditos parajes rurales y se ha efectuado un exitoso esfuerzo para reemplazar a los tres mil médicos cubanos que optaron por exiliarse. La cifra de médicos en la actualidad se fija en treinta y cuatro mil, lo que arroja un promedio de un médico por cada 300 habitantes, cifra notable para un país subdesarrollado. El crecimiento aritmético de los servicios médicos, sin embargo, no concuerda con la calidad que se brinda. En los primeros años la desorganización de la Facultad de Medicina, por la emigración casi total del claustro, y los criterios políticos que primaron en la selección de sustitutos, trajo como consecuencia una apreciable pérdida de nivel académico, paliada en parte por la intensa práctica a que tenían que someterse los alumnos en los nuevos planes de estudio puestos en marcha por la revolución. En otro sentido, la ausencia de medicamentos maniataba con frecuencia a los médicos, capaces de hacer un diagnóstico correcto, pero imposibilitado de asignar la terapia adecuada.

No es extraño, pues, que los cubanos que disfrutan de alguna jerarquía –por ejemplo, Alicia Alonso– acudan al extranjero, discretamente, a operarse o a atenderse serias dolencias. Generalmente concurren a países occidentales, puesto que la medicina de lo

 que fue el mundo socialista, cayó en tácito descrédito entre los cubanos casi tan pronto como la conocieron.

Hay, sin embargo, dos capítulos bochornosos en la práctica médica de Cuba: el primero es el confinamiento en régimen semicarcelario a los enfermos de SIDA, procedimiento que parece haber terminado a principios de 1994. El segundo es el trato dado a los presos políticos enfermos. Las cárceles –estamos hablando de varios millares de cubanos– han sido depósito de piltrafa humana. Tuberculosos, sifilíticos y otros enfermos contagiosos han sido despiadadamente mezclados con los presos. Con la misma aguja, sin poder hervirla siquiera, se han inyectado decenas de veces los propios presos para tratar de librarse de diversas epidemias desatadas en las prisiones. A decenas de mutilados, mutilados por la crueldad de los guardias –Armando Valladares, Rigoberto Pereda, etc.–, se les ha negado auxilio. Ricardo Cruz Font tuvo que pegar con sus manos los labios de una herida abierta en su cabeza –un culatazo– hasta que el macerado tejido comenzó a sanar. No hay –tampoco– atención estomatológica. Sólo, a veces, extracciones. Un preso desesperado por el dolor llegó a arrancarse un molar con una cuchara. No veo cómo es posible separar la negra historia de la medicina ejercida en los presidios de las pulcras estadísticas brindadas por el gobierno. A no ser –y esto es exacto, y es lo que dolorosamente ocurre– que al adversario político se le considere una especie de bestia que se puede morir de dolor o de infecciones sin que a los médicos responsables les tiemblen la voz o las manos. A veces, sin que merezcan el esfuerzo de que se redacte un parte médico.

Educación

La educación es otra de las conquistas de las que suele ufanarse el gobierno cubano, y en algunos aspectos tiene realmente derecho a ello. Especialmente la educación de las zonas rurales y en la atención prestada a los adultos analfabetos. Por supuesto, se trata de una educación rígida, concebida para crear comunistas ortodoxos, pero supongo que hasta eso es mejor que carecer de educación alguna.

 La enseñanza infantil está al servicio del adoctrinamiento. Las cartillas donde se leía, en la F «el fusil de Fidel», en la Ch «Che» y en la R «Raúl», es un capítulo vergonzoso del culto a la personalidad. Es honesto preguntarse hasta dónde todos los sistemas educativos no han sido puestos en pie para educar dentro del sistema general en que se inscriben, pero no hay duda que la educación liberal –esa palabra que horroriza a Castro– es responsable de las más portentosas aventuras del pensamiento, incluyendo, claro, al marxismo, y, sobre todo, a la revisión del pensamiento marxista.

Entre las supercherías de la pedagogía cubana está la de combinar los estudios con los trabajos agrícolas. Varios meses al año los estudiantes deben trasladarse al campo, con el objeto de sembrar y recoger cosechas. Supuestamente esta actividad ayuda a las tareas de la producción y destruye la tendencia a la agrupación clasista –sustrayendo al adolescente de las perniciosas influencias familiares. En realidad, es sólo una variante de la mitología virgiliana, tan profundamente enraizada en Occidente o –más grave aún– una copia de las locuras que se hicieron en China durante la Revolución Cultural. La percepción del campo como terreno purificador es una de las más pertinaces ingenuidades mantenidas a través de los siglos. La revolución incurre en ella, pero la racionaliza en el acostumbrado dialecto comunista.

La politización, la agricultura y la ortodoxia ideológica han producido una notable baja en la calidad de los estudios, a pesar de que los estudiantes formados dentro de la tensión revolucionaria viven obsesionados por la palabra crítica: responsabilidad. La misma regla de tres que indica que un mal trabajador es un mal revolucionario, opera en el plano estudiantil. Un mal estudiante es un mal revolucionario porque la revolución demanda siempre niveles de excelencia en cualquier actividad humana que se realice. Lo notable de esta situación es que desde la cumbre jerárquica no se vislumbran los aspectos antihumanos de este permanente estado de tensión. Por lo visto, para estos señores, la ultima ratio de la vida es el cumplimiento de ciertos deberes como lo definen ciertos libros, lo cual, sin duda, acaba por convertirse en un horizonte raquítico.

 Es indudable que el gobierno se esfuerza por brindar a todos los cubanos la posibilidad de realizar estudios primarios y, a muchísimos, estudios secundarios; pero no puede decirse lo mismo de los universitarios. La universidad es para los «integrados». Es un feudo exclusivo de los adictos. Para los «cuadros». No se trata de un requisito secreto, sino de algo públicamente conocido. La clase alta ideológica es la única que tiene acceso a la formación de cierto nivel. Por muy brillante que sea un joven «no integrado» –esto es, que no milite en alguna organización revolucionaria o que en cambio sí lo haga en el protestantismo o catolicismo– no tendrá la oportunidad de cultivar su talento. A mediados de la década de 1960, luego en 1968, cuando la ofensiva revolucionaria –una especie de minirrevolución cultural– la universidad fue «depurada». Estudiantes y profesores moral

o políticamente dudosos –vistos por el ojo calvinista de Fidel– fueron expulsados de la universidad. En 1980, tras los sucesos de la embajada del Perú y del éxodo de Mariel, se repitió la cacería de brujas. Castro, que en sus días de estudiante fue un agitador bastante activo –dejó a dos condiscípulos heridos de bala como muestra–, temía la fuente de rebeldías que desde siempre había sido la Universidad de La Habana. Cuando llegó al poder, dedicó buena parte de sus esfuerzos y de su policía a liquidar esta vieja tradición. Hoy «la Colina» – como se la solía llamar– es un lugar de gente mansa –amansada–, muy celosa del pensamiento ortodoxo y totalmente capacitada para el conformismo.

En cuanto a la calidad de los estudios, es poco lo que de favorable puede decirse. Siguiendo el ritmo del país, durante la década de 1960, la universidad fue deteriorándose insensiblemente. Al comenzar la de 1970, se inició una lenta recuperación. Hoy, tras las últimas convulsiones, vuelve a hundirse en la mediocridad.

Un país de desempleados

Uno de los males del capitalismo es el desempleo crónico, En Cuba –antes del final del subsidio ruso– ya no había (tantos) desempleados. En el capitalismo, los había en abundancia, ¿Qué ha pasado? Muy sencillo: la organización económica del comunismo concibe el trabajo de forma diferente. Sería más exacto decir que en Cuba, durante el

 auge de la revolución, no había desocupados. Más aún, que estar desocupado era un delito gravísimo.

Esa distinción entre empleo y ocupación no es bizantina. El empleo se debe a una relación entre demanda, consumo y costos; mientras que la ocupación es una tarea arbitrariamente asignada, por la que se perciben unos emolumentos que no tienen vínculo con la productividad, la demanda o el consumo. La diferencia es bastante obvia: nunca se dio el caso de que existiera un esclavo desocupado. En la Edad Media, dentro de los gremios, tampoco había desocupados. Unos señores –amos, maestros– asignaban una labor, y los empleados la llevaban a cabo. El sistema comunista opera sobre principios parecidos: unos funcionarios asignan un centro de trabajo y un salario. Nadie sabe nunca si esa actividad es rentable o si es un disparate económico.

Pero en última instancia, empleo u ocupación aparte, ¿el cambio ha sido beneficioso o perjudicial para los cubanos? Depende. Para los desempleados crónicos –el 20% de la población– sí lo ha sido. Desde un punto de vista estrictamente personal, es mejor tener una ocupación arbitrariamente impuesta que carecer de ella. Para los empleados –un 80%– ha sido perjudicial, puesto que la capacidad de ascensos no depende ya de factores objetivos, como la productividad, o el interés, sino de factores subjetivos como «conciencia revolucionaria», «integración al sistema», etc. No es posible, tampoco, cambiar de ocupación libremente, buscar otros destinos con fluidez. Todo está celosamente ente regulado. Más aún: miles de graduados universitarios o de centros politécnicos no encuentran «ubicación» en la organización laboral de Cuba, y son –eran– exportados al extranjero por el Estado, que se encarga, por cierto, de percibir las divisas que se les asignan a estos «internacionalistas». Hubo obreros y técnicos cubanos en Libia, Argelia, Checoslovaquia y Alemania, y si no se radicaron en Siberia es porque Moscú no tomó en cuenta la oferta de Castro de suministrarle diez mil leñadores para cortar madera, tal como reportó un cable de la Agencia EFE.

Hay, además, una forma peculiar de alienación en el mundo del trabajo comunista: el trabajador no puede percibir la relación entre su esfuerzo material y la recompensa

 material. Los comunistas, maestros del materialismo, pretenden pagar el esfuerzo con monedas espirituales. Me refiero al trabajo voluntario. ¿Cuánto tiempo puede durar el entusiasmo revolucionario de un trabajador al que se la ha asignado arbitrariamente una tarea, por la que recibe unos honorarios arbitrarios? Ahí surge la quiebra del sistema, y las consecuencias represivas. Porque los funcionarios de un sistema comunista atesoran mucho más poder que los patronos capitalistas. La rapacidad del capitalismo se ve inevitablemente frenada por la acción de los sindicatos y el efecto de la competencia. En el mundo comunista del trabajo no existen amortiguadores. Se trabaja porque se es un entusiasta o porque se puede ir a parar cárcel. Es verdad que en Cuba, hasta la débácle de los noventa, no hubo (tantos) desocupados. Pero las consecuencias fueron nefastas. Tampoco había empleados. Ni había ni hay la libre elección del sitio, del modo y el tiempo de prestar los servicios. No hay una recompensa acorde con el esfuerzo.

El costo de los beneficios

Probablemente el lector esperaba un expediente positivo de la revolución, más amplio y menos condicionado. Podrían anotarse el espectacular incremento pesquero, disminuido drásticamente cuando se utiliza la flota para aventuras imperiales, como ocurrió durante la expedición a Angola; o el aumento de la producción de energía termoeléctrica, o el desarrollo del cultivo de cítricos. Todo esto, sin embargo, es insustancial. Supongamos que en el orden económico la experiencia cubana no hubiera sido un fracaso. Pensemos, incluso, que ha tenido éxito: ¿se justifica con esto la implantación de la dictadura comunista? ¿Puede juzgarse a Hitler, a Stalin, a Mussolini o a Trujillo por la longitud de sus carreteras o los metros cúbicos de agua embalsada? Tiene que haber una relación entre los logros y los medios.

La grandeza de las pirámides siempre será menor que el hecho brutal de haber sido construidas con mano de obra esclava y a costa de millares de vidas. ¿Se justifica entonces la dictadura? Para llevar más niños a unas escuelas mediocres y más enfermos a unos hospitales atestados y mal dotados, ¿era indispensable establecer un régimen totalitario con millares de presos políticos, un millón de exiliados, un comité de confidentes en cada calle, y una población políticamente aterrorizada? Para pescar más,

 para cosechar más naranjas, ¿no había otro camino que el de la imposición brutal de una dictadura? ¿No existían otros medios para desarraigar o mitigar las diferencias económicas de los distintos estratos sociales? Me parece evidente que el precio pagado por los «beneficios» de la revolución es mucho más elevado que el valor real de lo obtenido. En definitiva, los uruguayos, los argentinos, los costarricenses y los puertorriqueños tampoco tienen analfabetos y dan, sin tanta alharaca, asistencia médica a sus enfermos. Los peruanos, por otra parte, se embarcaron en una revolución profunda – de la que luego, como todos, renegaron– sin fusilar a millares de adversarios ni encarcelar a otras decenas de millares.

El dilema ético, pues, que se plantea a toda persona no encallecida por el fascismo o el comunismo, es bien claro: ¿cuáles son los límites represivos a que tiene derecho un estado empeñado en la tarea del desarrollo? Para fascistas y comunistas, la respuesta es obvia: no hay límites. Al gobierno, todo puede permitírsele. Mussolini, Stalin, da igual. Para cuantos no suscriben una concepción totalitaria de la sociedad, es indispensable hallar un equilibrio entre el desarrollo y los medios para lograrlo. En Cuba se ha roto brutalmente ese equilibrio.

Los negros

La Cuba precastrista era racista. La poscastrista también, pero sutilmente y en otra dirección. Antes de la revolución, a los negros y mulatos se les vedaba el ingreso a los clubes exclusivos, a las escuelas privadas, a ciertos oficios controlados por sindicatos racistas (bancarios, gastronómicos, plantas eléctricas, telefónica, etc.). Los negros, en cambio, tenían acceso a la política, a las fuerzas armadas y a la administración pública. Es decir, el racismo era una perversión de la nación, no del gobierno. Un problema social más que oficial. No se trataba de un racismo agresivo y abierto, como el sudafricano, pero no por esto era menos repugnante. Había, sin embargo, la curiosa manía de negar la existencia de esta injusticia. Blancos y negros juraban vivir en total armonía, pese a que la evidencia negaba ese aserto.

 La revolución, en una de sus acciones más congruentes, eliminó el racismo de playas, sindicatos y escuelas, proclamando el triunfo de una sociedad nueva, igualitaria y fraternal. Pero después del acto justo le pasó la factura a la etnia negra. Dada la «generosidad» de la revolución –que sólo había hecho lo correcto– los negros y los mulatos tenían –tienen– que simpatizar con el comunismo. El negro o mulato que no está «integrado» a la revolución es doblemente traidor. Un blanco puede no ser revolucionario, y si es prudente, silencioso y obediente, acaso pueda agazaparse tras una piedra a pasar los eventos. Los negros y mulatos tienen que incorporarse. Tienen que pagarle a la revolución, con la militancia más estridente, los servicios que les ha prestado.

¿Es o no una odiosa actitud racista ésta de la revolución? Los negros y mulatos exiliados que se enrolaron en la fuerza expedicionaria de Bahía de Cochinos fueron doblemente vejados: por traición a la patria y traición a la raza. El racismo, en este sentido, es ahora oficial: los negros están obligados a suscribir un color político. Es notorio –se cuentan miles de historias– el maltrato que sufren los negros que quieren emigrar. Épocas hubo en que no se les entregaba pasaporte, o se les demoraba, además de hacerlos sufrir una canallesca serie de insultos y amenazas por la «doble-traición-que-estaban-realizando».

Hay otros aspectos del racismo de la revolución que harían temblar a los revolucionarios negros norteamericanos. En cierto sentido, los negros cubanos habían conservado tradiciones, sectas y ritos africanos con esencial fidelidad a los orígenes. Los ñáñigos, los yorubas, los congos formaban comunidades cívico-religiosas que no sólo servían para preservar las tradiciones, sino que reforzaban la identidad de esas minorías. Este culto negro, tolerado y hasta imitado por los blancos en la Cuba racista prerrevolucionaria, fue durante muchos años objeto de persecuciones más o menos veladas. Era muy sencillo: un buen revolucionario no puede ser ñáñigo (secta religiosa), utilizar un «resguardo» (una especie de escapulario) o militar en una «potencia». Luego un negro, para ser un buen revolucionario –a lo que está, por su condición negro, doblemente obligado– debe renunciar a su africanidad. Esto es, debe negarse a la negritud. Porque la «negritud» es un lujo que pueden darse decadentes y tolerantes sociedades occidentales, pero no la Cuba monolítica, unitaria (y todo lo demás) parida por la revolución. Si esa revolución hubiera

 tenido en cuenta los valores religiosos y culturales de los negros a la hora definir los valores –en términos absolutos– de la nación en su nueva etapa, hubiera actuado con justicia, pero optó por ignorar al 61% de la población cubana, perfilando una Cuba blanca y criolla, negándose a reconocer el peso de la tradición africana. Desde esta perspectiva resulta candorosa y elocuente la exportación del conocido «ballet negro» cubano. Malla y zapatillas europeas como camisa de fuerza para la oscura carne afroantillana.

Sin embargo, desde hace tres años ha habido un cambio en la actitud del gobierno con relación a las manifestaciones religiosas de los negros. Ahora se potencian. ¿Quiere esto decir que la revolución se ha hecho más tolerante? No: ocurre que Castro está inmerso en un pulso con la Iglesia Católica y hace todo lo posible por debilitar su poder. Por una parte, estimula la religiosidad negra tantos años reprimida, y por la otra intenta fortalecer los lazos con la Iglesia protestante.

El comunismo moderno –Fanon, amargamente, alcanzó a sospecharlo– es un invento europeo y blanco. Cuba, al comunizarse, se europeizó, aunque sólo fuera en la vertiente de Europa oriental. La Habana, que vagamente percibe esta realidad, padece ciertos penosos complejos. Apenas hay diplomáticos negros. Las delegaciones deportivas –la nación– están llenas de negros, pero los oficiales que las conducen –el Estado– son casi invariablemente blancos. En el Comité Central del Partido Comunista, los negros están en proporción ridículamente desfavorable. Sólo menos del diez por ciento. Lo mismo puede decirse del Consejo de Ministros. Seamos honestos: no hay una voluntad marginadora por parte de la revolución. Pero sigámoslo siendo: tampoco hay una voluntad rectificadora. Es más fácil ignorar la injusticia y llamar contrarrevolucionario o divisionista al que la denuncia, que reconocer que la revolución, a su manera –manera dogmática y rígida–, es también, acaso por la propia naturaleza del comunismo, medularmente racista. Marx había previsto la lucha de clases en un modelo de sociedad homogénea, germana, británica o gala, pero ni por asomo pensó en el mundillo multicolor antillano.

 ¿Por qué en más de tres décadas de revolución apenas se han producido matrimonios interraciales en la cúspide del poder político revolucionario? Evidente: el racismo no se liquida por decreto. En el substrato del pueblo cubano –blanco y negro– hay unos valores racistas ferozmente enquistados (los negros, claro, han aceptado la visión blanca del mundo). La revolución, que ha sido benéfica al permitir el acceso de los negros a las zonas de trabajo, diversión y estudio, anteriormente reservadas a los blancos, ha sido notoriamente perjudicial en el plano del refuerzo de la identidad de esa etnia. Black no es beautiful en Cuba, y quienes tienen razón son los revolucionarios negros norteamericanos que orgullosamente exhiben sus pasas –peinado afro–, su jazz y su perfil cultural africano. Porque de lo que se trata es de otorgar a lo negro la dignidad per se que se merece. Sólo cuando la sociedad blanca norteamericana comenzó a percibir a un negro «beatiful», por él mismo, no por lo que se parecía a los blancos, comenzó a respetarlo, ignorando entonces, paradójicamente, el accidente de su color. Fue entonces cuando sin tapujos, negros y blancos se fueron a la cama –en Estados Unidos– para demostrar, en la cópula, que el racismo comenzaba a ceder. Porque el racismo –y no pretendo, en este libro, teorizar más allá de ciertos límites– es en gran medida un temor al asalto sexual o a la competencia de una etnia extraña. Y la única manera de vencerlo es facilitando la aceleración de los índices de mestizaje. En Cuba habrá desaparecido el racismo cuando blancos y negros hayan desaparecido en una mancha mulata, y ese loable objetivo, poco sirve que la revolución ignore paladinamente la existencia de la mitad coloreada del censo.

José Martí, lleno de buenas intenciones, pero equivocado de plano, afirmaba que «cubano es más que blanco o negro», o que hablar de las razas contribuía a dividir. No puede ignorarse el hecho palmario de que la mitad de un país es blanca o negra, especialmente si hay muestras de tensión racial entre ambos segmentos. La nacionalidad cubana fue definida por criollos blancos que hicieron posible la nación en guerras en las que ellos pusieron la dirección, y los negros una parte sustancial de la tropa; o en una sociedad en la que los blancos pusieron la jerarquía y los negros el peonaje. Es obvio que este origen iba a dar de sí una escala de valores en la que lo blanco era lo más noble, lo elegante, lo «fino», y lo negro, el reverso de la medalla. La corrección de esta aberración –común, por

 cierto, a todo el Caribe–, sólo podría lograrse reforzando la identidad negra mediante la revalorización del perfil de esta etnia. Probablemente, la sociedad cubana posrevolucionaria hubiera servido a la causa de los negros, que es de lo que se trata, puesto que la solución final de los conflictos raciales no es que los blancos y negros entren juntos a la escuela y a los cabarets, sino que entren juntos a la alcoba; y para esto es menester la mutua admiración y estima. En Europa, donde la ausencia de negros esclavos hasta cierto punto evitó ese prejuicio racial, no se ignora el color de los negros, ni se les «tolera» olímpicamente, sino se les estima como negros. En Cuba, el camino que ha elegido la revolución no conduce hacia la creación de una patria racial y culturalmente mestiza, sino hacia la desaparición de todo vestigio de la aportación negra a la cultura cubana. En carta desde la Isla, un amigo, escritor y negro, me resumía el conflicto en una frase lapidaria: «Ahora somos negros blancos».

En rigor, no ha sido bien entendido el fenómeno racial que ocurre en la Isla. Sólo Cleaver, el dirigente norteamericano de los «Panteras Negras» –ayudado por la perspectiva yanqui–, y Walterio Carbonell, comunista y negro, fundador del Partido Comunista Negro en Cuba, invento non nato llevó a la cárcel por cierto tiempo, han penetrado en la cuestión más allá superficialidad habitual. Ambos han censurado el actual racismo cubano, pero no es ni remotamente probable que el gobierno rectifique su rumbo.

El castrismo vive entregado a la superstición de la «unidad», aunque ésta sea sólo aparente. Debe-darse-al-mundo-una-imagen-monolítica. Nadie exactamente para qué sirve la dichosa imagen –lo importante debería ser la esencia y no la apariencia–, pero me imagino que el régimen se lucra políticamente de esa insigne tontería. En el plano interno, en el mundillo de relaciones interraciales, son frecuentes los encontronazos. El conflicto típico –planteado miles de veces, todos los días, machaconamente– consiste en fracaso y frustración de los negros en la conquista de las blancas. La negativa de la blanca es, por definición, contrarrevolucionaria, pero la revolución, que le ha dicho que blancos y negros son iguales, no la ha enseñado a admirar y a estimar a los negros, sino pretende que de golpe y porrazo borre quinientos años de prejuicios. La consecuencia de esta tirantez son los ridículos careos en los centros de trabajo, en los que el compañero X

 –negro– acusa a la compañera Z –blanca– de prejuicios raciales por negarse a sus requerimientos amorosos –por llamarlo de alguna forma–, y la compañera Z se defiende afirmando que su negativa se debió a otras razones, mientras la «revolución» vigila con ojitos nerviosos. La revolución, en ese instante, está pidiendo a gritos un Valle-Inclán que cuente el esperpento.

Las mujeres

Uno de los más encomiables esfuerzos de la revolución es el encaminado a sacar a la mujer cubana de su papel tradicional. Sacarla de la casa, y mudarla al taller. Que «el reposo del guerrero» salga a hacer la guerra por su cuenta y se deje de tantas languideces. La revolución quiere ser feminista y de paso aumentar la producción. Eso está muy bien.

Desde principios de la revolución, se organizó un tinglado llamado Federación de Mujeres Cubanas, a cuyo frente se puso a Vilma Espín, esposa de Raúl Castro durante muchos años, una mujer de singulares dotes personales y gran capacidad de trabajo. Desde entonces, sin pausa, se ha luchado por «liberar» a la mujer. Incluso, se ha llegado a hablar de «lucha de sexos»; pero, sin duda debido a la pobreza imaginativa del marxismo, ventanuco por el que sólo se distinguen engranajes dialécticos, el esfuerzo no coincide con los logros. Las mujeres son sólo el 25% de la fuerza laboral, el 13% del Partido y el 6% de la cúpula dirigente. Entre los miembros del Buró Político, Secretariado y Comité Central del Partido Comunista, apenas hay mujeres. ¿Qué ha pasado? En primer término, que legislar en materia de esta índole es prácticamente estéril; en segundo, que hay una grave contradicción entre la revolución y el feminismo. Voy a tratar de explicarla.

En Cuba, los roles sexuales estaban muy rígidamente perfilados. Los sicólogos cubanos saben de lo que hablo, puesto que la visita más frecuente que recibían era la de los varones angustiados que comenzaban a dudar de su virilidad al notar que no cumplían con algunos de los requisitos exigidos a los «hombres». Para desempeñar su papel el espécimen testiculado debía de ser valiente, gesticular rudamente, tener unas cuerdas vocales bien coordinadas con las hormonas, ser conquistador y alardear de ello, liarse a puñetazos a la menor provocación, vigilar estrechamente la región glútea contra cualquier

 roce extraño, proteger a la compañera de miradas lascivas –a riesgo de bronca– y claro, salvaguardar el sagrado honor de la mamá. (Los cubanos dicen «mamá», aunque tengan ochenta y cuatro años). Los cubanos eran puros machos. Machos de pistola, habano, aguardiente y escupir por el colmillo. Y estos machos hicieron la revolución. Peor aún: la hicieron unos hombres –o le pusieron su acento, que es igual– que eran llamados «guajiros machos» por los otros cubanos.

La contradicción está en eso: la revolución cubana es un asunto de machos, con estilo de macho y «sicología» de macho. Si, como ocurrió en Inglaterra en la época de Heath, el presidente cubano se pusiera a dirigir un coro de niños, la gente murmuraría. Juan Almeida, el lugarteniente de Fidel, compuso unos boleros y su jefe se sintió incómodo. Los machos no hacen esas cosas. Los machos andan en jeep con grandes pistolones, haciendo revolución. ¿Cómo diablos van a integrarse cómodamente las mujeres en un proceso tan marcadamente varonil? La propia mecánica revolucionaria, inconscientemente, las rechaza. La revolución, como cierto coñac, es cosa de hombres. Toda esa retórica de «las brigadas de ataque contra el tomate», «los guerrilleros de la malanga» y otras beligerantes fórmulas de poner a la gente a trabajar, reflejan el trasfondo epicomachista de la revolución. El proceso, por lo visto, no ha sabido escaparse de sus orígenes guerrilleros. Paga su pecado original. Debe ser –para quien tiene urgencias mesiánicas– muy agradable vivir en olor de heroísmo, pero eso no contribuye a crear una sociedad en la que hombres y mujeres puedan arrimar el hombro con facilidad. Lo cierto es que, para abrir sitio a las mujeres, además de crear guarderías infantiles –que están muy bien– hay que desmachizar la nación. Aflojar, la camisa de fuerza de los roles sexuales, en primer lugar para que disminuya el índice de neuróticos, y luego para que el sexo deje de ser un aspecto determinante en la ubicación de las personas dentro de la sociedad. Las mujeres no se integran porque casi tienen que dejar de ser mujeres para integrarse.

Prefiero repetirme a no dejar las cosas en claro: la mujer cubana, presa también de valores seculares en conflicto con la revolución, no puede integrarse decididamente a un proceso en contradicción con lo que ella vagamente entiende que es su femineidad. La

 revolución sigue siendo la obra de ciertos machos heroicos que todo lo conciben con pupila de guerrillero en campaña. Fidel, que es el supermacho, el «caballo», como lo llaman sus partidarios por asociación con el supuestamente más viril de los animales, es quizá el inmediato e inconsciente culpable de este fenómeno. No hay dudas de su buena fe ni de las magníficas intenciones de la revolución, pero para tomar el camino adecuado tendrían que escribir otra mitología, adoptar otros ademanes y castrar a la revolución. Tendrían que echar las bases de una sociedad totalmente neutra, asexuada. Si revolucionar es echar abajo estructuras y sustituirlas por otras más justas, lo revolucionario sería quitarle el acento masculino, el estilo machista que preside la vida pública cubana; pero eso sería tanto como pedir otra revolución distinta a la que tenemos, y sería, además, pedirles a un dirigentes pletóricos de testosterona, satisfechos y orgullosos de su labor –cada dirigente, a la hora de abrocharse la bragueta verde oliva y comprobar el seguro de la pistola, refuerza su ego varonil y se congratula de su condición de macho tremebundo– sería pedirles, en fin, que renunciaran a uno de los aspectos de la gloria del poder en ese mundillo caribeño. Peras al olmo, como quien dice.

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