13. Cuba y los USA


CAPÍTULO 13 CUBA Y LOS USA

Cada cierto tiempo, Cuba entra en celo y le hace señas a los Estados Unidos. Los Estados Unidos menean la cola del Departamento de Estado y hacen entonces un ademán de acercamiento. Se olisquean, hay como unos gruñiditos, parece que la cosa va a comenzar, pero de pronto, a mitad de camino, se arma una algarabía de ladridos y mordiscos, y vuelta a empezar la discordia. ¿Por qué?

Básicamente, porque Fidel Castro es un tipo de animal político absolutamente incomprensible para sus interlocutores yanquis. Los yanquis dan a las negociaciones un carácter institucional y las conciben como eso: como negocio. Como no-ocio. Como nodeporte. Como no-batalla. La negociación es toma y daca de asuntos comunes. Con Fidel ocurre lo contrario: la negociación no es un negocio, sino un deporte al que se va a ganar. Es su deporte favorito. Porque Fidel no negocia, sino discute, y su máximo placer de sofista es derrotar al adversario. Fidel va a las negociaciones no con el ánimo de intercambiar, sino con el de seducir y vencer. Su fórmula ideal para «resolver» el problema Cuba vs. USA radicaría en encerrarse en una habitación, o en una cacería de tiburones, con el «jefe de los yanquis», y echar pulsos como dos antiguos caudillos bárbaros hasta que uno de los dos se rindiera. De ahí su capacidad de seducción en ciertas zonas del planeta. De ahí su diálogo fácil con los tiranuelos del Tercer Mundo. Fidel los pone de su parte mediante gestos histriónicos, ademanes afectuosos, infinita curiosidad y la lógica leguleya de sus razonamientos.

Esas «virtudes» se vuelven defectos en la negociación con Washington. Su leguleyismo lo enreda en una madeja de sofismas. ¿Por qué, si los yanquis tienen el derecho a intervenir en Vietnam, no lo va a tener él a intervenir en Angola? ¿Por qué si los yanquis tienen una base en Puerto Rico, él no va a tener otra en Jamaica? ¿Por qué si los Estados Unidos tienen bases en Alemania, y hasta en la propia Cuba, los soviéticos no pueden tener la suya en Cienfuegos? Fidel, cuando le conviene, no entiende de historia, ni de la existencia de una

 particular lógica política que deposita en algunos países ciertas responsabilidades congruentes con sus potencialidades, sus historias, sus orígenes y todos los ingredientes que entran en el juego del diseño de la política internacional.

Fidel no puede entender el legítimo estupor de Kissinger cuando se preguntaba qué hacían los cubanitos despachando sus ejércitos a diestra y siniestra, porque Kissinger tiene una fina percepción de la trama política, mientras Fidel no puede abandonar los más elementales esquemas. Fidel parte de la extraña superstición legal de que Cuba es tan potencia como Estados Unidos, y él tan presidente como el yanqui. Sus resabios de sofista empedernido no le han permitido descubrir que la igualdad entre las naciones no es más que una tosca extensión del igualitarismo entre los hombres, tontería que apenas resiste el análisis. Es probable que entre un pigmeo africano y un londinense sólo medie la corbata, o sea, el tipo de civilización. Y seguramente ese pigmeo, trasladado a Inglaterra, pueda ser un médico o un maestro eficaz, o el inglés, en la selva, se convierta un magnífico cazador, con lo que se prueba que existe una igualdad potencial entre los hombres. Pero de ahí a proclamar la igualdad entre Burundi e Inglaterra hay un trecho que sólo lo recorre la cortesía o el sofisma. Pago-Pago y Francia, o Cuba y Estados Unidos, claro, no son iguales, pero Castro no lo entiende.

Aferrado a sus esquemas leguleyos, a la ficción del derecho internacional –abstracción ajena a la política–, Castro ni siquiera es capaz de entender que si mañana un ciclón borrara del mapa todo vestigio de sociedad cubana es probable que las consecuencias planetarias de la catástrofe apenas se percibieran en el suministro de maracas a los combos tropicales, mientras que si lo mismo ocurriera a Estados Unidos, el planeta quedaría de cabeza.

Fidel suele decir que en treinta años ha pasado de ser un revolucionario a un estadista. Falso. Estos treinta años sólo han servido para convencerle de que hace tres décadas no tenía la menor idea de lo que significaba dirigir un país. Tal vez en los próximos treinta – ahora que desapareció la tutela soviética– logre entender las exactas dimensiones de Cuba, las suyas, y el escaso peso específico que le corresponde a su país dadas la extensión, la

 población, la historia y el subdesarrollo de los nativos. Tal vez para entonces haya aprendido a negociar con realismo.

El caso de las Malvinas

Y como prueba de que Castro sigue siendo Castro, hay que remitirse a episodios como el de la guerra del Golfo Pérsico, donde se constituyó en casi el único y más agresivo defensor de Sadam Hussein, pese a que le era muy fácil condenar la invasión de Kuwait. Al fin y al cabo, se trataba de la agresión de un país grande contra uno pequeño. Pero quizás más reveladora aún fue su posición durante la guerra de las Malvinas. Era perfectamente previsible: Castro quiso enviar sus tercios a la guerra de las Malvinas. Castro es capaz de luchar contra los elementos, y luego fusilarlos. Ninguna guerra le es suficientemente ajena o remota a este infatigable Napoleón del Caribe. Da lo mismo que sean Etiopía, Angola, Yemen del Sur o el quinto archipiélago. Para Castro, el mundo es como una máquina de matar marcianos y su función personal es la de apretar botones hasta que no quede uno vivo.

Es una ingenuidad suponer que la presencia cubana en este embrollo era por encargo de la Unión Soviética. No hubo tiempo para coordinar nada de esto. Sonaron los tiros y en La Habana se desató el manicomio. El olor de la guerra los vuelve locos. Castro tomó partido porque le resultaba absolutamente inconcebible una guerra latinoamericana en la que Cuba no participara. Daba exactamente igual que en las Malvinas aceptara lo que combate en Belice, o que sus armas fueran al auxilio de los argentinos «desaparecedores» de izquierdistas. Cualquier signo de incoherencia ideológica será siempre menor que la incontenible urgencia de jugar a los soldados que padece este inquieto señor de la guerra que se gastan los cubanos (o al revés).

Y es bueno que esto se sepa, porque aparentemente Castro fue un instrumento de los designios imperiales de Moscú, cuando ocurría exactamente lo contrario: Moscú era el instrumento de los designios imperiales (y hormonales) de Castro. Sin Moscú no había protagonismo a escala planetaria, y Castro no concibe la vida sin protagonismo, de ahí su actual melancolía. En todo caso, es Castro quien convocó a la URSS a las masacres de

 Angola y Etiopía. Es Castro, frente a la tibia cautela de la URSS, quien jubilosamente ofreció sus Migs para pelear en las Malvinas. Antes de Castro, Moscú no tenía una política africana o centroamericana basada en la toma violenta del poder. Castro se la propuso.

Treinta y tres años después, continúan fracasando todos los intentos de acercamiento entre Washington y La Habana. Ni tirios ni troyanos se explican por qué fracasan las negociaciones, pero la clave es ésta: Washington no tenía un rol que ofrecerle a Castro. Los presidentes yanquis mantienen la rara superstición de que el presidente cubano es un presidente como ellos, de carne y hueso, preocupado por equilibrar el presupuesto y reducir la inflación. Craso error: si se le hubiera podido dar un caballo, un winchester y unos cuantos indios para tirar al blanco, quizás todo hubiera sido diferente.

El asunto del «bloqueo»

Como se sabe, Estados Unidos, de diferentes maneras, «bloquea» o ha «bloqueado» a Rodesia, a Chile, a Cuba, o a la Argentina. Pero es el «bloqueo» a Cuba, por ir dirigido contra un país comunista, el que concita mayores repulsas. Cuba alienta esas condenas porque desea ardientemente las relaciones con USA. Esa es la obsesión, la manía de los dirigentes cubanos. En ese país, minuciosamente equivocado, los dirigentes han acabado por aferrarse al delirante consuelo de que las relaciones con Washington aliviarán la situación económica y acabarán por traer la prosperidad.

Esa pobre gente, desesperada, supone que el fin del «bloqueo» será como una mágica especie de pomada milagrosa que curará el cáncer de la escasez, el caos y la ineficacia doméstica, en virtud de unas misteriosas y no explicadas propiedades benéficas. Esa pobre gente no se ha detenido a pensar que donde no han bastado los miles de millones de ayuda soviética, más el sobreprecio del azúcar, más el subsidio al petróleo, más la ayuda de Europa Este, más los créditos, a veces generosos, de España, Canadá. Francia. Japón, Argentina, México, Argelia o Libia, más el COMECON, más el alquiler de miles de técnicos y soldados cubanos a los países árabes prosoviéticos, muy poco significará el

 fin del «bloqueo», porque Cuba, francamente, no tiene nada que venderle a los Estados Unidos, y dispone de muy pocos recursos para poder comprarle.

¿Qué espera Cuba, entonces, del fin del embargo comercial, mal llamado «bloqueo»? ¿Que llueva maná? ¿Tal vez la posibilidad de endeudarse un poco más en el frente financiero norteamericano? ¿Emitir unos bonos en condiciones lastimosas para el mercado yanqui? ¿Fondos del BID y del Banco Mundial? Lo que logre –veinte, treinta, cien millones de dólares– apenas bastará para hacer frente a la enorme catástrofe económica. Son dosis homeopáticas para una infección generalizada e incurable. O sea: que Cuba necesita que la exploten y los Estados Unidos se niegan a explotarla. (¿A que no se le hubiera ocurrido esa tortura, señor Sade?).

Y si esto es así, ¿por qué los Estados Unidos no levantan el «bloqueo» y le ponen fin a la última coartada del régimen cubano? Por varias razones. La primera es casi una ley de la conducta política: la inercia es más poderosa que la voluntad de cambio. El «bloqueo», que no es otra cosa que ciertas limitaciones al comercio entre los dos países, es la política que existe, lo que está ahí, el modus vivendi al que se han acomodado los norteamericanos sin graves tropiezos. Nadie siente la urgencia de levantarlo, porque nada sustancial se juega en ello. Levantarlo, en cambio, es revolver el avispero de las fuerzas políticas moderadas, contrariar al lobby de las compañías perjudicadas por las nacionalizaciones de hace treinta y tres años, agregar una issue al reñidero político que no trae votos a quien lo propone, pero que acaso se los quite. O sea, que para los norteamericanos no hay razones prácticas para finalizar la política del embargo a Cuba, aun cuando esa política tenga escaso sentido.

En sus inicios, para Kennedy, el embargo fue la alternativa a la guerra. Un ademán enérgico que quería decir que Estados Unidos estaba dispuesto a pelear. Luego lo mantuvo mientras hacía desarrollar planes secretos que pondrían fin al castrismo. Lo que en sus orígenes era sólo un «lenguaje» belicoso, quedó luego como el visible marco de hostilidad en el que la CIA llevaba a cabo sus intentos de derrocar a Castro mediante el asesinato o las conspiraciones. Porque las capitulaciones que dieron fin a la crisis de

 octubre, parece que excluían de manera explícita la guerra convencional, el desembarco de marines o de fuerzas de la OEA, pero no la lucha clandestina. Kennedy renunció a intervenir en Cuba con su ejército, pero no a liquidar al régimen de Castro. Con esos propósitos en mente, era absurdo que levantara el embargo. Y éste quedó como la señal de beligerancia, el banderín izado en el palo mayor.

¿Qué ocurrirá, pues, con el embargo? Objetivamente, da igual que exista como que se elimine. Pero tiene un enorme valor simbólico para Fidel y sus partidarios acostumbrados a evaluar todos los eventos como «batallas» que se «ganan» o se «pierden». Cosechar diez millones de toneladas de azúcar, que era una simple cuestión agrícola, en manos de nuestros epónimos héroes se convirtió en una delirante «batalla» por la dignidad y «contra el imperialismo». La épica de ahora, el Moncada de estas fechas, es obligar a Estados Unidos a levantar el «bloqueo». Fidel quiere ahora derrotar al imperialismo en la modalidad diplomática, como ya antes lo «derrotó por las armas» en la legendaria batalla de Bahía de Cochinos, Termópilas y Lepanto de la subdesarrollada mitología cubana.

De ahí que no ande muy descaminado el gobierno norteamericano al exigirle a Cuba «derrotas» paralelas como condición del levantamiento del embargo. Si es Castro quien eleva a la categoría de símbolo pugnar su batalla contra el embargo, debe hacérsele pagar un alto precio simbólico por obtener su objetivo. Que deje de perseguir a los disidentes. Que permita el multipartidismo. Que decrete una amnistía política. O que no haga ninguna de estas concesiones y permanezca suspirando por el fin del embargo. Si a Sudáfrica o a Rodesia se les forzó a modificar su política a cambio de «desbloquearlas», no hay razón alguna para no hacer lo mismo con Cuba. A fin de cuentas, alguna vez Castro deberá aprender que en los negocios, aunque sean negocios simbólicos, la esencia del asunto consiste en dar y recibir.

El asunto de la CIA

Desde 1959, la Agencia Central de Inteligencia –la famosa CIA– con bastante torpeza, comenzó a hostigar a Castro como respuesta al antiyanquismo agresivo que exhibía el dirigente cubano. Quien embestía, claro, era la CIA, unas veces directamente, y otras a

 través de cubanos anticastristas. Lo cierto es que a cada movimiento de la CIA, Castro respondía desplazándose a babor. Esa rítmica radicalización del proceso revolucionario cubano mostró crudamente su engranaje dialéctico el 16 de abril de 1961, veinticuatro horas después de haber comenzado el bombardeo que precedió a la invasión de Bahía de Cochinos. Fidel se creyó obligado declarar que la revolución era socialista y que él mismo, desde sus años de estudiante, había sido comunista, pero que lo había ocultado por razones de estrategia. Al empellón que culminaba los esfuerzos de la CIA – una invasión en toda regla– respondía con la culminación de la radicalización. Fidel, obviamente, buscaba protegerse bajo el paraguas soviético. El mismo mecanismo que le hizo vencer su repugnancia hacia el partido comunista cubano (PSP), sirviéndose de sus cuadros en el interior de Isla para resistir la presión creciente de la oposición dentro de las propias filas de la revolución, operó en el plano internacional al alinearse en la órbita soviética con una falaz declaración de militancia comunista. En rigor, era un pacto entre oportunistas. Fidel ponía la revolución, y el comunismo se la protegía. Fidel conservaba el poder –lo cual le interesaba– y Moscú la ideología, lo que ídem.

La influencia de la CIA

Por una punta, en alguna medida, Washington sirvió de acelerador del comunismo cubano, y por la otra fue un mezquino organizador del anticastrismo, llegando muchas veces a obstaculizar a los grupos anticomunistas independientes.

La primera estupidez del sombrío organismo fue la de tratar el «caso cubano» de acuerdo con unos modelos que le habían dado resultado en el «caso Guatemala», sin percatarse de que la hora, los hombres y las circunstancias eran totalmente diferentes. Ni Castro era Arbenz, ni Cuba era Guatemala. La CIA, con una larga serie de éxitos en Latinoamérica, menospreció la capacidad de maniobra de Castro y desempolvó el manual-de-operaciones-en-las-repúblicas-bananeras. La consecuencia fue uno de sus más sonados fracasos: Bahía de Cochinos, y el principio de su propia liquidación como organismo omnipotente, al tener que someterse desde entonces a la creciente vigilancia del poder legislativo norteamericano. Hasta Bahía de Cochinos, la CIA

 había sido un garrote contundente que el presidente de los Estados Unidos guardaba en su despacho y manejaba a su antojo. Después, lo sería menos.

Por supuesto, la CIA no fabricó los movimientos anticastristas, sino que se los encontró hechos –en embrión– desde finales de 1959. A finales de 1959, un sector bastante amplio de las fuerzas que militaron en la lucha contra Batista estaba dando los primeros pasos en la lucha contra Castro y los comunistas. Curiosamente era la élite revolucionaria la que se ponía en marcha. La CIA, decidida a derrocar a Castro, comenzó entonces su reclutamiento.

Los hombres de la CIA

La CIA buscaba –y encontraba– gente de espinazo endeble. No quería, por supuesto, elementos independientes, sino boys obedientes y con cierta tendencia a la corrupción. Para una oposición que comenzaba a gestarse, la irrupción de un elemento poderoso y mítico como la CIA sólo podía acabar por desvirtuarlo todo. La CIA compraba hombres y grupos con dinero o con pertrechos de guerra. Me explico: había pocos medios –como siempre– para la lucha clandestina. La CIA los tenía todos: explosivos, detonadores electrónicos, sistemas de comunicación, armas convencionales. Y todo el dinero del mundo. (Falso o bueno, daba igual). Dinero, por demás, muy difícil de hallar fuera de estos suministros foráneos, porque los millonarios cubanos no se defendieron. Huyeron pasivamente jugando a la canasta, aunque bien es cierto que un buen número de los participantes en la expedición de Bahía de Cochinos pertenecía a la clase acomodada.

A la postre, esta «agentización» del anticastrismo tuvo consecuencias fatales. Lo indudable es que la «Agencia» o «los americanos» acabaron siendo un factor de debilitamiento del anticastrismo: por su dinero corruptor, que convertía en agentes asalariados a los supuestos patriotas; con sus preferencias, que para nada tenían en cuenta el mejor destino de Cuba, sino los intereses de Washington; con la absurda pretensión de crear una contrarrevolución con métodos extraídos del manual de espionaje. Pero tampoco el hecho de que ciertos cubanos buscaran la colaboración de la CIA puede interpretarse como una especie de oscura traición. En 1959 se vivía dentro de unos

 esquemas paridos por la guerra fría, en los que «mundo libre» y «civilización cristiana y occidental», eran artículos de fe. Los Estados Unidos eran la cabeza del «mundo libre», pero esa cabeza necesitaba un garrote para vigilar el perímetro de la defensa. Ese garrote era la CIA, y resultaba perfectamente congruente que los cubanos «mundolibristas» –por llamarles de alguna forma– buscaran el apoyo de la CIA, más o menos como, en su momento, lo habían buscado los exiliados españoles del Partido Nacionalista Vasco. No en balde, cuando esta cuestión fue planteada como dilema ético en el seno de la balbuciente oposición, paradójicamente se buscó en el comportamiento de los comunistas justificaciones para la alianza. La resistencia europea frente a los nazis, especialmente la resistencia francesa, gesta en la que participaron miles de comunistas –junto a otros miles que no lo eran–, no tuvo escrúpulos en aceptar la ayuda y la dirección técnica de los agentes norteamericanos de la OSS, organismo que dio origen a la CIA, para hacer frente al invasor alemán y a los franceses de Petain. Era una cuestión de «fuerza mayor», como alguna vez justificó Maurice Thorez. Muchos cubanos, pues, entendieron que frente al apoyo soviético a Fidel, a la oposición no le cabía otra opción que la de meterse bajo el ala norteamericana, especialmente tras comprobar que las repúblicas democráticas latinoamericanas no estaban dispuestas a mover un dedo por la libertad de la Isla.

Sin embargo, en la primera etapa, los yanquis no querían exactamente que los cubanos se liberaran de una dictadura comunista que comenzaba a arraigar, sino que Fidel y su equipo fuesen sustituidos por unos criollos dóciles, que garantizaran las inversiones norteamericanas en Cuba. Más adelante, cuando los pactos con la Unión Soviética congelaron los planes de derrocamiento, la CIA dirigió sus esfuerzos a mantener informado al gobierno de los Estados Unidos de cuanto acontecía en la Isla en el plano militar.

Durante casi diez años sobrevolaron la Isla aviones de reconocimiento y se infiltraron centenares de cubanos –fueron más de mil misiones– en busca de información militar útil para la defensa yanqui. Esta historia desconocida de la CIA tuvo sus éxitos más importantes con el rescate de partes del avión U-2 derribado por La Habana durante la crisis de los cohetes, y con las fotografías de varias bases secretas, operadas por

 soviéticos, tomadas por un agente cubano que logró escaparse con documentación soviética.

Para quien no conoce la historia de Cuba, esta promiscuidad política entre Estados Unidos y Cuba, caracterizada por la violenta injerencia yanqui en los asuntos cubanos, acaso puede parecer extraña, pero desde hace ciento cincuenta años es una inocultable realidad. Períodos hubo en que la anexión de la Isla a Estados Unidos parecía inminente, épocas en las que los cubanos ilustres querían y pedían formar parte de la gran nación americana. Esta situación ha sido frecuente en el Caribe, y la península de Yucatán, la República Dominicana y Puerto Rico han pasado por similares etapas. Es preciso recordar que los Estados Unidos fueron, en el siglo pasado, la nación más admirada. Hasta la lejana España, durante aquella curiosa aventura del Cantón de Cartagena (1873), pudo comprobar cómo una entrañable región del país pedía desmembrarse y pasar a formar parte de los Estados Unidos.

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