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El siguiente texto, es una transcripción literal de lo expuesto oralmente por José Pablo Feinmann en su programa de T.V “Filosofía aquí y ahora”.

Hubo dos grandes descubrimientos: Colón descubre América y Descartes descubre la subjetividad. No siempre estas cosas se relacionan. En realidad, yo ya lo dije y lo vuelvo a decir, y lo voy a decir insistentemente: La historia de la Filosofía se estudia mal.

La Filosofía se estudia mal ¿Por qué? Porque la Filosofía estudia como si los filósofos fueran unos tipos distraídos que andan por ahí pensando cosas, pensando cosas que nadie entiende. En cambio, los filósofos son seres muy terrenales, muy terrenales, metidos en procesos históricos, grandes procesos históricos que ellos expresan y que ellos dinamizan con su pensamiento.

Entonces, la relación entre Descartes y el descubrimiento de América, no es frecuente que ustedes la encuentren en los libros de filosofía; porque van a decir: “¿Para qué vamos a poner el descubrimiento de América en un libro de Filosofía, si un libro de Filosofía no es un libro de Historia?… Y un libro de Historia no tiene que ser un libro de Filosofía…”

Pero no. Descartes y Cristóbal Colón tienen mucho que ver, porque Cristóbal Colón descubre América para el capitalismo, como lo habíamos visto; y no es que descubra América porque América no existía. América existía, pero no existía para los ojos mercantilistas del capitalismo. El capitalismo descubre América con Colón e incorpora a América al mundo europeo, que era “el mundo” en esos momentos. Entonces se establece así un “sistema mundo”. Ahora, este sistema mundo, requiere a un protagonista, y el protagonista es el hombre.

Es el hombre el que sale a buscar nuevos mundos. Porque el hombre medieval no hubiera buscado nunca nuevos mundos, porque el mundo era un lugar de pasaje, era un lugar de llanto, un mero lugar de pasaje en camino hacia el reino de los cielos. Pero el hombre de la modernidad sale a buscar nuevos mundos (este es el hombre capitalista). Ahora, este hombre necesita tener una subjetividad, necesita pensarse a sí mismo, necesita saber quién es él, cuál es su relación con la realidad exterior.

Y aquí aparece Descartes, quien, como lo dijimos, parte de una concepción de la Filosofía como “Duda”. Descartes ha demostrado la existencia del pensamiento. Pero no demostró la existencia de las cosas externas.

Lo que ha hecho hasta ahora Descartes es poner al hombre en la centralidad. El hombre es el centro. Ese hombre es el sujeto capitalista de la historia. El hombre es la centralidad y con esto nace el Humanismo. El Humanismo nace cuando el hombre ocupa la centralidad y desplaza a Dios de la centralidad. Con esto nace el Humanismo. Lo llamamos Humanismo porque parte del hombre. ¿De dónde parte Descartes? Parte de la subjetividad, pero esa subjetividad es la subjetividad del hombre.

Entonces, el Humanismo, vamos a definirlo así, es una concepción que hace del hombre el punto de partida epistemológico fundamental. “Epistemológico”, se refiere a todo aquello que sea el pensamiento científico sobre la realidad. Entonces, el Humanismo es esa concepción que parte del hombre como sujeto, del hombre como sujeto centrado a partir del cual es posible conocer todo lo otro que hay en el mundo.

Entonces, el nuevo problema que encarna Descartes, y el problema que realmente lo va a angustiar seriamente, es un problema…, es un problema que podemos disfrutar planteándolo porque…

Veámoslo así: Este señor René Descartes, en Holanda, junto a una estufa, tranquilo, protegido por la monarquía holandesa, sin miedo a la inquisición…, descubre que el centro del pensamiento es la subjetividad; está seguro de eso; de eso dice: “yo estoy seguro, estoy seguro de que mi pensamiento es el origen de todo posible filosofar”. Ahora, Descartes dice: “sin embargo…”, fíjense ustedes que para el sentido común esto es casi risible, diríamos…, un buen hombre, laborioso, campesino le diría a Descartes: -No se por qué usted se plantea estas cosas… es tan evidente que mi vaca está ahí, que mi carruaje está ahí, que mi asada está ahí…Ah no, dice Descartes, pero yo soy un filósofo. Yo tengo que dar cuentas, yo tengo que justificar metodológicamente, epistemológicamente, filosóficamente que la realidad externa existe.

Descartes dice: “Ya que yo veo todas esas cosas ahí afuera, esas cosas tienen que existir. Porque si yo las viera y no existieran Dios me estaría engañando. Entonces tienen que existir porque Dios es infinitamente bueno, es infinitamente veraz, es incapaz de todo engaño…

Y si yo veo todo lo que está ahí afuera, es que Dios no me está engañando sino que todo eso que está ahí afuera, está.” Ahora, Descartes introduce aquí una figura muy simpática, que es la del “Genio Maligno”, Descartes escribía en francés -Esta digresión que voy a hacer es muy importante: Descartes escribía en francés y no escribía en latín; quería hacerse entender, quería llegar a que la gente lo entendiera, quería llegar al pueblo en última instancia-

Entonces introduce esta figura del “Genio Maligno”. Descartes dice: “Podría haber un “Genio Maligno” que me engañara y todo lo que está ahí afuera no existiera.” Entonces, yo estaría viendo todo eso y eso no existe, porque el “Genio Maligno” me está engañando. “Sin embargo, dice, la veracidad de Dios tiene que ser más fuerte que el poder del “Genio Maligno”, y yo no puedo dudar de la veracidad divina”.

Entonces Descartes llega a la siguiente conclusión: “Todo aquello que yo veo que está ahí afuera, es decir, la “Res extensa”, la cosa externa, tiene que existir, porque si no existiera Dios me estaría engañando y yo creo en la veracidad divina”.

Ahora bien, metodológicamente, como vemos, Descartes se ha traicionado porque para demostrar la existencia exterior de las cosas no se ha remitido a su fundamento primero, el pensamiento, sino que se ha remitido al viejo fundamento de la teología medieval, a Dios, entonces estamos de nuevo en la teología medieval. Para demostrar la existencia de la realidad externa Descartes recurre a Dios.

Recuerdo un chiste muy lindo que se contaba en mis viejos años de estudiante, en la calle “Viamonte”. En la calle “Viamonte” estaba la Facultad de Filosofía, y ese era un ámbito mítico donde circulaban personajes como: Oscar Masotta, León Rozitchner, Eliseo Verón, Sebreli…, y a veces yo. Bueno, había un chiste que salía en una revista que era el siguiente: -Era una broma a la filosofía idealista-

En el primer cuadrito de la historietita, salía un filósofo y había un florero dibujado en el aire. Y el filósofo decía: -Todo esto es muy sencillo, ese florero está ahí porque yo lo pienso; como yo pienso ese florero, ese florero está ahí.

Segundo cuadrito: El florero y el filósofo. El filósofo dice: -Si yo dejara de pensar que ese florero está ahí…Tercer cuadrito: El florero solo. Y se escucha la voz del filósofo: -Ese florero dejaría de existir. Cuando en realidad, el chiste era que el que dejó de existir fue el filósofo.Este es un chiste típico del materialismo filosófico, es decir, el que propone la primacía de la materia por sobre la subjetividad.

Nosotros éramos muy jovencitos y estábamos estudiando a Descartes en 1966. En 1966 se da el golpe, cavernícola, del General Juan Carlos Onganía. A Onganía le habían dicho que en las Facultades residía el monstruo Marxista. Entonces, Onganía decidió extirparlo. Para extirparlo, bueno, hizo lo de siempre, mandó los camiones de asalto, la policía con los palos…, (había salido un chiste de Quino, por esa época, que llamaba al palo de policía “El palo de abollar ideologías”) Entonces, la policía entra en las Facultades.

Era la primera vez que se violaba la autonomía universitaria. Entonces la policía de Onganía entra en las Universidades, y en Ciencias Económicas, Ciencias Sociales…pegan muy duramente y hay profesores que salen ensangrentados. Bueno, pero nosotros estábamos en Filosofía y la cosa fue más calma. Pero lo divertido fue que estábamos planteándonos como demostrar la veracidad de la realidad exterior. Estábamos estudiando a Descartes y nos preguntábamos: ¿Cómo demostrar, cómo demostrar que la realidad externa realmente existe? En ese momento entró la policía a la Facultad.

Hicieron una doble hilera, y nos hicieron pasar por el medio, y nos dieron palos de arriba abajo… Y ahí nos dimos cuenta que existía la realidad externa. La realidad externa existía, nos molía a palos y era fascista.

Aparte de los bastones, de la policía, “de abollar ideologías”, la subjetividad como principio fundante de la Filosofía, como elemento a partir del cual se podía demostrar la existencia de la realidad externa… El cogito cartesiano, el ego cogito, el pienso luego soy, va a recibir varios palazos, digamos, a lo largo de la Historia. Pero hay uno sobre todo que, digamos, en Buenos Aires, es muy conocido, el que proviene de la cualidad neurótica de ésta ciudad portuaria, llena, precisamente, de neuróticos… Y donde hay muchos neuróticos hay muchos psicoanalistas; y dónde hay muchos psicoanalistas hay muchos neuróticos, a la vez. Ahora comienza a haber muchos psicofármacos, quizás todo esto reduzca a los neuróticos y a los psicoanalistas, y aumente…bue… no importa.

Paso ahora al tema al que quería ir. El tema al que quiero ir es justamente Freud. Como vemos, aquí, Sigmund Freud…, es un hombre que dijo una frase muy, muy adecuada, que era: “Un cigarro a veces es un cigarro”. Porque siempre que uno ve un cigarro dice: “Oh, eso es un pene”. No, no, no. A veces un cigarro es un cigarro, aún en Buenos Aires… aún en Buenos Aires.

Bueno. El golpe que el psicoanálisis le da al sujeto cartesiano…, es decir, ¿Cómo le diría Freud a Descartes? “Mire, este… Renato, realmente hay algo que usted no tuvo en cuenta. Usted, Renato –preguntaría Freud- ¿Se come las uñas? Sí, diría Descartes. ¿Usted a veces hace actos que no puede controlar? Uy sí, sí, sí. ¿Usted sueña cosas? Sí, sí, sí. ¿Sueña con su padre, con su madre? Ah, sí, si. Bueno usted es un neurótico.

Hay cosas en su sujeto transparente, translúcido, punto indubitable de todo conocimiento,… Hay cosas que ese sujeto ignora; hay cosas que ese sujeto ignora. Y esas cosas las ignora, porque yo no sé dónde –va a decir Freud- No sé dónde está esto que es el inconsciente. ¿Qué es es inconsciente?, diría Descartes: El inconsciente es todo aquello que no pasa por la consciencia. Que no se entiende desde la consciencia sino que no puede ser ni conocido ni controlado por la consciencia. O sea, su consciencia, Descartes, no es tan transparente, sino que está realmente herida o dividida.

Ese sujeto está dividido porque hay en él una opacidad. Una opacidad que nos lleva a hacer actos que no queremos hacer. Nos lleva a tener conductas repetitivas que no queremos tener. Nos lleva a soñar cosas que nos revelan o nos ocultan otras cosas…

Bueno, entonces, Freud le enseñaría a Descartes la primera gran herida del narcisismo del cogito, que es la existencia del inconsciente.Pero bueno. Yo quería enunciarlo ahora para dejarlo planteado ¿No?, cómo la gran herida del cogito cartesiano va a ser esa. Está en muchos libros de Freud. Quizás esté en algunos más que en otros, pero es bueno recurrir a ciertos libros de Freud para que descubramos, cómo el inconsciente, cómo brillantemente lo ha trabajado Don Sigmund, efectivamente, hiere el narcisismo del cogito cartesiano.

Ahora, el problema en el que habíamos dejado a Descartes era cómo se demostraba la existencia de la realidad externa. Ahí Descartes recurre a la veracidad divina. Pero para recurrir a la veracidad divina hay que demostrar que Dios existe. ¿Pero cómo se que Dios existe? Bueno, esto es todo un problema. Esto es lo que se llama “La prueba ontológica”. La prueba ontológica es la prueba acerca del Ser de Dios, es decir, que Dios tiene un ser, y que ese ser expresa su existencia… que Dios existe.

Hay un punto que yo voy a analizar acerca de cómo Descartes demuestra la existencia de Dios, y que es el punto más genuinamente cartesiano, porque Descartes va a decir: “Dado que la imagen de Dios está en mí. Y dado que en mí la imagen de Dios es la imagen de un ser perfecto, existe en mí la idea de la perfección. Si la idea de la perfección existe en mí, que soy un ser imperfecto, quiere decir que alguien que es perfecto la puso ahí”. Esto está claro, pero igual lo voy a repetir. Descartes demuestra la existencia de Dios del siguiente modo: Existe en mí la idea de la perfección. Yo no soy perfecto, en consecuencia, alguien que es perfecto la puso en mí. Y ese es Dios.

Bueno. Sin embargo ustedes observen que esta demostración que hace Descartes de la existencia de Dios… esta demostración está hecha a partir de la subjetividad también, porque no demuestra la existencia de Dios dejando de lado la subjetividad sino que la demuestra partiendo otra vez del cogito ¿Por qué? Porque Descartes dice: “Dado que existe en mí subjetividad, en mí pensamiento, en mí cogito la idea de la perfección… debe existir un ser perfecto”. O sea, demuestra la existencia del ser perfecto porque existe en la consciencia la idea de la perfección.

Está bien. Digamos que es como haber tirado la esponja dentro del pensamiento de Descartes. Es una aflojada. Pero es una aflojada hasta cierto punto porque demuestra la existencia de Dios porque en el pensamiento existe la idea de la perfección. Entonces, es desde el pensamiento que Descartes demuestra la existencia de Dios. Porque hay en la consciencia la idea de la perfección es que tiene que existir un ser perfecto que la haya puesto ahí.

Sartre va a demostrar que no hay una consciencia por un lado y un mundo por otro. Que la consciencia es intencional, que la consciencia está toda ella arrojada sobre el mundo. Que no es que exista aquí la consciencia, y el mundo, ahí. Que hay consciencia de mundo. Eso es lo que hay. El mundo le es inalienable a la consciencia. No hay una consciencia que no sea a la vez “Consciencia de mundo”.

Esto es lo que Sartre y los fenomenólogos van a llamar “intencionalidad de la consciencia”. La consciencia no existe reposando en sí. Sartre tiene una hermosa imagen que es “como conteniendo el aliento”. La consciencia no está conteniendo el aliento. La consciencia está como vomitada, expectorada sobre el mundo.

Está toda ella arrojada sobre el mundo. Cuando yo corro detrás de un colectivo, no hay consciencia de estar corriendo detrás del colectivo. La única consciencia que hay es “consciencia colectivo”. Es decir, si yo tomara consciencia de que estoy corriendo al colectivo, lo perdería porque sería un momento en el cual me bloquearía.

Ahora. Volviendo a Descartes, pero no olvidemos claramente esto sobre lo cual vamos a volver. Las Filosofías Fenomenológicas son aquellas que hacen de la consciencia un acto de pura intencionalidad. La consciencia se arroja sobre el mundo. No hay un mundo ahí. Hay conciencia-mundo.

Me interesa volver en éste momento al rol del filósofo en Descartes. Descartes en el final de “El Discurso del método”, tiene un muy lindo texto. Termina diciendo… termina diciendo un texto cálido, cálido, muy lindo, dice: “Quienes lean esto, (que recordemos lo escribe en francés para que todos lo lean), quienes lean este texto, “El Discurso del método”, 1637, quienes lo lean y les guste…

Yo no deseo para mí, fortuna ni grandes empleos. Solo deseo que me dejen disfrutar de mi ocio”. En realidad el rol del filósofo es que lo dejen disfrutar de su ocio, que es un ocio creativo, no es un ocio de tirarse panza arriba, digamos, a escuchar CD, sino que es un ocio que le permite pensar. La concepción que Descartes tiene del filósofo es la de un hombre que necesita serenidad para pensar. Y que de esa serenidad van a salir sus obras.

El filósofo no transforma al mundo con la espada ni con las bombas ni con la metralla… Lo transforma con el pensamiento, si pone su pensamiento al servicio de la transformación del mundo. Ya vamos a ver, ésta es la tesis XI de Marx, y es la que justamente propone algo revolucionario para la Filosofía. Es decir, no solo pensar el mundo sino también transformarlo.

Descartes, que no se lo proponía, que solo quería que lo dejaran pensar tranquilo y que le dieran el patrimonio de su ocio (y sobre todo no pedía ningún empleo porque todos los empleos le quitan tiempo al filósofo) entonces, quería usar su ocio para la libertad del pensamiento.

Esto nos lleva a revisar la imagen del filósofo como un ser distraído, que anda por las nubes… No. Todas esas son macanas. Los filósofos son los seres más atentos a la realidad que existen.

Además los filósofos son aquellos pocos seres que todavía tienen tiempo para pensar el mundo. Porque hoy, por ejemplo, ya nadie tiene tiempo para pensar el mundo. Apenas si tienen tiempo para cumplir sus tareas cotidianas, levantarse, desayunar, trabajar, comer y dormir.

El filósofo se hace tiempo todavía para pensar la realidad. O sea, que quizás el filosofo a quien se lo tiene como al tipo que está boleado en medio de las ideas, sea el personaje que todavía puede pensar este mundo y descubrir todo tipo de aristas: sus aristas irritativas, sus aristas bellas, sus aristas injustas, sus aristas intolerables, sus aristas ignominiosas… (marco estas porque son la mayoría que constituyen nuestro mundo)

Hannah Arendt, había propuesto una imagen del filósofo como el tipo distraído para justificar a Martín Heidegger, que había sido el maestro y el amante de su juventud. Y había dicho que Heidegger había caído en el Nacional Socialismo como Tales o Anaximandro, (no recuerdo exactamente) pero creo que era Tales de Mileto, que había caído en un pozo por mirar las estrellas. Bueno, es una torpe justificación de lo que le pasó a Heidegger. Heidegger se hizo al Nacional Socialismo con total consciencia y lucidez. Y los filósofos no andan mirando las estrellas ni se caen en los pozos.

Cuando miran las estrellas lo hacen para tener una concepción del universo y esa concepción del universo los lleva siempre inexorablemente a tener una concepción de la vida y comprometerse con ella.