11. Libertad y represión


CAPÍTULO 11 LIBERTAD Y REPRESIÓN

La libertad

No hagamos asquitos. Vamos a hablar de la libertad con la mínima cantidad posible de retórica. La palabreja, tradicionalmente, ha sido un refugio de pícaros y demagogos. El curita Sepúlveda, por ejemplo, llegó a invocar la libertad para justificar la esclavitud de los negros. La derecha autoritaria hace siempre unos graciosos malabares semánticos entre «libertad» y «libertinaje», para acabar suprimiendo una y otro. Los comunistas manejan un lenguaje obsceno con el que matizan entre libertades formales y libertades reales. Las formales son las que no valen, las falaces: la libertad de expresión, de constituir partidos políticos y organizar parlamentos, la libertad de cuestionar la esencia del Estado o los dogmas vigentes. Estas libertades de las democracias burguesas son las formales, las que no sirven. Las reales son las otras, las que ellos propugnan. Las reales, por cierto, no acaban de perfilarse claramente. Tienen algo que ver con la dignidad proletaria, pero no está muy definido por dónde van los tiros. Nebulosa y retórica. Vamos al grano: en Cuba, por supuesto, no hay libertades formales. No creo que nadie en sus cabales me regatee la veracidad de esta afirmación. El régimen no cree en eso. Allá las democracias burguesas con sus inventos. Pero tampoco –aceptemos la denominación leninista– hay de las otras. No hay libertades reales.

Dejemos de lado la libertad de prensa –la primera que me viene al caletre–, la de crear partidos políticos u oponerse al sistema, organizar huelgas, etc. Nada de eso es necesario en la patria de los trabajadores. No las toquemos. Son abstracciones. Pompas de jabón. Vamos a las libertades rabiosamente reales. No hay libertad de movimiento porque el estado regula rigurosamente los desplazamientos internacionales de los cubanos; no la hay porque la emigración sólo es posible en circunstancias penosísimas y excepcionales. No hay libertad vocacional porque los altos estudios especializados –universitarios o no– son un privilegio de las personas integradas al sistema, no hay libertad de cambiar

 funciones de trabajo porque el Estado, único patrón, decide dónde y por cuánto tiempo va a trabajar el cubano; no puede éste voluntariamente apartarse de los mecanismos de producción, porque el ocio es un delito tipificado en los códigos. El que no trabaja, no come y va a la cárcel. No puede el ciudadano de esa isla mudarse libremente de ciudad, porque el Estado –único que puede hacerlo– no le suministraría vivienda, a no ser que el traslado se haga por orden suya. No puede el cubano decidir qué va a vestir o comer, porque los imperativos económicos han dictado sucesivos planes quinquenales de racionamiento; no puede libremente elegir sus amistades, porque cualquier relación con ciudadanos «no integrados» lo hace reo de las peores sospechas; no puede elegir y practicar una creencia religiosa sin que automáticamente este «atavismo» lo invalide para ascender dentro de la estructura económica y social comunista hasta su nivel potencialmente legítimo, pese a las cacareadas reformas del IV Congreso del Partido Comunista de octubre de 1991. Si se casa, no puede poner piso aparte porque no hay viviendas disponibles, y no las hay porque el Estado, sin consultarle, ha hecho la escala de prioridades, y ya se sabe que la vivienda no es una inversión productiva, por lo cual invariablemente la postergan dentro de las economías socialistas. Lo que quiero decir es que el derecho a la intimidad, la libertad de constituir un núcleo familiar independiente está, en la práctica, coartado por la ausencia de viviendas. La misma historia le cuadra al divorcio. Dolorosamente, las parejas posponen matrimonio o separación, hasta que un techo independiente permita que ejerzan la libérrima decisión de tirarse flores o trastos a la cabeza. ¿Se quieren unas libertades (ausentes) más reales?

Si el ciudadano del «primer territorio libre de América» no puede escoger libremente, sin consecuencias, su trabajo, su techo, su domicilio, sus amigos, sus estudios, y los estudios que quiera darle a sus hijos, la fecha de su boda o de su separación, su religión, sus gobernantes, su credo político, sus lecturas, si no puede, siquiera, emigrar libremente con lo que tiene puesto, ¿puede alguien decir en qué diablos consiste su libertad? ¿Cuáles, por Dios, son las libertades de que ahora disfruta? ¿La libertad de tener un trabajo obligatorio, atención médica, cierta mínima cantidad de ropa y comida? Esas no son libertades: no confundamos el rábano con las hojas. Medicina, ropa, comida y estudios (a veces) son la moneda con que malamente se paga el trabajo, y nada más. El salario que

 produce cierto esfuerzo. La libertad entraña siempre una toma de decisiones personales. Ser libre es asumir posturas, y aventurarse a actuar de acuerdo con ellas. Libre es quien dentro de los límites de su particular circunstancia se mueve sin impedimento. Libre es el que rechaza. El que tiene que acatar no es libre. Tal vez acepte la coyunda de buen grado –ésa es otra cuestión–, pero no es libre. Fromm, en El miedo a la libertad, describe perfectamente el fenómeno del hombre que prefiere que le den la vida hecha antes de correr los riesgos de hacérsela con sus propias elecciones. Ese animalito tembloroso que prefiere que le asignen un trabajo, unos alimentos, un techo, un horario, unas normas de vida antes que tomar decisiones que puedan poner en peligro su mundillo. Esa pobre y respetable fauna dispuesta a pagar con obediencia ciega la seguridad que se le brinda, más o menos como el perro casero soporta los rigores del amo por no perder el trozo de carne.

¿Qué duda cabe de que la revolución, para estos peculiares espíritus, ha sido benéfica por lo menos mientras pudo alimentarles? Pero, ¿se justifica toda la máquina autoritaria por las rentas que perciben los pusilánimes y los desvalidos? ¿No era posible crear una estructura político-económica que permitiera el ejercicio de las libertades formales y reales, y que al mismo tiempo garantizara, con un mínimo de decoro, las necesidades materiales de los ciudadanos sin urgencias autonómicas? Esos Estados existen, a pesar de sus mil imperfecciones. Países en los que no se va a la cárcel por escribir o leer un periódico, y en donde el más infeliz de los ciudadanos tiene acceso a los alimentos, a la escuela, al hospital. Comunidades llenas de defectos estructurales, pero en las cuales los hombres no habitan mansamente su destino, sino lo elaboran a base de decisiones personales. En Cuba, nada de eso es posible. Allí, lo que no está prohibido es obligatorio. La vida viene hecha.

El miedo y la simulación

De acuerdo: siempre al Estado –con razón– se le teme. Es el único depredador autorizado a matarnos de un trancazo, a sentarnos en una silla eléctrica, o a meternos en una celda toda la vida. Puede hacernos cosas horribles. Hay razones muy válidas para tener miedo frente a un policía, un juez, un código penal. Yo-que-no-he-hecho-nada, confieso mis

 temores ante un simple sereno. Ante un guardabosques. Ante todo señor que lleve un garrote a la cintura. A lo mejor, ellos sí son capaces de «hacer algo».

El Estado –que siempre es un orden, unas jerarquías y unos códigos– se sostiene en todas las latitudes a base de la cuota de miedo que abonan los ciudadanos. El respeto a la ley no es otra cosa que cierta desagradable presión sobre la vejiga. Probablemente sea inevitable la existencia de algún terror oficial. No discuto este extremo. Pero es indiscutible que a menor cantidad y densidad de miedo, más respirable es la atmósfera del Estado. El totalitarismo marxista no es insoportable porque no exista la propiedad, sino porque se pasa mucho miedo. Demasiado miedo. La presión sobre la vejiga es constante, los sudores fríos no cesan. Marx nunca supuso que su teoría, por lo menos por un tiempo, se salvaría del naufragio flotando en tila y pasiflora. Pero es así, y especialmente en Cuba, donde el gobierno se siente inseguro. Por culpa de la dichosa inseguridad, mata y encarcela más de la cuenta. Castro y su equipo podrían permitirse el lujo de algún Sajarov

o Solzhenitsyn criollo, como hicieron los rusos, pero al menor movimiento disidente contestan con un manotazo. Nadie que conozca la realidad cubana podría pensar en uno de los insólitos espectáculos de protesta que se llevaron a cabo en el Este durante la transición a la democracia. El terror local, con mucho, es superior al ruso. El miedo, por lo tanto, más abundante. ¿Quiénes tienen miedo, y por qué?

En primer lugar tienen miedo los no integrados. Los millones de hombres mujeres que no simpatizan con la revolución. Tienen miedo de que se les acuse de «actividades contrarrevolucionarias», de «sabotaje a la producción, de propalar rumores, de oír Radio Martí, de delitos contra los poderes Estado, de acaparar víveres, de ausentismo, de vagancia, de hábitos y mentalidad burguesa, de querer salir ilegalmente del país, de inutilizar un teléfono público o de celebrar la muerte del Che Guevara. (Concretamente, eso último le costó una sentencia de diez años a un sujeto de veinticuatro llamado Mateo Gavilán Cifuentes). Tienen miedo, prosigo, de que una indiscreción de un hijo pequeño revele en la escuela el criterio de sus padres. Tienen miedo de recibir una carta comprometedora del exterior. Tienen miedo de acudir a los servicios religiosos, de

 bautizar a los hijos, de dejar ver su condición no comunista Tienen miedo –éste es uno de los temores más constantes– de estar en un lugar donde ocurra un hecho contrarrevolucionario, o un simple y fortuito incendio de naturaleza desconocida, e ir a parar a la cárcel porque el gobierno esté convencido de su culpabilidad. Tienen miedo de hablar, y hasta de escuchar, puesto que no delatar al opositor al régimen es tan delictivo como ser de la oposición. Tienen miedo de irritar al señor o señora del Comité de Defensa de la Revolución de su calle, pues en el mejor de los casos pueden hacerles la vida imposible. Tienen miedo de estar alegres y que eso se juzgue como altanería, o melancólicos y se piense que exteriorizan su desagrado. Acaban teniendo miedo de las luces y de los ruidos, como las ratas, porque, como las ratas, están siempre en peligro de morir implacablemente pisoteados.

Luego, en segundo lugar, tienen miedo los integrados, los que están con el sistema. Estos temen no hacer bien patente la militancia, no colgar suficientes retratos de Fidel o no citar a Marx con la frecuencia debida. Temen perder la preponderancia que les ha ganado la adhesión al sistema, temen que alguna duda –porque no serán tan imbéciles que alguna vez no duden– les asome en la mirada. Temen que algo anormal ocurra en el perímetro de su responsabilidad y se les acuse de haber «bajado la guardia» frente a los enemigos de la revolución. Temen mantener vínculos afectivos –estrictamente prohibidos– con parientes contrarrevolucionarios, y temen acercarse humanamente a quien no pueda exhibir una hoja de servicios al proceso que vive el país. Los partidarios, además, tienen sobre sus cabecitas el machete de Damocles –en Cuba sería un machete, ¿no?– de las metas y la producción. Temen que no llueva. Temen no cumplir con las normas de producción asignadas; temen las emulaciones y toda la presión que sobre ellos aplica el gobierno en la búsqueda de un aumento de la producción. Este miedo de los partidarios opera en relación inversa a la posición que se ocupa. Mientras menos importante se es dentro del sistema, más miedo se pasa y, por lo tanto, más se gesticula para patentizar la devoción política. En la oposición, el miedo no hace maromas matemáticas. De arriba a abajo, todo el mundo lo pasa más o menos igual. No estoy hablando de miedos metafisicos, sino de muy desagradables síntomas fisiológicos que van desde el sudor de las manos hasta la micción de orina. Saber que del capricho o la mala voluntad de un vecino depende la

 integridad física o el destino de una familia, es para ponerle la carne de gallina a cualquiera. Los siquiatras y sicólogos cubanos han descubierto, desde hace muchos años, un desmesurado aumento de desórdenes nerviosos –los únicos desórdenes permitidos por ese estricto gobierno de reglamentos y garrotes–, especialmente de estados paranoicos con manías persecutorias. En rigor, los desórdenes tienen un origen indudable: se vigila y persigue constantemente. Los más débiles acaban magnificando estos extremos del estado policiaco, pero en sus comienzos la sensación de persecución era correcta.

La contrapartida del miedo es deleznable: la simulación. Cuba es hoy un país de simuladores. Todo el mundo –menos los casos más agudos de irresponsabilidad– simula cosas. Simulan no ver gente «comprometedora». Simulan estar satisfechos y contentos con el sistema, con el jefe inmediato, con el otro jefe, con el jefe máximo. Se simula gratitud a la escasa cuota de comida, o al trabajo voluntario. Los jerarcas, que no se chupan el pulgar, saben que la ausencia de censuras públicas u oposición tiene que ser irreal; pero el totalitarismo vive de apariencias y no de esencias. Lo que les importa es retratar en Granma o en Bohemia a un trabajador manco que con la mano intacta, mientras cantaba el himno, cortó mil arrobas de caña en un día. Que la gente se queje corazón adentro, o en la ducha, es algo que no le quita el sueño a la jefatura revolucionaria. Tal vez una de las consecuencias más feas del estado policiaco sea la castración masiva del pueblo cubano. Ese país de marionetas obedientes y solícitas alguna vez fue una tierra de gentes altivas y levantiscas hasta que el miedo les comió la valentía. Ese penosísimo espectáculo del exiliado recién llegado, aún con los reflejos condicionados por la represión, que habla con voz queda y mira hacia todas partes antes de emitir una censura, es todo un juicio crítico. Ese recién llegado tendrá que aprender que andar por ahí con una máscara puesta puede ser muy doloroso al cabo de cierto tiempo. Tendrá que aprender que es legítimo quejarse, protestar, oponerse, opinar, rebelarse, discutir y desplegar cuanta actitud subraye la autonomía individual. Tendrá que olvidarse de los días del miedo. Y de las terribles noches del miedo.

 Sexo bueno

Durante estas tres décadas de oprobio y bobería, el sexo de los cubanos ha estado en el medio. En las sociedades burguesas, el sexo queda a la izquierda. En las comunistas, a la derecha. Me explico: los marxistas de París o Nueva York son muy liberales, aplauden la porno, y antes del SIDA simpatizaban con los más promiscuos experimentos comunales. Los marxistas de La Habana, en cambio, andan muy preocupados persiguiendo la pornografía –ese decadente vicio burgués–; son decididamente monógamos, seriecitos, resueltamente heterosexuales y muy recatados. Todo un prodigio de moral judeocristiana.

Wilhelm Reich ha explicado con lucidez el papel del sexo y su represión en las sociedades fascistas. Es indispensable que un sociólogo de ese calibre se ocupe de este tema en las sociedades comunistas. La cubana lo está pidiendo a gritos. La secta calvi(comu)nista que le ha caído encima, le transmite ese linaje represivo heredado del marxismo por parte ideológica y –también– por la tradición histórica del país. Hay muchas contradicciones, que iremos viendo, pero vaya por delante que el sexo es uno de los temas que más nervioso pone al gobierno cubano. El asunto es muy vidrioso. Desde siempre, los Estados han intentado seguir la conducta sexual. Sólo desde hace unos años, con Marcuse, Fromm y los herejes marxistas –prohibidos como el demonio en el mundo comunista– que postulan un comunismo no represivo, es cuando comienza a aflojarse la lista de proscripciones formuladas por el Estado en lo tocante al sexo. Occidente avanza hacia posiciones menos rígidas. Transita en dirección a la tolerancia. El sexo, poco a poco, va desapareciendo de la ética. Cada vez son menos importantes las actividades realizadas al sur del ombligo.

En Cuba, la viril y caballeresca casta comunista marcha a contracorriente. Primero se hizo un drama colosal «del problema de la prostitución». En Cuba había prostitución como la hay en España, Francia, Japón o México. Uno de los argumentos para justificar la revolución ha sido la erradicación de la prostitución pública (la otra, claro, es inextinguible). Esto es tan demencial como echar abajo media España para acabar con la madrileña «costa Fleming», o tomar París para clausurar el Moulin Rouge y pasar por las armas a Toulouse Lautrec. Por supuesto que la prostitución es una calamidad social,

 especialmente por lo que tiene de denigratorio para las prostitutas, y por incubar, además, una mafia parásita; pero la prostitución no es peor que el alcoholismo, y por supuesto es mejor que la intolerancia y la estrechez de miras del gobierno . Lo que realmente ocurrió fue que llegó al poder un sistema hondamente represivo en materia sexual, dirigido por un equipo trasnochado de comunistas con mentalidad burguesa. Tras cerrar los prostíbulos –eliminar la prostitución es otra cosa– el gobierno clausuró las «posadas» (aquellos hoteles discretos para parejas furtivas). Pero, pese a Lenin, los enamorados –o lo que fuesen– seguían acostándose, sólo que ahora lo hacían en los parques oscuros, en las plazas alejadas, en los coches. El gobierno, asustado, permitió la reapertura de varias «posadas»; como eran pocas, las colas de parejas ansiosas y angustiadas no se hicieron esperar. Se repartieron turnos. «Que pase la pareja número dieciocho». Con una carrerita nerviosa entraban atolondrados amantes. Si regresaban rápido, la fila aplaudía; si demoraban había rechifla. Cuando comenzó la escasez –en fecha tan temprana como 1962– las parejas debían llevar, además de dinero, las sábanas, las fundas y el jabón. Mujeres adúlteras o simplemente tímidas, adoptaron resoluciones heroicas: gorros de papel periódico, calados hasta los hombros. Caperuzas hechas de Granma para proteger levemente el honor en peligro. Al proceso revolucionario cubano, desde afuera, le pasa lo que al kitsch: parece serio, pero tan pronto como nos acercamos se le ve el pelo. El esperpento le sale. Quien ha visto en la cola del ayuntamiento –del otro ayuntamiento (el carnal)– a una dama tapada con un periódico que dice, a ocho columnas, «EL PUEBLO UNIDO JAMÁS SERA VENCIDO» sabe lo que digo. En todo caso, es milagroso que la cópula no haya desaparecido del repertorio de costumbres cubanas. Milagroso.

Después de la batalla contra la prostitución y contra las posadas, se declaró zona de tolerancia el Bosque de La Habana, como una salida airosa a la firme determinación del pueblo cubano en materia de acoplamiento. Un avance. A fin de cuentas, es mejor luchar contra los mosquitos que contra las colas. Más adelante, demostrando una bobalicona mentalidad burguesa, el gobierno se dio a la caza de gentes amancebadas para casarlas legalmente. Se celebraron jubilosas bodas colectivas en las que parejas con treinta años de convivencia, de apareamiento frecuente, hijos y nietos, calvos ya y canos, se casaron.

 Firmaron documentos e intercambiaron anillos. Todo deliciosamente corintelladesco. Ejemplar. (Engels rechinaría los dientes).

En cuestiones de adulterio, el Partido funciona como una especie de laico y profano Tribunal de la Rota. Hace años se hizo famoso un juicio público (público para los dirigentes del Partido) en el que se juzgó un pedestre y vulgar triángulo amoroso entre una dama (Edith García Buchaca), un caballero engañado (Carlos Rafael Rodríguez) y un amante incontenible y fogoso (Joaquín Ordoqui, «el Bizco»). El problema era que los comunistas no hacen esas cosas feas; y cuando las hacen, arde Troya. El juicio fue largo y sonado.

Guillén, Blas Roca, Lázaro Peña, Escalante, ocuparon la tribuna. Hubo reprimendas y sanciones morales. Durante la revolución han sido frecuentes conflictos parecidos, pero a niveles más bajos. La peor ofensa de una dama a la revolución es engañar a su marido mientras éste hace guardia. Si lo engaña con otro revolucionario, está mal, pero ¡ay si lo engaña con un varón no integrado! Inmediato juicio público en el Tribunal Popular y fuertes sanciones. La revolución cuida celosamente la honra y el pundonor de los comunistas. Se cuenta, por ejemplo, sotto voce, que al comandante de la revolución Eddy Suñol le intervinieron el teléfono por desconfianza política, pero lo que afloró fue el adulterio de su esposa. La Seguridad cubana, ni corta ni perezosa, llamó a Suñol y le hizo escuchar la cinta. Poco después, Suñol se dio un balazo en la cabeza. El honor de la revolución y de Suñol estaban salvados (¡Cornudos del mundo, uníos! ¡No pasarán!). No obstante lo anterior, descrito sin seriedad, entre otras cosas porque no creo que se pueda hablar solemnemente del costado tragicómico de las cosas, la revolución se ha abstenido de reprimir o condenar las relaciones sexuales de los jóvenes –hembras y varones– solteros. Más aún, probablemente esas relaciones se den hoy con más frecuencia, con lo cual, por lo menos estadísticamente, la revolución habrá contribuido a liberalizar el sexo en ese sentido, aunque todavía ande muy lejos de Europa septentrional, Norteamérica y la propia Europa oriental El aborto, prohibido en la Cuba de antes, pero tolerado, es hoy gratuito, público y al alcance de cualquier mujer, casada o no, que lo desee. Lo mismo puede afirmarse de ciertos anticonceptivos, concretamente los conocidos como IUD

 (Intra Uterine Device). Las nuevas leyes de divorcio, por otra parte, han convertido en mero trámite la disolución del vínculo matrimonial. El divorcio es hoy frecuentísimo en Cuba.

¿En qué consiste, pues, esta extraña conducta de la revolución, que por un lado reprime y por otro liberaliza? El secreto es el mismo que se esconde en todas las contradicciones del sistema. Los comunistas han fabricado un mundo ideal con arreglo a la mitología de sus libros sagrados. Estos textos postulan el pensamiento ortodoxo de la secta, y todo lo que se salga de esos rígidos conceptos es herético y revisionista. Y como pasa con todo eso, hay que reprimirlo para que la conducta no se aleje de los dogmas, para que la práctica, aunque sea a las malas, no se divorcie de la teoría.

De acuerdo con esto, los comunistas cubanos conciben las relaciones sexuales como el encuentro de una madura pareja heterosexual, no adúltera, discreta y preferentemente con fines «serios». Todo lo que se aleje del esquema es contrarrevolucionario. Una dama comunista no puede ser promiscua ni lesbiana. Un caballero comunista no puede ser homosexual ni conquistador. Un revolucionario no puede entregarse a los placeres de la dolce vita, porque hay leyes tácitas y explícitas que lo condenan. El comandante Ameijeiras, asaltante del Moncada, expedicionario del Granma, héroe revolucionario de Girón, es hoy un empleadillo de cuarta fila por transgredir las normas. No es el único caso.

Sexo malo

Es un problema anatómico. En Cuba el homosexualismo ha pasado de ser una fijación anal a ser un dolor de cabeza. Rarezas del mundo socialista. Las razones han sido brevemente explicadas en el epígrafe anterior. La revolución cuenta con una especie de Manual del Perfecto Comunista, en el que aparece un obrero vigoroso, gallardo, trabajador, patriota, desinteresado, heterosexual, monógamo y austero. El maravilloso hombre nuevo fabricado por el doctor Castrostein. Bravo.

 En la moral de este espécimen paradigmático están inscritas ciertas prohibiciones extraídas de la tradición judeocristiana. Una de ellas es el horror al homosexualismo. Por lo visto, un buen marxista, además de saberse El Capital, tiene que exhibir un impecable sistema endocrino. Al Partido se pertenece en cuerpo y alma. Lo del cuerpo incluye los genitales y el orificio excretorio. Puntillosos que son estos camaradas. No hay duda de que la revolución cubana está cubierta por una hirsuta capa de machismo.

Al gran-macho no hay cosa que le ponga más nervioso que la vecindad de una criatura sexualmente ambigua. Es como si temiera el contagio. Cuando el gran-macho se convierte en conductor de una empresa político-revolucionaria, las actitudes que se alejen de su patrón de comportamiento serán calificadas de contrarrevolucionarias. Especialmente la conducta homosexual, antípoda de la machista. No se sabe exactamente cuándo comenzó lo que con humor negro se ha llamado «la cacería de locas». El McCarthy hormonal del régimen es el propio Fidel Castro, pero Raúl y otros jerarcas han instigado la persecución. En 1965 comenzó la «depuración» en las universidades.

Centenares de estudiantes fueron acusados de homosexualismo y expulsados de la universidad. En algunas facultades –Letras, Medicina– la represión fue implacable. La Unión de Jóvenes Comunistas y la Federación Estudiantil Universitaria dirigieron la campaña. Las acusaciones eran increíbles: «Escribe poemas raros», «lleva el cabello largo», «se les ve siempre juntos». Muchachos y muchachas fueron expulsados sin otra prueba en contra que el prejuiciado criterio de la tribu leninista. En ciertas zonas de La Habana, concretamente en el perímetro conocido como La Rampa, empezaron a reunirse grupos de adolescentes, homosexuales y heterosexuales, vinculados por el gusto a la música rock, la poesía, el arte, y los rasgos comunes de la juventud occidental: ropa ceñida, cabellos largos, cierto desaliño. Dada la paranoia machista, todo eso era contrarrevolucionario y, por lo tanto, punible. A toda prisa se creó la figura delictiva conocida como «lacra social» y se erigieron campos de trabajo forzado para «corregir» esas desviaciones: los tristemente célebres campos de la UMAP (siglas inocentes de un nombre que poco aclaraba: Unidades Militares de Ayuda a la Producción). Rigor, malos

 tratos de obra y palabra, burlas, cabezas afeitadas, trabajo de sol a sol, hamaca, piso de tierra, comida escasa y pestilente, ése era el decorado de la UMAP.

Los campos se iban abarrotando, puesto que los procedimientos de arresto eran más expeditivos: en La Rampa, soldados armados detenían a todos los jóvenes, hombres y mujeres, que se les antojaban raros, y los trasladaban a la cárcel en autobuses estacionados en las proximidades.

Luego, en la Seguridad del Estado, la temible policía política, comenzaba un cruel espectáculo a medio camino entre Torquemada y Beria. Por un lado, el lenguaje teológico de «expiar culpas», «pagar el mal comportamiento», y por otro el de la «traición a la revolución por adoptar costumbres burguesas». Los detenidos, muchas veces, eran jóvenes comunistas que descubrían de un mazazo en el alma que la expresión sexual y la ideología que ellos habían elegido eran definitivamente incompatibles. Del espionaje sexual no se salvaba nadie. A Mirta Aguirre –la veterana comunista– le fue registrada su casa en la playa, por orden de la directora de Cultura. Buscaban pruebas de su conducta desviada. Alfredo Guevara, el director del Instituto del Cine, estuvo al borde de ser despedido. Le salvó su personal vinculación con Fidel y Raúl Castro desde los lejanos días universitarios. Le pidieron, eso sí, que «limpiara» el ICAIC de homosexuales y lesbianas y que adoptara siempre una conducta discreta, porque la revolución sería inflexible en cuestiones de moral.

Aunque uno solo de esos atropellos bastaría para condenarlo, recuérdese que la población homosexual suele situarse entre un 3 y un 1% del censo adulto, con lo cual esta persecución aterrorizó cruelmente a cientos de millares de cubanos. Las reacciones de estos hombres y mujeres acosados por el Estado fueron variables. Entre los artistas de cine y teatro llegó a formalizarse una protesta que nunca se hizo pública, pero que Raquel Revuelta, la primera actriz de Cuba, conocida desde entonces como «Nuestra Señora de las Locas», elevó al gobierno, inútilmente. En el círculo de escritores y artistas, las detenciones y vejaciones fueron múltiples. Virgilio Piñera, Lezama Lima, Ballagas, Antón Arrufat, Miguel Barnet, José Mario, Ana María Simo, Rodríguez Feo y decenas de

 poetas y artistas plásticos fueron a parar a la cárcel, unos por breves horas, «para asustarlos» –cosa que lograban a la perfección–, y otros por meses y hasta años.

Siguiendo el canallesco modelo médico de enfermedad mental-tratamiento, en algunos casos –Ana María Simo, por ejemplo–, llegaron a utilizar electroshock, además de las amenazas y el encierro.

El pánico cundió entre los homosexuales. Se realizaron matrimonios de conveniencia para ocultar la real naturaleza de los cónyuges. El gobierno no buscaba –nunca lo busca– realidades, sino apariencias. Quería hombres con cabello recortado, pantalones anchos y guayabera inequívoca, aunque ese atuendo escondiera a una criatura feminoide. Lo importante era la maldita imagen de la revolución. Se produjeron varios lamentables suicidios (Calvert Casey, Acosta León). Los homosexuales, acorralados por los «cuadros del partido en sus centros de trabajo o estudio, y hasta en el seno de familias fanáticas, adoptaron actitudes silenciosas y humildes, «para que se les perdonasen sus pecados». De ellos se esperaban y se lograban posturas de abyecto sometimiento. Una especie de mea culpa constante en procura de la gracia que la generosa revolución les otorgaría como premio al arrepentimiento por sus vidas licenciosas. Cualquier parecido con otros modelos de represiones morales no es pura coincidencia.

En cierto momento, la revolución cubana –sus líderes, que son los que deciden, y en especial el Líder– tuvo que elegir entre la mala prensa internacional que le ganaba la cacería de homosexuales o tolerar la inevitable presencia de este fenómeno. A duras penas, convencidos de que el «vicio» no era «erradicable», optaron por suprimir los campos de la UMAP, pero marginando a los homosexuales de la universidad, del Partido, del magisterio, y de toda posición de alguna importancia. Hoy, como una especie de símbolo de lo ocurrido, han vuelto a La Rampa, tímidamente, los jóvenes que no se adaptaban al marco rígido y unívoco de la revolución, pero no sólo la policía los molesta con frecuencia, sino que los exhiben como animales raros. Uno de los puntos de obligada visita en los planes de turismo-propaganda con que el gobierno enseña su obra a los extranjeros, es la heladería Copelia, muy cerca de La Rampa. Allí, invariablemente, un

 guía gallardo, varonil, con voz bien impostada, señala a los «raros» con su índice y les explica a los turistas que las revoluciones no pueden ser perfectas, y que no han podido limpiar al país de «aquellos animales feminoides o viriloides que están allá enfrente, mientras el resto del país construye un radiante futuro comunista». En lo que esto ocurre, en lo que se produce la «limpieza», estos cubanos son ciudadanos de cuarta clase. Judíos con el sambenito encima y a la temerosa espera del pogrom súbito y brutal.

La religión: el catolicismo

En Cuba no han colgado a los curas de las farolas ni han violado a las monjas. La revolución se ha limitado a suprimir cualquier forma de influencia que pudiera tener la Iglesia como institución. Se confiscaron los colegios y universidades religiosos, se expulsó a una buena cantidad de sacerdotes y monjas, se suprimieron las publicaciones, horas de radio, televisión y cuanto medio de proselitismo tenían a su disposición. No quedaron procesiones ni fiestas religiosas oficiales en el calendario cubano. Se trasladó la fecha de la Navidad al 26 de julio con el objeto de no dejar siquiera una época del año con significado religioso. En Cuba, Cristo nace en medio de la algarabía de la conmemoración del asalto al Moncada. Nace con cañonazos por villancicos. El gobierno mantiene que, pese al censo oficial, Cuba no era un país católico. O sólo lo era en sus manifestaciones externas, y eso en determinados sectores. Algo así como unos cuantos ricos que iban a misa. Hay algo de verdad en todo esto. El catolicismo cubano en su forma más popular sólo llegaba a la ingenua devoción a «Cachita» –la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba–, y en su expresión más aristocrática, a la pordiosería enjoyada de la Liga contra el Cáncer. No creo que hubiera una militancia católica como la española, la colombiana o la chilena. La jerarquía eclesiástica apenas tenía peso específico en la opinión pública. Tampoco había anticlericalismo ni ateísmo militantes. Simplemente la Iglesia había ido perdiendo poder. Una pastoral tremebunda, que en otras latitudes pone a temblar a los gobiernos, en Cuba pasaba inadvertida. La Iglesia estaba fuera del juego. En la década de 1950, sin embargo, revitalizada por cierta sensibilidad social, comenzaba a operarse un cambio. A través de la Juventud Obrera Católica y la Agrupación Católica Universitaria, la Iglesia iniciaba su reingreso en la lucha por el

 poder temporal. Sin riesgo alguno puede afirmarse que de no haber ocurrido el fenómeno Batista-Castro, y por consiguiente la ruptura del orden institucional, los cuadros de dirigentes católicos hubieran accedido al poder quizá en la década de 1960. Amalio Fiallo, Angel del Cerro, José Ignacio Rasco y otras figuras de cierto brillo vinculadas a la Iglesia, se movían hacia «Palacio» a una tremenda velocidad. La insurrección contra Batista los paró en seco. La Iglesia continuó fuera del juego.

Esto explica que, a diferencia de lo que ocurrió en Polonia, los comunistas cubanos no han tenido que pactar con el Vaticano. La Iglesia carecía de un respaldo popular espontáneo capaz de poner en crisis al gobierno. Y también explica la actitud apaciguadora de la Iglesia: o negocia, o desaparece. Si quiere permanecer en suelo cubano, aunque sólo sea para ejercer los rituales del culto, tiene que admitir pacientemente los atropellos del gobierno, aunque esa actitud ha cambiado sustancialmente en los últimos tiempos. Las pastorales del arzobispo Ortega a fines del 1991, el Mensaje de la Conferencia de los Obispos Católicos de Cuba en septiembre de 1993, y los ataques de Granma a la Iglesia demuestran que las relaciones hoy, en vísperas del final, son tremendamente tensas.

Bien, eso es lo que ha perdido la Iglesia. Los creyentes también han perdido lo suyo. En Cuba no se persigue a los católicos. Simplemente se les tolera, aun cuando en el IV Congreso se les ha invitado a ingresar en el Partido. Eso no es serio. Se les sigue viendo con cierto desprecio irónico. Igual que los blancos arrogantes contemplan a los cafres. El gobierno entiende que heredó unas tribus irracionales –los creyentes– que no puede eliminar. De manera que evita que proliferen y deja que la biología los mate poco a poco. A fin de cuentas, el tiempo es el más eficaz genocida. «Dentro de veinticinco años –dijo Raúl Castro– habrá menos católicos que manatíes». El manatí es un raro mamífero acuático que de vez en cuando se asoma por los ríos cubanos. La diferencia es que en Cuba existe una orden tajante de no cazar manatíes, pero no han sido tan explícitos con los católicos. No los cazan, pero los acosan. Nadie impide que señor entre en un templo a rezar, pero semejante hecho le señala como un contrarrevolucionario potencial. Definitivamente, no se puede ser comunista y católico al mismo tiempo. Los comunistas

 se cansan de repetir esto a viva voz, con toda honestidad, pero hay ciertos católicos empecinados en que sí, en que es posible. La fauna charlatana de la «teología de la liberación» se entretiene sin recato en estos devaneos. En Cuba hay un pequeño grupo de «católicos con la revolución» que juegan a esa contradicción sin mucha gracia. El gobierno no los incorpora, sino los utiliza. A una escala tétrica, los nazis, sin dejar de despreciarlos, también utilizaban capos judíos para aterrorizar a sus correligionarios en los campos de exterminio. Si un cubano consigue, al mismo tiempo, ser católico y comunista, el régimen lo «usa». No lo distingue, pero lo usa. Por supuesto, su condición de católico comunista no le autoriza a criticar al gobierno desde los valores católicos. Se le admite que obedezca, pero nada más. Manuel Fernández, serio estudioso de las relaciones Iglesia-Estado en Cuba, ha señalado cómo la «teología de la liberación» se convierte en Cuba en una farsa de señores obedientes que no encuentran una injusticia que señalar, ni un crimen que denunciar. Esas cosas, por lo visto, sólo se hacían en el Chile de Pinochet, pero no en el perfecto paraíso antillano.

No obstante, el plan gubernamental de dejar que el catolicismo muera por consunción parece estar fracasando. La asistencia a las iglesias aumenta, y los templos comienzan a llenarse de cubanos de todas las edades que buscan en la Iglesia la comprensión y la solidaridad que les niega el gobierno. Quizá eso explique el temor de Castro a la revitalización evidente del catolicismo que está ocurriendo en Cuba.

La religión afrocubana

Con menos poder temporal, pero quién sabe si con más arraigo popular, existía en Cuba el culto religioso de origen africano, casi siempre mezclado con el santoral católico. Santa Bárbara, San Lázaro, San José, San Cristóbal eran agentes encubiertos de la teología africana. Con el tiempo, Roma descubrió el truco y pidió aclaraciones. En una de las redadas llevadas a cabo por la Sagrada Congregación del Rito cayeron casi todas las deidades adoradas por los cubanos. Tras la fachada católica se escondía la tradición pagana de Africa. En alguna medida, el «problema» de la religión afrocubana es más grave para el gobierno cubano que el catolicismo. Resultaba muy fácil decir que el

 catolicismo era la religión de la clase dominante, pero sería una mentira flagrante decir lo mismo de la más popular manifestación religiosa de los cubanos. Además, si bien no había comunistas que transigieran con el catolicismo, muchos creían en la mitología afrocubana. Lázaro Peña, el líder obrero negro de los comunistas, andaba con un «resguardo» en la cartera. Un resguardo, para entendernos, es un escapulario afrocubano. Hacía cuarenta años que se había entregado a los ritos de «el santo». «Hacerse el santo» es someterse a un ritual de iniciación religiosa de gran trascendencia dentro de la secta. El comandante Vallejo, médico personal de Fidel Castro, era un santero convicto y confeso. Celia Sánchez –Electra, Yocasta y alienista de Fidel, todo a un tiempo– cuando las cosas se ponían malas para el gobierno, colocaba sus vasos de agua para alejar los espíritus. Juan Almeida, uno de los hombres más próximo a Fidel, tuvo –discretamente lo eliminó– su altar dedicado a Santa Bárbara, lleno de manzanas, como es de rigor. Tan delicado es este asunto que el régimen prefiere ignorarlo. Eso sí, la labor de los santeros, las hermandades religiosas, los ritos públicos, han sido considerablemente coartados. La procesión de la Virgen de Regla –el 7 de septiembre– y la de San Lázaro –el 17 de diciembre– son intermitentemente interrumpidas por la policía con el objeto de que la gente pierda el entusiasmo. Los «toques de santo», verdaderas fiestas religiosas, con tambores y gentes «poseídas» por los santos –léase «histeria» en el manual freudiano–, son algunas veces autorizados dentro de la intimidad de ciertas casas y con el correspondiente permiso de la policía. Sin embargo, a partir del año 1989 se advierte un cambio en el trato del gobierno a la religión afrocubana. Tal parece que Castro ha decidido «castigar» a los católicos potenciando los ritos africanos, o –cuando menos– dándoles un despliegue en los medios de comunicación totalmente impensables hace sólo cinco años.

Los protestantes y otras sectas

Los protestantes cubanos eran relativamente pocos, pero gozaban de gran prestigio. Habían levantado algunas instituciones educativas realmente valiosas. Lo que existía antes de la revolución no llegó a constituir problemas. De un bocado, el régimen engulló el frágil aparato de proselitismo, sin que apenas se oyeran voces de protesta. El problema surgió después, cuando los protestantes insistieron en la labor evangélica. Hay una

 diferencia grande entre el catolicismo y el protestantismo en lo tocante a la captación de fieles. A los católicos se les cierran las iglesias, o se sanciona moralmente al que acude a ellas, y los dejan sin posibilidades de reclutamiento. Los protestantes hacen su clientela casa por casa, con la Biblia bajo el brazo. Realmente requiere un valor espeluznante salir a llamar a las puertas en Cuba para difundir los Evangelios. Y estos señores, por lo menos algunos, lo hacen pese a las reprimendas, golpes, insultos y vejámenes que constantemente reciben. A mediados de la década de 1960, muchos protestantes fueron declarados «lacra social» y encerrados en campos de prisioneros junto a homosexuales, escritores «desviados» y otros hombres a los que no encajaba el adjetivo de «nuevo». El Seminario Bautista, completo, fue a parar a uno de estos campos. Curiosamente, estas combativas denominaciones, en virtud de ese tenaz sacrificio, se han ganado el respeto y la admiración de muchas personas que en otras circunstancias jamás se les hubieran acercado. El régimen interpreta que estos grupos son refugios de contrarrevolucionarios, pero pudiera ocurrir que en un estado totalitario los adversarios que no pueden ocultarse, víctimas el miedo y de la soledad, se inserten en cualquier comunidad de marginados. Por ejemplo, los Testigos de Jehová. En medio de la secta hay una atmósfera de calor humano y una actividad que se desarrolla por propia voluntad y al margen de los designios oficiales. Los aliados se revisten de la mística de los primeros cristianos, se sienten apóstoles. Es cierto que cualquier militancia religiosa es una forma sutil de contrarrevolución, pero la militancia protestante, o la de los Testigos, es la más peligrosa. El régimen tiene un camino trazado para acabar con el catolicismo: el cerco paciente. Pero es más difícil enfrentarse a comunidades religiosas que no están dispuestas a ceder en materia de evangelización.

Los presos políticos

¿Puede juzgarse a un sistema por el tratamiento que da a sus presos políticos? A ratos parece que sí: la Francia de Dreyfuss, la Alemania de Auschwitz, el Chile de los campos de concentración. La izquierda colérica suele denunciar estos hechos y la derecha estremecerse. En el caso cubano, la izquierda colérica se ha amansado. Ha ignorado las denuncias de una manera vergonzosa. Mejor. Me sospecho que en un «Tribunal Internacional Russell» se hubiera condenado a los presos políticos cubanos por no dejarse

 partir suficientes costillas y dientes. O se les hubiera pedido que comieran menos y peor para ayudar a la revolución. Nunca se sabe, con esta gente. Se les ponen en blanco los ojitos del alma ante Angela Davis –absuelta por cierto– y se mueren de risa ante la noticia de que durante meses hubo decenas de mujeres cubanas a pan y agua, tapiadas en calabozos infectos. ¿La cárcel? Guanajay. Algunos nombres: Miriam Ortega, Esther Campos, María Amalia Fernández, Georgina Cid, Leopoldina Grau Alsina, etc.

Cuba necesita un paciente Solzhenitsyn que relate la historia del Archipiélago Gulag antillano. Que cuente cómo La Cabaña, El Príncipe, Taco-Taco, Boniato, San Severino, Isla de Pinos, han sido espantosos mataderos de gente. Cuba necesita que un gran escritor, sin ahorrar detalle, relate cómo murió Ismael Madruga, durmiendo en la litera alta de su celda, mientras el sargento «Porfirio» le atravesaba el recto y sacaba los intestinos en la punta de la bayoneta. Alguien tendrá que reproducir su último grito y su mirada de horror. O la muerte lenta del estudiante Alfredo Carrión Obeso –mi pobre y gran amigo– matado a palos y rematado a tiros por un asesino uniformado conocido por «Jagüey Grande», en el campo de concentración llamado Melena 2. Alguna vez un escritor de garra revivirá el dolor del periodista Alfredo Izaguirre, pateado una y mil veces en su pequeña humanidad de 160 centímetros y 40 kilos hasta que lo daban por muerto. Y no se murió ni ésa, ni la vez siguiente, ni la otra, ni la otra. Al cabo, un médico, más médico que esbirro, dijo que no podía soportar que le tiraran en la enfermería, otra vez, «ese pequeño saco de tumores». Quizás el Dostoiewski de La casa de los muertos se perdió un personaje en Tony Cuesta, el gigante ciego, manco e indoblegablemente condenado a treinta años; y excarcelado tras una fuerte campaña internacional. O en el español Eloy Gutiérrez Menoyo, sistemáticamente golpeado durante meses, sordo ya de un oído, tuerto ya, y al que sólo pudieron rescatar de la prisión las denuncias de su hija Patricia y la presión del Presidente del Gobierno español Felipe González. ¿Cómo puede explicar la revolución cubana estos crímenes? ¿Cómo puede justificar las torturas y los malos tratos a los adversarios? ¿Qué gana el régimen con machacar a los derrotados? Fidel Castro, personalmente, ordenó que se dinamitara el presidio de Isla de Pinos durante la invasión de Bahía de Cochinos. El jefe de presidio tenía orden de volar a los indefensos presos políticos. El comandante Julio García Olivera se ocupó de situar la carga. Si la invasión llega a tener éxito, diez mil cabezas

 hubieran rodado en un segundo. Las cuatro circulares fueron minadas con centenares de kilos de explosivo plástico Estas cargas se mantuvieron durante meses, aunque en alguna circular la astucia de los prisioneros pudo desactivarlas mediante una complicada excavación.

¿Cómo puede la revolución explicar la muerte de Pedro Luis Boitel, el líder universitario del 26 de Julio, condenado a cuarenta y dos años de cárcel? ¿Cómo puede explicar el balazo injustificado que mató al también estudiante Paco Pico? ¿Cómo puede un sistema dejar incomunicado en una celda a un hombre, Rigoberto Perera, que tenía los dos brazos partidos? ¿Cómo pudo una revolución castigar al poeta Armando Valladares, condenándole a vivir aislado en una celda sobre una destartalada silla de ruedas durante casi cinco años, hasta que al fin la presión internacional forzó, primero, el tratamiento que le devolvió el movimiento de las piernas, y luego su posterior liberación? ¿Cómo responde el comandante Osmani Cienfuegos de los detenidos que se le asfixiaron en un camión hermético? Fueron once los muertos. Los sacaron bañados en sudor, crispados todavía en la búsqueda de una rendija que les permitiera respirar.

¿Por qué este desprecio hacia la vida y el dolor del adversario? En los peores días de la dictadura batistera, después del juicio pasaba el peligro. Fidel Castro tuvo libros y mantas, visitas y comidas. Sus adversarios de hoy –que siempre fueron sus amigos, o hasta sus salvadores de ayer, como Yanes Pelletier, como Ernesto de la Fe– no han tenido otra cosa que golpes, hambre y rigor. De todos los abusos perpetrados por la revolución, ninguno tan injustificado y canallesco como el ejecutado en los presidios.

Cuando los presos se contaban por millares, el régimen buscó una fórmula para vaciar lentamente las cárceles: los planes de rehabilitación. Es un viejo procedimiento que no falla. Parte de la base de que al adversario se le neutraliza permanentemente si se le induce a simular una conducta contraria a su ideología. Es un juego macabro en el que el presidiario finge públicamente reconocer sus errores, descubre la fuente de luz del marxismo, y proclama la adopción triunfal de la nueva fe. Este procedimiento lo inventó Torquemada con los judíos. El castrismo sólo lo adaptó a su modalidad de conversos.

 Después de un tiempo de amarga simulación, el converso político descubre que sus fingimientos le han cauterizado las agallas. En el fondo de su alma repudia al sistema que lo tiene postrado, pero las rodillas no son una buena base para la rebeldía. Entonces, con su sambenito al cuello, la revolución lo devuelve a la calle. De estos indignantes «planes de rehabilitación» se felicita el gobierno. Los autos de fe, por lo visto, no se han acabado.

A través de los años, el gobierno cubano se ha negado sistemáticamente a que los organismos internacionales competentes –los que hasta Duvalier dejaba entrar en su país– inspeccionen las cárceles y comprueben las denuncias. El gobierno cubano ha sido condenado por la Comisión de Derechos Humanos de la OEA y de la ONU, pero pocas voces de la izquierda se han atrevido a la denuncia. El silencio cómplice de quienes primero debían condenarlo –porque la izquierda debe ser algo así como la conciencia de la humanidad– es un acto de imperdonable desvergüenza moral. Censurar los crímenes de Pinochet y olvidar los de Fidel Castro es una muestra de cobardía espiritual. Censurar los crímenes de Stalin y callar los de Castro es una prueba del peor oportunismo político. Es muy elegante salir retratado en primera página tras la ardorosa defensa de los chilenos presos y torturados –causa, por supuesto, completamente justa–, pero es comprometedor indagar tímidamente por los que en Cuba mueren de la mano de la otra dictadura, similar en los métodos y diferente en los fines a la que padecía Chile. Más penoso aún: hasta hace pocos años la izquierda estaba dispuesta a apoyar las denuncias de Solzhenitsyn con relación a la Unión Soviética, pero de Cuba nadie decía ni media palabra. Los cubanitos, ¡que se pudran y se mueran en sus celdas! No merecían, por lo visto, una mano solidaria. No era elegante tendérsela. Eso, afortunadamente, ya ha cambiado.

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