16. La Cuba futura


CAPÍTULO 16
LA CUBA FUTURA
Cuba es el único país realmente comunista que queda en Occidente; pero en sus horas
finales, el propio Castro se está empeñando en llevar a la Isla algo así como un
capitalismo salvaje, en forma de joint-ventures, sin otro objeto que intentar apuntalar su
régimen, ahora que han colapsado los vínculos económicos con el ya inexistente
Bloque del Este. A este cambio de rumbo, los cubanos le llaman la vía capitalista para
salvar el estalinismo.

En realidad, esas inversiones extranjeras no van a poder sustituir el subsidio soviético o
los créditos que antes concedía la Europa Oriental. Sencillamente, el sistema comunista
en Cuba es insalvable, y es difícil pensar que las multinacionales gallegas o asturianas
consigan reflotar lo que se ha hundido pese a contar con una ayuda de la URSS, a lo
largo de 30 años, calculada en miles de millones de dólares.

La Habana carece de reservas, de crédito y hasta de clientes fiables para los pocos
productos que el país puede exportar. Le debe unos veinte mil millones de dólares a
Moscú, siete mil a Europa oriental y otros nueve mil a Occidente. El ochenta por cien
de sus exportaciones depende del azúcar, pero los cuatro millones de toneladas con que
cuentan para exportar, a precio de mercado mundial, ni siquiera alcanzan para cubrir los
costos del petróleo que el país necesita para su consumo normal: 200.000 barriles
diarios. Y ese altísimo consumo energético es obra de una fatalidad natural: Cuba
carece de grandes ríos capaces de generar energía hidráulica. Tiene que depender de la
energía térmica convencional, puesto que la central nuclear comenzada a construir hace
unos años jamás será puesta en servicio. Ni la Rusia actual tiene alicientes o recursos
para concluirla, ni Cuba tiene a dónde acudir para conseguir los carísimos equipos
electrónicos que tendría que comprar en Occidente, concretamente en Francia, para
ponerla en funcionamiento.
Por otra parte, Cuba es un importador neto de alimentos y hoy carece de recursos para
efectuar esas compras. Asimismo, todo el parque industrial adquirido en Europa del Este

o en la antigua Unión Soviética requiere de unas piezas de repuesto que sólo le venderían
en divisas fuertes, y Cuba no cuenta con ellas.
Los inversionistas extranjeros

En suma: la Isla marcha hacia la parálisis económica y hacia la desintegración de
prácticamente todo el aparato productivo. Cualquier préstamo que se haga al gobierno de
Castro, cualquier línea de crédito que se le conceda, será tirar el dinero al mar Caribe,
porque el país no tiene la menor posibilidad de cumplir con sus compromisos
económicos.

En pocos meses, la situación tiene que volverse totalmente ingobernable y comenzaremos
a ver el final del castrismo y el surgimiento de una Cuba distinta. Todavía no podemos
predecir si el colapso definitivo va a ser violento o mediante una evolución pacífica
pactada con la oposición, a la manera de Checoslovaquia o Hungría –lo cual nosotros
estamos procurando desesperadamente–, pero lo que sí resulta previsible es que la nueva
Cuba que surgirá tras el fin del castrismo no verá con buenos ojos a los inversionistas que
a última hora acudieron a la Isla a la llamada de un Castro que les ofrecía villas y castillos
con tal de prolongar su estancia en el poder.

En efecto, y a juzgar por los informes de prensa, el pueblo cubano no podrá tener una
buena opinión de quienes contribuyeron a prolongar su agonía, y en especial de quienes
invirtieron en negocios hoteleros que –de acuerdo con el juicio quizás apasionado de los
cubanos– constituyen una afrenta para los naturales del país, puesto que a ellos les está
prohibida la entrada, dado que se trata de sitios en los que exclusivamente se puede pagar
en moneda extranjera. A esa discriminación en su propio suelo, los cubanos la llaman

apartheid.
En todo caso, sería desleal no advertirles a los empresarios españoles de última hora –
muchos de ellos amigos nuestros bien intencionados– sobre el extraordinario riesgo que
están corriendo. En primer término, sea o no una percepción correcta, el pueblo los ve
como cómplices de la dictadura; y en segundo lugar, como administradores de un injusto
y humillante trato hacia la población. Tan humillante que, al decir de algunos
prominentes miembros de la oposición, con los que no siempre estamos de acuerdo, entra
en el capítulo de la violación de la propia ley revolucionaria, puesto que se supone que
todos los nacidos o residentes en la Isla cuentan con los mismos derechos, principio que
se viola en los hoteles, discotecas, restaurantes y tiendas a las que los cubanos no tienen
acceso, así como en los leoninos contratos laborales con los que se disciplina a los
trabajadores de esas empresas.

Obviamente, se podrá decir que esas reglas las puso el gobierno de Cuba, pero esas
reglas probablemente son inconstitucionales, vulneran los derechos civiles y humanos
de los cubanos, y seguramente servirían de base para futuras acciones legales civiles y
criminales contra quienes han practicado la discriminación contra los naturales del país.
Súmesele a esto las dudosas cláusulas de los contratos firmados entre el gobierno y los
empresarios extranjeros, los derechos de los antiguos propietarios de bienes afectados
por las nuevas inversiones, más el clima general de hostilidad que hay en el país contra
estos inversionistas, y se tendrá una idea de los enormes riesgos futuros que amenazan a
quienes hoy invierten en la Cuba de Castro. Advertencia que no quisiéramos que nadie
tomara como una amenaza, porque no nos hace felices que los industriales y
comerciantes españoles de hoy se vieran mañana sujetos a represalias probablemente
injustas, como las que a principios de la década de los sesenta afectaron a miles de
honrados inversionistas, casi todos gallegos y asturianos, que perdieron el fruto de su
trabajo o de sus ahorros.

La economía del futuro

En realidad, esto es lamentable, porque si de algo va a necesitar la Cuba del futuro es de
inversionistas extranjeros que se den cuenta de las enormes posibilidades que tiene la
Isla tan pronto como se haya puesto fin al comunismo. Y precisamente el campo más
halagüeño es el de la hostelería. Tras el fin del castrismo, súbitamente aparecerá en el
país un potencial turístico de dos millones de cubanos y descendientes de cubanos
avecindados en la cuenca del Caribe –la mayor parte en el sur de la Florida–, que serán
visita frecuente en su país de origen. Y eso quiere decir que –de haber un clima de
razonable sosiego en el país– la cifra actual de visitantes anuales (250,000) puede
inmediatamente multiplicarse por diez, dando origen a una verdadera industria turística
comparable a la de Puerto Rico, con la indudable ventaja geográfica de que el grueso de
esos viajeros potenciales estaría situado a media hora en avión del punto de destino y a
un costo de transporte realmente reducido.

Pero ése es sólo el más inmediato efecto. El segundo factor será la cuantía creciente de
las remesas de dinero de los cubanos domiciliados en el exterior hacia sus familiares de
la Isla. De la misma manera que en el caso de los salvadoreños con relación al café y de
los dominicanos al azúcar, los dólares libremente enviados por los cubanos desde
Estados Unidos, Venezuela o Puerto Rico a sus parientes en Cuba, seguramente
sobrepasarán la cifra que el país recibe por las ventas de su zafra azucarera.

No obstante, aun siendo muy importante, no es en el turismo o en las remesas de los
emigrantes donde radica la gran posibilidad de despegue económico de Cuba, sino en las
exportaciones de productos no tradicionales rumbo a Estados Unidos. Y si algún
momento de la historia de la nación cubana ha sido propicio para este fenómeno, ese
momento llegará tras el fin del comunismo, debido a tres razones fundamentales.

La primera es que en Estados Unidos existe una clase empresarial de origen cubano que
tendrá unas densas ramificaciones con la economía de la Isla. Los vasos comunicantes ya
existen y son numerosísimos. Todo lo que Cuba puede producir a buen precio y buena
calidad hallará de inmediato su nicho en el mercado de Estados Unidos. Todo: frutas,
mariscos, vegetales, pescados, flores, zapatos, muebles, tejas, ladrillos y un largo etcétera
que se puede ir haciendo más complejo y refinado en la medida en que los productores se
vayan adaptando a las necesidades y los estándares de sus rigurosos compradores.
En segundo lugar, ya existen unas ventajas arancelarias conocidas como Iniciativa del
Caribe, concebidas para estimular las exportaciones de la zona hacia Estados Unidos, y
Cuba podría beneficiarse inmediatamente de ellas, maquillando en la Isla ciertos
productos originados en otras islas o en los propios Estados Unidos, hasta que consiga un
aumento sustancial de las exportaciones, fenómeno que ha acompañado a todos los países
que en las últimas décadas han logrado abandonar el subdesarrollo, como demuestran los
ejemplos de los famosos dragones de Asia.

Pero el tercer elemento que hay que tomar en cuenta es el más prometedor de todos: el
Mercado Común de América del Norte que hoy forman Estados Unidos, México y
Canadá. Casi con toda seguridad, una Cuba democrática se incorporaría a este gran
mercado sin dificultades, con menos tropiezos aún que los que tuvo México, debido a dos
razones básicas: la influencia de la comunidad cubana en el Congreso americano y el
tamaño relativamente pequeño de la economía de Cuba. Para los 350 millones de
habitantes que forman ese conglomerado, la incorporación de una isla de apenas once
millones de personas no es nada que pueda quitarles el sueño. Especialmente en un
momento en el que los Estados Unidos querrán hacer todo lo posible por demostrar la
superioridad del sistema de economía de mercado sobre el que preconizaban los
comunistas.

Las oportunidades futuras

Obviamente, la Cuba del poscastrismo puede convertirse en un sitio ideal para los
inversionistas de todo el planeta porque su potencial de rápido crecimiento puede situarse
entre los primeros del mundo, aunque sólo sea porque el punto de partida será
extraordinariamente bajo.

El país está totalmente desabastecido, y en la medida en que crezca el poder adquisitivo,
la población querrá comprar todos los productos que el gobierno actual les ha vedado a lo
largo de los años. La mayor parte, casi la totalidad de las empresas productoras de bienes
y servicios que actualmente funcionan en el país, tendrán que ser privatizadas, y no hay
duda de que eso ofrece grandes posibilidades a los empresarios e inversionistas
extranjeros que quieran llevar a la Isla sus recursos económicos, su crédito o su know-
how. Más aún: quienes no sólo piensen en el mercado cubano, que de por sí será
interesante, sino en el norteamericano –y ahí incluimos a México y Canadá–, harán muy
bien en tomar posiciones cuanto antes en la Isla, porque no podrá tardar demasiado la
vinculación económica entre Cuba y el gran mercado norteamericano surgido en el curso
de este año. Y ésta será una indudable ventaja para los inversionistas norteamericanos
que quieran buscar en la Isla una mano de obra menos costosa que la de su país; pero ese
atractivo es aún mayor para los europeos, japoneses o latinoamericanos que también
quieran acceder a los Estados Unidos por un camino ventajoso.

La experiencia pasada

¿Puede ser una Cuba poscastrista tan promisoria como la estoy describiendo? Yo creo
que sí, y es bueno remitirnos a la historia para entender del todo esta perspectiva risueña.

En el siglo XIX, Cuba era uno de los territorios más ricos del mundo. Tanto, que de las
arcas de la Isla –entonces colonia de España– se financiaron las guerras carlistas y una
buena parte de los gastos de la monarquía madrileña.

A finales de ese mismo siglo, las dos guerras cubanas de independencia devastaron el
país, se perdió una décima parte de la población, y fue destruida la mitad de la
producción agroindustrial. Pero entre 1902, año en que se inaugura la República, y 1920,
el país crece vertiginosamente y logra unos niveles per cápita de desarrollo y de comercio
interior y exterior comparables a los países europeos de entonces. A mediados de la
década de 1950, pese a la dictadura y la corrupción del gobierno de Batista, Cuba había
alcanzado cotas de desarrollo y bienestar entonces similares a las de Italia y
apreciablemente superiores a las de España (cuando Castro llega al poder, en el
consulado cubano en Roma había 15.000 solicitudes de italianos que querían trasladarse a
Cuba, y si hay un signo que mide el grado de oportunidades y de prosperidad, es,
precisamente, el de la dirección en que se mueven los emigrantes).
La experiencia de los Cuban Americans

En realidad no exagero un ápice la potencialidad de desarrollo con que cuenta la Isla. Y
otra prueba puede ser la experiencia económica de los cubanos en el exterior. El último
censo norteamericano –el de 1990– revela que el ingreso familiar medio de los cubanos
es semejante al de las familias blancas norteamericanas, y está muy por encima del de los
otros grupos hispanos. Asimismo, muestra la gran tendencia de los cubanos a desarrollar
actividades comerciales de toda índole, lo que ha convertido a este grupo en el que posee
más empresas per cápita entre todas las comunidades de ascendencia española en la
nación americana.

Lo que es cierto en Estados Unidos, también se repite en Venezuela, Puerto Rico, Costa
Rica, República Dominicana y la propia España. Son decenas de millares los cubanos
laboriosos y emprendedores que han sabido sobreponerse a la pobreza de los años
iniciales del exilio para conseguir abrirse paso como trabajadores, ejecutivos o
empresarios exitosos. Y si traigo a colación este dato, es porque la clave del futuro de las
naciones radica, en gran medida, en el capital humano con que se cuenta, y el de Cuba es,
realmente, elevadísimo.

Por supuesto, podría decirse que quienes han vivido sometidos al comunismo durante tres
décadas, no van a reaccionar de igual manera ante un sistema de economía de mercado,
pero la experiencia demuestra que los más recientes exiliados provenientes de Cuba,
aunque se hubieran formado bajo el castrismo, responden a los estímulos de la economía
capitalista con el mismo vigor que los exiliados de los primeros años. Y ahí está el
ejemplo de quienes salieron por el puerto de Mariel en 1980. Una década más tarde se
confunden en los datos del censo norteamericano con los exiliados de la primera ola. No
hay diferencia.

Más aún: si alguna herencia positiva deja la experiencia castrista en el seno de la
sociedad cubana, es la de una población que ha roto con su pasada insularidad emocional
e intelectual, y hoy goza de una nacionalidad enriquecida por los múltiples componentes
que la forman: millares, decenas de millares de cubanos han estudiado en Praga y
Varsovia, en Moscú y en Sofía, en Madrid o en Caracas, en París, en New York, en Los
Angeles o en Boston. Nunca la intelligentsia nacional ha sido tan variada, múltiple y rica.
Nunca ha habido tantos científicos, artistas, empresarios, escritores o profesionales.
Nunca el país ha tenido, como ahora, el potencial para alcanzar un destino de primer
rango. Todo está, claro, en que los cubanos podamos controlar nuestros peores instintos
políticos y sepamos crear un Estado de Derecho, moderado y sobrio, tolerante y abierto,
pero con voluntad de orden y de respeto a la ley, capaz de desatar la enorme creatividad
que hoy abriga la sociedad cubana, y las inmensas ganas de ser libre que tiene nuestro
pueblo. Si eso se logra, el futuro es nuestro. Y cuando digo nuestro, incluyo a todos los
que arrimen el hombro a la tarea de crear una Cuba nueva.

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