17. Epílogo y recapitulación


EPÍLOGO Y RECAPITULACIÓN

Cuba: delfín de la utopía al descubrimiento de la libertad

En julio de 1991, el presidente cubano llegó a Guadalajara disfrazado de Fidel Castro. A sus casi 65 años seguía vistiendo el mismo uniforme verde oliva con el que entró en La Habana en 1959 a bordo de un tanque. Continuaba luciendo las barbas, ya canosas, y hasta la gorra de militar en campaña.

En realidad, había cierta coherencia. El presidente cubano no sólo llegó a Guadalajara disfrazado de Fidel Castro, sino también hablaba como Fidel Castro. Como aquel Fidel Castro antiestablishment, anticapitalista, antiimperialista, suma y resumen de todos los radicalismos latinoamericanos acumulados a lo largo de varias décadas de errores, análisis superficiales y distorsión de la realidad política y económica.

No hay duda de que estamos ante el fascinante caso de un hombre prisionero de su propia imagen. Un personaje más que una persona, atrapado por su propio discurso circular, e incapaz de reaccionar ante los estímulos que le aporta la realidad.

Fidel Castro estaba rodeado de 22 Jefes de Estado y de gobierno totalmente sujetos al curso de la historia. Había entre ellos un exgeneral paraguayo que había hecho el recorrido de la dictadura a la democracia, de la guerrera a la corbata, sin demasiados contratiempos. Había un presidente mexicano empeñado en colocar a su partido, el PRI, dentro de las corrientes ideológicas de su tiempo. Había un mandatario venezolano que en su primer período había gobernado dentro de las coordenadas populistas del cepalismo, pero que ahora, en alguna medida, buscaba su norte sociopolítico en el vecindario liberal. Había un socialista español que, cuando se aproximó al poder, purgó rápidamente su lenguaje de cualquier referencia tercermundista. Todos y cada uno de ellos, personas al fin y al cabo alertas e inteligentes, habían sabido cambiar a lo largo de

 sus exitosas vidas, porque esa capacidad de adaptación es, precisamente, lo que distingue a los seres humanos de los minerales o de los fósiles.

Todos cambiaron menos Fidel Castro. El Máximo Líder se mantiene inmutable y cree que hay cierta grandeza en su inflexibilidad. Ha tomado como divisa la disparatada máxima de los más testarudos españoles: «sostenella y no enmendalla».

En cierto sentido, existe una extraña ventaja en que Castro se mantenga paralizado en el tiempo. Una ventaja para la antropología política. Es como si descubriéramos a un dinosaurio congelado, le quitáramos la escarcha y comenzara a moverse. ¡Qué no darían los científicos de nuestros días por poder acercarse a un dinosaurio vivo y coleando! No andaba, pues, muy desacertado el presidente de Portugal, Mario Soares, cuando lo llamó «dinosaurio político». Pero el periódico ABC de Madrid fue un poco más preciso en la clasificación zoológica: le llamó tiranosaurio.

La coherencia de Castro

Acerquémonos a ese tiranosaurio. Y lo que primero vamos a ver es que no se trata de un mutante sin antecedentes biológicos. Todo lo contrario. Se trata de la última criatura de una especie que se ha extinguido. Una especie latinoamericana que se fue haciendo a partir de la década de 1920, y que acumuló en su carga genética los más lamentables rasgos políticos del siglo que termina. Esa especie estaba convencida de que la pobreza latinoamericana era el producto de una fatal combinación entre los capitalistas locales y los explotadores de los diversos imperios. En Castro coinciden desordenadamente las lecturas o la huella vital de los jesuitas falangistas de su época adolescente, del Perón de la década de 1940, de Julio Antonio Mella, del activismo semigangsteril surgido en Cuba tras la revolución de 1933, de José Antonio Primo de Rivera, de Mariátegui, de Fanon, de Gunder Frank, de los clásicos Marx, Lenin y así hasta del último de los ideólogos y políticos radicales, sin ahorrarse ni una sola de las malas o dudosas influencias.

Castro es un cóctel muy latinoamericano donde se mezclan el análisis cepaliano, la falta casi total de experiencia laboral propia, la variante más hirsuta del nacionalismo

 mexicano de viejo cuño, el antiyanquismo a ultranza, el odio a la clase política burguesa, el desprecio por las formas y el más peligroso de todos los elementos: la convicción revolucionaria. Es decir, la creencia en que un grupo de hombres audaces, iluminados por el amor a sus semejantes, es capaz de imponer un orden justo por medio de la violencia y la coacción.

En realidad no hay ningún error lógico en que Castro haya adoptado el modelo comunista para la sociedad cubana y la batalla antinorteamericana como razón de ser de su gobierno. Si se pensaba que los bolsones de pobreza que había en Cuba eran producto de la codicia de los capitalistas, lo razonable era erradicar el capitalismo y hacer tabla rasa de la economía de mercado. Si se creía que eran los latifundistas y propietarios agrarios los responsables de la pobreza del peonaje campesino ¿cómo no despojar de sus bienes a esos endurecidos explotadores? Si se tenía la certeza de que la sociedad civil era torpe y cruel en la gestión empresarial, ¿cómo no privarla de los recursos que tenía y con los que perpetuaba su vil manera de enriquecerse a expensas de los pobres? Si se suponía que los males del país provenían de la explotación del imperio yanqui, ¿no era lo justo terminar con esas relaciones comerciales y cortar por lo sano las garras del imperialismo? Por último, si los Estados Unidos eran, efectivamente, el origen de todo mal, ¿no correspondía a todo aquel que sintiera urgencias éticas salir a derrotarlo en una gigantesca batalla planetaria? Y –por supuesto– la pregunta final: ¿cómo llevar adelante una tarea de esa naturaleza sin ser aplastado por la reacción de las víctimas y de los enemigos internos o por los implacables y demasiado próximos yanquis? Muy sencillo: sirviéndose de la fórmula represiva creada por los comunistas –la famosa dictadura del o para el proletariado– y poniéndose bajo la protección de Moscú como escudo contra la previsible respuesta de los estadounidenses.

Lo que quiero decir es que, en un acto final de coherencia ideológica, el discurso nacionalista-antiimperialista-populista, en su última fase conducía a la dictadura marxista, al internacionalismo militante y a la alianza con Moscú. Exactamente al tipo de comunismo preconizado por Castro: una tiranía revolucionaria dispuesta a imponerle la felicidad al pueblo, enérgicamente empeñada en amputar en todo el planeta las supuestas

 garras del imperialismo, y perfectamente incardinada en el desaparecido Bloque del Este. Castro, simplemente, llegó al capítulo final de un lamentable trayecto al que los demás apenas alcanzaron a asomarse.

Cuba y Latinoamérica: tientos y diferencias

Los demás, el resto de los países de nuestra cultura, afortunadamente se quedaron a medio camino y hoy rectifican los viejos juicios y prejuicios. A ninguna persona sensata ni en puesto de responsabilidad se le escucha en estos días atacar a los inversionistas extranjeros, ni acusar con vehemencia a los pulpos multinacionales. Ya nadie cree que los Estados Unidos ni las naciones poderosas de Occidente sean responsables de la pobreza de los hondureños o de la miseria de los haitianos. Ya no se acusa a la clase empresarial de ser culpable de la situación de los desposeídos. Ya apenas se oyen voces en defensa de un Estado centralizado fuerte que dirija a la sociedad y se constituya en el motor de la economía. Ya son pocos los que recurren a la cantinela de la injusticia-de-los-términosde- intercambio para explicar el atraso relativo de ciertas naciones subdesarrolladas.

Afortunadamente, un país como México, que hasta hace pocas fechas era el paladín del nacionalismo, busca hoy su prosperidad estrechando las relaciones comerciales con Estados Unidos y Canadá, aunque con ello sacrifique elementos de su soberanía. Es evidente, pues, que el nacionalismo-revolucionario-populista-internacionalista está de capa caída. Lo han herido de muerte el inocultable fracaso económico, la corrupción de los gobiernos, el ejemplo penoso de las burocracias parásitas, la inflación, la deuda externa y así hasta el último de los síntomas que en la década de 1980 provocaron en América Latina lo que se ha llamado «la década perdida». Lo han desacreditado –también y ojalá que para siempre– el ejemplo de ciertos países triunfadores que se movieron en dirección contraria a América Latina. Nadie puede ignorar, por ejemplo, que en 1960 Perú era considerablemente más rico y desarrollado que Corea del Sur. Y esa comparación pesa como una lápida sobre el viejo discurso revolucionario de los latinoamericanos.

 Pero mientras América Latina es capaz de evolucionar en otra dirección, Castro se mantiene empecinado en continuar insistiendo en un modelo de desarrollo económico y político que no tiene la menor posibilidad de conducir a sitio alguno que no sea a un mayor y creciente grado de empobrecimiento y conflicto social. Hasta que en algún momento se produzca un estallido.

A grandes números, la situación económica de Cuba es hoy mucho más grave que la de la mayor parte de los países latinoamericanos. La deuda externa es la más grande: nueve mil millones de dólares con Occidente y veinticinco mil con la Europa del Este. Todo esto para una población que no llega a los once millones de habitantes. A precios del mercado mundial, el monto anual de todas las exportaciones (azúcar, níquel, tabaco, mariscos, cítricos) apenas alcanza para comprar y transportar los diez millones de toneladas de petróleo que el país necesita para mantenerse funcionando. El Banco Nacional carece de reservas. El desempleo aumenta, pero hay algo mucho más grave que el desempleo, y es la desocupación. Es decir, el desempeño ficticio de un empleo. Un empleo en el que no hay, realmente, ocupación. En el que no hay un trabajo que efectivamente contribuya a la creación de bienes o servicios. Y se ha calculado que entre un 25 y un 30% de la fuerza laboral cubana con empleo está desocupada. Súmesele a esto unas Fuerzas Armadas compuestas por 300.000 hombres, 75.000 miembros del Ministerio del Interior (policía política), más la estructura paralela del Partido Comunista, y se comprenderá por qué la situación laboral en Cuba es terriblemente desesperada: los que realmente trabajan son pocos, pero el salario a que tendrían acceso en una economía racional, tienen que dividirlo con una multitud de personas que no realizan actividad productiva alguna.

Es verdad que en Cuba no existe una inflación como la peruana, por ejemplo, pero también es cierto que el desabastecimiento es casi total y que los precios oficiales en modo alguno se corresponden con el mercado negro. El precio oficial del dólar es de 75 centavos cubanos, pero en el mercado negro la cotización, en junio de 1994 era de 100 pesos por un dólar.

 Se podrá decir, en favor del castrismo, que, pese a todas las penurias, hay unos sistemas de educación y de salud pública muy extendidos, pero eso no se debe a un impulso especial de la revolución cubana, sino al elevado punto de partida que Castro encontró en 1959.

Pocos años antes del triunfo revolucionario se había publicado el Atlas de Ginsburg (v. Cap.I), en el que se medían los niveles de desarrollo de distintos países, y Cuba, en materia sanitaria, ocupaba el rango 22 entre 122 países analizados, mientras que en materia educativa era el número 35 entre 136 que pudieron ser clasificados. Estaba situada, por cierto, por delante de varios países europeos. Pero hay algo más: las dimensiones –porque la calidad es bastante baja– de los sistemas de salud y educación de Cuba se deben, en gran medida, a la ayuda de la URSS –esos más de cien mil millones de dólares que Cuba ha recibido de la Unión Soviética a lo largo de estos años, en calidad de subsidio, de acuerdo con la cifra aportada en 1989 por Irina Zorina, historiadora de la Academia de Ciencias de la URSS–. Sólo que ese respaldo se ha acabado. En otras palabras, el sistema elegido por Castro nunca fue viable como proyecto propio, capaz de cierto crecimiento autosostenido, y no puede mantenerse tras el derrumbe del mundo socialista y la total deslegitimación del marxismo. En Cuba ya hay hambre, y la situación se agravará en la medida en que Castro se empeñe en mantenerse en el poder contra la historia y el sentido común.

Las dificultades del cambio

Bien: no puede caber duda de que el modelo político económico de Cuba está en crisis. Una crisis mucho más profunda que la que aqueja al resto de América Latina. Y la diferencia es importante, puesto que América Latina sólo tiene que enmendar, reparar su modo de producir, mercadear y asignar bienes y servicios, mientras que los cubanos nos veremos obligados a cambiar totalmente de sistema.

No se me oculta que la tarea es dificilísima. Mucho más difícil de lo que en un principio se supuso que sería. Y el error era comprensible: surgía de la experiencia del foral de la Segunda Guerra mundial. En aquellas fechas se vio cómo de las ruinas humeantes de

 Japón o Alemania, a los pocos años emergían unas sociedades asombrosamente prósperas. ¿Por qué iba a ser más difícil relanzar las economías de los checos o de los húngaros, por ejemplo, de lo que fue reconstruir el poderío económico de Alemania o Austria?

Pocas personas advirtieron que el comunismo había destruido dos elementos relacionados con la producción mucho más importantes que las instalaciones industriales arrasadas por la artillería o la aviación de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Me refiero al Derecho, a la trama jurídica que se había gestado en Occidente a lo largo, literalmente, de milenios, y en la que descansaba el sistema de propiedad; y me refiero, también, a los vasos comunicantes que mantenían bien informada a la intelligentsia técnica y científica de los países que luego fueron sometidos al comunismo.

El desmantelamiento del denostado derecho burgués hizo que se acabara también con el dinamismo de la clase empresarial, mientras que el dirigismo y el carácter hermético del modelo comunista, produjeron un lamentable atraso técnico y científico que ha dado como resultado unas sociedades –por ahora– incapaces de competir en un mercado que busca precio, calidad y fiabilidad en los compromisos de los productores.

En 1945, maltrecha y desmoralizada, existía una clase empresarial alemana o japonesa que sabía cómo construir artefactos o suministrar servicios. Y en esos tiempos, los ingenieros y los científicos de esos países eran tan buenos, que muchos de ellos fueron a parar a las universidades y laboratorios de los adversarios para comunicarles sus saberes.

Lamentablemente, el comunismo ha empobrecido de una manera brutal el capital humano de los pueblos sobre los que ha imperado, y Cuba no es una excepción. En Cuba, como en Checoslovaquia o Hungría, hay que rescribir el Derecho, reinventar la clase empresarial y reconstruir paciente y dolorosamente los vínculos entre la Isla y los principales centros culturales, científicos y financieros del planeta. Y todo eso hay que hacerlo, además, en medio de una abismal crisis económica, y sin una clase política

 profesional habituada a transacciones pragmáticas o a los pactos entre diferentes puntos de vista.

No hay duda: el comunismo también dejará en Cuba –como ha ocurrido en Europa del Este– otra peculiar carencia: la ausencia de políticos profesionales, con una idea clara de cómo funciona un gobierno, de cuáles son los intereses del Estado o de cómo contribuir al mejor dinamismo de la sociedad.

En Cuba, por ejemplo, habrá que convocar en su momento a una Constituyente, pero desde hace tres décadas los pocos expertos en leyes graduados en las universidades han sido formados en las concepciones marxistas del Derecho.

Y si en el terreno jurídico la situación es desastrosa, no menos difícil será la tarea gerencial. Durante treinta años, la clase trabajadora cubana ha sido sometida a un sistema que castigaba la autonomía de juicio, mientras premiaba la dócil sujeción a los dictados de los planificadores. En ese sistema, cualquier manifestación de originalidad podía ser considerada como un acto de rebelión, de desacato, o como una expresión de ocultas tendencias del egoísmo burgués. De manera que la población, en general, se acostumbró, de mala gana, a seguir directrices y a obedecer órdenes, con lo que se dificulta tremendamente la tarea de reconstruir una sociedad basada en la hipótesis de que la creatividad individual es uno de los más formidables motores del progreso y del desarrollo.

Los cubanos, pues, cuando nos llegue el momento de emprender la tarea de abandonar el modelo socialista, inevitablemente tendremos que partir de unos enormes problemas subjetivos para poder enfrentarnos a las dificultades concretas y mensurables que tendremos por delante. Es decir, a la deuda externa, al desabastecimiento, al desempleo real, a la terrible falta de vivienda, y a la pobreza extrema, porque se olvida que todavía hay un millón de cubanos sin agua ni electricidad y varios millones que tienen acceso a esos servicios de forma desesperadamente intermitente.

 Azúcar, ron y otras calamidades

En efecto, al margen de esos tremendos escollos sicológicos con los que los cubanos tendremos que enfrentarnos, hay unos gravísimos problemas de orden económico que sólo podemos esbozar muy brevemente en un texto de esta naturaleza.

Y el primero de esos problemas es el azúcar. Durante dos siglos el azúcar ha sido la principal fuente de riqueza del país y su casi único renglón de exportación. Todavía hoy, más del setenta y seis por cien de los ingresos generados por las exportaciones provienen del azúcar. Pero sucede que el precio de ese producto en el mercado mundial (aproximadamente nueve centavos de dólar por libra) tiende a mantenerse en unos niveles por debajo, incluso, del costo de producción (probablemente unos trece centavos), mientras hay una lenta contracción de la demanda debido a cuatro factores: la aparición de otros edulcorantes tales como el jarabe de maíz o el aspartame; el aumento del número de productores en el Tercer Mundo; las barreras aduaneras en Estados Unidos y la Comunidad Europea; y la voluntad de los países desarrollados de consumir menos azúcar por razones de salud. Añádasele a eso el mal estado de los ingenios cubanos –de 154 que hay en funcionamiento, tal vez 50 o 60 tendrán que ser clausurados por antieconómicos, lo cual no es extraño si sabemos que fueron construidos antes de 1913–, y se tendrá una idea del nada dulce porvenir del azúcar cubano.

Pero todavía hay más: el único gran comprador de azúcar que hay en el mundo es Rusia, con sus importaciones anuales potenciales de más de cinco millones de toneladas, de las cuales Cuba suministra el 40%, y no hay garantía alguna de que esa relación entre cliente y vendedor se vaya a mantener tras la desaparición del comunismo en la Isla o tras la desaparición del comunismo en la propia Rusia. Incluso, aunque las reformas de Yeltsin tengan éxito en el terreno económico, pueden poner punto final a esas transacciones, como consecuencia de un aumento en la eficiencia productiva, cuyo rendimiento azucarero es sólo un tercio del promedio mundial (2.5 TM por hectárea). Bastaría con que Moscú alcanzara unas cotas normales de productividad (7.5 TM por hectárea) para que no necesitara importar azúcar de la Isla.

 O sea: el tradicional corazón económico de Cuba está mortalmente enfermo. Y lo más imperdonable es que los síntomas de esa enfermedad eran totalmente perceptibles en 1959, cuando triunfó la revolución. Ya entonces se sabía, era vox populi, que el monocultivo y la dependencia del azúcar podían llevar a Cuba a un desastre económico total. Hasta el propio Castro, en un principio, proclamó su voluntad de diversificar radicalmente la economía del país para conjurar este peligro. Pero luego terminó plegándose a la división internacional del trabajo socialista, dirigida por la URSS, aceptando con ello el papel de la Isla como modesta azucarera del bloque socialista.

A fin de cuentas, el resultado de esa anticubana decisión ha resultado evidente: Cuba perdió tres décadas preciosas en las que hubiera podido –como hizo la vecina Puerto Rico– sustituir la dependencia de la caña por una fuente variada de ingresos: turismo, pequeñas industrias y servicios.

La Cuba futura, en medio de los dramáticos y difíciles cambios que tendrá que efectuar, va a tener, además, que enfrentarse a este enorme problema. ¿Cómo buscar nuevos mercados para el azúcar? ¿Cómo conservar los existentes pese a los cambios políticos? ¿Cómo operar con pérdidas una industria ruinosa y arruinada? ¿Cómo reprivatizar negocios que requieren unas cuantiosas inversiones, si ya es un lugar común que, antes de privatizar, hay que reflotar el bien que se quiere poner en manos particulares?

Y si grave es la situación del azúcar, no muy distinto es el panorama de otras riquezas tradicionales en Cuba. Se ha dicho, con cierta melancolía, que la economía caribeña pertenece al dominio del postre y de la sobremesa: frutas, café, tabaco y ron. Mala cosa para los cubanos, porque la gerencia castrista ha ido perdiendo terreno en todos esos epígrafes. La producción de frutas, si exceptuamos los cítricos, ha mermado tanto que la población cubana rara vez consigue adquirir piñas, mangos u otros productos tropicales, mientras la exportación de dulces en conserva sigue siendo apenas perceptible.

El café es un artículo casi de lujo en la dieta nacional, y más de un periodista ha reparado en el patético espectáculo de soldados o «consejeros» cubanos que regresaban a la Isla

 desde Angola o Nicaragua con las alforjas repletas de café, porque el que podían obtener en Cuba era escaso o se encontraba mezclado con otros granos.

Con el tabaco y el ron no ha habido mejor suerte, pues la represión y los atropellos del régimen dispersaron por toda la Cuenca del Caribe a los tabaqueros y a los fabricantes de ron cubanos, con lo cual el castrismo ha creado una mortal competencia para algunos de los tradicionales productos de exportación con que contaba la Isla.

Todavía más insólito. Lo que nadie había discutido a lo largo de varios siglos, el socialismo ha conseguido hacerlo dudoso: si son mejores los puros elaborados en República Dominicana, Honduras o Jamaica, o si todavía mantienen su superioridad los que se tuercen en Vuelta Abajo, en el Occidente de Cuba. Por lo visto, Davidoff piensa que ya los cubanos no producen el mejor tabaco y hoy les coloca su anillo a los que se fabrican en otras islas vecinas.

Con el ron ha ocurrido lo mismo: mientras que en tres décadas el castrismo no ha logrado acreditar en el exterior los licores cubanos, una marca del ancien régime, Bacardí, afincada en Puerto Rico, Bahamas y otra docena de puntos estratégicos, ha conseguido convertirse en el principal vendedor de bebidas blancas en Estados Unidos, construyendo un imperio que debiera haber tenido su capital en Santiago o en La Habana si el barbado Serendip de los cubanos no le hubiera arrebatado sus propiedades a la industriosa familia. De manera que la situación económica y la perspectiva futura no pueden ser más alarmantes, lo cual nos obliga a plantearnos cambios radicales a muy corto plazo. De ahí que, para los cubanos, sea tan extraordinariamente importante cuanto ocurre en esa parte del planeta que hasta hace pocos meses se denominaba socialista. La analogía es una fuerza histórica irresistible y los cubanos nos veremos precipitados a seguir de cerca cuanto hoy hacen los húngaros y los checos, los polacos o los búlgaros, los rusos o los alemanes, y –por supuesto– los nicaragüenses, para aprender de sus errores y de sus aciertos.

 Grosso modo, el debate sobre el modo y manera de terminar con el socialismo y establecer una economía de mercado tiene dos grandes variantes. Quienes opinan que el tránsito debe ser de forma gradual, y quienes piensan que debe hacerse una cirugía rápida y profunda, porque los errores que se cometan siempre serán menos dañinos que los que provocaría el gradualismo. Personalmente, y hasta que la evidencia me demuestre lo contrario, pienso que es mejor, en el más breve plazo posible, asignarle a la sociedad civil la mayor cantidad de propiedades y el mayor número de decisiones autónomas, de manera que el gobierno pierda velozmente su nefasto protagonismo. Es decir: en el debate en curso, opino que tienen razón quienes abogan por esa temida expresión de terapia de choque, pues poco a poco no se impide la agonía. Todo lo que se consigue es postergar las soluciones y sumir a las sociedades en el cinismo y la desesperanza.

La tentación autoritaria

En todo caso, antes de abordar cualquier clase de cambio, es importante detenernos frente a una peligrosa hipótesis que va cobrando fuerza en estos días: la idea de que es mejor intentar la metamorfosis de los países bajo la atenta mirada de los militares.

Las ingentes dificultades que entraña la transición a la libertad y la economía de mercado en los países que abandonan el comunismo está generando una especie de tentación autoritaria que hay que rechazar con toda energía. Son esas voces que hoy defienden la supuesta inevitabilidad de una etapa Pinochet, de mano dura y bando militar, para desde arriba poner orden –nunca mejor dicho– en el desbarajuste social.

Y eso, al menos en el concreto caso cubano, no es admisible, aunque aceptemos que los más recientes ejemplos de desarrollo económico se hayan producido en países regidos por gobiernos extremadamente severos.

En primer lugar, lo que hace detestable al comunismo es, por encima de todo, su carácter opresor, sus atropellos, sus violaciones de la dignidad humana, su sordidez y su desprecio por los derechos individuales. Es cierto que, además, se trata de un género de dictadura profundamente ineficaz, pero lo más grave es su condición depredadora. Aunque el

 marxismo-leninismo fuera capaz de producir con la eficiencia de la economía de mercado, habría que seguirlo combatiendo exactamente igual, dado el grado de dolor y desdicha que siempre provoca en las sociedades a las que hace víctimas de sus abusos. No obstante, vale la pena hacer algunas precisiones sobre las diferencias que se observan entre los casos, por ejemplo, de los «cuatro dragones de Asia» y los países que hoy abandonan el comunismo.

Es verdad que Singapur, Corea y Taiwan padecen distintos grados de autoritarismo, siendo el más benigno, probablemente, el de Singapur. Y también es verdad que no sería justo medir con el mismo rasero a Hong Kong, puesto que el centro de poder de ese enclave chino radica en Londres, y su sistema político emana de la tradición inglesa. En todo caso, es conveniente señalar que, con mayor o menor brutalidad, con mayor o menor injerencia por parte del gobierno central, en esos cuatro exitosos casos de desarrollo acelerado, el peso de la gestión económica ha sobrecaído en sociedades civiles que han segregado fuertes grupos empresariales.

Es decir, los militares o la policía política han creado un marco de seguridad en el que la sociedad civil ha desarrollado sus acciones económicas. El aparato represivo no ha sido el agente del cambio económico, sino un mero poder tutelar. En las sociedades que hoy abandonan el comunismo, como ocurrirá en Cuba tras la caída de Castro, es impensable que el aparato militar juegue otro rol que no sea el de simple garante del orden constitucional surgido en la nueva etapa. Los militares formados en el comunismo apenas conocen los rudimentos de la economía de mercado, y si algo están demostrando en algunos países del antiguo Bloque del Este, como en la desaparecida URSS, Rumania o en lo que fue Yugoslavia, es que no entienden en absoluto los mecanismos y razonamientos sobre los que descansan las sociedades libres y prósperas del mundo contemporáneo.

En Cuba, de manera espontánea, tendrá que revitalizarse la sociedad civil, con sus grupos políticos, sus equipos dirigentes en el sector empresarial y todos los estamentos que se

 requieran para poder darle un vuelco radical a la nación, pero nadie debe pensar que ese giro de 180 grados puede hacerse con mejor tino bajo las bayonetas de los militares.

En efecto, si algo necesitan los países que abandonan el comunismo para salir de la pobreza y del atraso relativos es, precisamente, un clima de libertades totales en el cual se puedan examinar a fondo los males que deja en herencia el comunismo. Sin esa auditoría, sin ese inventario de errores y de horrores, la recuperación va a ser mucho más difícil.

Pero hay más. Al fin y al cabo, no es justo remitirse solamente al limitado ejemplo de los dragones asiáticos para recetar el autoritarismo como parte de la fórmula que asegura el desarrollo. Después de la Segunda Guerra Mundial, algunas naciones, como Japón o Alemania, pudieron prosperar muy rápidamente mientras construían sistemas democráticos. En el otro extremo de la balanza, un país como España, también sujeto al rigor dictatorial, hasta 1958 no consiguió alcanzar los niveles de producción que tenía 20 años antes, en 1936, cuando comenzó la Guerra Civil. Y algo aún más elocuente: fue a partir de 1959, cuando aumentó el caudal de libertades públicas, y cuando la sociedad civil adquirió más protagonismo a expensas del que perdían militares y falangistas, cuando realmente se produjo el despegue económico español. Por lo menos en España, a mayor grado de libertad se correspondió un mayor grado de prosperidad.

No es un principio vacío ése que asegura que «la libertad es un componente de la prosperidad». Y si en alguna región del mundo hay que desconfiar del autoritarismo castrense como fuente de creación de riqueza, ese sitio es América Latina, continente en el que, junto al raro caso de un Pinochet al que le salieron bien las cuentas del país, hay que situar a los Velasco Alvarado, los Noriega, los Perón, y el resto de esa fauna corrupta y despilfarradora que tanto daño le ha hecho a nuestras naciones.

Observaciones para una Cuba nueva

Bien, hasta ahora, someramente, hemos revisado el fracaso total del modelo de desarrollo impuesto por Castro a los cubanos, y hemos descrito algunos aspectos de las enormes dificultades que habrá que afrontar en la transición hacia la democracia y la economía de

 mercado, mientras que no parece razonable que a estas alturas alguien proponga, otra vez, una «tercera vía» o un sistema distinto al que ha triunfado en numerosos países.

Esto nos conduce a la inevitable pregunta: ¿cómo construir una economía capitalista en Cuba, donde no hay capitales, ni grupos empresariales, ni prevalece la necesaria ética de trabajo, y en donde las tradicionales fuentes de riqueza –especialmente el azúcar– más bien parecen militar en favor del subdesarrollo?

La respuesta a esta pregunta acaso esté en un factor que distingue a Cuba del resto de los países que hoy abandonan el comunismo: su extensa, y en alguna medida, poderosa emigración. Ahí radica la mayor esperanza de recuperación que poseen los cubanos: ese millón de personas que se ha duplicado en el exilio y que hoy cuenta con comunidades bastante prósperas asentadas en Florida, Nueva Jersey, Nueva York, California, Puerto Rico, Venezuela y, en menor medida, España.

Esas comunidades, en las que abundan los comerciantes, y de las que pocos miembros regresarán a Cuba con carácter permanente, pueden convertirse en importadoras de muy variados artículos cubanos que antes rara vez alcanzaban a remontar las fronteras insulares. A su vez, podrán llevar a la Isla variadísimas formas de intercambios comerciales, reconstruyendo y multiplicando a gran velocidad los lazos económicos de Cuba con el exterior.

Los economistas suelen equivocarse cuando tratan de predecir la capacidad para crear riquezas de los seres humanos. Y eso lo recordaba en sus papeles, con cierta ironía, Ludwig Erhard, cuando contaba cómo uno de los planificadores norteamericanos, asignados por los Aliados como asesores a la reconstrucción económica europea tras el fin de la guerra, le explicara, en tono contrito, que sólo uno de cada tres alemanes de los que murieran en los cinco años siguientes podía ser enterrado en un ataúd de madera, porque la capacidad productiva del país no daba para más. Y todos sabemos lo que finalmente ocurrió: Alemania comenzó a crecer a un ritmo absolutamente imprevisible, incluso para los más optimistas, y el país no tardó en exportar ataúdes.

 En Cuba existe un antecedente histórico que suele recordar con frecuencia Leví Marrero, el más insigne de nuestros historiadores y geógrafos: en 1898, cuando terminó la Guerra de Independencia, Cuba tenía un alto índice de miseria, analfabetismo y subdesarrollo. Sólo 20 años después era el país del mundo con mayor nivel de comercio internacional. Y la manera de llegar a la cifra era interesante: se sumaban las importaciones y las exportaciones y el resultado se dividía entre el número de habitantes. Pues bien, de acuerdo con esa peculiar contabilidad, en 1919 Cuba estaba por delante de países como Estados Unidos o Suiza, mientras, simultáneamente, había conseguido despegar de manera espectacular en el terreno de la sanidad y la educación. Silenciosamente, sin aspavientos, sin siquiera proponérselo, la sociedad civil había realizado una profunda y benéfica revolución.

Por supuesto, ese saldo cualitativo pudo darse gracias a las especiales relaciones que la Isla mantenía con Estados Unidos, vínculos que sin duda favorecieron a los cubanos, pero las condiciones que hoy imperan aseguran que, en el futuro, los lazos económicos entre Cuba y el mayor y más rico mercado de la tierra deben ser aún mejores y más fructíferos de lo que fueron en la primera mitad del siglo XX.

Es sencillo de entender: probablemente la fuerte capacidad de lobby de los cubanos y de los Cuban-Americans avecindados en Estados Unidos haga posible que el enorme poderío económico de este país pueda beneficiar a la vecina Cuba, más o menos como el inteligente cabildeo de las comunidades judías en territorio americano suele beneficiar al estado de Israel.

Téngase también en cuenta, por supuesto, además del mencionado tráfico comercial entre Cuba y USA, la inyección que puede significar para la Isla el incesante tráfico turístico de estos dos millones de personas con raíces cubanas, muchas de ellas con recursos económicos, en sus presumiblemente constantes viajes a la Isla, y ello sin mencionar el seguro incremento de turistas norteamericanos. Es decir, con la libertad y la democracia,

 Cuba adquirirá todos los elementos para desarrollar a corto plazo las bases de una gran industria turística.

No obstante, como si Castro estuviera empeñado en destruir cualquier asomo de prosperidad entre los cubanos, ya existe una campaña, aireada por el propio dictador, en la que se intenta sembrar la semilla de la discordia entre los cubanos del interior y del exterior. De ahí surgen todas esas patéticas advertencias de que «están en peligro la esencia de la nación cubana, su soberanía o hasta la patria misma». O las ridículas advertencias contra una supuesta «corriente anexionista que pretende convertir a Cuba en un estado 51 », circunstancia en la que muy escasa gente piensa en Cuba, y menos aún en los propios Estados Unidos. Pero con esos fantasmas es con los que se intenta asustar a la población de la Isla, amenazándola con unos exiliados que regresarían para echar de sus casas a los pobres inquilinos que hoy las habitan o para tomar toda clase de horribles represalias. Es decir, no contento con haber enturbiado el pasado de los cubanos, hasta hacerlo irreconocible por la sistemática distorsión de la historia, no satisfecho con haber destruido el presente con más de tres décadas de pavoroso ejercicio del poder, ahora Castro se empeña, en su minuto final, en tratar de impedir la reconstrucción del país. Se empeña en destrozar el futuro.

Y alguna mella hace esta campaña, porque no son pocos los cubanos que hoy quieren el cambio, pero –simultáneamente– sienten un enorme pavor por el futuro. Estos cubanos quizás no han advertido que las grandes emigraciones suelen ayudar tremendamente a sus países de origen, pero en modo alguno determinan la política interior. Y este aserto se ve con toda claridad en el caso de México, donde los numerosos, y en muchos casos prósperos chicanos, contribuyen de mil maneras distintas a la riqueza de su país de origen, pero no determinan el curso de los acontecimientos mexicanos.

Y lo que es verdad con relación a México, también puede aplicarse a puertorriqueños, salvadoreños, dominicanos o colombianos. Más aún: también es posible decirlo de la muy fuerte judería americana (hay más judíos en Estados Unidos que en Israel), elemento

 clave en el sostenimiento de Jerusalén de diversos modos, pero sin constituirse jamás en un factor de decisión en los asuntos internos de ese país del Medio Oriente.

Clima político

Sin embargo, para que la reconstrucción y el relanzamiento de Cuba sean alcanzables, es necesario que previamente la sociedad cubana establezca una especie de pacto de sosiego, abandone su lamentable tradición levantisca y se coloque, con carácter permanente, bajo el imperio de la ley.

En Cuba es posible la reconstrucción económica del país, es posible el crecimiento acelerado, es posible en pocos años alcanzar ciertas cotas de prosperidad, pero todo ello depende de la capacidad de los cubanos para negociar pacíficamente sus diferencias, construir una atmósfera legal hospitalaria para las actividades económicas, y forjar una firme voluntad de no romper el curso institucional de la democracia.

Al mismo tiempo, es extraordinariamente importante, para no hipotecar el futuro, la manera en que enterremos al castrismo. Si la liquidación final del comunismo se hace a base de componendas que permitan la supervivencia de ideas absurdas con relación al manejo económico, o con el mantenimiento de poderes arbitrarios de los que dependa la autoridad final, la reconstrucción va a ser mucho más larga y dolorosa. Y tampoco son buenos los pronósticos si el final del castrismo es producto de una sucesión de hechos violentos que entronicen en el poder a una nueva camarilla carente de valores democráticos. De ahí que nosotros defendamos con gran energía la necesidad de imponer la voluntad de la mayoría en procesos abiertos y multipartidistas. De lo que se trata, no es sólo de cumplir con nuestras convicciones ideológicas: hay que cerrarles las puertas a otras expresiones del despotismo. El procedimiento democrático es también una forma de desarmar a los aventureros y de orillar a los violentos salvadores de la patria.

Por último, para un liberal no tiene demasiado sentido hacer planes detallados orientados a conseguir el desarrollo de los países. Un liberal supone, sobre todas las cosas, que la llave maestra del desarrollo y la prosperidad está en librar de trabas innecesarias a la

 imaginación y la creatividad de las personas. Y propone que el Estado debe proporcionar las condiciones para que los individuos desenvuelvan al máximo su potencial. Es decir, el Estado liberal debe crear las normas jurídicas y proveer la necesaria seguridad para que los ciudadanos puedan realizar sus transacciones lícitas sin temor, y debe suministrar la educación y los cuidados sanitarios para que la mayor parte de las personas estén en condiciones, realmente, de competir, de manera que los seres humanos sólo encuentren los obstáculos naturales inevitables en la lucha por conseguir la realización de sus sueños

o proyectos vitales. Pero sería un contrasentido que un liberal intentara planear o definir las metas a las que deben dirigirse sus compatriotas. A nosotros sólo nos es dable desatar la espontaneidad y desbrozar los caminos, sin ninguna certeza de hacia dónde nos dirigimos. Y ahí está, precisamente, la grandeza de este modo de entender la vida. Cómo puede terminar Fidel Castro

A muy corto plazo, el señor Castro y su gobierno tendrán que afrontar la evidente realidad de que no pueden salvar el socialismo con la ayuda del capitalismo. Y tendrán que admitir que tampoco lo pueden salvar con carretas tiradas por bueyes, ni con una sudorosa muchedumbre que se desplaza en bicicleta. No lo pueden salvar obligando a los cubanos a que se bañen (cuando hay agua), en lugar de jabón, con rodajas de pepinos (cuando hay pepinos). Y no lo pueden salvar haciendo retroceder al pueblo al siglo XIX, sin luz eléctrica y sin alcantarillas, sin agua corriente y sin trenes, porque las sociedades son el producto de una cierta armonía interna, generada por millones de circunstancias irrepetibles.

A finales del siglo XIX cubano, la población apenas alcanzaba el millón de habitantes y las costumbres, las expectativas y las necesidades del pueblo eran absolutamente distintas a las de un cubano de finales del siglo XX, que ha visto llegar a un hombre a la Luna y que está acostumbrado a los entresijos de un modo de vida esencialmente complejo.

Es cierto que ante circunstancias excepcionales, una comunidad cualquiera puede verse privada de los rasgos de su contemporaneidad; pero sólo lo aceptará si eso sucede durante un período muy breve y con una promesa de rectificación inmediata. Alguna vez, por

 ejemplo, Nueva York quedó sin fluido eléctrico y las personas se vieron sin ascensores, televisores, escaleras mecánicas ni iluminación, y la ciudad, no obstante, vivió el percance como si fuera una extraña fiesta. Pero si a los neoyorkinos les hubieran dicho entonces que a partir de ese momento, por un largo período, no recuperarían ninguna de aquellas comodidades, lo más probable es que se hubiera producido una especie de revuelta colectiva contra tan arbitraria situación.

Eso, exactamente, es lo que Castro les está proponiendo a los cubanos, sin advertir que la resistencia, sólo por el gusto de la hazaña y sin que al final pueda vislumbrarse alguna posibilidad de esperanza, es algo que conduce a la catástrofe.

Admitamos, en fin, que la propuesta de Castro de «salvar el socialismo a todo costo» fracasa y se intensifica una caída en picado de los índices de producción y un alarmante aumento de las tasas de mortalidad y morbilidad. Supongamos, también, que el país día a día se va haciendo cada vez más ingobernable, porque la desmoralizada estructura de mando, en consecuencia, pero sin manifestarlo, se niega a cumplir las órdenes, lo que da lugar a una progresiva parálisis de la sociedad cubana.

Sin embargo, pese a ese panorama, supongamos que la policía política impide las conspiraciones de los civiles, mientras la contrainteligencia militar mantiene a raya al estamento castrense y los motines antidisturbios consiguen reprimir cualquier manifestación importante de desorden callejero.

Estaríamos entonces ante el curioso caso de un país inviable desde el punto de vista económico, organizado dentro de un sistema que ha hecho su crisis definitiva bajo la dirección de un gobierno sin legitimidad política alguna, en la que la gente carece de lo más elemental, pero en el cual el desenlace violento no parece probable dada la capacidad represiva del régimen. ¿Qué puede suceder entonces? Sucedería que la vieja frase, dicha hace unos años, de «esto no hay quien lo arregle, pero tampoco hay quien lo tumbe» daría paso a un nuevo análisis más realista. A pesar de todo, Castro no puede sostenerse si no le propone a su propia gente una fórmula de alivio a la situación del país, y tan pronto le

 falle su «ofensiva capitalista» se verá inevitablemente abocado a admitir cambios que deben conducir al desmantelamiento del comunismo en Cuba.

Castro podrá decirle a su amigo García Márquez que no hace elecciones porque no le sale de sus glándulas reproductoras; pero, aun frente al coro sumiso de su Comité Central, del generalato o de los sindicatos, tiene que sostener su autoridad sobre una proposición viable y no por la simple imposición de su entrepierna. A fin de cuentas, en ningún trono pueden los dictadores sentarse sobre sus testículos permanentemente sin padecer las dolorosas consecuencias de tal postura.

De ahí que sea tan importante que la oposición política, que no tiene ejércitos para invadir la Isla, que carece de fuerzas para organizar la resistencia armada, proponga y sostenga, contra viento y marea, el único curso de acción que puede reemplazar al castrismo en el momento del agotamiento definitivo: una serena negociación política que conduzca a un proceso electoral abierto, de manera que la sociedad cubana exprese libremente sus preferencias. Para esa propuesta –sostenida en el exterior por la Plataforma Democrática Cubana y en el interior por la Concertación Democrática Cubana– la oposición cuenta con el respaldo inmediato de todos los gobiernos de Occidente y con la solidaridad secreta de todos los cubanos dentro de la Isla, cerca o lejos del poder, que ven en una salida de esta naturaleza una especie de protección contra la incertidumbre y el miedo.

Ante esta proposición, sin embargo, no faltan quienes dicen que con los hermanos Castro ni se puede ni se debe establecer ninguna forma de negociación o diálogo, ignorando con ello que cualquier proposición política seria sólo es posible llevarla a buen término con quien tiene la autoridad para pactar.

No obstante, es muy probable que el señor Castro jamás admita la «humillación» de tener que reunirse con la oposición. Pero si el país se le vuelve (como se le volverá) absolutamente ingobernable, se verá obligado directa o indirectamente a buscar una solución política que, al cabo, tendrá que pasar por la consulta electoral al país. Castro,

 quien él designe, o quien lo sustituya por la violencia si lleva el empecinamiento a unos límites insostenibles, se verán obligados a dialogar con la oposición, porque eso es lo que ha ocurrido en todos los regímenes comunistas, y el de Cuba no va a ser la excepción. Y mientras eso sucede, mientras ese momento llega, la oposición moderada, con sólo tender la mano y proponer una salida racional y decorosa, ya ha conseguido aislar al régimen de Castro en el orden internacional, confiriéndole a la oposición una respetabilísima imagen, condición absolutamente necesaria para que pueda desempeñar su papel cuando llegue el momento de enterrar definitivamente al castrismo.

¿Qué hacer con Castro?

La pregunta que todo el mundo se hace es ¿qué hacemos con Fidel Castro cuando el comunismo se acabe? Lleva tantos años de mandamás que nadie se lo puede imaginar en guayabera, paseando un perro o escribiendo sus memorias en una aldea gallega.

No obstante, pese al generalizado pesimismo que despierta la tarea de reeducarlo, todo el mundo está de acuerdo en que la solución del problema cubano pasa por modificar el rol de Castro. Aquí van cuatro destinos predecibles.

El inmovilismo

Comencemos por el más improbable. Castro tendrá el destino que él quiera. Se trata – claro– de una ligera variante del mundo en el que ha vivido. Castro sueña con seguir siendo el mismo de siempre, pero no ya como punta de lanza de la revolución comunista, sino como su último baluarte. Castro quiere resistir lo suficiente como para ver el desplome del capitalismo y la resurrección de las ideas marxistas.

En sus momentos más delirantes, se contemplará a sí mismo mucho más viejo, a punto de morir sentado en su trono, mientras un coro planetario, visto través de la CNN, entona un mea culpa y admite la infinita sagacidad del gran estadista cubano.

Algo de esto está implícito en sus últimos análisis de la situación mundial. Castro quiere creer que Occidente, y en especial Estados Unidos, están al borde del colapso económico.

 Es un disparate, pero le resulta útil. Así puede explicar mejor su loca posición política. Todo un caso de razonamiento paranoico. Algo que hay que examinar desde la siquiatría. La politología, sencillamente, no entiende de estas cosas.

Los reformistas, sin embargo, no creen una palabra de lo que Castro dice. Quieren reformas, y saben que, para eso, tienen que quitar a Castro de la vía.

Fidel como reina madre

Los reformistas de su régimen quisieran relegarlo al papel de reina madre. Sueñan con instaurar un premierato que gobierne, y dejar a Fidel como símbolo de la patria, en el último cuarto del palacio, para sacarlo a pasear en ciertas fechas señaladas, como a un santo de palo. Pero, mientras tanto, que gobiernen el hermano Raúl, Carlos Lage, Osmani Cienfuegos y el resto de un infinito etcétera que incluye, prácticamente, a todos los miembros prominentes del aparato de poder, puesto que Fidel se ha quedado absolutamente solo en la defensa a ultranza del inmovilismo.

Eso no quiere decir que los reformistas sean demócratas in pectore, sino que saben que para prolongar el placer de gobernar hay que hacer modificaciones sustanciales. Casi todos ellos quisieran, por ejemplo, acogerse al modelo chino: pequeña propiedad privada, mercados libres campesinos, fin de la planificación y grandes dosis de palo y tentetieso, porque el comunismo asiático tiene muy poco que ver con la apertura democrática. Es una variante bastarda de la economía de mercado, sin vínculo alguno con la democracia liberal.

Cadáver exquisito

El tercer escenario posible es el de la conspiración palaciega. Estos son quienes quieren que Fidel represente el papel de cadáver exquisito. Y el riesgo de la degollina aumenta en la medida en que Castro se niega a efectuar reformas. Es difícil creer que Raúl formaría parte de un intento golpista contra su propio hermano, pero hay suficientes evidencias que demuestran la absoluta fatiga de los mandos militares, especialmente tras el fusilamiento del general Ochoa en 1989. Incluso, ya se conoce la consigna que suele

 repetirse en los cuarteles: «para salvar a la revolución hay que sacrificar a Fidel y a Raúl». Y luego viene la explicación: los logros revolucionarios –de acuerdo con este análisis– se centran en la salud y la educación. Y ambos avances corren el peligro de desaparecer por la insistencia de Castro en mantener un sistema incapaz de generar la riqueza que requieren unos vastos, extendidos sistemas de sanidad e instrucción públicas. Es decir: los golpistas ya tienen una coartada ética para descabezar de un tajo a quienes obstaculizan la felicidad del pueblo. En ese complot, los Castro serían liquidados por contrarrevolucionarios.

Modelo español de transición

El cuarto escenario es el menos probable, pero es el que le gustaría ver a personas como Carlos Andrés Pérez, Felipe González o José María Aznar. En ese idílico (pero no imposible) guión, Castro despierta de su sueño estalinista, rompe su autismo ideológico, se compra una guayabera y se convierte en su propio Adolfo Suárez. Me explico: Castro acepta la inevitabilidad del fin del régimen y crea las condiciones para una transición pacífica hacia la democracia, dándole cabida a la oposición no marxista y pactando con ella el calendario y la fórmula para iniciar una nueva etapa en la historia de la Isla.

En ese modelo español de transición, habría garantías para todas las partes, un acuerdo de borrón y cuenta nueva para los crímenes, delitos y agravios del pasado, y un espacio para cada fuerza política, incluida la del muy debilitado partido comunista. En ese escenario, Castro seguramente perdería el poder, pero –como ha sucedido con Daniel Ortega en Nicaragua– quedaría agazapado tras las urnas, a la espera de una segunda oportunidad. En ese caso, la historia tal vez lo absolvería; pero a regañadientes, con amonestaciones severas, y sin demasiado entusiasmo.

¿Después de Castro, qué?

No se acaba la Historia con mayúscula, sino las historias pequeñas y agotadas. Como la de Castro, por ejemplo. Lo que nos conduce a la pregunta inevitable: ¿Después de Castro, qué? Y la respuesta más razonable es: gobernará la oposición. Así ha ocurrido en la

 mayoría de los países que abandonaron el totalitarismo. Cuba no tiene por qué ser diferente.

¿Cómo es esa oposición? La primera observación es que el núcleo central, los Havel y los Walesa, están en la Isla y no en Miami. Se llaman Gustavo y Sebastián Arcos, Elizardo Sánchez Santa Cruz, Roberto Luque Escalona, Mario Chanes de Armas, María Elena Cruz Varela, Indamiro Restano, Osvaldo Payá y otra docena de valientes disidentes y luchadores por los Derechos Humanos. Es cierto que son pocos y están desvalidos, pero no en mucha mejor posición estuvieron Vaclav Havel, el presidente de Checoslovaquia; Zhelyu Zhelev, el presidente de Bulgaria; y Arpac Goncz, el expresidente de Hungría. En cada uno de esos países, la policía política se burlaba de ellos y los manejaba como los gatos suelen manejar a los ratones. Hasta el día en que los roedores acabaron poniéndoles el cascabel.

En Cuba, pues, debe suceder exactamente lo mismo. Sólo que en el drama isleño hay un actor secundario: el exilio. De Cuba se ha ido un millón de cubanos que en estos 33 años han parido una cifra similar. Hay dos millones en el exterior gravitando sobre el destino político de la Isla. Están profundamente divididos. Sin embargo, hoy es posible identificar dos grandes tendencias: los moderados y los extremistas.

Los moderados quieren terminar con el comunismo mediante una evolución pacífica. Admiten que la cabeza de la oposición está en la Isla. No quieren revanchas ni piden recuperar bienes perdidos. Están dispuestos a negociar con el poder, sean los hermanos Castro o el general que los derribe violentamente. Los moderados están convencidos de que sólo mediante un proceso electoral libre, abierto y vigilado es posible entronizar la democracia en el país y desarmar el aparato totalitario, y saben que para lograr ese objetivo hay que hablar con el enemigo. No creen en la violencia y han renunciado a ella de forma expresa.

Donde mejor encarna esa tendencia es en la Plataforma Democrática Cubana, una institución creada en Madrid en agosto de 1990 por tres partidos políticos afiliados o

 vinculados a sus respectivas internacionales: la Unión Liberal Cubana, el Partido Demócrata Cristiano de Cuba y la Coordinadora Social Demócrata de Cuba, cada uno relacionado con grupos afines dentro de la Isla. No muy lejos de éstos anda hoy el comandante Húber Matos y su movimiento Cuba Independiente y Democrática. Han entendido que el camino de la rebelión armada ya no es el más adecuado para los tiempos que corren.

Frente a esta corriente, y en una posición francamente extremista, está la Fundación Nacional Cubano Americana. Una poderosa organización de lobby dirigida por un grupo de cubanos económicamente prósperos, a cuya cabeza se encuentra Jorge Más Canosa, un enérgico líder de Miami con ciertos vínculos con el Partido Republicano.

La estrategia de la Fundación es tan sencilla como peligrosa: alentar un golpe militar en la Isla, deshacerse de los hermanos Castro y luego ofrecer a los vencedores una reconciliación con los Estados Unidos en la que ellos actuarían como mediadores. El propósito de la Fundación no es asistir a los grupos internos de disidentes para que asuman la dirección del país, sino convertirse ellos mismos en poder. Para ello cuentan con una constitución redactada por un notable experto guatemalteco, D. Manuel Ayau, y varios proyectos económicos solicitados a colaboradores de Milton Friedman. En todo caso, y por si no cuajan las conspiraciones internas, la Fundación forma parte de un pacto de unidad realizado en Miami entre diversas fuerzas del exilio que no descartan la convocatoria a una insurrección organizada en el exterior por una docena de cubanos que alcanzaron el grado de coronel en el Ejército de los Estados Unidos. O sea, puro exilium tremens.

¿Cuándo veremos el desenlace? No muy tarde. El hambre aprieta en Cuba, y con ella aumenta la división del Partido Comunista. Eso explica el cese del general Manuel Piñeiro, hasta hace poco hombre clave del aparato subversivo. «Barbarroja» Piñeiro –si creemos a su mujer, la chilena Martha Harnecker– también era un criptoaperturista. No es imposible, pues, una cadena de renuncias o de ceses fulminantes si Castro no cede ante los reformistas. Es decir, una desintegración de la cadena de mando que se prolongaría hasta que Castro entienda que va a perder el poder por las buenas o por las malas, aunque sólo

 sea porque a cada patriarca le llega su otoño, como diría García Márquez, o a cada cerdo su inevitable San Martín, como suelen repetir quienes no conocen de cerca el realismo mágico.

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