15. Votar con los pies: los que se exilian


CAPÍTULO 15 VOTAR CON LOS PIES: LOS QUE SE EXILIAN

Sólo se salvarán los que sepan nadar

(Cataneo, conocido cantante popular, viendo la televisión el 9 de enero de 1959, fecha del primer discurso de Fidel Castro en La Habana después del triunfo).

Si se dice «emigración» suena a paro obrero, a trámite de aduanas y a remesa de divisas. Todo irreprochable y civilizado, aunque doloroso. No es eso. Si se dice «diáspora» –y se dice a veces–, viene a cuento la Biblia y la historia de un pueblo perseguido por otro pueblo. Tampoco es eso. En Cuba se persigue a la gente para que no se vaya. Es al revés. Tal vez «éxodo» o «exilio» sean las palabras más cercanas al fenómeno de la huida en masa de casi un millón de cubanos a bordo de todo lo que vuele o flote.

¿De qué huyen los cubanos? Vamos por partes. La primera camada –enero/febrero de 1959–, apenas tres millares, con algunas excepciones, huía de la justicia revolucionaria. La segunda tanda –resto de 1959, principios de 1960– iba a salvar su dinero, incuestionablemente en peligro por el sistema que se anunciaba. (El olfato político más sensible lo tiene el dinero). La tercera oleada (1960-1962), medio millón de cubanos huía de la implantación de la dictadura comunista. Este flujo no se hubiera detenido si en octubre de 1962 no se produce la «crisis de los cohetes». Entonces se prohibió la salida de cubanos rumbo a suelo norteamericano. El éxodo legal se detuvo.

Pero comenzó, se incrementó, el otro: los cubanos se embarcaron en yates, botes, tablas, balsas o simples salvavidas. Se metieron de polizones en barcos mercantes o aviones. Las embajadas que concedían asilo político se vieron virtualmente inundadas. Venezuela, cuatrocientos y tantos, a la vez, hacinados en tres pisos familiares. Uruguay,

 por el estilo; Honduras, Brasil, Argentina, Colombia, lo mismo. Centenares de hombres y mujeres, disfrazados de vendedores ambulantes, de boticarios de turno, de médicos, de policías lograban cruzar las puertas de los recintos diplomáticos y respirar hondo. El gobierno decidió parar el éxodo a tiro limpio. A la entrada de la embajada del Ecuador quedaron siete cadáveres en una tarde sangrienta. Luego comenzaron a disparar contra los emigrantes clandestinos. Los guardacostas americanos se encontraban botes ametrallados, supervivientes abrasados por el sol, náufragos que habían visto morir de hambre, sol o heridas de bala a toda la familia. Un pobre hombre fue arrojando por la borda los cadáveres de sus hijos, hasta que concluyó con el de su mujer y llegó solo y loco hasta un puerto americano, navegando a la deriva.

Ni la inseguridad de las embarcaciones, ni el temor a las lanchas asesinas del régimen – las temibles torpederas–, que primero disparaban y luego preguntaban, servían para detener a las familias que se echaban a la mar. Casi diez mil personas alcanzaron la costa continental, Yucatán, Gran Caimán. Según los gringos, que todo lo computan y lo promedian, otros tantos murieron en el trayecto. El estrecho de la Florida comenzó a llamarse El estrecho de la muerte. Hubo episodios de increíble solidaridad, como el del joven náufrago aferrado a una tabla, que mantuvo a una anciana entre sus brazos varios días, sin dejarla morir, hasta que un barco imprevisto los recogió. Pero otros hechos incalificables, como el del barco sueco que entregó en La Habana a cuatro obreros de plantas eléctricas que habían naufragado. El gobierno fusiló a tres y condenó al cuarto – Alberto Rodríguez Vizcaíno– a treinta años de presidio.

Las embajadas y consulados cubanos veían reducir sus nóminas por la súbita escapada del embajador u otros funcionarios menores. Delegaciones comerciales, deportivas y artísticas, pescadores, bailarines, compradores; cualquier salida servía de coartada para asilarse. Inclusive dentro del mundo comunista. El problema era llegar a Yugoslavia, luego a Italia, y se era libre. El gobierno adiestró a sus sabuesos para que detectaran a posibles desertores. A veces había un agente por cada deportista; la mitad del personal de las embajadas era de la Seguridad del Estado, pero continuaba, pertinaz, la filtración.

 Dos cubanos, que nada sabían de fisiología o aeronáutica, se escondieron en el tren de aterrizaje de un avión de Iberia. Uno cayó en algún momento: el otro, un joven pintor, logró aferrarse e hibernar milagrosamente durante el trayecto hasta alcanzar Madrid, tumefacto y aterido. Se salvó y hoy vive en Nueva York. Años después, otros dos muchachos intentaron repetir la hazaña y llegaron muertos a España.

El gobierno, sin embargo, obtiene del éxodo sus ventajas. En primer término, aquello irrebatible del puente de plata para el enemigo que huye; después, viviendas para los que quedan, puesto que la falta de techo es uno de los más agudos problemas del país. Pero la carnicería repugnante de las costas se estaba convirtiendo en una fuente de desprestigio para una revolución obsesionada con la imagen. Fidel decidió, un día de 1965, permitir a los exiliados que recogieran a quienes quisieran en el puerto de Camarioca. En Cuba y Estados Unidos se organizó la locura. Comenzó el viaje, en la otra dirección, para buscar familiares y amigos en «Camarioca». En veinticuatro horas, el gobierno se dio cuenta del error. Miles de cubanos, exricos, clase media, pobres, se apelotonaban en el litoral mientas la voz corría por toda la Isla. De las provincias orientales, las más alejadas de Camarioca, comenzó la caravana rumbo al «puerto libre». En Miami y Cayo Hueso (Key West), contra la voluntad del Departamento de Inmigración de Estados Unidos, horrorizado por unos hechos sin precedentes y contra reglamento, centenares de botes y barcos cruzaban el estrecho. Los funcionarios de Seguridad del Estado –la Gestapo criolla– veían con estupor cómo hijos, hermanos y hermanas de los jerarcas huían del país. A la semana vino el cierre de nuevo. El gobierno se dio cuenta que la prolongación de Camarioca hubiera sido la despoblación desordenada de la Isla. La puntilla llegó con la noticia de unos cubanos exiliados que tramitaban el alquiler de un buque capaz de transportar dos mil personas en cada viaje y realizar un viaje de ida y vuelta cada veinticuatro horas. Se iba todo el mundo. Se reglamentó entonces el éxodo. Rumbo a Estados Unidos saldrían los «Vuelos de la Libertad» a razón de dos diarios, además de los que marchaban rumbo a España en dos vuelos a la semana. Se compilaron interminables listas de espera que no flaqueaban por la incesante incorporación de nuevos solicitantes. El gobierno decidió entonces castigar a los emigrantes como jamás se ha visto en la historia moderna de las naciones civilizadas. Primero, decidió que entre los

 quince y veintisiete años no podía irse ningún varón, porque estaba «sujeto a servicio militar». Como es lógico, esto ataba a los padres de los jóvenes comprendidos entre esas dos edades, puesto que no estarían dispuestos a abandonar a sus hijos.

Tan pronto como se presentaba la solicitud de salida, la familia pasaba a ser algo así como enemiga de la patria. Los jóvenes tenían que abandonar los estudios especializados, los padres eran expulsados deshonrosamente de sus centros de trabajo y pasaban, en régimen de presidiarios, a los campos de trabajo agrícola en las regiones más remotas del país. Allí, si trabajaban de sol a sol, si cumplían las metas, si respetaban la incuestionable y siempre insolente autoridad de los guardianes, podían, una vez al mes, visitar a su familia. Cualquier rebeldía o incumplimiento se pagaba con la anulación de la salida, lo que automáticamente convertía al castigado en una especie de paria dentro de su propia nación.

Las mujeres que abandonaban la isla no eran mejor tratadas que los hombres. Con bastante frecuencia, muchas prisioneras tuvieron que aplacar la ira de los guardias acostándose con ellos. La alternativa era no poder salir junto a los hijos y esposos que estaban en otros campamentos.

Durante muchos años, el gobierno no escatimó dureza para desalentar el éxodo. La espera en los campos de trabajo forzado duraba un promedio de tres años, aunque muchos cubanos llevaban cinco y hasta seis sin lograr que se les permitiera salir del país. ¿Qué atmósfera debía respirarse cuando cientos de millares de hombres y mujeres estaban dispuestos a cumplir tres, cuatro o cinco años de trabajo forzado, alimentación miserable, separación de la familia, tratamiento de perro, con tal de largarse con lo que tenían puesto hacia el siempre azaroso exilio? El propio gobierno investigó todo lo investigable. Puso a sus pavlovianos sicólogos a indagar las razones de una decisión aparentemente suicida. Al cabo, los sicólogos se callaron, y el gobierno, de un manotazo, cerró las compuertas. Desde mayo de 1970 no se admitieron más solicitudes de salida. Otra vez se imponía la lección de Camarioca. Se iba hasta el gato. A Fidel y Raúl Castro se les habían ido dos hermanas. A Sergio del Valle, el que venía detrás, otra hermana: al comandante Piñeiro,

 «Barba Roja», toda la familia; a Nicolás Guillén, un sobrino. Hermanos de Celia Sánchez, de Armando Hart… Cualquiera. No se veía límite ni fin. Años después –en 1980– el episodio de Camarioca volvió a repetirse, pero por el puerto del Mariel. Unos ciento treinta mil cubanos lograron embarcar antes de que el gobierno norteamericano prohibiese la entrada a los refugiados, producto, quizás, de un hecho alarmante: aprovechando el éxodo masivo de opositores, Castro decidió sacar de cárceles, manicomios y hospitales a unos cuantos millares de endurecidos delincuentes o de enfermos crónicos, para remitirlos a los Estados Unidos en medio de la ola migratoria.

Pero en 1980, como en 1965, como en 1961, no se iban sólo los perjudicados, sino muchos beneficiados. La propia gente del gobierno, la familia de la nueva clase. Esto no se había visto ni en el Berlín del muro. Los hermanos de Brezhnev no están asilados en ninguna parte, ni el hijo de Mao, ni la sobrina de Tito. Es falso que el éxodo fuera el refugio de los elementos arruinados por la revolución. También es falso que las «privaciones del bloqueo» impulsaron el éxodo. El cubano había sido siempre una fauna casera. Bicho insular. Animal de campanario al que no le gustaba emigrar. ¿Cuántos vivían en España antes de 1959? Cuando la hambruna terrible de la década de 1930, el censo apenas varió. Además, el gobierno siempre ha garantizado trabajo y una mínima cantidad de comida. Estos son los dos factores que generan la emigración económica en el mundo. El español que ha visto a cubanos humildes haciendo llaves en la Puerta del Sol no puede creer que estos señores hayan emigrado en busca de fortuna. Se han ido, fundamentalmente, por razones de ecología política. Cuba es irrespirable. Se llegó a exiliar –por si quedaban dudas– un comandante que había perdido la vista y los brazos como consecuencia de una bomba que le estallara en la lucha contra Batista.

¿Qué podía ganar con el exilio, pobre y mutilado como estaba? Sacrificó, en cambio, la protección de la revolución, los honores que le brindaban, la elevadísima posición que tenía. Es una canallesca falsedad caracterizar al millón de cubanos que ha logrado huir del país como «burguesía en estampida», «explotadores», «putas» o «traficantes de drogas». Se trata de un corte transversal de la sociedad cubana, con el acento puesto en los niveles sociales medios, pero con millares y millares de representantes de la más baja

 extracción económica. Esto se comprueba fácilmente entre los pescadores de la Florida y en cierto campesinado que ha hecho prosperar la caña en los ingenios del sur americano, y especialmente en los más de dos mil jóvenes que escaparon en balsas y botes a lo largo de 1991.

Los gringos, que ya sabemos que todo lo miden, antes del éxodo del Mariel habían concluido que la emigración cubana era el grupo que mostraba el menor índice de criminalidad en el país, con niveles incluso por debajo de la media norteamericana. Eso tal vez haya variado con la incorporación de varios millares de delincuentes criminalmente «exportados» por Castro, pero lo predecible es que en pocos años las estadísticas vuelvan a revelar las virtudes de la emigración cubana, la más exitosa desde el punto de vista económico que ha conocido Estados Unidos.

En Madrid, Caracas o San Juan de Puerto Rico, ciudades con cierto número de cubanos exiliados, se repite el mismo patrón de comportamiento que desmiente la falsa imagen que La Habana quiere proyectar. Un millón de cubanos, que a su vez han parido un millón de hijos, son demasiados para que no constituyan una muestra válida de toda la sociedad. Son demasiados para caracterizarse con varios prejuicios facilones. En la viña del señor (presidente) había de todo y todos (los que pudieron) pusieron pies en polvorosa.

Por supuesto, para explicar el desprestigio de la fuga en masa, el gobierno ha echado mano de los más absurdos argumentos. Ha dicho que algo parecido le ocurrió a Puerto Rico con su millón largo de boricuas avecindados en Nueva York. Si los cubanos hubieran huido hacia Moscú, el razonamiento habría tenido base, pero es una burla si nos percatamos de que la huida ha sido hacia las antípodas de La Habana. Incluso, alguna vez, rizando el rizo, Fidel ha comparado la fuga de sus compatriotas con la ocurrida en los Estados Unidos cuando la guerra de Independencia. Otra tontería. Ni la hermana de Washington ni la tía de Jefferson se montaron en un bote desesperadas. De la excolonia huían los súbditos británicos, como en Cuba, a principios de siglo, emigraron varios miles de españoles cuando ocurrió el cambio de soberanía. Pero eso no tiene nada que ver con

 el impresionante fenómeno cubano. No hay argumento convincente para explicar por qué un millón de personas huye de su país, a sabiendas de que el pasaje no sólo vale buenos dólares, sino años de castigos y privaciones. No existe razonamiento aceptable que aclare por qué un padre de familia, cuerdo y responsable, sube a su mujer e hijos en una balsa y se aventura a remontar el «Estrecho de la Muerte» con un cincuenta por ciento de posibilidades de morir en el intento. Si malintencionadamente puede hablarse de «perjudicados» por la revolución, ¿qué puede alegarse de los diplomáticos, bailarines, escritores, funcionarios, cineastas, y demás beneficiados por la revolución, que han optado por asilarse en el extranjero? Me parece evidente, obvio, que la atmósfera cubana es totalmente irrespirable. Neruda, después de una visita nada grata a Cuba, le hizo a Asturias una confesión dolorosa y melancólica. «Qué lástima, Miguel Angel, que nos pasemos la vida defendiendo países en los cuales no podemos vivir». La única prueba válida que podría aportar la revolución para mostrar el apoyo con que realmente cuenta, sería abrir los puertos aéreos y marítimos. Pero ya el régimen ha chocado dos veces con la realidad. Se va todo el mundo. A los cubanos, por lo visto, no les gusta el «paraíso». Lenin dijo una vez que «los exiliados votan con los pies». Eso han hecho los cubanos cada vez que han podido. Es mejor la nostalgia que la asfixia moral. Pero de Cuba no sólo se exilian los cubanos. También se exilian los exiliados, como ocurrió con la mayor parte de los españoles republicanos –el caso de Néstor Almendros no es la excepción, sino la regla–, y posteriormente con los exiliados chilenos que llegaron huyendo de la represión de Pinochet. La experiencia ha sido nefasta para los chilenos. Aunque ideológicamente afines al castrismo teórico, la práctica les ha resultado insoportable. Todos se fueron de Cuba. Tras el suicidio de la hija de Salvador Allende, el gobierno los dejó salir poco a poco, para evitar la propaganda negativa. Si los chilenos hubieran leído Persona non grata, de su compatriota Jorge Edwards, uno de los primeros diplomáticos que envió Allende a La Habana, o los relatos de los atribulados piratas aéreos que han optado por entregarse al FBI antes que seguir en Cuba, hubieran elegido con cuidado el sitio del asilo. Pinochet –ya saben– no era peor que Castro. Sólo otra modalidad de la barbarie, eso sí, mucho más fácil de derrotar.

 La embajada de Perú

En abril de 1980, tras asilarse en la embajada de Perú unos pocos cubanos, Castro decidió castigar a Lima por no entregárselos, y les quitó la guardia que impedía el acceso al recinto diplomático. Diez mil cubanos –el Anábasis, el Apocalipsis, la rebambaramba– se precipitaron sobre la embajada de Perú para castigar al Comandante, silbando por así decir aquello de «Deja que yo te cuente, limeña, deja que yo te cuente mis penas». Por unas horas, Cuba tuvo su territorio libre, su puerto franco, para huir, con lo puesto de esa cosa monstruosa, cruel y boba que el Comandante inventó hace treinta y tres años y que no ha dejado de agravar con sorprendente tenacidad.

Hasta ahí lo que el universo sabe. Hay otros detalles menos divulgados, y más tristes, como los de los otros millares que no cupieron, y que fueron apresados, y apaleados, y escupidos por las turbas castristas, motivadas, como el Comandante, por una rabiosa soberbia. Más horror, y con más saña, cayó sobre los infelices que llegaron tarde a su centímetro cuadrado de libertad.

Y también –lo que es más grave– sobre todo el pueblo de Cuba, puesto que de este insólito episodio Fidel Castro no extrajo la conclusión de que el pueblo repudia su régimen porque ha sido meticulosamente nefasto, sino que decidió, por el contrario, que había sido demasiado «blando», que los Comités de Defensa «bajaron la guardia», que la revolución se había excedido en tolerancia. La conclusión castrista de este episodio fue que había que salvar a la revolución a palo y tentetieso. Que había que apretar clavijas. Del hecho conmovedor de «Los diez mil de La Habana» –como lo llamó el New York Times– salieron más paredón, más represión, más desdicha para ese pobre y machacado pueblo.

Pero ésa sólo fue la etapa inmediata. A largo plazo «Los diez mil de La Habana» se convirtieron en el punto de partida de una mayor rebeldía juvenil, de deserciones de funcionarios, de un todavía mayor grado de inconformidad. De pronto, la gran sospecha, compartida por diez millones de personas, se verificó sin apelación: los cubanos, abrumadoramente, estaban contra el sistema. Ese es el significado simbólico que encerró

 el episodio de «Los diez mil de La Habana». Antes de los sucesos de aquel abril loco y tumultuoso, esa creencia era sólo una razonable hipótesis gritada sin talento por los enemigos del castrismo, y siempre contestada hábilmente por los partidarios. Antes de «Los diez mil de La Habana», dentro y fuera de Cuba, ondeaba la superstición de que el castrismo –pese a sus errores– tenía el apoyo del pueblo. Con el espectáculo de la embajada, eso se acabó dentro y fuera de Cuba. Eso se acabó para la oposición y se acabó para los simpatizantes.

Ya no hubo coartada. Ya no hubo Plaza de la Revolución, desmentida como quedó por el fulminante plebiscito de esos millares de ciudadanos apresurados y madrugadores. Cuando se escriba la lamentable historia del castrismo –dure lo que dure– los historiadores podrán señalar que la estampida de abril de 1980 marcó el comienzo del fin de un mito.

Por qué desertan los jóvenes

El recuento definitivo de las últimas oleadas de exiliados invariablemente reitera un dato significativo: un enorme porcentaje tiene menos de 30 años, y muchísimos no llegan a los veinte. ¿Qué ha sucedido? En la década de 1990, sería absurdo calificar los anticastristas recién llegados como «burgueses explotadores», y nadie medianamente serio puede creerse que estamos ante «lumpen», prostitutas y drogadictos. Como es obvio, se trata de una representación proporcional del pueblo cubano. ¿Qué ha ocurrido? Vamos a ello:

Los niños cubanos ya no cantan rondas infantiles. Ahora, en vez de «Alánimo, Alánimo» entonan «Bush no tiene madre porque lo parió una mona». Y luego regresan a casa, silenciosos, a que la abuela les cuente historias fantásticas de países en los que los niños no tienen que odiar ni aprender en las escuelas rimas idiotas, para luego salir a corearlas en las manifestaciones:

Fidel, seguro, a los yanquis dales duro.

O aquella otra, obscena, tonta:

Carter, cabrón, acuérdate de Girón.

 Porque la revolución, para los niños cubanos, no es juego, diversión o alegría, sino responsabilidad, compromiso político, contradicción total entre un hogar en el que se odia al sistema y una sociedad que exige la tensión emocional de tener que fingir todo el día, a toda hora, siempre. Nadie puede saber que la madre esconde un Corazón de Jesús en el escaparate. Ni que por las noches, en secreto, la familia oye Radio Martí. Ni que el padre estudia inglés con la esperanza obsesiva de poder huir del país. En la escuela hay que mostrar otra cara. Hay que sonreír sin ganas, colaborar sin ganas. Para los niños, la revolución no es una experiencia feliz, sino un monstruoso pareado, repetido hasta la náusea a lo largo de una infinita avenida. La revolución es penuria y consignas. Miedo y consignas. Simulación y consignas. Pero todo ello amalgamado, incomprensible, siempre doloroso.

Sin embargo, las mayores desdichas comienzan en la adolescencia. Al fin y al cabo, los niños menores de doce años no van a la cárcel en Cuba; eso vendrá más tarde, cuando sean hombres y mujeres. Pero el ensayo general comienza en la pubertad y se llama la «escuela al campo». Tres meses al año, los adolescentes son alejados de sus familias y llevados a las siembras y recogidas de vegetales. Durante ese tiempo, en barracones insalubres, viviendo en régimen semicuartelero, alimentándose mal, los jóvenes deben someterse a la superstición de que el trabajo agrícola purifica, enaltece y hace mejores ciudadanos. El régimen, que por lo visto es tan simplista como sus pareados, quiere romper la supuesta tendencia a la formación clasista. Quiere destruir la influencia familiar. Pero lo único que el régimen consigue es fastidiar al adolescente, molestarlo durante varios preciosos meses de su vida, convirtiéndolo en el crítico permanente de un sistema que le obliga a llevar una vida desagradable y sin ninguna justificación racional.

A estas alturas –la escasa altura de los 13 a los 17 años– la vida se ha vuelto aún más tétrica que durante la niñez, porque con los años ha ido aumentando la demanda de entrega y compromiso. Son obligatorias más responsabilidades, más obediencia, más simulación, más sometimiento a las arbitrariedades del Estado. Si ha sido «bueno», si ha gritado suficientes consignas, si se ha inscrito en las organizaciones políticas juveniles, si

 es suficientemente varonil, si lleva el pelo corto, si ha renunciado a los blue jeanss y al rock, sus padres están «integrados al proceso histórico», entonces, tal vez entonces, pueda tener acceso a una facultad universitaria –«la universidad es para los revolucionarios», ha dicho Fidel–, pero no para estudiar la carrera que le indique su vocación, sino la que le señale el Estado.

En rigor, la vida que tiene por delante es triste. Carece de los objetos que ansía. No puede elegir su destino. No puede soñar con ser piloto, médico o aventurero. (Será lo que el Estado le permita ser). No puede viajar. No puede leer los libros que desee. No puede exteriorizar sus peculiaridades o sus extravagancias, porque alejarse del arquetipo conformista y disciplinado es un acto contrarrevolucionario. No puede rechazar o burlarse de la verdad oficial. No puede protestar contra la absurda aventura africana. La vida ya, y para siempre, es un «no poder» realizar un proyecto personal libremente elegido. ¿Cómo sorprenderse de que millares de jóvenes formados por la revolución corrieran hacia la embajada peruana o hacia los botes del puerto de Mariel o hacia las balsas en las que (a veces) logran navegar hasta la Florida? Frente al horror sólo cabe una respuesta: huir.

El regreso de los exiliados

A finales de los setenta, calladamente –todo lo calladamente que les resulta dable a los cubanos– millares de exiliados viajaron a la Isla. Fueron visitas breves, intensas y demoledoras. Este turismo de exilio realizó una irreparable erosión en la línea de flotación del castrismo. El exiliado, que se fue porque no soportaba la intolerancia y la ineficacia del colectivismo castrista, y que regresa al cabo de los años a contar la batalla del Cadillac, la de la casa a plazos que financió el FHA, la del viaje a Europa –«se la comieron en el Louvre, viejo»– y la del niño que estudia en Yale, y que tiene «carro» desde los dieciséis años, es la incontestable demostración de que lo único sabio, prudente y aconsejable que podía hacerse bajo el castrismo era largarse. Largarse y volver luego – por la cosa de la morriña–, en plan «miembro-de-la-comunidad-del-exterior», para evidenciar que pertenecer a la comunidad es mucho más inteligente que pertenecer al comunismo.

 Los «miembros de la comunidad» llevaban a Cuba calzoncillos, blue jeans, relojes, una faja «para que a la abuela no se le escape la persona galopando en celulitis», una Polaroid –«¡Mira, mira, mira, mira cómo va saliendo… Caballero, ejto americano son la pataeldiablo!»–, calcetines, zapatos, bolígrafos. (Alguna vez, alguien tendrá que explicar la misteriosa incompatibilidad entre el comunismo y los bolígrafos). El comunismo, en cambio, era la guerra de Angola, el trabajo voluntario, la guardia frente a la tintorería para que no se robaran las perchas, y la rifa del derecho a comprar una nevera, cuando las lluvias y el precio del azúcar coincidieran en el plano astral de un plan quinquenal. El comunismo era una lata. Y una lata aburrida, monótona, ineficaz, gris, boba y palabrera. Eso ya lo sospechaban –¡ay!– los cubanos, pero entonces, con el regreso fugaz –de fuga– de los exiliados, tuvieron la patética confirmación de la sospecha. Porque Yeyo, que era un imbécil, que abandonó la escuela porque no podía redondear una bola de masilla, y que era guagüero, parqueador o saltamuros, regresó al barrio de su infancia envuelto en una nube radiante de poliéster, como un profeta infalible del legendario reino de Union City, tierra de Eldorado y del overtime. No hay manifiesto comunista ni dialéctica materialista, no hay plusvalía ni alienación, que resista a la contundente refutación del victorioso regreso de Yeyo; él mismito, con su diente de oro, sus piropos antiguos y la irónica sonrisita de «te lo dije, mi helmano, había que idse».

Pero no es sólo eso, la infinita caravana de exiliados llevó a Cuba información desconocida. Fueron a contar, no a que les contaran. Durante casi veinte años –esto ocurrió a finales de los setenta– ese pobre país había tenido que sufrir las letárgicas monsergas de Granma, Bohemia y otros horrores parecidos. Los exiliados que regresaron, contribuyeron a la patriótica labor de desintoxicar a sus conciudadanos ofreciéndoles otra versión de los hechos, otra interpretación de la realidad internacional. Durante casi veinte años, los castristas se habían dedicado a taponar, censurar y bloquear cuanta información contradijera el dogma oficial. Esa gigantesca labor de manipulación se destruyó bajo el alegre trote de los exiliados que regresaban de visita.

 Y más aún: varios centenares de jóvenes exiliados se habían hecho castristas en el desarraigo y la mitificación de una Cuba que no conocían. El choque entre la fantasía – el exilium tremens– y la Cuba de carne y hueso había sido decisivo. Y era frecuente el íntimo reconocimiento del error: la Cuba pensada no era eso. Era cierto: había que idse. Esto, tristemente, lo comprobó hasta una buena parte de la Brigada Maceo, una organización pantalla que la Seguridad Cubana organizó en el exterior.

2 pensamientos sobre “15. Votar con los pies: los que se exilian”

  1. Excelente artículo, Buen recuento y muy bien escrito. Lástima que no aparezca el nombre su autor por ningún lado, pero quien quiera que sea, lo felicito.

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