12. El fracaso económico


CAPÍTULO 12 EL FRACASO ECONÓMICO

La batalla de la producción

La «producción» es la fijación neurótica del socialismo. Es una misteriosa manía que consiste en perseguir metas, cumplirlas –o no cumplirlas– y luego fijar otras metas. Claro que lo producido se reparte, y toca a más –o a menos, si no hay suerte, o lluvias, etc.–, pero en el fondo no es tan importante lo que se produce como el espíritu deportivo que se trata de insuflar al proceso productivo. En medio de la barahúnda, nadie repara en el absurdo esencial que comporta la conducta de unos señores persiguiendo unas metas que flotan en el horizonte. Eso es tan alienante como los peores aspectos del capitalismo y la sociedad de consumo.

En Cuba, el honor de la patria está en las chimeneas. Es como si Calderón fuera ministro de Industria. Cada fracaso, un luto; cada triunfo, una fiesta y otra meta. La vida, más que sueño, es trabajo voluntario. La zafra de los diez millones, como sólo llegó a ocho, y como comprometía el honor nacional, dejó a los cubanos sin honra. Fidel se rasgó las vestiduras, cesó a un ministro providencialmente apellidado Borrego, y el país se sumió en la tristeza. Es cierto que esta atmósfera delirante de metas, emulaciones, tablas de producción y batallas fantasmales contra imperialismos existía en todas las latitudes del socialismo, pero en Cuba la fiebre alcanzó su más alta temperatura. El secreto está en la personalidad de Fidel. Fidel es un competidor por naturaleza. Un hombre en perpetua lucha con otros hombres, sin reparar demasiado en el objeto de la lucha. Fidel ha cogido de su cuenta la batalla de la producción. Personalmente vigila la eficiencia de las vacas lecheras, de las gallinas ponedoras y de los obreros azucareros. Todo esto le entusiasma tremendamente. Mimaba con ternura a un adiposo semental (Rosafé) traído especialmente de Canadá. El bicho murió de un derrame en la millonésima eyaculación y Fidel quedó sumido en un estado depresivo. La producción de buen semen había sufrido un rudo golpe. Fidel acusaba el impacto. No hay una sílaba de broma o exageración en

 estas afirmaciones. Todo esto es muy serio pese al decorado de sainete. René Dumont, el socialista francés, cuenta en sus libros sobre Cuba cosas impresionantes de la promiscuidad entre Fidel y la economía. El presidente, que juega al béisbol y al baloncesto y practica la pesca submarina, transmite a la nación su carácter fieramente competitivo. Cuando era apenas un niño del colegio Belén –cuentan regocijados sus partidarios– se hizo famoso entre los compañeros porque por ganar una apuesta trató de abrir un portón de hierro lanzándose a toda velocidad con su bicicleta. Se abrió la cabeza, pero el llanto sobrevino por el fracaso, no por el dolor. Alterando la divisa olímpica, la cuestión es competir y ganar.

Este chismorreo no tendría importancia si el destino de Cuba no estuviera tan ligado a la personalidad de Fidel. Fidel, como el Che con su dichoso «hombre nuevo», quiere hacer el país a su imagen y semejanza. Desea y se desespera porque no lo logra, legiones de cubanos entusiastas que cumplan metas igual a como los corredores saltan vallas. El problema es que, salvo en espíritus excepcionalmente tenaces, el entusiasmo tiene unos límites bastante precisos. Varias décadas de entusiasmo son demasiados años. Amanecer día tras día, semana tras semana, año tras año, con el espíritu radiante porque-se-estácumpliendo- un-deber-y-unas-metas, es una tarea de elegidos o de oligofrénicos. El entusiasmo deportivo –da igual que sea revolucionario, religioso o futbolístico: el fanático y su entusiasmo patológico son uno y lo mismo en cualquier actividad– requiere éxitos y pausas para perpetuarse. No es posible mantener una tensión competitiva permanente como ha exigido la revolución. La gente sencillamente se cansa de todo este fastidio de cortar tantas arrobas, apilar tantos ladrillos o apretar tantas tuercas por minuto. La primera vez que se gana un concurso de rapidez y eficiencia en el trabajo –¡oh las medallas stajanovistas!– se tiene la sensación de que se es un héroe; la segunda vez se sospecha que uno está haciendo el idiota. George Orwell describe bien este fenómeno en su delicioso Rebelión en la granja.

Cuba ha renunciado a la sociedad de consumo. Eso –de acuerdo– es una aberración de la sociedad capitalista. Pero en las sociedades de consumo el trabajador, alienado y todo, alcanza a ver una relación entre su esfuerzo y la recompensa, aunque esa recompensa sea

 una necesidad artificialmente creada. En Cuba, pasada la euforia y el rito público, no es muy obvio por qué hay que producir más cemento por persona o dedicarle sábado y domingo al trabajo voluntario. Los comunistas, que le tienen horror a las abstracciones, acaban por sucumbir a los fetiches más deletéreos. La producción es uno de ellos. No discuto la necesidad de que se produzcan más gallinas o huevos para atender las necesidades de la población, sino el hecho monstruoso de que ese objetivo se convierta en un leitmotiv de la nación. Poner a todo un pueblo con sus implacables medios de comunicación (cine, televisión, periódicos, radio) a girar en torno a la aritmética de la producción es alienante, absurdo aburrido y esterilizador. Las batallas avícolas y porcinas suelen ser soporíferas. Un viejo y cándido camarada alguna vez me contaba su estupor: «No entiendo, cuando son niños no tienen madurez para interesarse por estas cosas, y cuando son maduros no muestran interés». Y venga entonces a culpar a los hombres y a darle a la historia de la «conciencia revolucionaria» para intentar justificar lo injustificable: el total FRACASO del sistema como todo para la creación de riquezas.

Escasez y sociedad de consumo

En todo caso, la libreta de racionamiento me parece lo más justo del mundo. Eso está bien: que lo que haya, se reparta entre todos. En momentos de crisis (la Europa de la guerra y la posguerra, los náufragos de un barco) es inexcusable un racional acopio y reparto de los bienes materiales. Sólo que una crisis de este tipo no puede durar indefinidamente sin que cuestione la capacidad de los responsables. En 1959, Cuba no había pasado por una guerra civil. Batista huyó tras las primeras escaramuzas. El país estaba intacto y podía exhibir la tercer tasa per cápita de ingestión de proteínas en el continente. Más alta, por cierto, que el límite mínimo que señala la FAO. Tres años después de tomado el poder por los comunistas, comenzó el racionamiento de comida, ropa, calzado, y la escasez de todo lo demás. Se dirá que Cuba perdió mucho con el bloqueo norteamericano, pero se supone que ganó con la Unión Soviética, Europa Oriental, China, Corea, y la familia de semisatélites. Con Europa Occidental, Japón y Canadá estrechó lazos económicos. Con América Latina ha comerciado más que nunca en su historia. En ningún momento Cuba ha tenido más puertas abiertas. La imagen del pequeño David luchando por mantener su desarrollo contra la CIA, los ciclones y la

 confabulación internacional sólo sirve para enmascarar una verdad rotunda: el país está en manos de una legión de incapaces.

Hace treinta años, cuando la libreta de racionamiento de Castro era mucho más generosa que la de hoy, algún economista curioso comparó la libreta de racionamiento con la dieta obligatoria otorgada por España a los esclavos. El pasmoso resultado fue que los esclavos, entonces, estaban más y mejor alimentados que los cubanos de estos tiempos azarosos.

EL RACIONAMIENTO EN CUBA

ARTÍCULO 1842 Ración durante la esclavitud 1962 Ración bajo el comunismo (Promedio nacional) Carne, pollo o pescado Arroz Viandas Frijoles (menestras) 8 onzas 4 onzas 16 onzas 4 onzas (sus crías de cerdo) 2 onzas 3 onzas 6,5 onzas 1 onza (Prohibición de sacrificar cerdos)

La escasez y el racionamiento prolongado tienen una penosa consecuencia: en medio de una sociedad idealista, el «hombre nuevo» cubano vive pendiente de los bienes materiales. Allí se vive por y para adquirir dos libras de manteca, media docena de huevos y una suela porque-se-me-sale-el-dedo-gordo. Para sintetizar la nada metafísica angustia a esta modalidad de la obsesiva, algún sicólogo cubano la ha llamado «el trauma del picadillo», plato nacional por excelencia, ha cedido su nombre a la epidemia nacional por excelencia: la búsqueda de comida. Es deprimente escuchar las letanías de «este año van a dar un calzoncillo extra» o «en la tienda hay sardinas por la libre», o la idiota historia de los Kotex que se robaron, la vitamina que mandan por correo para Chico-queestá- transparente, la lata de leche que era agua, cambiada por la botella de ron, que también era agua. Típico intercambio entre dos deshonestos negociantes del vendaval revolucionario. Lo peor de la escasez es la manía. La manía de hablar de eso, o de dedicarse a burlarla. Toda la alienante picaresca que la circunda.

 En los sesenta y setenta, cuando en las sociedades de consumo los jóvenes tiraban por la borda los bienes materiales y se iban con su guitarra y sus deshilachadas a estrenar una bohemia absurda y pobre, los cubanos, aguijoneados por la escasez, buceaban contra la corriente en busca de café, tabaco, un reloj de pulsera o una cremallera porque-se-meve- todo.

Fidel y su equipo justificaron la implantación del comunismo en Cuba como una fórmula mágica para el desarrollo. Prometieron villas y castillas. Automóviles de fabricación nacional en diez años, techo, comodidades, industrialización. La panacea. Casi la opulencia. «En la próxima década –dijo Guevara en medio de un ataque de alucinación– sobrepasaremos la renta per cápita norteamericana». Treinta años después, si no llueve, si no hay frío, si la gente trabaja, si la cosecha se recoge a tiempo y –sobre todo– si los rusos no dejan de comprar azúcar y vender petróleo, a lo mejor aumenta la cuota de yuca, boniato o huevos. El parto de los montes. O el ridículo, que es peor y menos literario.

¿Había en aquellas promesas desaforadas la intención de engañar al pueblo, o pura ignorancia? Yo me temo que lo segundo. Y lo temo porque no hay nada más peligroso que un ignorante eufórico. Los gobernantes cubanos carecían de experiencia laboral y tenían un demencial punto de referencia que daba origen a cualquier decisión atolondrada: la aventura de la Sierra Maestra. ¿Vamos a fabricar automóviles? Claro que sí: más difícil era derrotar a Batista y lo logramos. ¿Vamos a desecar la Ciénaga de Zapata? Claro que sí. ¿Vamos a cosechar diez millones? Claro que sí. ¿A convertir los Andes en la Sierra Maestra? Claro que sí. El éxito contra pronóstico de la guerrilla – explicado al comienzo de este libro– dotó a los dirigentes cubanos de una inagotable confianza en sus iniciativas. En unas mentalidades a «tira tiros», poco reflexivas, y escasamente formadas, no podía concebirse que fuera mucho más difícil fabricar automóviles que volarlos. Cualquier proyecto, cualquier plan, por complicado que fuera, era más fácil que lo otro. Más sencillo que la mitología de la secta.

 Se ha dicho que la pobreza y el racionamiento son armas al servicio de la represión totalitaria. Hay algo de esto. El «trauma del picadillo» convierte al hombre en un obseso desenterrador de huesos. No le preocupa nada más que vestirse y alimentarse. El racionamiento, además, es un formidable chantaje. Cuando se acude con la libreta a buscar la cuota, se tiene la sensación de que nos mantenemos vivos gracias a la generosidad del gobierno. Es un poco lo que piensa el pobre cuando recibe sobras de comida de manos del rico. La libreta de racionamiento fomenta la abyecta mentalidad del limosnero: el gobierno pasa a ser un ente poderoso de cuya bondad llega a depender el hambre o la satisfacción. Si se rebelan –miles de cubanos han sido privados de su libreta de racionamiento por diversas razones– pueden dejarlos sin comida o sin ropa. Si obedecen, no les negarán la cuota. Cualquier persona puede darse cuenta del enorme poder que emana del hecho brutal de tener y controlar la llave de la despensa en un país en el que nadie puede acaparar más alimentos que los que les permiten subsistir setenta y dos horas.

No obstante lo anterior, el gobierno cubano hubiera dado sus barbas por evitarse el espinoso problema del racionamiento, las colas y la escasez de cuanto objeto –desde palillos de dientes hasta ventiladores– hace más llevadera la existencia. Es muy difícil explicar concretamente por qué se ha racionado el café, el tabaco, el azúcar o el ron en una isla que se pasó la vida exportando estas cosas. Las insoportables colas para el restaurante, el helado, el arroz, la leche, la ropa, –para todo hay que hacer cola–, han acabado por irritar al más fanático de los mortales. En Cuba no es posible consumir sin esperar pacientemente. Reparar un paraguas es cuestión de meses; una nevera, de años. Los televisores, como las ovejas negras, no tienen arreglo. La producción es un desastre, pero la distribución es peor; sin embargo, ambas palidecen ante la increíble ineficacia de los servicios. Es el caos dentro de un orden.

La retórica del no consumismo

A mitad de camino, en medio del fracaso económico, el castrismo cambió de cabalgadura. Originalmente, el comunismo era una fórmula perfecta para el desarrollo fulminante de la Isla. Luego, el gobierno ha dicho que ya no propone construir una

 sociedad de consumo. La primera impresión de esta paladina declaración es buena. La «sociedad de consumo» tiene mala prensa. Entre las cosas que se consumen en las sociedades de consumo hay una buena dosis de literatura contra las sociedades de consumo. Parece un trabalenguas, pero no pasa de ser una tontería. Lo cierto es que el desarrollo, el progreso, no es otra cosa que la creciente lista de objetos, aparatos e ingenios a disposición del hombre a través del tiempo. Las únicas necesidades del hombre son alimento, descanso, y sexo para perpetuar la especie. La sociedad de consumo comenzó con el garrote de la edad de piedra, el fuego, la rueda, y no ha parado hasta las naves espaciales. Puede ser muy poético eso de clamar contra las sociedades de consumo –a mí me parece francamente reaccionario–, pero no encaja en la historia del hombre.

Hay, además, una contradicción evidente en dedicarse frenéticamente a desarrollar un país, mientras se le dice que se renuncia a la sociedad de consumo. El desarrollo es (únicamente) un instrumento del consumo, salvo que todos hayamos perdido la razón. Sólo las sociedades contemplativas –los monjes budistas, los trapenses– pueden honestamente proclamar su renuncia al consumo de bienes materiales y, por lo tanto, su renuncia al progreso. Renunciar al consumo es renunciar a la dialéctica del progreso.

Por supuesto, en Cuba esa proclamada renuncia es la versión tropical de la fábula del zorro y las uvas. Se renuncia al consumo porque la producción está verde. No podía ser de otro modo, dados los escasos incentivos del trabajador, la torpeza de sus jefes y la absurda estructura económica del socialismo. En todo caso, antes de aceptar como válida la proposición que hace el castrismo de crear para los cubanos una sociedad no consumista, alguien deberá contestar las siguientes preguntas:

Primero: ¿en qué versículo de El Capital se recetan las bondades de la pobreza ascética permanente? Eso más bien huele a cierto renunciamiento de corte religioso, muy próximo a la teología de la pobreza que en los sesenta se debatía en el seno de la Iglesia Católica,

o a las tradiciones místicas orientales. Segundo: aceptemos, pues, que el no consumismo es un objetivo ajeno, extraño y hasta contrario a la esencia del marxismo. Pero ¿de qué misteriosa manga ha surgido el mandato para decretar el ascetismo no consumista para los cubanos? ¿Cuándo y cómo los cubanos han seleccionado la austeridad como objetivo vital? ¿Cómo puede atreverse un gobierno a decretar el no consumo como norma vital permanente? Puede admitirse el no consumo como fatalidad pasajera ante una catástrofe, pero de ahí a establecer esa desdicha como «modo de vida» va un largo trecho. Es probable que ciertos revolucionarios o ciertos monjes de clausura obtengan recompensas espirituales a consecuencia del voto de pobreza, pero ese tipo de ser humano peculiar es sólo un mínimo porcentaje de la población y me parece una total locura convertirlo en arquetipo.

Tercero: pero admitamos –¿qué más da no admitirla?– la impuesta arbitrariedad sólo que exigiendo cierta precisión: ¿qué tipo de consumo se va a prohibir? ¿Se prohíbe la televisión a color, el vídeo, el estéreo, los juegos electrónicos, las computadoras de bolsillo, la lavadora, el congelador familiar, el automóvil, el reloj de cuarzo, la máquina de escribir o de afeitar eléctrica? ¿Se prohíben las lentes de contacto blandas, la cirugía cosmética o las prótesis de silicona? ¿El papel higiénico, los desodorantes o las compresas femeninas son objetos consumibles o no consumibles? ¿Por dónde pasa la raya entre la necesidad legítima y la superficial? ¿Cuántas camisas, faldas, chaquetas o guayaberas se pueden poseer sin infringir la ley? ¿Cuáles son los objetos non-sanctos y por qué son ésos y no otros? Es muy fácil salir del paso con el estribillo de que no-vamosa- construir-una-sociedad-de-consumo, pero esto requiere una multitud de aclaraciones que los cubanos no piden porque –supongo– las aclaraciones también deben estar racionadas.

Cuarto: comoquiera que los objetos y su manipulación son los que determinan la contemporaneidad de las sociedades y su relativa situación en el tiempo, sería interesante que los funcionarios cubanos aclararan a cuál estadio de desarrollo pretenden remitir a los cubanos. Supongo que los gobernantes cubanos se han percatado de que la esencial diferencia que existe entre los londinenses y los hotentotes es la posesión o el usufructo de ciertos objetos y la destreza en su utilización. ¿En qué punto exacto del no consumo y

 uso de los objetos deben permanecer los cubanos? ¿A qué distancia de los hotentotes o de los londinenses les corresponde existir a los habitantes de esa Isla? ¿A qué grado de complejidad social les ha destinado la preclara cúpula dirigente revolucionaria? Las bicicletas en que ahora se transportan, ¿son definitivas, o también pueden ser prohibidas?

Quinto: quienes viven en España han podido ver en infinidad de ocasiones a los funcionarios cubanos comprando con incontenible avaricia toda clase de objetos, con el propósito de trasladarlos a Cuba para disfrute personal. ¿Quiere eso decir que el no consumo es sólo para los cubanos que no pueden viajar al exterior? ¿Quiénes pueden disfrutar del consumo y por qué? ¿Cuáles son los límites y la racionalidad de los privilegios? Más aún: ¿cómo deben comportarse los funcionarios que viven en el exterior? ¿Deben sucumbir a la alienación del consumo occidental, o deben mantenerse dentro de las coordenadas éticas de la Isla, o sea, sometidos a la austeridad y pobreza ascéticas del «espartanismo» propuesto por La Habana? ¿Por qué los miembros de la nomenclatura, encabezados por el propio Fidel, están exentos del no consumismo y poseen toda clase de objetos?

Habría muchas más preguntas que hacer, pero prefiero poner fin a este «cuestionario» con una observación final: es comprensible que los funcionarios y los partidarios, siempre a la búsqueda de coartadas y pretextos, enarbolen las virtudes del ascetismo y el no consumo como justificación de la pobreza y el atraso imperantes en Cuba, pero las personas realmente serias que indagan sobre la naturaleza íntima de la sociedad cubana no deben aceptar sin más esa explicación. La cubanología, como cualquier otro apéndice de la ciencia social, debe comenzar por dudar de las premisas y los axiomas que de entrada le obsequian.

La bomba de castrones

Los ingenieros yanquis, como siempre, han hecho las cosas al revés. Los norteamericanos han construido la bomba de neutrones, un burdo artefacto sin imaginación ni clase, que mata a la gente y deja el entorno intacto. Mucho más sutil, diabólica y perversa es la bomba de castrones. La bomba de castrones diseñada en Cuba por el científico Fidel

 Castro, rigurosamente probada en el atolón de La Habana, es un terrorífico ingenio que destroza. Aniquila, barre, apabulla, desmenuza y pulveriza el entorno, pero deja a la gente viva. ¿Se imagina el lector qué refinada crueldad? Una bomba que no quita la vida, sino la civilización. Está usted tomando café y fumándose un habano, tranquilamente, en un rincón del siglo XX, y de pronto, y por los próximos treinta años, le cae en la cabeza un incesante bombardeo de megacastrones que le evapora el café, le raciona el habano, le deja desprovisto de papel higiénico –lo cual no llega a ser tan grave, porque también le suprime la comida–, y le fulmina el transporte, convirtiéndole cualquier trayecto en una hazaña himaláyica. Y usted, medio atontado aún, descubre que los pocos taxis que han sobrevivido, enloquecieron por el efecto de las radiaciones, y no paran nunca, como si hubieran descubierto el movimiento continuo. Y luego nota con tristeza que el intenso calor ha destrozado las películas interesantes y sólo sobreviven los bodrios blindados del cine estalinista. Que no hay camisas, ni pantalones, ni medicinas, ni zapatos, ni desodorante, ni sostenes. Que no hay agua. Que la corriente alterna ha tomado en serio su apellido y se va y a viene cuando le da la gana. Que la vida cotidiana del siglo XX, ésa de apresar un botón y hágase la luz, o de aflojar un grifo y hágase la ducha, o de girar el disco de un teléfono y hablar con la remota tía, se ha esfumado. Porque lo que se escapa al galope, ligera, es su época, y la titánica lucha del cubano, como si fueran los mambises contra H. G. Wells, es para evitar que los devuelvan al siglo XIX, al burro, a la vela y a la tracción muscular. Y es una lucha difícil, porque transcurre bajo las cornisas asesinas de una Habana que se derrumba, y con un pie en el juzgado de guardia, mientras se intenta, ilegalmente, adquirir una libra de carne para apuntalar el esqueleto, o una pócima casera que amanse la inclemente ferocidad del sobaco tropical.

El deterioro de la economía cubana es tan severo, tan profundo, tan increíble, que los hermanos Castro, autores del bombardeo de megacastrones, se sienten como Truman después de Hiroshima. Son ellos, ahora, los que tratan de organizar el salvamento, porque ellos son así, extraños. Primero te aporrean el cráneo minuciosamente. Luego se te lanzan al gaznate para darte respiración artificial. Pero la dan mal, porque el problema más grave que tienen Groucho y Harpo Castro es que no entienden a los seres humanos. Por ejemplo, para tratar de rescatar al país del caos, no se les ocurre otra medida que exigir

 responsabilidades blandiendo el código penal. Es el padre colérico del «o me dicen quién tiró la piedra o los deslomo a golpes». Porque Groucho y Harpo no han vivido, leído, observado o entendido lo suficiente como para percatarse de que los seres nos se mueven a gusto con el acicate de la recompensa y simulan moverse con la amenaza de los palos. La única verdad incontrastable de la sicología behaviorista radica en que el esfuerzo positivo es mucho más duradero y eficaz que el negativo, y en que se consigue más con terrones de azúcar que con estacazos en las costillas.

Cada cierto tiempo, primero Groucho y luego Harpo zarandean el micrófono para denunciar el caos en que se encuentra sumido el país, y para advertir que rodarán cabezas si esto no se corrige. Hace años, al ministro Lussón lo hicieron responsable del desastre del transporte, apocalipsisnao de los cubanos audaces que se atreven a tomar el Moncada de las «guaguas» (autobuses). Gran injusticia. Lussón no era culpable de que los «guagüeros» destrocen sus equipos, los mecánicos no los reparen, de que el tipo del almacén haya vendido el cigüeñal en el mercado negro, o de que las tres cuartas partes de los pasajeros no paguen sus billetes. Lussón –o Diocles Torralba, que vino después– no era culpable de la voluntad de resistencia, de la desobediencia y del vandalismo en que se entretiene todo el país. Lussón sólo era responsable –y ya eso es grave– de ser ministro de un sistema puntillosamente equivocado en sus presupuestos teóricos y ejemplarmente torpe en el desarrollo práctico.

Porque lo que ocurre en Cuba, de una punta a la otra, es la secreta pero total insubordinación civil, producto del desencanto, el desaliento y la universal pérdida de fe en la dirección política y económica de los hermanos Castro, estado anímico que ha engendrado en la población una insolidaria actitud de sálvese el que pueda. Cuba es hoy un país de vagos que simulan trabajar y de cínicos que simulan asentir, todos hábilmente encubiertos por una espesa red de complicidades delictivas, de coartadas complementarias y de «sociolismo» (por «mi socio», mi amigo), contra la que nada podrá la represión policíaca. Eso no va a cambiar. La fe en la revolución –las revoluciones, como los misterios, son cuestión de fe– es absolutamente irrestituible. Y va a empeorar. Cada minuto que pasa, el régimen, el sistema, y Fidel –todos para uno y uno para todos–

 son más impopulares. El poder siempre desgasta, pero cuando se ejerce estúpidamente, la erosión llega a ser devastadora. La economía –como dicen los economistas– es un 50% ciencia exacta y el otro sicología. El trabajo que uno realiza es, en gran medida, el resultado del estado sicológico previo. En esa zona íntima de las creencias, zona en la que nada valen las presiones, zona que determina la conducta laboral y el comportamiento social, la revolución cubana está completa e irreversiblemente liquidada, muerta, kaput, y con el encefalograma de los entusiasmos rigurosamente aplanado.

Hay, sí, un Ejército poderoso, y una aparentemente sólida estructura del poder, pero detrás de esa fachada sólo existe una sociedad podrida, desencantada, envilecida, que acabará por derribar el edificio del poder.

Resumen

El 31 de diciembre de 1958 –24 horas antes del triunfo de la revolución– Cuba era un país subdesarrollado, pobre, pendiente y dependiente del azúcar, y bajo el control de un tirano. Treinta años después, Cuba es un país subdesarrollado, pobre, pendiente y dependiente del azúcar, y bajo el control de (otro) tirano. Entre una realidad objetiva y la otra, claro, media la inagotable retórica fidelista, el rayo de saliva que no cesa.

Pero ese apabullante torrente de palabras no puede ocultar los hechos: en 1958, pese al lamentable cuadro descrito, Cuba, según los indicadores económicos más fiables – consumo per cápita de cemento, kilowatios, proteínas, teléfonos, acero y otros misteriosos síntomas– era el tercer país de América Latina en nivel de desarrollo. Hoy ni se sabe qué puesto ocupa, pero debe ser de los últimos. Costa Rica, por ejemplo, que hizo su revolución unos años antes, y que no instaló paredones, ni sistemas de espionaje, ni encarceló a millares de disidentes, y que en lugar de crear un Afrika Korps tuvo la saludable iniciativa de licenciar al Ejército y sustituirlo por una policía de silbato y bicicleta, Costa Rica –repito– ha progresado el doble que Cuba en estos treinta años. También con escuelas para todos. También con hospitales para todos. Pero, además, con derechos humanos. La realidad de carne y hueso, la observable, la inexorable evidencia, apunta hacia una tristísima verdad: la vía cubana es un mito totalmente desacreditado. Se

 hundió la revolución, se hundió el país (aún más) y se hundieron las ilusiones de la bienintencionada izquierda que soñó y penó por la aventura durante más de tres décadas.

Este diagnóstico pesimista lo comparten en privado el egregio señor Fidel Castro, el señor Carlos Rafael Rodríguez y el hermanísimo Raúl, y no queda cabecilla cubano con la sesera bien puesta que sea capaz de ignorarlo. No hay dogma que resista treinta años de creciente libreta de racionamiento. No hay estupidez invulnerable al hambre.

Hay otro camino económico, por supuesto, pero significa el fin de la revolución. Se trata de desmantelar ese monstruoso holding centralizado e ineficaz, fragmentándolo en unidades independientes, reguladas por el mercado y lejos la nefasta influencia de los comisarios. Cuba tiene soluciones económicas, pero todas pasan por el fin del comunismo y la gradual devolución del país a un modelo económico menos rígido.

Castro y sus más próximos seguidores saben esto perfectamente bien, pero también saben que esa inexorable transformación trae aparejado el fin de su poder político y por eso no cesan de gritar «socialismo o muerte». Con alguna precaución, el castrismo intenta poner en marcha reformas capitalistas, pero a renglón seguido las aplasta sin compasión. ¿Por qué? Porque el capitalismo y la competencia generan ciudadanos económicamente poderosos que no responden a la maquinaria del Poder Central. Poseer dinero es una forma de detentar el poder, y esto es algo que las dictaduras comunistas no pueden tolerar, especialmente las que descansan en una sola persona.

Es válido, a estas alturas, preguntarse por qué un cambio de sistema puede sacar a Cuba de su postración, si la Isla seguiría careciendo de petróleo, dependiendo del azúcar y sometida a la falta internacional de capitales. La respuesta –mi respuesta– es ésta: porque el origen del rigor de los males económicos de Cuba hay que buscarlo en otro factor mucho más importante: porque durante casi un cuarto de siglo, la creatividad personal de los cubanos, de millones de cubanos, ha sido sustituida por la creatividad de un solo hombre, infatigable y enérgico, pero a fin de cuentas un solo hombre, rodeado de una cohorte directiva mediocre y minuciosamente atemorizada.

 Parece evidente –y en Cuba se ha comprobado– una vez más que la clase comunista es mucho menos creativa, trabajadora y eficaz que la inquieta clase empresarial. Esas decenas de millares de cubanos ambiciosos, preocupados por la prosperidad propia y por ascender dentro de la estructura social, son una hélice mucho más poderosa que la de los atormentadores funcionarios del partido comunista.

Nueva Zelanda, Japón o Inglaterra han podido demostrar, en circunstancias totalmente diferentes, que ciertas islas pobres y sin recursos energéticos son capaces de prosperar si no se maniata a la población con esquemas dogmáticos. Cuba pudiera ser una de esas islas afortunadas, pero para ello tiene que desatarse la creatividad de los cientos de millares, de los millones de cubanos que sienten la urgencia de tener éxito, pero a los que el comunismo les coloca un grillete en los tobillos.

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